Todo empezó como un juego. Después de algunos cambios y deserciones en las filas de Los Estrellados, la banda que lo acompaña en su carrera como solista, Sergio Dawi les propuso al DJ Roco Collado y al guitarrista Juan Benítez continuar con la costumbre de juntarse los miércoles. Corría 2010 y, sin planes a la vista, al principio simplemente se reunían para cenar. “Tratábamos de evitar la necesidad de ir detrás de una zanahoria, el proyecto, hay que hacer tal cosa”, justifica el saxofonista devenido cantante y compositor. “Y pasó el tiempo, mientras paralelamente yo estaba con Semilla Bucciarelli haciendo SemiDawi”, recuerda. Sin prisa, pero sin pausa, las charlas de sobremesa entre los estrellados fueron derivando naturalmente hacia el terreno de la música. Y, cuando cayeron en la cuenta, ya habían transcurrido varios años y lo que tenían entre manos era el punto de partida del flamante Jaqueados.
“Con la banda tenemos una manera de componer, que es a partir de capas que pueden nacer del DJ o de la guitarra. Y eso tiende a armar una base instrumental que se sostiene: la escuchamos y podemos encontrarle un sentido, una dinámica, una riqueza tímbrica”, explica. Cuando empezaron a revisar la materia prima acumulada, les llamó la atención la oscuridad predominante. “En general, uno como músico tiene las antenas en situación de alerta, para absorber el éter y lo que sucede a su alrededor. Y ese canal te da la posibilidad de trabajar con la música a la hora de la creación”, dice.  “En el momento de ponerle las melodías y escribir las letras, me di cuenta de que tenía una preocupación, un enojo con lo que estaba pasando en el mundo: como que los sueños que había tenido de joven se habían desdibujado y, lamentablemente, estábamos a merced de un sistema”, completa.
Dawi habla con un tono pausado, reflexivo: elige las palabras con el cuidado que pondría un ensayista de la contracultura. Sus ojos claros sonríen y vagan por el living de su casa y, unos segundos más tarde, sus cejas se contraen en un nudo que expresa la disconformidad de un rebelde con causa. Exponente de esa bohemia ilustrada que se curtió en pleno agite de los 80, un buen día empezó a subir por la escalera del under como saxofonista de los Redondos para finalmente encontrar el exclusivo piso del rock de estadios. En el nuevo milenio, busca mantener el fuego sagrado de la creación en medio del mar de la tecnología digital y la cibernavegación. En términos sonoros, el disco que acaba de lanzar traduce una visión sombría, desencantada, casi postapocalíptica. Pero también conserva algo del espíritu comunitario, celebratorio que dio origen al trabajo de los Estrellados.
“Cuando el aire puro lo vendan en bolsas para inhalar/ y a las montañas de celulares las puedas ir a escalar”, comienza “Dame dos”, un collage que deconstruye el consumismo en clave futurista. En “Los pilares de Pilatos” se suma la voz invitada de Miss Bolivia para rapear sobre un tipo social específico: “Vestido de traje y de saco/ jodido, enfermo de codicia/ y con su propia lógica: me estorbás, te mato”. Dawi aclara que no se considera a sí mismo “un cantante, sino un decidor”. Y agrega que, como compositor, lo que lo fascina desde el primer día es “la musicalidad de la palabra”. “Las letras de las canciones las entiendo como situaciones que viven personajes en estado de ficción, en donde todo es posible. Pero en este caso la pintura empezó a estar embebida de personajes que están jaqueados en el amor, en la esperanza, en la suerte, en la vida misma. Sentía eso: que el mundo estaba jaqueado”, describe. 
Con el título como denominador común, Jaqueados retoma la senda electrónica que había aparecido en su debut como solista (Estrellados, 2004) para integrarla al plan cancionero e instrumental que se consolidó en Quijotes al ajillo (2008). “Sí, hay bastante electrónica”, concede. “Los primeros paisajes, las primeras aproximaciones instrumentales están montadas sobre programaciones. Y en muchas partes quedó ese sonido, que viene del copy & paste. Quería que esa idea del copy & paste también esté presente en la gráfica”. Las ilustraciones del librito interno del CD completan el viaje que protagonizan los personajes de cada letra. “El disco tiene 40 minutos y no hay silencio entre un tema y otro. Fue planteado como una banda sonora para un espectáculo teatral. La ubicación de los temas maneja la introducción, el desarrollo”, explica. “Tiene una dramaturgia”, subraya.
De aquella oscuridad inicial de Jaqueados a su presentación oficial en formato “teatro a oscuras” en el Konex a comienzos de mes, parecía haber solo un paso. “Las cosas se van armando como un rompecabezas y, al final, tienen una unidad”, dice. “Habíamos participado con la banda en dos ciclos de teatro ciego, uno en la Bienal de Arte Joven y otro en Teatro Ciego. Y nos sorprendió la experiencia, porque son pocas las veces en las que uno dice ‘voy a escuchar con los ojos cerrados’. Siempre está la vista de por medio, por eso termina siendo una situación extraordinaria”, cuenta. En definitiva, todo lo anterior “forma parte de la pesquisa, de la experimentación, de buscar otra manera de hacer las cosas. Cuando me preguntan a qué se parece el disco, no sé qué contestar. No me la paso escuchando música: es lo que nos sale con los Estrellados”. 

ESTILO RENGO    

Los tres discos solistas de Dawi fueron lanzados bajo el sello La Cornamusa. Se trata, dice, de un “homenaje” a la productora independiente fundada por su madre, María Teresa Corral, una compositora e intérprete de canciones infantiles contemporánea de María Elena Walsh. “Era bien pedagoga, pero también una peleadora, una luchadora en lo suyo. Hizo ocho o nueve discos y, cuando se encontró con la necesidad de que esos trabajos salieran, abrió La Cornamusa. Después también empezó a sacar discos de gente como Bola de Nieve, el guitarrista uruguayo Abel Carlevaro, Daniel Viglietti, cosas de música clásica. Yo de chico laburaba a veces de cadete del sello y, si no, le hacía sonido, porque ella también hacía funciones en colegios. Me fui metiendo de a poco en la música. En mi casa había un piano de cola y un violonchelo”, recuerda. 
A ese temprano aprendizaje de la autogestión se le sumaban sus observaciones sobre el trabajo de su padre, el cineasta Enrique Dawi. “Hacer un disco es difícil, pero hacer una película en plan producción, lo puedo asegurar porque he sido testigo, es mucho más laborioso”, compara. “Hizo como cuarenta películas. Una que se llamó Adiós, Roberto, sobre la homosexualidad. La vuelta de Martín Fierro, con Horacio Guarany. Y después cosas más comerciales, como Minguito Tinguitela”. En su caso, la balanza se terminó de inclinar para el lado de la música, aunque el lenguaje audiovisual siempre ejerció cierta fascinación. “De chico, mientras estaba en la primaria, me dediqué a toda la gama de las flautas. Empecé con la flauta dulce, hice bastante música renacentista, barroca. Y también estudié piano con Violeta Gainza, que fue maestra de Calamaro y otra gente”.
La experiencia del joven cadete de La Cornamusa quedaría marcada por un particular episodio. “Había un montón de discos de Viglietti en mi casa y teníamos que ver cómo hacíamos para sacarnos todo eso de encima, porque no estaba bueno tenerlos en el 76. Había que meterlos en la bañadera y tratar de sacarles la etiqueta, ¡pero no se despegaban más! Entonces los cargué en el auto, los llevé al puerto, a la dársena de San Juan y los tiré al agua”. La dictadura genocida recién comenzaba y él, con veinte años, se fue a vivir a España. “Ahí me compré la primera flauta traversa y empecé a tocar música popular, blues, jazz. Y, poco después, vino naturalmente el saxo. Me tenía que ganar la vida, no tenía otra entrada”, dice. Así pasó diez años entre La Coruña, Madrid, Barcelona y Las Palmas; entre orquestas que iban de pueblo en pueblo y shows callejeros a cambio de unas pesetas. 
“Toqué con catalanes, africanos, jamaiquinos, cubanos, uruguayos. Fueron un nutriente muy importante todos esos años de soledad y anonimato, donde no tenía que responder a nada ni a nadie. Tenía una sensación de libertad”, evoca, con una sonrisa. “Fue parte de mi formación autodidacta, porque no tengo título de conservatorio. Todas esas experiencias influyeron en mi manera de tocar. Y eso también se notaba en Los Redondos: aunque estaba dentro del género, había una particularidad, porque mi fraseo no era el ortodoxo, era lo que me salía. Gracias a eso he podido sobrevivir en diferentes situaciones”, dice. “Me siento identificado con esa particularidad que tienen los brasileros, que es la antropofagia: lo absorben todo”, agrega. “A veces digo que soy un rengo, porque seguro debe haber un montón de proteínas que, en mi nutrición, no estuvieron presentes o en las cantidades indicadas. Esto es lo que hay y lo quiero mantener así, como un monumento a la renguera”.

CABALLOS SALVAJES

El resto de la historia es más conocido. A su regreso del decenio español, se reencontró con un viejo amigo, el actor y también saxofonista Damián Nisenson. “Justo se inauguraba el Parakultural y empezamos a funcionar como dúo. Ese ámbito tenía toda la efervescencia de la primavera democrática y nos dio la libertad de encontrar un lenguaje en el que estaba la improvisación de dos locos que tocaban el saxo, pero que también querían encontrar una empatía con la imagen, el vestuario, la escenografía, la iluminación: éramos dos performers que ni sabíamos qué era esa palabra”. Después de verlos en acción una noche, Skay Beilinson y la Negra Poli invitaron a los Dosaxos2 a tocar en el intermedio de un par de recitales que los Redondos iban a dar en el Parakultural. “Ahí empezó un vínculo con Skay. Poco después Willy Crook se fue con los Abuelos y me invitaron a tocar con ellos”, dice. “Fue muy vertiginoso, muy intenso todo”, resume. 
“En la primera etapa se grababan más discos, se tocaba más seguido y en lugares más chicos. Yo andaba con los ojos bien abiertos, para ver todo lo que se generaba: era algo magnífico, muy fuerte”, describe. “En general había un nivel de exigencia tan fuerte, que tenías que sacar lo mejor de vos y lo que no tenías también, para que estuviera a la altura. En ese sentido, fue algo que agradezco, porque me hizo crecer. Pero a la vez, el haber tocado en tantos lugares, me daba una suerte de permiso en ese escenario tan cargado, tan potente de los Redondos: había una comodidad, era un lindo estado, lo disfrutaba”. ¿Recuerda alguna grabación en especial? “Destacaría Lobo suelto - Cordero atado, porque estuvimos casi un mes conviviendo en el estudio Del Cielito y porque fue un disco doble, algo que le dio una gran diversidad. Igual con los Redondos todo se hacía con mucho corazón y huevo. Y también con cabeza, suerte y experiencia”.
A fines del año pasado, Dawi, Semilla Bucciarelli y Walter Sidotti se reencontraron en vivo con una parte del repertorio ricotero. “Fue una lección de libertad, una fiesta. Son temas que han significado mucho y tratamos de cuidarlos”, dice. Mientras sigue adelante con los shows audiovisuales de SemiDawi (junto a Bucciarelli, que aporta su arte digital en vivo) y de su proyecto VideoSaxMachine (en el que toca mientras se proyectan cortometrajes de fondo) también se hace un lugar para tocar con Morphine cada vez que la banda estadounidense aterriza en el país. En los próximos meses, obviamente, planea salir de gira con los Estrellados para presentar Jaqueados. ¿Cuál es el combustible del hombre que no detiene su marcha? “Hay bastante curiosidad: un magnetismo de hacer. En general, las cosas en las que participo también las produzco. Y eso me lleva un tiempo, para tener una visión abarcativa y lograr que las cosas se materialicen. La experimentación también es una constante, y no porque quiera ser diferente: dejo que los caballos anden y después busco la manera de unirlo todo”.