miércoles, 19 de julio de 2017

Roberto Fontanarrosa

A diez años de la muerte de Roberto Fontanarrosa

“La popularidad del Negro sigue siendo insoslayable”

Liliana Heker, Ana María Shua, Guillermo Saccomanno, Reynaldo Sietecase y Carlos Bernatek recuerdan en esta nota al notable escritor rosarino. Allí, en la ciudad donde nació, vivió y murió, se inaugurará hoy Fontanarrosa… el mayor de mis afectos, una muestra que celebra su obra.

 “¡Qué lo parió!”, diría Mendieta. Cómo se lo extraña a Roberto “El Negro” Fontanarrosa, excepcional narrador y humorista gráfico, canalla de pura cepa –hincha de Rosario Central–, que murió hace diez años, a los 62 años, como consecuencia de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) que padecía desde 2003. En Rosario, la ciudad donde nació, vivió y murió, su lugar en el mundo, se inaugurará hoy Fontanarrosa… el mayor de mis afectos, una muestra que celebra la obra del creador de personajes emblemáticos como Inodoro Pereyra y Boogie, el aceitoso, autor de notables libros de cuentos como El mundo ha vivido equivocado, No sé si he sido claro, Nada del otro mundo, Uno nunca sabe, La mesa de los galanes y Usted no me lo va creer, entre otros. La inteligencia y belleza de su humor, la capacidad de tomar el pelo a los argentinos “con maldad y con cariño”, el mundo del bar y los manantiales de historias, su mirada capaz de descubrir lo grotesco en situaciones mínimas, el oído fino para los lugares comunes y el hecho de emplear la lengua como laboratorio son algunas de las cuestiones que destacan Liliana Heker, Ana María Shua, Guillermo Saccomanno, Reynaldo Sietecase y Carlos Bernatek.

“Me sedujo su escritura mucho antes de que Fontanarrosa empezara a publicar sus libros de cuentos –dice Heker a PáginaI12–. Ya en sus creaciones gráficas podía notarse que, en gran parte, su genio es verbal y sus fuentes, innegablemente literarias. Boogie, el aceitoso  refiere al policial negro, y el habla de Inodoro Pereyra es una mezcla de parodia y homenaje a Neruda, o a Tejada Gómez, o incluso a Borges. Sus dibujos son desopilantes pero, en buena medida, la comicidad de cada recuadro, el impacto que provoca, reside en el lenguaje. Más adelante, sus cuentos desplegaron hasta lo imposible este don suyo, primordial”. Sietecase cuenta que lo primero que leyó fueron las historietas. “Mi padre era fanático de Inodoro Pereyra y me contagió ese fanatismo. Recuerdo que teníamos un calendario de pared que cada día tenía un chiste de ‘el renegau’. Comprendí enseguida que el Negro era mucho más que un historietista ingenioso. Había inteligencia y belleza en su humor. Luego vinieron sus cuentos. Mi preferido es ‘19 de diciembre de 1971’. Y todos sus cuentos de fútbol en general. Se trata de un gran escritor, aunque los policías literarios lo menospreciaran”, advierte el autor de Un crimen argentino y No pidas nada. Saccomanno lo descubrió en la revista Hortensia en la década del 70. “Allí estaba el Negro, con Inodoro Pereyra y Boogie, el aceitoso, parodias de la gauchesca y la serie negra. Poco después Hortensia llegó a distribuirse en Buenos Aires. Y ahí se produjo el estampido del humor cordobés, que siendo local en extremo rompió la barrera del provincianismo. A partir de ese momento la popularidad del Negro se vuelve insoslayable”, recuerda el autor de El buen dolor, La lengua del malón y El oficinista.
Ana María Shua era lectora de sus chistes y de sus historietas, “tan geniales”, hasta que le llegó los cuentos de El mundo ha vivido equivocado. “Me reí muchísimo, disfruté, y pensé que Fontanarrosa era una reencarnación de un autor que me había traído muchas alegrías en mi infancia y adolescencia: Chamico, el otro yo de (Conrado) Nalé Roxlo. Fontanarrosa tenía dos cualidades mágicas de Chamico: la capacidad de tomarnos el pelo a los argentinos con maldad y con cariño, y una increíble y jugosa habilidad para la parodia desopilante –compara la autora de Soy Paciente, Los amores de Laurita y La muerte como efecto secundario–. Pero seguí leyendo y descubrí que, mezclados con esos cuentos paródicos y tiernamente costumbristas, había también gran literatura gran, de la que se escribe con mayúscula. Cuentazos. Los hay por aquí y por allá, en todos sus libros, mezclados con los demás pero inconfundibles para quien los sepa valorar: ese que tiene como nombre una fecha (‘19 de diciembre de 1971’), en el que un hombre muere de la mejor manera posible: gritando un gol. O, por ejemplo, ‘El cielo de los argentinos’, que desborda el costumbrismo y nos toca directo en la mitad del corazón”. Carlos Bernatek comenzó leyendo las historietas sobre la guerra de Vietnam. “Eran textos ‘pre-Boogie’, que en cierto modo anunciaban el futuro discurso del personaje. Tanto los textos como los dibujos eran fascinantes, de una originalidad y una ironía inusuales, como una suerte de parodia de los cómics bélicos clásicos. Otra tira inolvidable fue una doble página color de Satiricón que, creo, se llamaba ‘Quién le teme al Pato Donald’, que llevaba el guión clásico a un delirio increíble”, evoca el autor de Rutas argentinas, Banzái y La noche litoral.
“El Negro era –decirlo en pasado me cuesta– un extraordinario oído del habla y también es un lector agudo de diversas retóricas. Puede captar al detalle cualquier registro. Y ponerlo en acción. Es decir, su narrativa es tan amplia que puede arrancar desde la oralidad hasta el culteranismo”, plantea Saccomanno. “Me interesa el mundo del bar, cómo lo traduce en manantial de historias –agrega Sietecase–. Y el tratamiento que le da al fútbol en sus relatos. El deporte que defino como la más importante de las cosas menos importantes”. Desde que leyó El mundo ha vivido equivocado, Heker está convencida de que es “un narrador único en su especie”. “Su humor es irresistible pero no se trata solo de eso. Lo que le otorga originalidad genuina y, según pienso, trascendencia a ese humor, es que está atravesado por el absurdo, por la impiedad, por una mirada capaz de descubrir lo grotesco, pero también lo bello o lo grandioso, detrás de situaciones mínimas”. A Bernatek le interesa la oralidad de Fontanarrosa, “ese oído tan fino para con los lugares comunes, y la vuelta de tuerca cínica sobre la repetición de esa fraseología que conforma la llamada ‘sabiduría popular’, muy presente también en el discurso de los medios”.
 Saccomanno señala que la genialidad del Negro consiste “en emplear la lengua como laboratorio”. “En esta experimentación, primero en los globos de historieta, y luego en novelas y cuentos, tensa los límites de los géneros. No es que se proponga deliberadamente, a través de una operación intelectual, ponerse en el lugar del otro –aclara el escritor–. Este lugar, el del otro, es uno que se debe incorporar intuitivamente cuando se trabaja en géneros populares. Si no sabés escribir diálogos, no sabés escribir historietas. Y si no aprendiste a contar escribiendo historietas, difícilmente puedas lograr un buen cuento”. Para Heker más que el diálogo en particular, lo que Fontanarrosa maneja con un talento fuera de lo común es lo coloquial. “Ese manejo no reside solo en crear el vocabulario de cada personaje. Ya Borges dijo que quien conoce el lenguaje de un personaje, conoce su psicología. Pero el lenguaje no está hecho solo de vocablos. Las omisiones, los tics, ciertas reiteraciones o interrupciones, los errores, lo que el hablante trata de ocultar o de poner en relieve, todo eso es lo que constituye un lenguaje y va a sugerir al lector la psicología y la historia de un personaje. Los diálogos en literatura fallan cuando meramente exponen o informan, en lugar de iluminar algo que está detrás de las palabras. El ‘¡Que lo parió!’ de Mendieta suele ser más elocuente que unos cuantos discursos”.
 “Inodoro Pereyra me ha hecho reír hasta caerme sentada –confiesa Shua–. Boogie, el aceitoso es lo más de lo más, me encanta la estilización, la depuración que hace de ese campo argentino inexistente del que en realidad nada sabemos y sin embargo nos constituye, la secreta admiración subdesarrollada por el super macho de Boogie… Y los cuentos, una y otra vez los cuentos: algunos cuentos. Lo maravilloso es que los cuentos que no son geniales, quizás la mayoría, son de todos modos intensamente disfrutables. Me fascina el humor, esa capacidad de Fontanarrosa de abrir una puerta donde todos creíamos que había solamente una pared”. La tradición literaria humorística, salvo excepciones, no tiene muchos escritores entre sus filas. “El humor da miedo, es peligroso, quien se arriesga al humor se arriesga a no ser tomado en serio –explica Shua–. Es mucho más fácil para un escritor poner cara de Sabato y hablar de sus obsesiones que hacer reír a la gente y arreglárselas para que a pesar de todo lo consideren un escritor ‘de verdad’. El público agradece a quienes lo hacen reír, pero los considera un escalón por debajo de los grandes. De hecho, es lo mismo que les pasa a los actores cómicos, la gente los adora, pero a la hora de nombrar a un gran actor argentino, nunca se van a acordar del que más los hizo reír. Fontanarrosa se mira y nos mira, sabe cómo somos y nos quiere; su humor no lastima, acaricia, entiende”.

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