miércoles, 26 de julio de 2017

“Llegamos sin rencores y con memoria”

26/05/2003

KIRCHNER ASUMIO CRITICANDO “LAS GANANCIAS
DE LOS GRUPOS MAS CONCENTRADOS DE LA ECONOMIA”

“Llegamos sin rencores y con memoria”

Con un tono socialdemócrata, de peronista laico, Kirchner prometió mantener el equilibrio fiscal, ubicó el Mercosur como proyecto estratégico y lanzó el compromiso de no basar el combate a la inseguridad en el Código Penal y el de “traje a rayas” para los grandes evasores. Reivindicó la generación de los ‘70, la épica de la inmigración y la escuela pública.

 Un testigo muy confiable acercó anoche un dato que hará sonreír al nuevo presidente Néstor Kirchner. En la tarde de ayer los clientes de Saráchaga, una casa de antigüedades de Juncal y Libertad, escucharon un análisis certero sobre su discurso en el Congreso: “Dice Walter Klein que peor no pudo haber sido”. En la última dictadura, Guillermo Walter Klein era el viceministro de Economía de José Alfredo Martínez de Hoz. El discurso de Kirchner estuvo centrado en la crítica al “Estado desertor”, la promesa de poner “el consumo interno como centro de una política de expansión” y construir un “capitalismo nacional” y el compromiso de “no volver a pagar deuda a costa del hambre de los argentinos”.
Lucía alegre el Presidente. Incluso suelto y con humor sobre sí mismo. TVR se dará una panzada con la imagen de Kirchner saludando con el bastón en alto, asido a medias con Eduardo Duhalde, y después con el bastón al revés, hasta darse cuenta del blooper y reírse como lo hubiera hecho Bat Masterson. Con Kirchner entre la gente. Con Kirchner golpeado por un teleobjetivo, con Kirchner dotado de curita en la frente, con Kirchner llamando “colegas” a los gobernadores cuando él ya era Presidente. Era un día para darse todos los gustos, como la provocación suave del traje cruzado abierto, al contrario de lo que recomienda lo políticamente correcto de la elegancia, o la mención de un avance “paso a paso”, como quería Reinaldo Merlo cuando era DT de Racing.
Kirchner marcó la identidad de su proyecto usando la historia, tanto en términos personales como políticos.
“Formo parte de una generación diezmada”, dijo. “Castigada con dolorosas ausencias. Me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada.”
El Presidente fue miembro de la Juventud Peronista en los ‘70. Más tarde, luego del juramento en la Casa de Gobierno, recordó la imagen de la asunción de Héctor Cámpora el 25 de mayo de 1973, cuando él tenía 23 años y en el balcón estaban el chileno Salvador Allende y el cubano Osvaldo Dorticós. “Con Cristina estábamos lágrima en mano cuando salimos del Congreso y volvimos a ver gente esperanzada en la calle”, dijo. “Me hizo recordar que hace 30 años yo también estuve en la Plaza acompañando a un gobierno constitucional en el cual puse toda mi fuerza y toda mi fe.”
Sin embargo, Kirchner no hizo ninguna propuesta transportada en paracaídas desde los ‘70. Por ejemplo, criticó la idea de un Estado “omnipresente”.
En la parte histórica de construcción de identidad el trayecto duró menos de 30 años. Veinte.
Primero, la etapa de Raúl Alfonsín: “A comienzos de los ‘80 se puso el acento en el mantenimiento de las reglas de la democracia, y los objetivos planteados no iban más allá del aseguramiento de la subordinación real de las Fuerzas Armadas al poder político”. Por eso, la medida del éxito de esta etapa no exigía, según Kirchner, “ir más allá de la preservación del Estado de Derecho y la continuidad de las autoridades elegidas por el pueblo”.
Kirchner fue más indulgente con Alfonsín que con Menem. El objetivo de los ‘90, explicó, fue controlar la inflación, pero la medida del éxito la dio no solo el aumento de precios sino “las ganancias de los grupos más concentrados de la economía, la ausencia de corridas bursátiles y la magnitud de las inversiones especulativas, sin que importaran la consolidación de la pobreza y la condena a millones de argentinos a la exclusión social, la fragmentación nacional y el enorme e interminable endeudamiento externo”.
Sobre la Alianza, que no mencionó por su nombre, dijo que se redujo el gobierno “a la mera administración de las decisiones de los núcleos de poder económico con amplio eco mediático, al punto que algunas fuerzas políticas en 1999 se plantearon el cambio en términos de una gestión más prolija pero siempre en sintonía con aquellos mismos intereses”.
Esta parte estuvo al principio del discurso, que exhibió un tono de peronismo laico. Para el final quedó el registro de que “llegamos sin rencores pero con memoria”. La memoria sería “no sólo de los errores y horrores del otro sino también memoria sobre nuestras propias equivocaciones, aprendizaje político, balance histórico y desafío actual de gestión”.
“Cambio es el nombre del futuro”, fue una de las consignas de un discurso socialdemócrata que sacó de la teoría la “movilidad social ascendente” y la convirtió en lema junto con su traducción: un país donde los hijos vivan mejor que sus padres. El Estado de bienestar como nostalgia de país cohesionado y proyecto político serpenteó por todo el discurso presidencial y fue fuerte, por ejemplo, en el capítulo educativo. “El sistema de formación docente de nuestras viejas y queridas maestras normales fue criticado por enciclopedista, memorista y repetitivo, pero nuestra generación fue la última formada en esa escuela pública, y la calidad de la educación era superior a la que hoy tenemos”, dijo Kirchner, que prometió combatir la atomización educativa para que “un chico del Norte argentino tenga la misma calidad educativa que un alumno de la Capital Federal”.
La reivindicación del Welfare State fue integral. Kirchner dijo que la crisis no se soluciona “desde las políticas sociales sino desde las políticas económicas” y desmitificó la idea del clientelismo, que ata la asistencia social a los favores hacia un cacique, como una maldad intrínseca de la política. “Es fruto de la desocupación”, afirmó.
La parte dedicada a la seguridad tuvo la misma explicación social. “La solución de la inseguridad no es solo el Código Penal”, para Kirchner, sino el cumplimiento de los derechos de la Constitución. En cuanto al delito, fue amplio. Habló del de guante blanco, el delito común y las mafias organizadas. También criticó el uso de “necesidades de los pobres para fines partidistas”, en lo que pareció una alusión a la franja más radicalizada de los piqueteros.
El paquete económico fue una combinación de objetivos. Por un lado, el control del gasto: “No gastar más de lo que entra” y “traje a rayas para los grandes evasores”. Por otro, el uso de los fondos externos de inversión para destinos productivos, y siempre como complemento y no centro del desarrollo de los mercados locales. También, el estímulo del consumo pagando más salarios y aumentando la productividad.
Al revés de Fernando de la Rúa y Carlos Menem, que hablaron del pago de la deuda como una cuestión de honor, dijo que “no se puede volver a pagar deuda a costa del hambre de los argentinos”, versión inversa de una famosa frase del presidente Nicolás Avellaneda.
“Los acreedores tienen que entender que solo podrán cobrar si a la Argentina le va bien”, dijo Kirchner.
El Presidente criticó dos veces en el discurso las políticas que llamó de “ajuste permanente”, y articuló ese cuestionamiento con un marco regional de integración al mundo.
La presencia extranjera fue la más fuerte de los últimos años. Pero fue, sobre todo, la más homogénea. Se advertía felicidad en las caras del brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, el chileno Ricardo Lagos, el ecuatoriano Lucio Gutiérrez, el venezolano Hugo Chávez e incluso el cubano Fidel Castro, aliviado por el surgimiento de presidentes que critican el fusilamiento de opositores pero no quieren sumarlo a una campaña de reforzamiento del bloqueo a la isla. El único que desentonaba era Jorge Batlle, que se dedicó a hacer chistes a sus colegas. Batlle, del Partido Colorado, puede perder las elecciones del año que viene a manos del Frente Amplio, con lo cual la homogeneidad será aún mayor. Antes, los presidentes eran los golden boys mimados por Wahington: Carlos Menem, Carlos Salinas de Gortari, Fernando Henrique Cardoso. Ahora hay una camada de presidentesnacida de la crisis de la etapa de apertura salvaje de la economía y modelo basado en la adicción al ingreso de capitales externos. El giro fue de la derecha conservadora de Menem o el centroderecha de Cardoso hacia el centroizquierda de estos presidentes.
Eduardo Duhalde yéndose a descansar a Brasil en el avión de Lula es mucho más que el ahorro de un pasaje de ida o un gesto personal. Lo podrá comprobar en estos días Juan Pablo Lohlé, que este fin de semana quedó confirmado por Kirchner como embajador en Brasil.
“Partidarios de una política mundial de multilateralidad como somos, no debe esperarse de nosotros alineamientos automáticos sino relaciones serias, maduras y racionales que respeten las dignidades que los países tienen”, dijo Kirchner en una alusión a las relaciones carnales, y mencionó de nuevo los tres adjetivos para hablar de los Estados Unidos. Adelantó que la prioridad “será la construcción de una América latina políticamente estable, próspera y unida con base en los ideales de democracia y justicia social”.
La política apareció en todo momento en la propuesta diplomática, donde el primer punto de la agenda es “nuestra alianza estratégica con el Mercosur”.
Kirchner se permitió un único instante de nacionalismo puro, propio, además, de un político de la Patagonia. “Venimos desde el sur de la patria, desde la tierra de la cultura malvinera y de los hielos continentales, y sostendremos inclaudicablemente nuestro reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas.”
El resumen de la política exterior sería “pensar el mundo en argentino”.
El último tramo de Kirchner tomó prestado a Martin Luther King y su famoso mensaje “I have a dream”, “Tengo un sueño”, en el que hace 40 años el líder de los derechos civiles llamaba a terminar contra la discriminación a los negros. “Tengo el sueño de que...”, empezaba cada frase al final del discurso de Luther King.
“Con mis verdades relativas –en las que creo profundamente pero sé que se deben integrar con las de ustedes para producir frutos genuinos espero la ayuda de vuestro aporte”, dijo Kirchner. “Vengo a proponerles un sueño”, comenzó entonces a repetir. Y enunció: “Reconstruir nuestra propia identidad como pueblo y como nación”, “construcción de la verdad y la justicia”, “recordar los sueños de nuestros patriotas fundadores y de nuestros abuelos inmigrantes y pioneros”, “de nuestra generación, que puso todo y dejó todo, pensando en un país de iguales”, “una Argentina unida, una Argentina normal”, “un país serio pero también un país más justo”.
Si se tiene en cuenta que este programa, en caso de obstrucción seria, podría refrendarse con mecanismos constitucionales como la consulta popular, a los que Kirchner se refirió oblicuamente pero sin duda, se explica el día triste de Guillermo Walter Klein.
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El comienzo

Por Horacio Verbitsky
 Un discurso inagural es un plan de gobierno y no un balance de su cumplimiento. Apenas constituye una expresión de propósitos contra la cual juzgar la gestión del mandatario que lo pronuncia. Después de tantas decepciones el escepticismo constituye un derecho irrenunciable. Todas son buenas intenciones en el primer día.
Aun así, el conciso mensaje leído ayer por el presidente Néstor Kirchner ante la Asamblea Legislativa contiene puntos de llamativa diferenciación con todo lo escuchado hasta hoy en semejantes ocasiones, por su claridad ayuna de retórica y por la precisión de sus postulados centrales.
Reivindicó el compromiso de una generación que ingresó a la política para cambiar el país y no como un modo de vida y que no deja sus principios en la puerta de la Casa de Gobierno, destacó el rol del Estado como nivelador de las desigualdades de las que nunca se encargará el mercado, la búsqueda de acuerdos transversales que crucen las fronteras partidarias y la participación popular en un proyecto nacional.
No hay gobernante que no se declare en contra de la pobreza, pero es la primera vez que un presidente considera el combate contra esa tragedia como una cuestión de política económica y no de asistencia social. Por eso, además de exaltar al Estado como el defensor de los más vulnerables, Kirchner destacó que es necesario cobrar impuestos a los poderosos para que el hilo no se siga cortando por lo más delgado y lo dijo con una metáfora fuerte: “Traje a rayas para los evasores” y seguridad jurídica para todos, no sólo para quienes tienen poder y dinero. Esto incluye a las empresas privatizadas que hicieron superganancias en la última década y hoy pretenden aumentos tan desmesurados como injustificables. En la misma línea anunció que buscará quitas en los montos y las tasas y alargamiento de los plazos para el pago de la deuda pública, que no puede pagarse sobre el hambre y la exclusión. No habló sólo de producir, sino también de distribuir la riqueza y lo vinculó con el desarrollo del consumo interno, que definió como eje de su política económica. La obra pública no es un gasto improductivo sino una inversión, dijo.
A quienes intentaron chantajearlo con la amenaza de la ingobernabilidad, con los cinco puntos del subdirector del diario La Nación, Claudio Escribano, les respondió que no puede ser sinónimo de impunidad. Tal como le había anticipado a sus ministros, dijo al país que su gobierno se guiará por los principios de verdad y justicia. Y a las Fuerzas Armadas las instó a mirar al futuro y no al pasado, a diferencia de lo que ocurrió durante la gestión del general Ricardo Brinzoni, quien con mirada torva no podía ocultar su fastidio. Al hablar de la seguridad, vinculó el aumento de la criminalidad y el clientelismo con la crisis social. A la inseguridad se le responde con el Código Penal pero también con la Constitución Nacional, de la que mencionó los artículos que enumeran los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, entre ellos el trabajo, el salario justo, la seguridad social y la vivienda digna.
La movilización justicialista bonaerense de despedida a Duhalde fue desbordada por quienes se lanzaron a las calles para recibir al gobierno que mayores expectativas ha despertado en muchos años. A diferencia de lo habitual, hubo menos aparato que manifestantes espontáneos, entre quienes Kirchner se mezcló desdeñando el protocolo y enloqueciendo a la custodia. Si no cumple, no sólo los Entes Abstractos del juramento se lo reclamarán. Pero qué claro quedó ayer cuáles son los anhelos de un pueblo ávido de creer que, por una vez, el futuro puede ser mejor.
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Clima del Sur

Por Mario Wainfeld
  La agenda: Una virtud política ha exhibido Néstor Kirchner desde que quedó consagrado Presidente, la de haber empezado a diseñar la agenda de discusión pública. No tiene el monopolio de sus ítems, el Fondo Monetario dice lo suyo y los lobbies ya se harán escuchar. Pero, marcando una agradable diferencia con lo que ocurrió en la década del ‘90 donde la convertibilidad imponía un cepo a la economía y a los debates, el Presidente define ejes de discusión difíciles de eludir. Comenzar un mandato genera un clima de buena onda o al menos de expectativas. Kirchner lo ha aprovechado para definir, a trazos gruesos, pertenencias o ajenidades. Cuando describe que no será un gerente de los poderes económicos, cuando hace cirugía mayor en las Fuerzas Armadas y hasta cuando evoca en su discurso parlamentario y en su improvisación en la Rosada su pasado setentista, “conduce” a los otros a comprometerse, a favor o en contra, de sus posturas.
* La legitimidad, la debilidad: Carlos Menem quiso empiojar la legitimidad del flamante presidente con su fuga electoral. Y también instalar la imagen del Chirolita de Duhalde. Este segundo intento logró su eco en ciertos análisis periodísticos y columnas editoriales. Con sus primeros gestos Kirchner abortó esas discusiones. Ahora se polemiza acerca de si es demasiado audaz (“inmaduro” propone un diario de derecha), si fue muy a fondo. Siempre se discutirá algo pero para un Presidente son mejores estas discusiones que aquéllas. Aun quienes se colocan rápidamente como opositores aceptan que ejercita su poder, que no es un títere, que no lo teledirigen desde Banfield.
* Duhalde de salida: Jorge Batlle lo saludó y, tan acelerado como sonriente, pasó de largo. “Vení, vení” lo convocó Eduardo Duhalde como si estuviera en un casorio, “vení para la foto”. Fue durante el besamanos al presidente saliente, antes del almuerzo. A Ricardo Lagos, que lo saludó formal, le exigió “un abrazo” y luego lo mostró a los fotógrafos y lo definió como “un amigo”. Con Lula hubo risas cómplices y el clásico pulgar hacia arriba de los brasileños. Dueño de casa, ancho y tranquilo, se regocijaba como si supiera que Menem lo estaba mirando por TV. Si los rostros y los cuerpos no mienten (y es difícil hacerlos mentir durante horas delante de cientos de ojos), para el ex presidente lo de ayer fue una fiesta. Igualmente contento lucía José María Díaz Bancalari, el flamante titular del bloque de diputados del PJ, que acodado en su banca sonreía de oreja a oreja mientras Kirchner hablaba en el Congreso e intercambiaba miradas y palmadas alegres con el santafesino Jorge Obeid. Si los rostros y los cuerpos no mienten el duhaldismo no la está pasando tan mal.
* Historias con aplausos: Fidel rompió el aplausómetro en el Congreso (ver en más detalle páginas 8 y 9). Algunos diputados, como Irma Parentella y Francisco “Barba” Gutiérrez, parecían pibes desgañitándose y dando rienda suelta a su alegría. Su trayectoria no desautoriza su gesto. Otros legisladores estarían en un brete para conciliarlos. “La cultura política argentina es así, no puede explicársela en términos de pura racionalidad”, describió el politólogo sueco que escribe su tesis de posgrado sobre la Argentina. Y no se explayó más porque, contagiado por el irresistible clima del recinto, se puso a llorar y a vivar a Fidel.
En la Casa Rosada durante la jura de ministros, el aplausómetro puso en primer lugar al Presidente y en segundo, muy muy cerquita, a todos los funcionarios santacruceños entrantes. Nada extraño porque había una buena hinchada venida del frío, ocupando casi la mitad del Salón Blanco. Aunque el decibelímetro registró una lid muy pareja seguramente la única ministra del Gabinete, Alicia Kirchner, fue la más vivada. Tanto ella como Julio De Vido parecieron compartir con el Presidente una llamativa timidez o contención ante tamaño protagonismo. En cambio, el titular de la SIDE Sergio Acevedo fue el más expresivo de los que vinieron del Sur. Pero el aplauso más ecuménico y potente en el Salón Blanco prorrumpió cuando elPresidente recordó, terminando la jura, que treinta años atrás había estado en “la Plaza”.
* La oposición: Las cámaras de TV se hicieron un picnic mostrando el rostro contracturado, pálido, del diputado Adrián Menem durante el discurso presidencial. Nada, si se lo compara con el rictus de su padre, el senador Eduardo Menem, que estuvo un ratito solo de toda soledad. Unicamente Ramón Puerta amenizó su espera. Si los rostros y los cuerpos no mienten la gente del ARI estaba conforme. Tanto, que honró con aplausos la entrada de Kirchner. Elisa Carrió pareció embeberse del clima del Congreso y elogió no solo al presidente entrante sino también al saliente (ver página 15). Ricardo López Murphy optó por hurtar su maciza humanidad a la jura. Distintos tonos, distintos estilos de los principales dirigentes opositores. Sería apresurado predecir sus conductas futuras pero sus actitudes de ayer algo sugieren. Lo que nos lleva de la mano al...
*... nuevo mapa: La victoria electoral de Kirchner sinceró e hizo discernible el mapa político argentino. Carlos Menem ya fue a nivel nacional, Aldo Rico se desinfla en Buenos Aires. Felipe Solá tiene todas para ganar en la Provincia y si así acontece tendrá sus analogías con Kirchner. Será un curioso delfín del duhaldismo, un hijo adoptivo, con un perfil más estilizado y renovado. Aníbal Ibarra viene detrás de Mauricio Macri en la Capital. Pero en el último tiempo ha acortado la brecha. Y ha instalado un tablero binario, de cara al ballottage, que enfrenta a una coalición progre (donde están todos los que son, para lo cual Kirchner dio un par de manitos) con una de raigambre menemista-empresarial.
Lo menos que puede decirse del mapa electoral actual es que lo peor no ocurrió. Y puede añadirse que las opciones no serán maravillosas pero al menos son claras (el oficialismo divide aguas) y empiezan a evadir la fragmentación política que deriva del pluralismo pero también de la carencia de liderazgos o de proyectos colectivos.
* Desde el Sur: El santacruceño Kirchner gusta decir que viene desde el Sur. Si bien se mira, aunque los argentinos propenden a olvidarlo, este país está bien en el sur, en el confín del mundo por decirlo con delicadeza. Arturo Jauretche proponía, para combatir la dependencia ideológica (madre de todas las demás) invertir el planisferio, desafiando la convención –entre machista e imperialista– que establece que el Norte va arriba y el Sur abajo. Si así se obraba, si se ponía el Sur arriba, proponía el ensayista, se advertiría que somos un país “condenado” a la integración. Esa “condena”, que es en verdad sana imposición de la realidad, fue esquivada en pos de fantasías de rastacueros. La salida de la convertibilidad fue, a costos siderales, el comienzo de una inmersión en la sensatez. El Mercosur es, por cojones. uno de los principales ítems de cualquier agenda sensata. El discurso del Presidente, escaso en promesas o planes pero rumbeado en lo programático, lo señaló con precisión. También enfatizó, a fuerza de reiterarlo, el vocablo “cambio” que es apenas una palabra pero que es la que usó Lula como latiguillo en su alocución inaugural del primero de enero, en Planalto.
* Cheques: “No he pedido ni solicitaré cheques en blanco” explicó Kirchner. Lo bien que hace porque nadie se los extendería. También ahorró a sus oyentes alusiones a Eva Perón que a esta altura (como el Che Guevara) sirven para un barrido como para un fregado. Y propuso “un sueño, el de volver a tener una Argentina con todos y para todos”. Esa mención no describe improbables consensos masivos sino una sociedad integrada, sin millones de ciudadanos excluidos de los códigos mínimos de cualquier comunidad moderna.
* Fotos para el álbum: Desde el 27 de abril Kirchner parece haber crecido. Ganó el centro del ring. Instaló temas de agenda, se acercó en imagen a eso de “un hombre común con responsabilidades importantes” que suele repetir. El clima de ayer, en un exótico día feriado de asunción, tenía algo de frescura en el Congreso, en la Rosada, en las plazas que le dan contexto y sentido. Todas las postales de ayer enriquecerán su álbum defamilia, pero lo que quedará en la memoria y la conciencia de los argentinos será lo que haga a partir de hoy, cuando gobierne. Si lo que hace se parece a lo que dijo y transmitió ayer no le irá nada mal.

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