El poeta más longevo de América latina, Nicanor Parra, a casi dos meses de cumplir 103 años –el próximo 5 de septiembre–, “sin apuro por desaparecer del mapa”, como él mismo ironizó cuando tenía 90 y pico, vuelve a las librerías con El último que apaga la luz (Lumen), una selección de sus libros que incluye Poemas y antipoemas (1954), la nave insignia de su obra, y rescata textos esparcidos en diversas revistas. La antología, un tomo de 400 páginas que estuvo a cargo de Matías Rivas, poeta y editor de Parra en el sello de la Universidad Diego Portales, llegará también a España, Argentina, México y Perú. A diferencia de otras selecciones, incluye algunos libros completos como La cueca larga, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, Hojas de Parra y Mai Mai Peñi –”buenos días hermano” en mapudungún–, nombre que escogió para el discurso de agradecimiento al entonces llamado Premio Juan Rulfo que recibió en 1991, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. “También hay una selección generosa de Obra gruesa, que va casi completo; New from Nowhere, los textos que publicó en la revista Manuscritos; monólogos de su traducción del Lear de Shakespeare, y un grupo de poemas dispersos con el título Calcetines huachos”, anticipa Rivas al diario chileno La Tercera.
El Premio Cervantes 2011 guarda cuadernos con artefactos y textos inéditos, pero Rivas (Santiago de Chile, 1971) prefirió no explorar en esa zona privada: “Hay que respetar la voluntad de Nicanor. Además, su obra después de El Cristo del Elqui es aún poco conocida”, advierte el editor. Los primeros ejemplares de El último que apaga la luz ya están en poder de Colombina Parra, la hija menor del poeta. Ella se los llevará a Las Cruces, el balneario donde vive el poeta chileno desde hace tres décadas. “El que sea valiente que siga a Parra –planteó Roberto Bolaño en un texto de 2001 recopilado en Entre paréntesis–. Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la tribu está condenada a disgregarse. Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”. Una poesía que escucha, que pregunta, que duda, que piensa, que sacude. 
Parra nació el 5 de septiembre de 1914 en San Fabián de Alico, hijo de un carismático maestro de escuela y una madre campesina que le inoculó el virus por las coplas. Estudió Matemática y Física en la Universidad de Chile y en la década del ‘40 decidió viajar a Estados Unidos para estudiar Mecánica Avanzada y después Cosmología en Oxford. Primero influido por Federico García Lorca y Walt Whitman en su exploración hacia una poesía con la oreja puesta en la calle, el itinerario se inició con la publicación de su primer poemario, Cancionero sin nombre (1937). Hubo un silencio de casi dos décadas, hasta que regresó con Poemas y antipoemas (1954), libro donde, además de revolucionar la manera de entender la poesía en todo el mundo hispanoparlante, despotricaba contra “la poesía del pequeño dios./ La poesía de vaca sagrada”. Algunos han interpretado que los dardos afilados estaban dirigidos al “trío intocable” compuesto por Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Pablo De Rokha.
Calcetines huachos reúne algunos de sus últimos antipoemas. “DE LAS INFALIBLES PALOMAS/ No se libra la estatua de ningún presidente/ Nos decía la Clara Sandoval/Las palomas saben muy bien lo que se hacen”, dice uno de antipoemas. “En la selección se ve la aparición de los diferentes personajes de Parra: el energúmeno, el Cristo, los eslogan, las distintas máscaras que usa”, explica Rivas y agrega que en la última parte de El último que apaga la luz está el texto de la Sagrada Familia y el poema del Papa, que son muy actuales. “En una aldea maldita/ Con ínfulas de ciudat/ Un viejo se enamoró/ De una menor de edat/ La va a esperar al liceo/ Con gran regularidat/ La mira x el espejo/ Le ofrece una cantidat/ La toma de la cintura/ Con mucha perversidat/ Le dice m’hijita linda/ Hágalo x caridat/ Hasta que la colegiala/ Perdió su vir-gi-ni-dat…”, se lee en el “Rap de la Sagrada Familia”. 
“Parra ha conseguido sobrevivir –escribió Bolaño–. No es gran cosa, pero algo es. No han podido con él ni la izquierda chilena de convicciones profundamente derechistas ni la derecha chilena neonazi y ahora desmemoriada. No han podido con él la izquierda latinoamericana neoestalinista ni la derecha latinoamericana ahora globalizada y hasta hace poco cómplice silenciosa de la represión y el genocidio. No han podido con él ni los mediocres profesores latinoamericanos que pululan por los campus de las universidades norteamericanas ni los zombis que pasean por la aldea de Santiago. Ni siquiera los seguidores de Parra han podido con Parra. Es más, yo diría, llevado seguramente por el entusiasmo, que no sólo Parra, sino también sus hermanos, con Violeta a la cabeza, y sus rabelaisianos padres, han llevado a la práctica una de las máximas ambiciones de la poesía de todos los tiempos: joderle la paciencia al público”.