sábado, 15 de julio de 2017

Manaos - BRASIL

BRASIL> Sobre los bordes del Amazonas

A las puertas de la selva

Crónica de un viaje a Manaos con pequeñas incursiones selváticas, navegando los vasos capilares de la mancha verde más grande de la tierra. Un lodge junto al río Negro y una ciudad con pretensiones europeas en majestuosa decadencia.

 El vuelo directo desde Buenos Aires a Manaos aterriza en plena noche: recién al partir tendríamos la mirada diurna, desde el aire, de un género de paisaje que es puro barroquismo vegetal y encierra submundos culturales marcados por la presencia subyugante de la selva y el agua, que son fuente de vida y obstáculo. Ese gran cuerpo viviente que sobrevolamos es pródigo en delicias de río y de bosque. También es un paraíso terrenal en algunos rincones –existen tribus casi sin contacto con la civilización– y paradigma de depredación ecológica.
Pego la frente a la ventanilla del avión y me asomo en pleno atardecer al universo amazónico, del que me alejo con la sensación de abarcarlo recién ahora, de una sola mirada convertida en paneo aéreo sobre ese mar de burbujeos verdes hasta la línea del horizonte. Desde el cenit parece un mundo perdido, o un universo virgen con la forma de un opaco laberinto cuyo motivo vegetal se reproduce hasta el hartazgo, tajeado al medio por la longitud plateada del río Amazonas, el de mayor volumen de agua en el mundo.
A las orillas del río veo nacer dos reinos enfrentados, cada uno con su muralla de árboles alineados tronco a tronco hasta el infinito sin una sola fisura aparente: por la franja intermedia entre esas dos fortalezas verdes hemos navegado durante la semana. Pero ahora sobrevolamos la codiciada Amazonia, donde uno imaginaría que existen restos de Eldorado con sus catedrales de oro. Lo cierto es que allí abajo hay al menos un millón de especies animales y vegetales, y en sus entrañas habitaron alguna vez siete millones de indios casi sin dejar rastros, cuyos pocos descendientes son asediados hasta hoy.
CIUDAD DEL CAUCHO Al descender en Manaos, capital del estado Amazonas, nos insertamos en una ciudad industrial rodeada por selva tropical, cuyo auge comenzó en 1860 cuando surcaban el Amazonas barcos cargados de una materia prima descubierta llamada hevea brasiliensis en latín, "borracha" en portugués y caucho en español.
Dormimos la primera noche en la ciudad para observar los reflejos de un pasado “europeo”: por un lado están los grandes edificios y los negocios de venta de productos electrónicos –Manaos es zona franca– y por el otro sobreviven los restos de la ciudad galante levantada con las fortunas del látex, hoy en decadencia aunque conservando los fulgores de una dama de alcurnia que ha perdido fortuna pero no su orgullo.
Nos internamos en el Mercado Municipal a orillas del río Negro, donde se ve la potencia productiva del río más largo y la mancha selvática más extensa de la tierra, que definen el modo de vida de quienes habitan sus riberas y profundidades. Y es tan exacto el reflejo que devuelve este mercado, que no se le escapa siquiera la huella europea en la región: el pabellón de las carnes es un armazón de hierro como una pajarera gigante, la copia a escala menor del parisino mercado de Les Halles, diseñado por Gustave Eiffel. Pero de señorial el mercado tiene apenas la estructura: en su interior se entremezclan olores de pescados ínfimos como un dedo meñique y de endriagos bestiales como el pirarucú del tamaño de media res colgando de un gancho (mide hasta tres metros).
El mercado tiene otro pabellón de ladrillos con algo de palacete europeo, donde muchos puestos ofrecen sacos con el fruto más estimulante de la selva reducido a polvo, descubierto por los aborígenes: el guaraná. El predio es un gran cuadriculado de tiendas donde cuelgan toda clase de baratijas y productos de consumo diario. Hay negocios “curalotodo” con las paredes y el techo sobrecargados de remedios “naturales”: yuyos, hojas, raíces y ungüentos. Los aborígenes no son por cierto quienes ofrecen el recetario selvático: venden más bien artesanías de las etnias baniwa, tikuna, sateré-mawé y yanomami (hay 60 en el estado Amazonas).
Del mercado parisino con productos tropicales vamos al Teatro del Amazonas, inaugurado en 1896 para disfrute privado de la ópera por parte de los barones del caucho, quienes asistían vistiendo levita los caballeros y tapado de visón las damas. Al caminar entre las butacas de terciopelo rojo veo en la cúpula la imagen de la Torre Eiffel y de ella cuelga una gran araña de cristales que alumbró a los grandes cantantes y actrices de su época: Enrico Caruso y Sara Bernhardt.

RUMBO A LA SELVA Tomamos una combi hasta el pueblo de Novo Airao, a 200 kilómetros de Manaos, para dormir en un lodge junto al río Jaú. Por la noche oímos los aullidos de los monos y el sonido monocorde creado por decenas de miles de insectos. Al llegar nos sirven daiquiri de maracuyá y un desayuno frugal con guayabas, papayas, acais y camu camus.
En la primera noche salimos a navegar por el archipiélago de Anavilhanas en una lancha: el guía alumbra las calmas aguas con una linterna y descubre dos ojos amarillos en la superficie. Nos acercamos en silencio y para sorpresa de todos el hombre enlaza por la boca un yacaré pequeño que empieza a coletear desesperado. Entonces lo toma de los dos extremos para subirlo a la embarcación. Pasado el estupor inicial, nos turnamos para tocar su dura piel. Luego, con el motor apagado, hacemos unos minutos de sublime silencio bajo la noche estrellada, flotando a la deriva en medio de un bosque y frente a una fauna rampante de miles de ojos que no vemos pero nos observan.
Al día siguiente vamos a la confluencia de los ríos Negro y Solimoes (este nombre recibe el Amazonas desde que entra a Brasil por Perú hasta unirse con el Negro). Surcamos en barco el río Negro observando las casas sobre palafitos y los jugueteos de una tonina rosada. A la media hora el guía anuncia que “hemos chegado ao Encontro das aguas”: a proa se unen dos corrientes en el vértice de una V del terreno, conformándose un horizonte infinito de agua bicolor como si hubiésemos salido a un extraño mar. El Solimoes tiene color café con leche y el Negro es más oscuro, notándose a la perfección el lugar donde se chocan porque parece el mapa de dos países delimitados por una línea muy definida: las aguas corren en paralelo sin mezclarse a lo largo de seis kilómetros.
Este mismo horizonte de agua y más agua es el que debe haber visto Francisco de Orellana, el primer europeo que descendió el río completo en 1541 y aseguró haber combatido contra una tribu de mujeres guerreras con el seno cercenado por apoyarse el arco y la flecha, igual que las amazonas griegas: por esta razón denominó al río con su nombre actual.

LOS IGAPÓS Al tercer día partimos frente al lodge en un barco que cruza el río y hacemos trasbordo a una lancha para explorar los igapós, sectores de selva inundados por la lluvia de diciembre a marzo. Avanzamos con lentitud sobre una profundidad baja: todo está inundado tierra adentro hasta 100 kilómetros de las orillas, quedando el 10 por ciento de la selva bajo una capa de agua. Surcamos los “vasos capilares” del submundo acuático de la Amazonia, esquivando troncos de árboles, lianas y plantas colgantes que nos rozan la cabeza y obligan a doblar la espalda para no ser rasguñados.
–Una samauma –dice el guía señalando uno de los mayores árboles de la selva, que mide 40 metros de altura. Al rato aparece lo más buscado: un jardín flotante con una veintena de victoria regias, esa planta acuática con hoja circular que parece una bandeja de un metro de diámetro, que flota con su larga raíz adherida al fondo y podría sostener encima una pava de té.
A la media hora desembarcamos para caminar y trepar por una liana varios metros, y ver cómo el guía enciende fuego rozando dos maderitas con ayuda de una hoja.
El viaje a Manaos termina perfilado en nuestra mente como una aproximación: nos hemos acercado a la selva, habiéndonos empapado de su cultura multiétnica. Entramos incluso en su entraña verde viviendo pequeños éxtasis amazónicos. Pero queda el deseo de regresar para surcarla muy a fondo, como quienes iban en aquella balsa de troncos ya legendaria en la historia del cine –la de Aguirre la ira de Dios– ideada por Werner Herzog en versión libre de la aventura de Orellana. Nuestra embarcación ya no buscaría Eldorado y sería uno de esos cruceros de aventura que atraviesan hoy los caracoleos del gran río americano, sin el ruidoso glamour ni el lujo globalizado de sus pares caribeños, que desentonarían con todo lo que crece aquí alrededor. La selva inspira, entre otras cosas, sumo silencio.

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