lunes, 3 de julio de 2017

San Odón de Cluny

San Odón de Cluny

En Tours, de Neustria, tránsito de san Odón, abad de Cluny, que instauró la observancia monástica según la Regla de san Benito y la disciplina de san Benito de Aniano.
Patronazgos: patrono de los músicos, y protector contra la sequía y para pedir lluvia.
 Desde mediados del siglo X hasta principios del siglo XII, la abadía de Cluny fue sin duda la institución que mayor influencia ejerció sobre la vida monástica en el occidente de Europa. Su papel sólo cedía en importancia al del papado, ya que constituía el centro y la principal autoridad de una vasta «reforma» monástica, por lo que marcó la vida y el espíritu de los monjes de San Benito durante un período mucho más extenso y su influencia se deja sentir todavía. La influencia y la autoridad de Cluny se debieron a siete de sus ocho primeros abades, de los que san Odón fue el segundo. El santo se educó primero con la familia de Fulko II, conde de Anjou, y después, con la del duque Guillermo de Aquitania, fundador de la abadía de Cluny. Odón recibió la tonsura a los diecinueve años, fue nombrado canónigo de la iglesia de San Martín de Tours y pasó algunos años estudiando en París. Allí se dedicó con gran entusiasmo a la música con Remigio de Auxerre, su maestro. Un día, al leer la Regla de San Benito, Odón quedó impresionado al comprobar cuánto distaba su existencia de la perfección, y entonces determinó ingresar en la vida religiosa. Poco después, se trasladó al monasterio de Baume-les-Messieurs, en la diócesis de Bensançon, donde el abad Berno le concedió el hábito el año 909.
El duque Guillermo fundó al año siguiente la abadía de Cluny y la confió al abad Berno, quien nombró a San Odón director de la escuela que el monasterio tenía en Baume. Se cuenta que, en cierta ocasión cuando san Odón se hallaba de viaje, la hija de su hospedero acudió a él por la noche a pedirle auxilio, pues su padre quería casarla contra su voluntad. El santo no pudo resistir a las lágrimas y súplicas de la joven, la ayudó a escapar de su casa y la llevó consigo a Baume. No sin razón, el abad de Odón se enojó por la precipitada decisión de su súbdito y le ordenó que velara cuidadosamente por la joven y la pusiese en sitio seguro. Odón, que llevaba diariamente de comer a la joven, la instruyó sobre la vida religiosa y la colocó en un convento de religiosas. Con la edad, el santo se hizo más prudente y fue nombrado para suceder a Berno en el gobierno de la abadía de Cluny.
El abad Berno había emprendido ya la reforma de varios monasterios desde Cluny. San Odón continuó la reforma en mayor escala. Uno de los monasterios que reformó fue el de Fleury sobre el Loira, que estaba destinado a ejercer una gran influencia en Inglaterra. Alguien escribió acerca de la escuela de san Odón en Cluny: «En ella se educa tan bien a los niños como en los castillos de sus padres». La vida en Cluny no era fácil. Cierto monje se quejó una vez ante san Odón de que Berno gobernaba la abadía con mano de hierro. Lo cierto es que hacía falta una rígida disciplina para mantener el orden entre los vigorosos espíritus del siglo X, y Cluny no era una excepción. San Odón gobernó también con férrea energía y solía intimidar a los monjes rebeldes hablándoles de métodos de gobierno aún más severos que el suyo. Pero no siempre procedía así. Por ejemplo, refiriéndose a los actos de caridad, contó un día que un joven estudiante, al dirigirse a la iglesia a cantar maitines, en una cruda madrugada de invierno, había encontrado en la puerta del templo a un mendigo medio desnudo. El estudiante se quitó la capa y se la echó al mendigo sobre los hombros, de suerte que tiritó de frío durante el largo oficio. Después de laudes, se acostó en su lecho para calentarse un poco y encontró entre las sábanas una moneda de oro, con lo que tenía más que suficiente para comprarse una capa. El biógrafo comenta: «Entonces yo no sabía quién había sido el héroe de este incidente, pero lo descubrí más tarde». Naturalmente, el héroe fue el propio Odón, quien en Tours había aprendido a imitar a San Martín.
 El año 936, san Odón fue a Roma por primera vez, convocado por el papa León VII. La ciudad estaba entonces sitiada por Hugo de Provenza, quien se daba a sí mismo el nombre de rey de Italia y profesaba gran respeto a san Odón. El Papa había llamado al santo para que tratase de concluir la paz entre Hugo de Provenza y Alberico, «el patricio de los romanos». San Odón logró un triunfo provisional, negociando el matrimonio de Alberico con la hija de Hugo. En la abadía de San Pablo Extramuros «reglamentó en forma apostólica la vida espiritual del monasterio y, con sus exhortaciones, fomentó en todos los corazones la fe, la piedad y el amor de la verdad». El espíritu de Cluny se había extendido ya más allá de las fronteras de Francia, y la influencia de san Odón se dejó sentir particularmente en los monasterios de Monte Cassino, Pavía, Nápoles y Salerno. En cierta ocasión, el santo estuvo a punto de perecer apedreado por un campesino que pretendía que los monjes de San Pablo le debían dinero. San Odón pagó al campesino lo que se le debía y olvidó el incidente. Pero pronto se enteró de que Alberico había sentenciado a aquel hombre a perder el brazo derecho. Inmediatamente, el santo fue a pedir la anulación de la sentencia y consiguió que el campesino fuese puesto en libertad. Durante los seis años siguientes, Odón tuvo que volver dos veces a Roma a tratar de mantener la paz entre Hugo y Alberico y aprovechó ambas ocasiones para ensanchar el campo de su celo de reforma. Entre tanto, la empresa iba ganando terreno en Francia, donde los nobles devolvían al santo los monasterios que hasta entonces habían gobernado ilegalmente, y los superiores le invitaban a visitar sus abadías y a reformarlas. Naturalmente, no faltaron monjes que no se resignaban a perder su cómoda situación y obstaculizaban cuanto podían el trabajo del santo. Por ejemplo, algunos acusaron a los de Cluny de lavar su ropa interior los sábados después de las vísperas. Como los religiosos de Cluny no respondiesen nada y continuasen con su tarea semanal, uno de los acusadores exclamó: «Yo no soy una serpiente que silba ni un buey que muge, sino un hombre que habla. ¿Acaso queréis enseñarnos la regla de San Benito guardando silencio?». Dicho esto, fue a quejarse a su abad. Los monjes de Fleury recibieron al santo con piedras y espadas y aun le amenazaron con darle muerte si entraba en la iglesia. San Odón les habló con cariño, les dio tres días para tranquilizarse y, al cabo de ese plazo, penetró montado en su asnillo como si nada hubiese sucedido. «Le recibieron como a un padre y su escolta partió sin necesidad de intervenir». El año 942, Odón fue a Roma por última vez. Al regreso, se detuvo en el monasterio de San Julián de Tours. Después de asistir a las ceremonias de la fiesta de su patrono, San Martín, tuvo que guardar cama y falleció el 18 de noviembre. Uno de sus últimos actos fue componer un himno en honor de san Martín, que se conserva todavía. A pesar de la enorme actividad de su vida, san Odón encontró todavía tiempo para escribir otro himno, doce antífonas en verso, en honor de san Martín, tres libros de estudios de moral, una biografía de san Geraldo de Aurillac y un largo poema sobre la Redención. Sus biógrafos afirman también unánimemente que escribió varias obras sobre la música sagrada, pero no se conserva ninguna, por más que se le han atribuido falsamente ciertas partituras.

 San Odón de Cluny (nacido ca. 878 o 879 en el Maine - fallecido el 18 de noviembre de 942), santo de la Iglesia católica, era un religioso francés de la Edad Media, que llegó a ser en 920 el tercer abad de Aurillac y de 926 a 942 el segundo abad de Cluny donde sucedió a Bernón. Promulgó varias reformas en el sistema de Monasterios de Cluny en Italia y Francia.
 Entrada en las órdenes

La primera biografía la realizó el monje Juan de Salerno pocos años después de su muerte. Odón era el hijo de un señor feudal de Déols, cerca de Le Mans. En su infancia, la primera intención de sus padres fue dedicarlo a la vida religiosa, bajo la advocación de San Martín de Tours. Más tarde decidieron continuar su educación en la corte del conde de Anjou y posteriormente en la de Guillermo el Piadoso, duque de Aquitania, donde se preparó para guerrear.

Debido a crecientes y fuertes dolores de cabeza que ningún médico podía aliviar y después de hacer votos de que si se produjese su curación se volvería a consagrar a Martín de Tours, así lo hizo. En 899 se retira a la iglesia de San Martín de Tours. Después de haber completado su formación en París, siendo discípulo del erudito obispo de Auxerre, Remigius de Auxerre, escribe un compendio de los Moralia in Job de Gregorio Magno.

Alrededor de 909, llegó a ser monje benedictino, y luego superior de la escuela abacial de la abadía de Baume, donde llevó consigo 100 libros y cuyo abad, Bernón de Baume, sería el fundador y primer abad de la abadía de Cluny.

Abad de Aurillac

Sucede como tercer abad de Aurillac a Jean d'Aurillac, pariente del fundador San Géraud y escribe su vida a petición de Turpin, obispo de Limoges que lo ordenará sacerdote en 925. Odón recopiló todos los documentos y testimonios de los que habían conocido a Géraud y estudió cuidadosamente la fundación y los estatutos de la abadía que había servido de modelo para Cluny. Con la Vida de san Geraldo de Aurillac, propone el primer modelo de caballero cristiano, señor poderoso que pone su fuerza y sus riquezas al servicio de la justicia y de la paz. Se desconoce durante cuánto tiempo fue abad de Aurillac, donde tuvo un coadjutor de nombre Arnulphe que le sucedió en 926.

Abad de Cluny

Escogido en su testamento por Bernón para sucederle como segundo abad de Cluny, toma posesión a su muerte en 926 o 927. La abadía entonces sólo tenía 12 monjes, pequeñas propiedades y estaba todavía construyéndose.

Es muy probable también que el autor del acta fundacional de Cluny, expedido en Bourges, anterior a su llegada a la abadía fuese Odón ya que se le conocía su conocimiento y competencia en el derecho canónico y está firmado por Oddo Levita, o sea, Clérigo Odón.

En 931 consigue por privilegio del papa Juan XI, para que la abadía de Cluny tenga la misma inmunidad que la Abadía de Saint-Géraud d'Aurillac. Como jefe de la orden que depende directamente de la Santa Sede le está permitido dirigir y unir todos los monasterios que le quieran confiar los abades laicos (como es el caso de Fleury-sur Loire), así como acoger en Cluny a monjes benedictinos pertenecientes a comunidades todavía no reformadas. El mayor número de monasterios reformados, sin embargo, se mantuvo independiente y se convirtieron en varios centros de reforma.

Actuó fundamentalmente en la reforma de monasterios en Aquitania, norte de Francia, e Italia. Entre 936 y 942 visitó Italia en varias ocasiones, teniendo gran influencia, como consejero de los papas León VII y Esteban VIII. Fundó en Roma el monasterio de Nuestra Señora en el Aventino y reformó varios conventos, por ejemplo, Subiaco y Monte Cassino. En varias ocasiones le fueron encomendadas importantes misiones políticas, por ejemplo, cuando puso paz entre Hugo de Arlés y Alberico II de Espoleto.

Odón se convirtió en el gran reformador de Cluny, que se convirtió en el modelo de vida monástica durante más de un siglo y fue ejemplo del papel de la piedad en la vida cotidiana en Europa. Construye una iglesia dedicada a San Pedro llamada Saint-Pierre-le-Vieux. Proporciona a la abadía una buena biblioteca, una escuela y consigue el derecho a acuñar moneda. Su reputación de santidad atrae a numerosos monjes a la abadía y numerosos ermitaños en los alrededores. Es llamado para reformar otros monasterios, entre los que se encuentran la Abadía de San Pablo Extramuros en Roma y San Agustín en Pavía. De la misma forma que Bernón lo había escogido para sucederle, Odón nombra como su sucesor a Aimar de Cluny.

Odón es el primero que reúne manuscritos en la biblioteca de Cluny trayendo libros provenientes de San Martín de Tours.

Entre sus escritos se encuentran:

    Collationes (Conferencias), tres libros de ensayos de moral sobre las virtudes y los males de su tiempo y sus remedios y su meditación espiritual, teniendo como modelo una obra del monje y teólogo Juan Casiano. Fueron muy estimadas en la Edad Media.
    Occupatio, un largo poema épico sobre la Redención.
    De vita sancti Gerardi, sobre la vida de San Geraldo de Aurillac que lo presenta como un guerrero que lucha únicamente por la paz, rehúye derramar sangre, va a misa regularmente y es un modelo de humildad, sobriedad y otras virtudes. La vida de Geraldo (militar y de santidad) es una de las primeras descripciones de un santo escritas en lenguaje accesible para el gran público en la literatura medieval.
    Epítomes, resúmenes de otras obras religiosas.
    Sermones, donde insiste en la autoridad de la jerarquía eclesiástica y en la castidad.
    Translatio, una historia del traslado del cuerpo de san Martín de Tours en Borgoña (ceremonia importante en la época).

Como teórico de la música y compositor

Dotado de educación musical, escribió varias obras en las que fue el primero en nombrar las notas musicales con letras (A para la, B para el si, utilización que se ha mantenido en los países germánicos y anglosajones) y clasifica las melodías y sonidos. Se atribuye a Odón (Eiusdem Oddonis, año 900 aprox.) la primera referencia escrita del organistrum acerca de su construcción: Quomodo organistrum construatur ("Cómo construir un organistrum"). Se describe cómo ubicar las teclas a lo largo del mástil para lograr una escala musical completa. Asimismo se le atribuyeron el Diálogo sobre la música y, algunos, la Musica enchiriadis, ambas obras dedicadas a la teoría de la música.

Como compositor su producción musical incluye doce antífonas corales en honor a San Martín de Tours.

La figura luminosa de san Otón, abad de Cluny: ésta se coloca en ese medioevo monástico que vio la sorprendente difusión en Europa de la vida y de la espiritualidad inspiradas en la Regla de san Benito. Se dio durante aquellos siglos un prodigioso surgimiento y multiplicación de claustros que, ramificándose en el continente, difundieron en él el espíritu y la sensibilidad cristianas. San Otón nos lleva, en particular, a un monasterio, Cluny, que durante la edad media fue uno de los más ilustres y celebrados, y aún hoy revela a través de sus ruinas majestuosas las huellas de un pasado glorioso por su intensa dedicadión la ascesis, al estudio y, de modo especial, al culto divino, envuelto en decoro y belleza. Otón fue el segundo abad de Cluny. Nació hacia el 880, en los confines entre Maine y Turena, en Francia. Fue consagrado por su padre al santo obispo Martín de Tours, a cuya sombra benéfica y en cuya memoria pasó Otón toda su vida, concluyéndola al final cerca de su tumba. La elección de la consagración religiosa estuvo en él precedida por la experiencia de un especial momento de gracia, del que él mismo habló a otro monje, Juan el Italiano, que después fue su biógrafo. Otón era aún adolescente, sobre los dieciséis años, cuando en una vigilia de Navidad, sintió cómo le salía espontáneamente de los labios esta oración a la Virgen: "Señora mía, Madre de misericordia, que en esta noche diste a luz al Salvador, reza por mí. Que tu parto glorioso y singular sea, oh la más pía, mi refugio" (Vita sancti Odonis, I,9: PL 133,747). El apelativo "Madre de misericordia", con el que el joven Otón invocó entonces a la Virgen, será con el que él quiso siempre dirigirse a María, llamándola también "única esperanza del mundo... gracias a la cual se nos han abierto las puertas del paraíso" (In veneratione S. Mariae Magdalenae: PL 133,721). En aquel tiempo empezó a profundizar en la Regla de san Benito y a observar algunos de sus mandatos, "llevando, aún sin ser monje, el yugo ligero de los monjes" (ibídem, I,14: PL 133,50). En uno de sus sermones Otón se refirió a Benito como "faro que brilla en la tenebrosa etapa de esta vida" (De sancto Benedicto abbate: PL 133,725), y lo calificó como "maestro de disciplina espiritual" (ibídem: PL 133,727). Con afecto reveló que la piedad cristiana "con más viva dulzura hace memoria" de él, consciente de que Dios lo ha elevado "entre los sumos y elegidos Padres de la santa Iglesia" (ibídem: PL 133,722).
Fascinado por el ideal benedictino. Otón dejó Tours y entró como monje en la abadía benedictina de Baume, para pasar después a la de Cluny, de la que se convirtió en abad en el año 927. Desde ese centro de vida espiritual pudo ejercer una amplia influencia en los monasterios del continente. De su guía y de su reforma se beneficiaron también en Italia diversos cenobios, entre ellos el de San Pablo Extramuros. Otón visitó Roma más de una vez, llegando también a Subiaco, Montecassino y Salerno. Fue precisamente en Roma donde, en el verano del año 942, cayó enfermo. Sintiéndose cercano a la muerte, con todos los esfuerzos quiso volver junto a su san Martín, en Tours, donde murió durante el octavario del santo, el 18 de noviembre del 942. Su biógrafo, al subrayar en Otón la "virtud de la paciencia", ofrece un largo elenco de sus demás virtudes, como el desprecio del mundo, el celo por las almas, el compromiso por la paz de las Iglesias. Grandes aspiraciones del abad Otón eran la concordia entre el rey y los príncipes, la observancia de los mandamientos, la atención a los pobres, la corrección a los jóvenes, el respeto a los viejos (cf. Vita sancti Odonis, I,17: PL 133,49). Amaba la celdita donde residía, "alejado de los ojos de todos, preocupado por agradar sólo a Dios" (ibídem, I,14: PL 133,49). No dejaba, sin embargo, de ejercitar también, como "fuente sobreabundante", el ministerio de la palabra y del ejemplo, "llorando este mundo como inmensamente mísero" (ibídem, I,17: PL 133,51). En un sólo monje, comenta su biógrafo, se encontraban unidas las distintas virtudes existentes de forma desperdigada en los demás monasterios: "Jesús, en su bondad, basándose en los diversos jardines de los monjes, formaba en un pequeño lugar un paraíso, para regar desde su fuente los corazones de los fieles" (ibídem, I,14: PL 133,49).
En un pasaje de un sermón en honor de María Magdalena, el abad de Cluny nos revela cómo concebía la vida monástica: "María que, sentada a los pies del Señor, con espíritu atento escuchaba su palabra, es el símbolo de la dulzura de la vida contemplativa, cuyo sabor, cuanto más es gustado, tanto más induce al alma a desapegarse de las cosas visibles y de los tumultos de las preocupaciones del mundo" (In ven. S. Mariae Magd., PL 133,717). Es una concepción que Otón confirma en otros escritos suyos, de los que se trasluce su amor por la interioridad, una visión del mundo como realidad frágil y precaria de la que hay que desarraigarse, una constante inclinación al desapego de las cosas consideradas como fuente de inquietud, una aguda sensibilidad por la presencia del mal en las diversas categorías de hombres, una íntima aspiración escatológica. Esta visión del mundo puede parecer bastante alejada de la nuestra, y sin embargo la de Otón es una concepción que, viendo la fragilidad del mundo, valora la vida interior abierta al otro, al amor por el prójimo, y precisamente así transforma la existencia y abre el mundo a la luz de Dios.
Merece particular mención la "devoción" al Cuerpo y a la Sangre de Cristo que Otón, frente a un extendido abandono, vivamente deplorado por él, cultivó siempre con convicción. Estaba firmemente convencido de la presencia real, bajo las especies eucarísticas, del Cuerpo y la Sangre del Señor, en virtud de la conversión "sustancial" del pan y del vino. Escribía: "Dios, el Creador de todo, tomó el pan, diciendo que era su Cuerpo y que lo habría ofrecido para el mundo, y distribuyó el vino, llamándolo su Sangre"; por tanto, "es ley de naturaleza el que se dé la mutación según el mandato del Creador", y por tanto, "inmediatamente la naturaleza cambia su condición habitual: sin duda el pan se convierte en carne, y el vino se convierte en sangre"; a la orden del Señor "la sustancia cambia" (Odonis Abb. Cluniac. occupatio, ed. A. Swoboda, Lipsia 1900, p.121). Por desgracia, anota nuestro abad, este "sacrosanto misterio del Cuerpo del Señor, en el que consiste toda la salvación del mundo" (Collationes, XXVIII: PL 133,572), es celebrado con negligencia. "Los sacerdotes --advierte-- que acceden al altar indignamente, manchan el pan, es decir, el Cuerpo de Cristo" (ibídem, PL 133,572-573). Solo el que está unido espiritualmente a Cristo puede participar dignamente en su Cuerpo eucarístico: en caso contrario, comer su carne y beber su sangre no sería su beneficio, sino su condena" (cf. ibídem, XXX, PL 133,575). Todo esto nos invita a creer con nueva fuerza y profundidad en la verdad de la presencia del Señor. La presencia del Creador entre nosotros, que se entrega en nuestras manos y nos transforma como transforma el pan y el vino, transforma así el mundo.
San Otón ha sido un verdadero guía espiritual tanto para los monjes como para los fieles de su tiempo. Frente a la "vastedad de los vicios" difundidos en la sociedad, el remedio que él proponía con decisión era el de un cambio radical de vida, fundado sobre la humildad, la austeridad, el desapego de las cosas efímeras y la adhesión a las eternas (cf. Collationes, XXX, PL 133, 613). A pesar del realismo de su tiempo, Otón no se rinde al pesimismo: "No decimos esto --precisa-- para precipitar en la desesperación de aquellos que quisieran convertirse. La misericordia divina está siempre disponible; ella espera la hora de nuestra conversión" (ibídem: PL 133, 563). Y exclama: "¡Oh inefables entrañas de la piedad divina! Dios persigue las culpas y sin embargo protege a los pecadores" (ibídem: PL 133,592). Apoyado en esta convicción, el abad de Cluny amaba detenerse en la contemplación de la misericordia de Cristo, el Salvador que él calificaba sugestivamente como "amante del hombre": "amator hominum Christus" (ibídem, LIII: PL 133,637). Jesús ha tomado sobre sí los flagelos que nos correspondían a nosotros --observa-- para salvar así a la criatura que es obra suya y a la que ama (cf. ibídem: PL 133, 638).
Aparece aquí una característica del santo abad a primera vista casi escondida bajo el rigor de su austeridad de reformador: la profunda bondad de su alma. Era austero, pero sobre todo era bueno, un hombre de gran bondad, una bondad que proviene del contacto con la bondad divina. Otón, así dicen sus coetáneos, difundía alrededor suyo la alegría de la que estaba colmado. Su biógrafo atestigua no haber oído nunca salir de boca de hombre "tanta dulzura de palabra" (ibídem, I,17: PL. Acostumbraba, recuerda su biógrafo, invitar a cantar a los chiquillos que encontraba por el camino y después hacerles algún pequeño regalo, y añade: "Sus palabras estaban llenas de exultación..., su hilaridad infundía en nuestros corazón una íntima alegría" (ibídem, II, 5: PL 133,63). De esta forma el vigoroso y al mismo tiempo amable abad medieval, apasionado de la reforma, con acción incisiva alimentaba en los monjes, como también en los fieles de su tiempo, el propósito de progresar con paso diligente en la vía de la perfección cristiana. 133,31)
Que su bondad, la alegría que proviene de la fe, unidas a la austeridad y a la oposición a los vicios del mundo, toquen también nuestro corazón, para que también nosotros podamos encontrar la fuente de la alegría que brota de la bondad de Dios.

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