jueves, 6 de julio de 2017

San Tomás Moro

San Tomás Moro

En Londres, en Inglaterra, martirio de santo Tomás Moro, que es conmemorado, junto con san Juan Fisher, el día veintidós de junio.
Al principio y al fin de la monarquía medieval en Inglaterra se yerguen las figuras conmovedoras de dos mártires. El uno dio su vida para mantener libre a la Iglesia de los ataques de la monarquía durante tres siglos y medio. El otro murió por defender a la Iglesia de los ataques del rey. Ambos se llamaban Tomás y los dos fueron cancilleres del reino, favoritos de un monarca y ambos amaron a Dios más que al rey. Esta serie de coincidencias es extraordinaria. Y, si la semejanza entre los dos mártires se desvanece cuando se los estudia más de cerca, es sobre todo, en razón de las diferencias que hay entre el siglo XII y el pleno Renacimiento del siglo XVI, entre el estado clerical, al que pertenecía Tomás Becket y el estado laico de Tomás Moro.

Tomás nació en Cheapside, el 6 de febrero de 1478. Era hijo de Sir John More, abogado y juez, y de su primera esposa, Inés Grainger. Tomás estudió de niño en la escuela de San Antonio. A los trece años le recibió en su casa el arzobispo de Canterbury, el cual adivinó su inteligencia y le envió a proseguir sus estudios en el Colegio de Canterbury de la Universidad de Oxford. El padre de Tomás era muy estricto y sólo le enviaba dinero para lo indispensable. Si el joven Tomás se quejó de ello, como sin duda lo hizo, debió comprender más tarde la prudencia de la conducta paterna, ya que la falta de dinero le impidió distraerse de los estudios que tanto le gustaban. El padre de Tomás le sacó de Oxford a los dos años. En febrero de 1496, cuando tenía dieciocho años, Tomás entró a estudiar en la escuela de leyes de Lincoln's Inn; en 1501, empezó a practicar la abogacía y, en 1504, pasó a formar parte del Parlamento. Ya entonces era gran amigo de Erasmo y tenía por confesor a Colet; con Guillermo Lilly tradujo al latín los epigramas de la Antología Griega y dictó cursos sobre el "De Civitate Dei", de San Agustín, en St. Lawrence Jewry. En una palabra, era un joven muy brillante y a sus éxitos se añadía la simpatía personal.

Durante algún tiempo, Tomás tuvo serias dudas sobre su vocación. Pasó cuatro años en la Cartuja de Londres, puesto que tenía, sin duda, cierta inclinación por la vida de los cartujos, aunque también se sentía atraído por la Orden de San Francisco. Pero, como no estaba seguro de que Dios le llamase a la vida monástica y no quería ser un sacerdote mediocre, acabó por contraer matrimonio, a principios de 1505. Pero, aunque era un hombre de mucho mundo, en el buen sentido de la expresión, jamás compartió el desprecio del ascetismo que caracterizaba a tantos personajes del Renacimiento. Muy al contrario: desde los dieciocho años empezó a vestir una camisa de pelo (cosa que divertía enormemente a su nuera, Ana Cresacre); se disciplinaba los viernes y la víspera de las fiestas, iba a misa todos los días y rezaba el oficio parvo de Nuestra Señora. Erasmo dijo de él: «Nunca en mi vida he visto a nadie a quien interese menos la comida... Pero no es un hombre que desprecia las buenas cosas de la vida».

La primera esposa de Moro se llamaba Juana y era hija de Juan Colt, vecino de Netherhall de Essex. El yerno de Moro, Guillermo Roper, cuenta a este propósito que Moro «se inclinaba más bien a casarse con la segunda hija de Colt, que era más hermosa y mejor dotada que la primogénita, Juana; pero, al caer en la cuenta que ésta sufriría mucho y se avergonzaría de ver que su hermana menor se casaba antes que ella, Moro, movido a compasión, empezó a hacerle la corte y contrajo matrimonio con ella». Este hecho nos revela, a la vez, la alta calidad moral de Tomás Moro y lo que se consideraba en su época como la quintaesencia de la caballerosidad. Tomás y Juana fueron felices y tuvieron cuatro hijos: Margarita, Isabel, Cecilia y Juan. En la casa de Tomás Moro se practicaba fielmente el deber y se cultivaba amorosamente el saber; como el diletantismo no tenía cabida en ella, en nuestra época se habría dicho probablemente que los Moro eran un poco «tiesos». Tomás se inclinaba por la educación de las mujeres, no por feminismo doctrinal, sino simplemente porque lo encontraba razonable y porque lo recomendaban varios santos de la antigüedad, como san Jerónimo y san Agustín, «por no hablar de otros». La familia y los criados se reunían para las oraciones de la noche y, en las comidas, se leía una perícopa de la Escritura y un breve comentario. Uno de los hijos del santo se encargaba de la lectura, a la que seguía habitualmente una discusión; las cartas y los dados estaban prohibidos. Tomás hizo una donación para una capilla en la parroquia de Chelsea y aun cuando era canciller del reino, no tenía reparo en ir a cantar ahí con el coro, revestido de sobrepelliz. «Cuando Moro se enteraba de que alguna mujer de los alrededores iba a dar a luz, acostumbraba ponerse en oración hasta que le avisaban que el niño había nacido felizmente... También tenía por costumbre ir personalmente a informarse acerca de las necesidades de las familias pobres... Con frecuencia invitaba a su mesa a sus vecinos pobres, a quienes recibía con gran sencillez y bondad; en cambio, rara vez invitaba a los ricos y casi nunca a los miembros de la nobleza» (Stapleton, "Tres Thomae"). Pero, si bien los ricos iban rara vez a casa de Moro, éste recibía con frecuencia la visita de humanistas como Grocyn, Linacre, Colet, Yilly, Fisher y en general, de todos los personajes distinguidos por su cultura y religiosidad, tanto de Inglaterra como del continente. Tal vez el personaje más asiduo en sus visitas y a quien Moro recibía con mayor gusto, era Erasmo de Rotterdam. Algunos autores han intentado desfigurar esa amistad; los protestantes exageran la pretendida falta de ortodoxia de Erasmo, y los católicos minimizan los lazos que le unían con Moro. Pero el mejor testimonio es el del propio Tomás: «Si hubiese yo visto en mi querido Erasmo los bajos propósitos que encuentro en Tyndale, no sería ya mi querido Erasmo. Pero mi querido Erasmo detesta y aborrece los errores y herejías que Tyndale enseña y practica abiertamente; por consiguiente, Erasmo seguirá siendo mi querido Erasmo».

En sus primeros años de vida matrimonial, Tomás Moro vivió en Bucklesbury, en la parroquia de San Pedro Walbrook. En 1509, murió Enrique VII. Moro se había opuesto en el Parlamento a la política económica de dicho monarca con tanto éxito, que su propio padre había sido encarcelado en la Torre de Londres y había tenido que pagar cien libras de multa. La entronización de Enrique VIII inauguró un período de prosperidad para el joven abogado, quien al año siguiente fue nombrado profesor en Lincoln's Inn y asistente del alcalde de Londres. Pero, por la misma época, la «pequeña Utopía de Moro» se desmoronó con la muerte de su querida esposa, Juana Colt. El santo contrajo matrimonio unas cuantas semanas más tarde con Alicia Middleton. Se han escrito muchas tonterías acerca de ese matrimonio tan rápido, pero la cosa no tiene nada de extraño: Moro era un hombre de gran sentido común y no carecía de sensibilidad; como tenía cuatro hijos, se casó con una viuda siete años mayor que él, que sabía gobernar una casa y era locuaz, bondadosa y de mucho sentido común. Algunos autores han hablado del matrimonio de Moro como si se tratase de un segundo martirio. Pero no se puede censurar a Alicia Middleton por no haber estado a la altura de su marido; Alicia no era una Xantipas y, probablemente, su único defecto, si así puede llamarse realmente, era que no sabía apreciar las bromas de su esposo. Por lo demás, debemos reconocer que las bromas de Moro hubiesen colmado la paciencia a cualquiera. Moro se trasladó entonces de Bucklesbury a Crosby Place; la casa de Chelsea no la ocupó sino hasta unos doce años más tarde.

En 1516, Moro acabó de escribir la «Utopía». No vamos a discutir aquí el sentido profundo de esa obra. Baste con citar la opinión de Sir Sidney Lee, según el cual «hay que buscar en los otros escritos de Moro sus ideas prácticas sobre la religión y la política». El Rey y Wolsey habían decidido llamar a la corte a Moro. El santo no lo deseaba particularmente, pues conocía lo suficiente a los reyes y sus cortes para saber que la felicidad no se encontraba ahí. A pesar de ello, no rehusó sus servicios al soberano y ascendió rápidamente en categoría hasta ser nombrado, en octubre de 1529, canciller del reino, en lugar de Wolsey, quien había caído en desgracia. Los testimonios de la época nos permiten considerar a Moro desde un doble punto de vista. Erasmo escribía: «En las cosas serias, no hay mejor consejo que el de Moro y, si el rey quiere divertirse un poco, no encontrará una conversación más amena que la de su canciller. Con frecuencia se presentan asuntos complicados y difíciles; en tales casos Moro da muestras de tal prudencia, que ambas partes quedan satisfechas. Sin embargo, Moro no se ha dejado ganar jamás por los regalos. ¡Dichoso país aquel cuyos monarcas pueden escoger a hombres con las cualidades de Moro!... El nombramiento no ha afectado en nada su sencillez... Se diría que el rey le ha nombrado defensor de los pobres». El cartujo Juan Bouge, que conocía a Moro todavía más íntimamente, escribía en 1535: «Por lo que toca a Sir Thomas More, perteneció en una época a mi parroquia de Londres... Fue, además, mi hijo espiritual. Sus confesiones eran tan nítidas, tan claras y tan a fondo, que rara vez me ha sido dado oír otras como las suyas. Es un caballero muy versado en leyes, artes y teología...» Tomás Moro era tan buen cortesano como puede serlo un cristiano y un santo, es decir, muy bueno. Por otra parte, su amistad con Enrique VIII no le cegaba acerca de los defectos del monarca. Moro supo ganarse el cariño del soberano y jamás le fue desleal; pero no se hacía ilusiones sobre él, como lo prueba lo que decía a su yerno: «Te aseguro que no puedo enorgullecerme de la amistad del rey, porque si pudiese comprar un castillo de Francia al precio de mi cabeza, no vacilaría en hacerlo».

Cuando fue nombrado canciller del reino, Moro estaba escribiendo contra el protestantismo y particularmente contra las doctrinas de Tyndale. Algunos de sus contemporáneos se quejaban de que el estilo de Moro en sus controversias no era bastante solemne, y la posteridad le acusa de no haber escrito con suficiente aliño; como quiera que fuese, lo cierto es que su tono era más moderado del que se acostumbraba en el siglo XVI. La integridad y la rectitud caracterizaban las polémicas del santo, el cual prefería ridiculizar a sus adversarios en vez de clamar contra ellos, cuando comprendía que la argumentación seria no serviría de nada. Pero, en la controversia con Tyndale, por mucha razón que tuviese Moro, era incapaz de igualar la perfección, la claridad y la tersura del estilo de su adversario. Moro empleaba seis páginas para decir lo que Tyndale era capaz de explicar en una. Pero, aunque algunos autores no piensan así, la actitud de Moro respecto de los herejes era muy leal y moderada. El santo se oponía a la herejía, no a los que la sostenían. Según su propia confesión, «en el ejercicio de mi cargo, jamás he mandado torturar ni azotar a un solo hereje, ni he permitido que se les toque un pelo de la ropa. Dios es testigo de que no he hecho más que encarcelarlos para evitar que difundan la herejía». Vale la pena estudiar un poco la actitud de Moro respecto de la cuestión, entonces candente, de la publicación de la Biblia en las lenguas vulgares. Moro sostenía que había que traducir algunos libros de la Sagrada Escritura; la traducción de los otros debía dejarse a la discreción de cada ordinario, ya que, según el santo, un ordinario «no tendría tal vez dificultad en permitir que una persona leyese los Hechos de los Apóstoles, sin permitir por ello que leyese el Apocalipsis». Exactamente como «un buen padre determina quiénes de sus hijos poseen suficiente discreción para servirse de un cuchillo para cortar la carne y quiénes correrían peligro de cortarse los dedos. Así pues, en la cuestión de la lectura de la Sagrada Escritura, yo opino (con el debido respeto a la opinión ajena), que algunos pueden leerla sin gran peligro y no sin gran provecho en inglés; pero ello no significa que debamos divulgarla en inglés en todo el mundo... Y puedo decir que algunos de los clérigos más distinguidos que he conocido compartían esta opinión».

Cuando Enrique VIII impuso al clero la obligación de reconocerle como «Protector y Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra» (cosa que el Acta de Convocación corrigió un tanto con la frase «en cuanto la ley de Cristo lo permite»), Moro, según cuenta Chapuys, el embajador del emperador francés, trató de renunciar a su cargo; pero el monarca le convenció para que siguiese a su servicio y le encargó de estudiar «el gran asunto», que no era otro que el proceso de anulación del matrimonio de Enrique con Catalina de Aragón. El asunto era, en realidad, muy complicado, tanto desde el punto de vista de los hechos como desde el punto de vista legal, de suerte que no tiene nada de extraño que los hombres de buena voluntad se hayan dividido en sus opiniones. Moro, que sostenía la validez del matrimonio, obtuvo permiso del rey para no participar en la controversia. En marzo de 1531, tuvo que anunciar el estado en que se hallaba el proceso a las dos Cámaras del Parlamento; algunos aprovecharon la ocasión para preguntarle su opinión sobre el asunto, pero el santo se rehusó a manifestarla. La situación empeoró. En 1532, el rey propuso que se prohibiese al clero perseguir a los herejes y organizar reuniones sin su permiso. En mayo del mismo año, se introdujo en el Parlamento una moción para suprimir el pago de las anatas o primicias de los obispados a la Santa Sede. Tomás Moro se opuso abiertamente a todas esas medidas, lo cual enfureció al rey. El 16 de mayo, el monarca aceptó la renuncia de su canciller, quien había ejercido el cargo menos de tres años.



La pérdida de sus emolumentos dejó a Moro casi en la pobreza. Al verse obligado a reducir su tren de vida, reunió a toda su familia y le expuso con buen humor la situación, como lo demuestran las palabras con que puso fin a la reunión: «Por consiguiente, tal vez nos veremos obligados a reunir todas las bolsas que hay en la casa para ir juntos a pedir limosna, con la esperanza de que algunas buenas gentes se compadezcan de nosotros. O si no, para mantenernos unidos y contentos, podremos cantar de puerta en puerta la Salve Regina». Moro vivió en la oscuridad dieciocho meses, entregado a la composición de sus obras, y se negó a asitir a la coronación de Ana Bolena. Pero sus enemigos no perdían ninguna ocasión de molestarle y lograron complicarle en el caso de Isabel Barton, "la santa doncella de Kent", de suerte que el nombre de Moro figuró en el acta de acusación. Los lores decidieron entonces oír la defensa de Moro; pero Enrique VIII, a quien no convenía esa perspectiva, mandó suprimir las acusaciones contra el santo. Sin embargo, no estaba lejano el día de la prueba definitiva. El 30 de marzo de 1534, se publicó el Acta de Sucesión, que obligaba a todos los subditos del rey a reconocer los derechos al trono de los hijos que tuviese con Ana Bolena. Poco después, se añadió en la misma Acta que el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón había sido invalidado, que el matrimonio con Ana Bolena era el único válido y que «ninguna autoridad extranjera, así príncipe como potentado» tenía derecho a inmiscuirse en el asunto. Quien se opusiera a dicha Acta, era reo de alta traición. Por otra parte, apenas una semana antes, el Papa Clemente VII había declarado la validez del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón. Muchos católicos prestaron el juramento apoyados en la cláusula restrictiva: "en cuanto la ley de Cristo lo permite". El 13 de abril, en Lambeth, una comisión presentó el juramento a Tomás Moro y al obispo Juan Fisher para que lo firmasen; pero ambos se rehusaron a hacerlo. Sir Thomas fue confiado a la custodia del abad de Westminster. Cranmer trató de persuadir al rey de que negociase un compromiso, pero el monarca se negó a ello. Como Tomás Moro se negase por segunda vez a firmar el juramento, fue encarcelado en la Torre de Londres, a pesar de la ilegalidad de dicho procedimiento.

Tomás Moro pasó quince meses en la Torre de Londres. Dos cosas le distinguieron en ese período: la serenidad con que sobrellevó la injusticia del soberano y el tierno amor que mostró por Margarita, la mayor de sus hijas. Ambos rasgos aparecen en cada línea de las cartas que escribió a su hija y en las que recibió de ella. Citemos un hermoso pasaje que nos transmite Roper: «En realidad, Margarita, estoy aquí tan bien como en mi casa, porque Dios, que me hizo un niño travieso, me guarda contra su corazón y me acaricia como a un pequeñuelo». La familia de Moro trató de obtener el perdón del rey, pero todo fue inútil. Como se le prohibiese recibir visitas, Moro empezó a escribir el «Diálogo del consuelo en la tribulación», que es la mejor de sus obras espirituales. Un escritor francés, el P. Brémond, le considera como un predecesor de san Francisco de Sales, y W. H. Hutton ve en él un antecesor de Jeremías Taylor. En noviembre, se aprobó la acusación de traición que se le había hecho y la Corona confiscó todas las tierras que le había concedido. Moro quedó, pues, reducido casi a la miseria, pues su única renta era una pensión muy modesta de la Orden de San Juan de Jerusalén. La esposa del santo tuvo que vender sus vestidos para procurarle lo necesario y en vano pidió dos veces clemencia al rey, alegando la pobreza y mala salud de su marido. El l de febrero de 1535, entró en vigor el Acta de Supremacía, la cual declaraba al rey «único jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra» y reos de traición a los que negasen esa supremacía. En abril, Cromwell fue a visitar en la prisión a Tomás Moro para preguntarle su opinión sobre el Acta, pero el santo se negó a responder. El 4 de mayo, Margarita fue a visitar por última vez a su padre y juntos vieron partir al cadalso a los tres primeros cartujos y a sus compañeros. Moro dijo a su hija: «¡Mira qué contentos van al martirio esos santos, Margarita! Al verlos tan felices se creería que son novios que van a casarse... En cambio a tu padre, como Dios sabe la vida de pecado que ha llevado, no le llama todavía a la eterna felicidad, sino que le deja un poco más en el sufrimiento de las miserias de esta vida». Unos cuantos días después, Cromwell volvió a la Torre de Londres, acompañado de otros funcionarios para interrogar de nuevo a Moro acerca del Acta. Como el santo se negase a responder, Cromwell le echó en cara su falta de valor. Moro respondió: «Como no he llevado la vida de santidad que debería haber llevado, no me atrevo a ofrecerme espontáneamente a la muerte, no sea que Dios castigue mi presunción dejándome caer».

El 19 de junio, sufrieron el martirio otros tres cartujos. El 22, fiesta de san Albano, protomártir de Inglaterra, san Juan Fisher fue decapitado en Tower Hill. Tomás Moro fue convocado a juicio en Westminster Hall nueve días más tarde. Como estaba muy débil, se le permitió sentarse. Se le acusó de haberse opuesto al Acta de Supremacía en sus conversaciones con los miembros del consejo real que habían ido a visitarle en la prisión y en una charla imaginaria con el procurador general Rich. Tomás respondió que jamás había hablado con nadie de su opinión sobre el Acta y que Rich juraba en falso. Termino su defensa con estas palabras: «Vuestras Señorías deben comprender que, en las cosas de conciencia, todo subdito leal y bueno del rey tiene que pensar en su conciencia y en su alma por encima de todas las cosas del mundo...» El tribunal le declaró culpable y le condenó a muerte. Entonces Moro se decidió a hablar con claridad: empezó por negar categóricamente que «un señor temporal pudiese o debiese ser el jefe espiritual» y terminó por decir que, así como san Pablo había perseguido a san Esteban «y sin embargo los dos son santos del cielo y serán eternamente amigos, así yo pido y espero que, aunque Vuestras Señorías hayan sido mis jueces en la tierra y me hayan condenado, nos reunamos un día en el cielo para toda la eternidad». De vuelta a la Torre de Londres, se despidió de su hijo y de su hija. Roper nos dejó una conmovedora descripción de la escena. Cuatro días más tarde, envió a Margarita su camisa de pelo y una carta que decía entre otras cosas: «Me da gusto que tu amor filial y tu caridad no hayan hecho caso de la vana cortesía mundana» (La mayor parte de la reliquia que acabamos de mencionar se halla en el convento de las Canonesas de San Agustín de Newton Abbot, que fundó en Lovaina Margarita Clement, nieta de Moro).

En la madrugada del martes 6 de julio, Sir Thomas Pope fue a comunicar al santo que su ejecución tendría lugar a las nueve de aquella mañana (el rey había conmutado la setencia de la horca y el descuartizamiento por la decapitación). Tomás dio las gracias a su antiguo amigo, le consoló como pudo y le dijo que pediría por el rey. Vestido con su mejor traje, Moro caminó a pie hasta Tower Hill. En el camino habló con varias personas y, al subir al cadalso, dijo unas palabras graciosas al jefe de la guardia. En seguida rogó al pueblo que orase por él y declaró que moría por la Iglesia católica y que era «un buen súbdito del rey pero, ante todo, de Dios». Después recitó el «Miserere», besó y alentó al verdugo, se vendó los ojos y acomodó su barba. La cabeza del santo rodó al primer golpe. Tomás Moro tenía entonces cincuenta y siete años. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia de San Pedro ad Vincula, en el interior de la Torre de Londres. Su cabeza estuvo expuesta en el Puente de Londres. Después la reclamó Margarita Roper, quien la depositó en el sepulcro de la familia en la iglesia de San Dunstano.

Moro fue beatificado con otros mártires ingleses en 1886. Su canonización tuvo lugar en 1935. Como lo ha hecho notar más de un autor, si Moro no hubiese sido mártir, habría merecido la canonización como confesor. Algunos santos han llegado al honor de los altares por haber lavado con su sangre una vida de indiferencia y aun de pecado. No así Tomás Moro, quien fue durante toda su vida un hombre de Dios y vivió su propia oración: «Concédeme, Señor, el deseo de estar contigo, no para evitar las penas de este valle de lágrimas, ni para librarme de las penas del pugatorio y del infierno, ni para gozar egoístamente del cielo prometido, sino simplemente por amor a Ti». Así vivió Moro, no en la quietud del claustro, sino en pleno mundo, en su casa, con su familia, entre humanistas y abogados, en los tribunales, en las cortes de justicia y en la corte real.
 Thomas More, también conocido por su nombre castellanizado Tomás Moro, o por su nombre en latín Thomas Morus y venerado por los católicos como santo Tomás Moro (Londres, 7 de febrero de 1478-Ibídem, 6 de julio de 1535), fue un pensador, teólogo, político, humanista y escritor inglés, que fue además poeta, traductor, lord canciller de Enrique VIII, profesor de leyes, juez de negocios civiles y abogado. Su obra más famosa es Utopía, donde busca relatar la organización de una sociedad ideal, asentada en una nación en forma de isla del mismo nombre. Además, Moro fue un importante detractor de la Reforma protestante y, en especial, de Martín Lutero y de William Tyndale.

En 1535 fue enjuiciado por orden del rey Enrique VIII, acusado de alta traición por no prestar el juramento antipapista frente al surgimiento de la Iglesia anglicana, oponerse al divorcio con la reina Catalina de Aragón y no aceptar el Acta de Supremacía, que declaraba al rey como cabeza de esta nueva Iglesia. Fue declarado culpable y recibió condena de muerte. Permaneció en prisión en la Torre de Londres hasta ser decapitado el 6 de julio de ese mismo año. Moro fue beatificado en 1886 y canonizado en 1935, junto con Juan Fisher, por la Iglesia católica, que lo considera un santo y mártir. Por su parte, la Iglesia anglicana lo considera un mártir de la Reforma protestante, incluyéndolo, en 1980, en su lista de santos y héroes cristianos.
 Nació en el corazón de la ciudad de Londres (Inglaterra), en su casa familiar de Milk Street, el 7 de febrero de 1478. Fue el hijo mayor de sir John More, mayordomo del Lincoln's Inn (uno de los cuatro colegios de abogados de la Ciudad de Londres), jurista y posteriormente nombrado caballero y juez de la curia real; y de su mujer Agnes More (de soltera, Graunger). En 1486, tras cinco años de enseñanza primaria en la antigua Escuela de San Antonio (Saint Anthony's School), una destacada escuela de gramática de Londres, además de ser la única gratuita, fue conducido según la costumbre entre las buenas familias al palacio de Lambeth, donde sirvió como paje del cardenal John Morton, arzobispo de Canterbury y Lord Canciller de Inglaterra.

El cardenal era un ferviente defensor del nuevo humanismo renacentista y tuvo en mucha estima al joven Moro. Confiando en desarrollar su potencial intelectual, Morton decidió, en 1492, sugerir el ingreso de Tomás Moro, que por entonces contaba con catorce años, en el Canterbury College de la Universidad de Oxford, donde pasará dos años estudiando la doctrina escolástica que allí se impartía y perfeccionando su retórica, siendo alumno de los humanistas ingleses Thomas Linacre y William Grocyn. Sin embargo, Moro se marchó de Oxford dos años después sin graduarse y, por insistencia de su padre, en 1494 se dedicó a estudiar leyes en el New Inn de Londres y, posteriormente, en el Lincoln's Inn, institución en la que había trabajado su padre. En 1496 comenzó a ejercer la abogacía ante los tribunales. Posiblemente durante esta época aprendió el francés, necesario tanto para las cortes de justicia inglesas como para el trabajo diplomático, uniéndose este idioma al inglés y latín ya aprendidos durante sus estudios primarios.

En torno a 1497, comenzó a escribir poesías, con una ironía que le valió cierta fama y reconocimiento. En esta época tiene sus primeros encuentros con los precursores del Renacimiento, conociendo a Erasmo de Róterdam, con quien entablaría amistad, y a John Skelton.

Hacia 1501 ingresó en la Tercera orden de San Francisco, viviendo como laico en un convento cartujo hasta 1504. Allí se dedicó al estudio religioso. Alrededor de 1501 tradujo epigramas griegos al latín y comentó De civitate Dei, de san Agustín de Hipona. A través de los humanistas ingleses tuvo contacto con Italia. Tras realizar una traducción (publicada en 1510) de una biografía de Giovanni Pico della Mirandola escrita por su sobrino Gianfrancesco, quedó prendado del sentimiento de la obra que adoptó para sí, y que marcaría definitivamente el curso de su vida. Aunque abandonó su vida ascética para volver a su anterior profesión jurídica hasta ser nombrado miembro del Parlamento en 1504, Moro nunca olvidó ciertos actos de penitencia, llevando durante toda su vida un cilicio en la pierna y practicando ocasionalmente la flagelación.
 Al abandonar el convento de los cartujos, en 1505, contrajo matrimonio con Jane Colt y ese mismo año nació su hija Margaret, quien fue su discípula. Habiendo abandonado la Orden de los Cartujos, se recibió en leyes y ejerció la abogacía con éxito, en parte gracias a su preocupación por la justicia y la equidad; más tarde sería juez de pleitos civiles y profesor de Derecho.

En 1506 nació su segunda hija, Elizabeth. Ese año tradujo al latín Luciano en compañía de Erasmo. Un año más tarde nació Cicely, su tercera hija. Tomás Moro era pensionado y mayordomo en el Lincoln's Inn, donde dictó conferencias entre 1511 y 1516. En 1509 nació su hijo John. Moro participó en gestiones entre grandes compañías de Londres y Amberes. Ese mismo año escribió poemas para la coronación de Enrique VIII. En 1510 fue nombrado miembro del Parlamento y vicesheriff de Londres. Un año más tarde murió su esposa Jane y se casó con Alice Middleton, viuda siete años mayor que Moro y con una hija, Alice.
 Miembro del Parlamento desde 1504, Tomás Moro fue elegido juez y subprefecto en la ciudad de Londres, y se opuso a algunas medidas de Enrique VII. Con la llegada de Enrique VIII, protector del humanismo y de las ciencias, Moro integró el primer Parlamento convocado por el rey en 1510. Moro viajó por Europa y recibió la influencia de distintas universidades. Desde allí escribió un poema dedicado al rey, que acababa de tomar posesión de su trono. La obra llegó a manos del rey, que hizo llamarlo, naciendo a partir de entonces una amistad entre ambos.

La obra de Moro Historia de Ricardo III (History of King Richard III, c. 1513-1518), escrita en latín e inglés, aunque inconclusa, fue impresa en inglés de forma imperfecta en la Crónica (Chronicle) de Richard Grafton (1543) y usada por otros cronistas de la época como John Stow, Edward Hall y Raphael Holinshed, transmitiendo así material a William Shakespeare para su obra Ricardo III.

En 1515, Tomás Moro fue enviado con una embajada comercial en Flandes. Ese año escribió el libro segundo de Utopía y un año más tarde el libro primero; la obra completa fue publicada en Lovaina. En 1517 Tomás Moro entró a trabajar para el rey Enrique VIII: se lo nombró Master of requests y pasó a ser miembro del Consejo Real. Enrique VIII se sirvió de su diplomacia y tacto, confiándole algunas misiones diplomáticas en países europeos. Fue enviado en misión extranjera a Calais desde agosto a septiembre de 1517, para resolver problemas mercantiles.

En 1520 ayudó a Enrique VIII a escribir Assertio Septem Sacramentorum (Defensa de los siete sacramentos). A ello siguió su designación para diferentes cargos y su condecoración con distintos títulos honoríficos. En 1521 fue honrado con el título de knight (caballero) y designado vicecanciller del Tesoro. Ese mismo año su hija Margaret se casó con William Roper, quien sería el primer biógrafo de Tomás Moro. En 1524 fue nombrado High Steward (censor y administrador) de la Universidad de Oxford, de la que había sido alumno. En 1525 fue nombrado también High Steward de la Universidad de Cambridge y canciller del Ducado de Lancaster. En 1526 fue juez de la Cámara de la Estrella. Trasladó su residencia a Chelsea y escribió una carta a Iohannis Bugenhagen defendiendo la supremacía papal. En 1528, el obispo de Londres le permitió leer libros heréticos para refutarlos. Finalmente, se lo designó Lord Canciller en 1529. Fue el primer canciller laico después de varios siglos.

En 1530 no firmó la carta de nobles y prelados que solicitó del papa la anulación del matrimonio real. En 1532 renunció a su cargo de canciller. En 1534 se negó a firmar el Acta de Supremacía que representaba un repudio a la supremacía papal. El Acta establecía condena a quienes no la aceptaran y el 17 de abril del mismo año Moro fue encarcelado hasta ser decapitado el 6 de julio de 1535.
 Moro vio a la Reforma protestante como herejía y una amenaza a la unidad de la iglesia y la sociedad. Sus primeras acciones en contra de la Reforma incluyeron ayudar al cardenal Wolsey a deshacerse de libros luteranos que se importaban clandestínamente en Inglaterra, espiar e investigar a presuntos protestantes, especialmente los editores, y detener a cualquier participante en la posesión, transporte o venta de libros de la reforma protestante.

Circularon rumores, durante y después del curso de su vida, sobre malos tratos a los herejes durante su etapa como ministro de Justicia. El popular polemista anticatólico John Foxe fue fundamental en la difusión de las acusaciones contra Moro en El libro de los mártires, alegando que utilizaba a menudo personalmente la violencia y la tortura al interrogar a los herejes. Más tarde, autores como Brian Moynahan y Michael Farris, citaron a Foxe al repetir estas acusaciones. Pero él negó estas acusaciones. Admitió que se encarcelò herejes en su casa –«para mantenerles seguros»– pero rechazó totalmente las acusaciones de torturas y azotes.

En total fueron seis personas quemadas en la hoguera por herejía durante su período como canciller: Thomas Hitton, Thomas Bilney, Richard Bayfield, John Tewkesbery (curtidor de Londres declarado culpable por albergar libros prohibidos y condenado a la hoguera por no retractarse), Thomas Dusgate y James Bainham. Su supuesto papel influyente en la quema de Tyndale es denunciado por B. Moynahan.

Quemar en la hoguera era un castigo establecido desde hacía mucho tiempo para la herejía, una treintena de hogueras habían ardido en el siglo anterior a la cancillería de Moro, y siguió siendo utilizada por católicos y protestantes durante la agitación religiosa de las décadas siguientes. El historiador R. W. Chambers señaló que «Al mismo tiempo que Moro negaba con indignación las atrocidades atribuidas a él quería que todo el mundo supiera lo contrario, a saber que creía necesario prohibir la siembra de herejías sediciosas, y para castigarlas, en casos extremos, era necesario aplicar la pena de muerte a los que desafiaran tal prohibición». Y continuó diciendo: «Fue en vista de lo que se presentó en todas las partes por igual, el desafío abierto a la autoridad en asuntos espirituales de tal naturaleza que inducía al tumulto y la guerra civil, lo que ameritaba a sus ojos que se le castigase con muerte.»

Los historiadores están muy divididos respecto de las acciones religiosas de Moro como Canciller. Mientras biógrafos como Peter Ackroyd, historiador católico inglés, le atribuyen una posición moderada y hasta relativamente tolerante en la lucha contra el protestantismo, mediante colocar sus acciones en el clima religioso turbulento de su tiempo, Richard Marius, estudioso norteamericano de la Reforma, fue más crítico, al creer que las persecuciones, incluyendo lo que percibió como «la promoción de la exterminio de los protestantes», eran una traición a las convicciones humanistas de Moro. Marius escribió en su biografía de Moro: «Estar delante de un hombre en una inquisición, sabiendo que él se regocijará cuando muramos, sabiendo que nos enviará a la hoguera y sus horrores en un momento, sin vacilación ni remordimiento, si no hacemos lo que le satisface, no es una experiencia menos cruel solo porque nuestro inquisidor no nos azote, no nos torture o no nos grite ... Moro creía que ellos (los protestantes) debían ser exterminados, y mientras estaba en el cargo hizo todo en su poder para que ese exterminio sucediera.»
 Pero el historiador y académico alemán Peter Berglar, autor del libro La hora de Tomas Moro. Solo frente al poder (Die stunde des Thomas Morus. Einer gegen die Macht), señaló razones bastante diferentes para la ejecución de herejes de aquellas que inculparon a Tomás Moro. Berglar indicó que durante los doce años comprendidos entre 1519 y 1531, tiempo de influencia ascendente de Tomás Moro como vicecanciller del Tesoro (1521), portavoz de la House of Commons (1523), canciller del Ducado de Lancaster (1525), juez de la Cámara de la Estrella (1526), asesor del cardenal Thomas Wolsey en numerosos asuntos –como en los acuerdos con Francia de 1527–, hasta su nombramiento como Lord Canciller el 26 de octubre de 1529, no se pronunció ni una sentencia de muerte por herejía en la diócesis de Londres. En cambio, fue durante la caída en desgracia de Tomás Moro previa a su renuncia como Lord Canciller cuando recomenzaron las ejecuciones de herejes, por influencia de John Stokesley, nuevo obispo de Londres y líder de la Iglesia de Inglaterra, cuyo carácter de perseguidor fue bien conocido. Así lo apuntó Berglar:

    Solamente cuando el clero inglés se hubo sometido al rey en febrero de 1531, y lo aceptó como cabeza de la Iglesia, «en cuanto sea compatible con la ley de Cristo», las hogueras volvieron a arder, como coartada de una ortodoxia inalterable, provechosa o hasta necesaria por razones políticas, en opinión tanto de Enrique como de los obispos, aunque quizá por motivos diferentes. Las víctimas sufrían una muerte cruel por «necesidades» de la razón de Estado. Pero estas «necesidades» cambiarían varias veces en los siguientes cincuenta años. En aquel momento, febrero de 1531, Moro no disponía ya de ningún poder que pudiera resultar peligroso para los herejes. De las tres quemas (conjuntas) de herejes en los últimos seis meses de la cancillería de Moro fue responsable el nuevo obispo de Londres, el sucesor de (Cuthbert) Tunstall, Stokesley. En resumen: No se le puede culpar a sir Thomas de persecuciones físicas de herejes. Sus manos no están manchadas de sangre.
 El rey Enrique VIII se enemistó con Tomás Moro debido a las desavenencias surgidas en torno a la validez de su matrimonio con su esposa Catalina de Aragón que Tomás, como Canciller, apoyaba. Enrique VIII había pedido al papa la concesión de la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón y la negativa de este supuso la ruptura de Inglaterra con la Iglesia de Roma y el nombramiento del rey como cabeza de la Iglesia de Inglaterra.

El monarca insistió en obtener la nulidad de su matrimonio a fin de poder casarse nuevamente para conseguir su deseo de tener un hijo varón, que Catalina de Aragón no podía ya darle. La nulidad hubiese borrado la infidelidad y le hubiera permitido un matrimonio válido a los ojos de la Iglesia católica, legitimando los hijos que pudiera tener de su matrimonio con Ana Bolena y todo hubiese quedado en un asunto intrascendente.

Las sucesivas negativas de Tomás Moro a aceptar algunos de los deseos del rey acabaron por provocar el rencor de Enrique VIII. Luego de la ruptura con Roma, y tras negarse Moro a pronunciar el juramento que reconocía a Enrique como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, el rey lo encarceló en la torre de Londres.

Finalmente el rey, enojado, mandó juzgar a Moro, quien en un juicio sumario fue acusado de alta traición y condenado a muerte (ya había sido condenado a cadena perpetua anteriormente). Otros dirigentes europeos como el papa o el emperador Carlos V, quien veía en él al mejor pensador del momento, presionaron para que se le perdonara la vida y se la conmutara por cadena perpetua o destierro, pero no sirvió de nada y fue decapitado en Tower Hill una semana después, el 6 de julio de 1535. Está enterrado en una bóveda subterránea anexa a la capilla de San Pedro ad Vincula, que se encuentra en la torre de Londres.

Mantuvo hasta el final su sentido del humor, confiando plenamente en el Dios misericordioso que le recibiría al cruzar el umbral de la muerte. Mientras subía al cadalso se dirigió al verdugo en estos términos: I pray you, I pray you, Mr Lieutenant, see me safe up and for my coming down, I can shift for myself («Le ruego, le ruego, señor teniente, que me ayude a subir, porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo»). Luego, al arrodillarse dijo: «Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel; es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte». Finalmente, ya apartando su ironía, se dirigió a los presentes: I die being the King's good servant—but God's first («Muero siendo el buen siervo del rey, pero primero de Dios»).

Moro no fue el único que estuvo en la encrucijada de si debía seguir al rey Enrique VIII o a la Iglesia de Roma. El por entonces recién creado cardenal John Fisher también pasó por el mismo trance; Enrique VIII le mandó el capelo cardenalicio cuando Fisher estaba en prisión, y fue también ejecutado.
 Su obra cumbre fue Utopía (1516), en la que aborda problemas sociales de la humanidad, y con la que se ganó el reconocimiento de todos los eruditos de Europa. Uno de sus inspiradores fue su íntimo amigo Erasmo de Róterdam. La redactó durante una de las misiones asignadas por el rey en Amberes.

El resto de sus obras van desde retratos de personajes públicos, como el caso de Life of Pico della Mirandola (Vida de Pico della Mirandola) o Historia Richardi Tertii (Historia de Ricardo III), como a poemas y epigramas de su juventud (Epigrammata). Mención importante dentro de su obra merecen los diálogos-tratados que realizó en defensa de la fe tradicional atacando duramente a los reformistas tanto laicos como religiosos. Entre este tipo de obras se encuentran por ejemplo Responsio ad Lutherum (Respuesta a Lutero), A Dialogue Concerning Heresies (Un diálogo sobre la herejía), The Confutation of Tyndale's Answer (Refutación de la respuesta de Tyndale) o The Answer to a Poisoned Book (Respuesta a un libro envenenado).

Además de escritos en defensa de la Iglesia de Roma, también escribió sobre los aspectos más espirituales de la religión. Así, se encuentran escritos como Treatise on the Passion (Tratado sobre la Pasión de Cristo), Treatise on the Blessed Body (Tratado sobre el Cuerpo Santo), Instructions and Prayers o De Tristia Christi (La Agonía de Cristo). Este último manuscrito, redactado de puño y letra de Tomás Moro en la Torre de Londres en el tiempo en que estuvo confinado antes de su decapitación el 6 de julio de 1535, y salvado posteriormente de la confiscación decretada por Enrique VIII, pasó por voluntad de su hija Margaret a manos españolas y a través de fray Pedro de Soto, confesor del emperador Carlos V, tuvo por destino Valencia, patria de Luis Vives, amigo íntimo de Moro. Actualmente se conserva como parte de la colección que pertenece al museo del Real Colegio del Corpus Christi de Valencia.

Otras obras que escribió son las traducciones desde el latín que hizo de Lucano, así como varias cartas y pequeños textos: Letter to Bugenhagen, Supplication of Souls, Letter Against Frith, The Apology, The Debellation of Salem and Bizance, A Dialogue of Comfort Against Tribulation, Letter to Martin Dorp, Letter to the University of Oxford, Letter to Edward Lee, Letter to a Monk.
 Tomás Moro fue beatificado junto a otros 53 mártires (entre ellos John Fisher) por el papa León XIII en 1886, y finalmente proclamado santo por la Iglesia católica el 19 de mayo de 1935 (junto con John Fisher), por el papa Pío XI; y su fiesta se estableció el 9 de julio. Ese día todavía es observado por los católicos tradicionalistas. Luego de una serie de reformas post-Vaticano II, su fiesta fue cambiada y su nombre añadido al santoral católico en 1970 para celebración el 22 de junio junto con John Fisher, el único obispo (debido a las muertes naturales coincidenciales de ocho obispos ancianos) que, durante la Reforma inglesa, mantuvo, por merced del rey, lealtad al papa.

El 31 de octubre de 2000, Juan Pablo II lo proclamó santo patrón de los políticos y los gobernantes, en respuesta a una idea del expresidente de la República Italiana Francesco Cossiga surgida en 1985, y presentada como petición formal el 25 de septiembre de 2000 con el aval de centenares de firmas de jefes de Gobierno y de Estado, parlamentarios y políticos.

En 1980, Moro fue añadido al calendario de Santos y Héroes de la Iglesia Cristiana de Inglaterra junto a John Fisher como «mártires de la reforma». Moro se conmemora el 6 de julio.
 La película Un hombre para la eternidad (1966), dirigida por Fred Zinnemann, interpretada por Paul Scofield y premiada con seis premios Óscar, entre ellos el de mejor película, narra los últimos años de Tomás Moro y sus difíciles relaciones con Enrique VIII, centrándola en su conflicto entre seguir sus creencias religiosas y la obediencia al rey. Está basada en la obra de teatro de 1960 "A man for all seasons" del dramaturgo agnóstico Robert Bolt, guionista también de la película. Se estrenó en Londres en el Globe Theatre (hoy Gielgud Theatre) el 1 de julio de 1960. A su vez, la obra de teatro era adaptación de una obra escrita por el propio Bolt en 1954 para la BBC Radio. El título fue sacado de lo que escribió Robert Whittington sobre Moro en 1520:

    More is a man of an angel's wit and singular learning. I know not his fellow. For where is the man of that gentleness, lowliness and affability? And, as time requireth, a man of marvelous mirth and pastimes, and sometime of as sad gravity. A man for all seasons.
      

    Moro es hombre de la inteligencia de un ángel y de un conocimiento singular. No conozco a su par. Porque ¿dónde está el hombre de esa dulzura, humildad y afabilidad? Y, como lo requieren los tiempos, hombre de maravillosa alegría y aficiones, y a veces de una triste gravedad. Un hombre para todas las épocas.
    Robert Whittington

    De la obra de Bolt también existe una versión para televisión del año 1988, dirigida y protagonizada por Charlton Heston en el papel de Tomás Moro y John Gielgud en el papel del cardenal Wolsey.

    En la serie de televisión Los Tudor se narra parte de su vida y relación con Enrique VIII. Interpretado por Jeremy Northam. Su final es representado en la temporada 2, capítulo 5.
Este es uno de los dos grandes mártires de la Iglesia de Inglaterra, cuando un rey impuro quiso acabar con la Religión Católica y ellos se opusieron. El otro es San Juan Fisher (20 de junio). Tomás significa: "el gemelo". Y en verdad que fue un verdadero gemelo en santidad y en cualidades con su compañero de martirio, San Juan Fisher.
Nació Tomás Moro en Cheapside, Inglaterra en 1478. A los 13 años se fue a trabajar de mensajero en la casa del Arzobispo de Canterbury, y éste al darse cuenta de la gran inteligencia del joven, lo envió a estudiar al colegio de la Universidad de Oxford.
Su padre que era juez, le enviaba únicamente el dinero indispensable para sus gastos más necesarios, y esto le fue muy útil, pues como él mismo afirmaba después: "Por no tener dinero para salir a divertirme, tenía que quedarme en casa y en la biblioteca estudiando". Lo cual le fue de gran provecho para su futuro.
A los 22 años ya es doctor en abogacía, y profesor brillante. Es un apasionado lector que todos los ratos libres los dedica a la lectura de buenos libros. Uno de sus compañeros de ese tiempo dio de él este testimonio: "Es un intelectual muy brillante, y a sus grandes cualidades intelectuales añade una muy agradable simpatía".
Le llegaron dudas acerca de cuál era la vocación para la cual Dios lo tenía destinado. Al principio se fue a vivir con los cartujos (esos monjes que nunca hablan, ni comen carne, y rezan mucho de día y de noche) pero después de 4 años se dio cuenta de que no había nacido para esa heroica vocación. También intentó irse de franciscano, pero resultó que tampoco era ese su camino. Entonces se dispuso optar por la vocación del matrimonio. Se casó, tuvo cuatro hijos y fue un excelente esposo y un cariñosísimo papá. Su vocación estaba un poco más allá: su vocación era actuar en el gobierno y escribir libros.
Para con sus hijos, para con los pobres y para cuantos deseaban tratar con él, Tomás fue siempre un excelente y simpático amigo. Acostumbraba ir personalmente a visitar los barrios de los pobres para conocer sus necesidades y poder ayudarles mejor. Con frecuencia invitaba a su mesa a gentes muy pobres, y casi nunca invitaba a almorzar a los ricos. A su casa llegaban muchas visitas de intelectuales que iban a charlar con él acerca de temas muy importantes para esos momentos y a comentar los últimos libros que se iban publicando. Su esposa se admiraba al verlo siempre de buen humor, pasara lo que pasara. Era difícil encontrar otro de conversación más amena.
Tomás Moro escribió bastantes libros. Muchos de ellos contra los protestantes, pero el más famoso es el que se llama Utopía. Esta es una palabra que significa: "Lo que no existe" (U=no. Topos: lugar. Lo que no tiene lugar). En ese libro describe una nación que en realidad no existe pero que debería existir. En su escrito ataca fuertemente las injusticias que cometen los ricos y los altos del gobierno con los pobres y los desprotegidos y va describiendo cómo debería ser una nación ideal. Esta obra lo hizo muy conocido en toda Europa.
El joven abogado Tomás Moro fue aceptado como profesor de uno de los más prestigiosos colegios de Londres. Luego fue elegido como secretario del alcalde de la capital. En 1529 fue nombrado Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores. Pero este altísimo cargo no cambió en nada su sencillez. Siguió asistiendo a Misa cada día, confesándose con frecuencia y comulgando. Tratable y amable con todos. Alguien llegó a afirmar: "Parece que lo hubieran elegido Canciller, solamente para poder favorecer más a los pobres y desamparados". Otro añadía: "El rey no pudo encontrar otro mejor consejero que este". Pero Tomás, que conocía bien cómo era Enrique VIII, declaraba con su fino humor: "El rey es de tal manera que si le ofrecen una buena casa por mi cabeza, me la mandará cortar de inmediato".
Ya llevaba dos años como Canciller cuando sucedió en Inglaterra un hecho terrible contra la religión católica. El impúdico rey Enrique VIII se divorció de su legítima esposa y se fue a vivir con la concubina Ana Bolena. Y como el Sumo Pontífice no aceptó este divorcio, el rey se declaró Jefe Supremo de la religión de la nación, y declaró la persecución contra todo el que no aceptara su divorcio o no lo aceptara a él como reemplazo del Papa en Roma. Muchos católicos tendrían que morir por oponerse a todo esto.
Tomás Moro no aceptó ninguno de los terribilísimos errores del malvado rey: ni el divorcio ni el que tratara de reemplazar al Sumo Pontífice. Entonces fue destituido de su alto puesto, le confiscaron sus bienes y el rey lo mandó encerrar como prisionero de la espantosa Torre de Londres. Santo Tomás y San Juan Fisher fueron los dos principales de todos los altos funcionarios de la capital que se negaron a aceptar tan grandes infamias del monarca. Y ambos fueron llevados a la torre fatídica. Allí estuvo Tomás encerrado durante 15 meses.
Verdaderamente hermosas son las cartas que desde la cárcel escribió este gran sabio a su hija Margarita que estaba muy desconsolada por la prisión de su padre. En ellas le dice: "Con esta cárcel estoy pagando a Dios por los pecados que he cometido en mi vida. Los sufrimientos de esta prisión seguramente me van a disminuir las penas que me esperan en el purgatorio. Recuerda hija mía, que nada podrá pasar si Dios no permite que me suceda. Y todo lo permite Dios para bien de los que lo aman. Y lo que el buen Dios permite que nos suceda es lo mejor, aunque no lo entendamos, ni nos parezca así".
El día en que Margarita fue a visitar por última vez a su padre, vieron los dos salir hacia el sitio del martirio a cuatro monjes cartujos que no habían querido aceptar los errores de Enrique VIII. Tomás dijo a Margarita: "Mire cómo van de contentos a ofrecer su vida por Jesucristo. Ojalá también a mí me conceda Dios el valor suficiente para ofrecer mi vida por su santa religión".
Tomás fue llamado a un último consejo de guerra. Le pidieron que aceptara lo que el rey le mandaba y él respondió: "Tengo que obedecer a lo que mi conciencia me manda, y pensar en la salvación de mi alma. Eso es mucho más importante que todo lo que el mundo pueda ofrecer. No acepto esos errores del rey". Se le dictó entonces sentencia de muerte. El se despidió de su hijo y de su hija y volvió a ser encerrado en la Torre de Londres.
En la madrugada del 6 de julio de 1535 le comunicaron que lo llevarían al sitio del martirio, él se colocó su mejor vestido. De buen humor como siempre, dijo al salir al corredor frío: "por favor, mi abrigo, porque doy mi vida, pero un resfriado sí no me quiero conseguir". Al llegar al sitio donde lo iban a matar rezó despacio el Salmo 51: "Misericordia Señor por tu bondad". Luego prometió que rogaría por el rey y sus demás perseguidores, y declaró públicamente que moría por ser fiel a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Luego enseguida de un hachazo le cortaron la cabeza.
Tomás Moro fue declarado santo por el Papa en 1935. Un sabio decía:
"Este hombre, aunque no hubiera sido mártir,
bien merecía que lo
canonizaran, porque su vida fue
un admirable ejemplo de lo que debe ser el
comportamiento de un servidor público:
un buen cristiano y un excelente ciudadano".

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