El macrismo impone un plan económico y político como única verdad. “Macri pasa de la sorpresa al enojo cuando alguien desacuerda con sus dichos o con sus medidas. En el fondo es una reacción por sentirse incomprendido, por no poder entender que hay una parte del país que parece no darse cuenta –por dificultades educativas, por añoranzas de un pasado falso o por intereses espurios– de que la manera de hacer y sentir verdadera es una sola (…) Quien ha asumido el poder no es solo un grupo económico, es ante todo un proyecto de vida que se debe inculcar a los demás”, plantea con agudeza Marcos Mayer en El relato macrista. Construcción de una mitología (Ediciones B), libro que el escritor, periodista y traductor presentará hoy a las 18 en la librería El Ateneo (Florida 340) junto con Martín Kohan y Pedro Saborido.
Mayer analiza con ironía y profundidad los discursos oficiales de Macri y de sus principales ministros y funcionarios –escribe separado el apellido del ex ministro de Cultura de la Ciudad, el negacionista Darío Lopérfido–, las políticas adoptadas por el gobierno de Cambiemos y la importancia de la autoayuda y el tema de la felicidad, entre otras cuestiones. “El PRO tiene problemas con todo lo que suene a sujeto colectivo y la ciudadanía lo es -advierte el escritor a PáginaI12-. Se siente más cómodo en el uno a uno y de hecho lo promueve. Por un lado con los timbreos, por el otro con los chistes de fútbol que Macri parece no poder evitar cuando se cruza con un mandatario extranjero. Una especie de campechanía que sólo se puede dar en el trato persona a persona. Lo colectivo aparece como peligroso, por eso habla de la mafia de los laboralistas, por ejemplo. Además a esto se suma el credo individualista aprendido en la autoayuda: toda salvación, todo progreso, es individual. 
–Si el gran sostén del relato macrista es que todo empieza de cero, ¿el problema del macrismo es el pasado, especialmente el vinculado con la dictadura cívico-militar y el terrorismo de Estado? 
–Al macrismo el pasado le importa más bien poco. Basta leer lo que dice el presidente en cada acto patrio. O directamente habla del presente y del futuro que nos vive prometiendo o si no traduce la historia a su propio vocabulario CEO, como cuando dijo que Belgrano era un emprendedor. Ni siquiera se refiere a su propio pasado, no suele reivindicarse la gestión de Macri en la ciudad. Quisieran hacer lo mismo con el tema de la dictadura –una palabra de la que huyen como si fuera la peste– pero esta vez, contradiciendo el slogan de campaña, no se puede. Está por un lado la presencia de los organismos de derechos humanos, a los que se ataca pero al menos por ahora no pueden eliminar. No sé si este no será el sentido de la intervención a la Universidad de las Madres. Por el otro la repercusión del tema del terrorismo de Estado a nivel internacional, lo que obliga a Macri a tener que ir cada tanto a la ex ESMA, algo que jamás hubiera imaginado ni en sus peores pesadillas. Creo que gran parte del PRO estuvo cerca de la dictadura. (Nicolás) Massot, el jefe de la bancada de Cambiemos, es sobrino de Vicente, defensor a ultranza de los represores. El regateo en torno de las cifras de desaparecidos es como si se quisiera decir que no fue para tanto. El propósito de Lopérfido es ensuciar la causa de los derechos humanos mezclándola con  la cuestión del dinero, un argumento habitual en los que están cerca de los milicos presos.
–¿Cómo explicar el antintelectualismo que profesa el macrismo?
–Hay que reconocer que el antiintelectualismo no es exclusividad del macrismo y recorre prácticamente todo el arco político. Lo que parece más interesante es que Cambiemos, con Alejandro Rozitchner –el filósofo oficial– a la cabeza impugna el hecho mismo de pensar. Marcos Peña se ha expresado en el mismo sentido. Tengo la sensación de que Macri se deja pensar por otros, de hecho el discurso oficial está atravesado de ideas que vienen de otro lado. Es como si el mundo fuera una planilla de Excel, importa el resultado y con los resultados no se discute. De todos modos, Cambiemos no ha logrado generar una movida intelectual a su alrededor como sí ha sucedido con el kirchnerismo y antes con el alfonsinismo. Es un poco abusivo calificar de intelectuales a (Marco) Aguinis o a Ari Paluch.
–“El gobierno de Macri no reivindica la crueldad, pero no reniega de ella”, propone en el libro. ¿El macrismo está intentando naturalizar cierta crueldad o insensibilidad hacia los pobres, desempleados y jubilados?
–El macrismo, como alguna vez dijo, un tanto melodramático, Felipe Solá, no tiene corazón. A Macri no le da ni para cargar bebés en brazos en campaña. En el ideario de Cambiemos la pasión es algo que está mal visto. Hay por un lado un ensañamiento con ciertos sectores y, como corresponde, van sobre aquellos que no tienen capacidad de respuesta. Es más fácil meterse con un pensionado que con un sindicato. Pero si hace falta, no le temen a la represión. Macri exacerba la crueldad inherente al neoliberalismo.