jueves, 3 de agosto de 2017

Aki Kaurismäki - "El otro lado de la esperanza"

Retrato de Aki Kaurismäki, el director finlandés de El otro lado de la esperanza

Humanista, romántico, nihilista y gran cinéfilo

El romanticismo estaba presente en su cine desde los comienzos, pero no siempre era fácil advertirlo, como sin duda lo es ahora.

 En público, Aki Kaurismäki (Helsinki, 1957) se presenta como un tipo pesimista y desesperanzado, de respuestas cortas como tajos y un cigarrillo apagado, listo para ser encendido en cuanto llegue a un lugar donde le permitan fumar. Actualmente consume tres atados diarios. Se está cuidando: en una época fueron doce. ¿Muerte a crédito? Sería coherente: digno hijo del país europeo de más alta tasa de suicidios, Aki asegura que algún día lo hará. “Pero no todavía”. El otro exceso del menor de los hermanos Kaurismäki (el mayor es Mika, nacido en 1955) es el alcohol, claro. Hasta el punto de que aconsejan a quien tenga que hacerle una entrevista hacerlo antes de media tarde, porque a partir de esa hora empieza a tomar y no se sabe qué puede pasar. Como algunos de sus personajes. Aunque últimamente están más sobrios que en tiempos de Ariel (1988) o La vie de bohème (1992). ¿Será porque ahora tienen problemas más urgentes que atender?

Los problemas que ocupan a los protagonistas de los films más recientes del autor de Nubes pasajeras (1996) y El hombre sin pasado (2002) son los mismos que ocupan a Europa: la inmigración, y qué hacer con ella. Trasladado del continente al individuo, el sustantivo colectivo se singulariza, y “la inmigración” se convierte en “el inmigrante”, con el que el héroe europeo se cruza, tanto en la previa El puerto (Le Havre, 2011) como ahora en El otro lado de la esperanza, Oso de Plata al Mejor Director en la Berlinale de este año. A diferencia de Europa, que no sabe qué hacer o directamente devuelve a su país al inmigrante, el homo kaurismäkiano lo acoge. En El puerto, el limpiador de zapatos oculta al chico africano de las autoridades de Inmigración. En El otro lado de la esperanza (de aquí en adelante, EOLE), el ex vendedor de camisas y actual dueño de restorán da trabajo al refugiado sirio al que quieren mandar de vuelta a Alepo.
¿Solidaridad de clase? Aunque el personaje de André Wilms en El puerto se llamara Marcel Marx, Kaurismäki no es, que se sepa, marxista. Difícil que un nihilista lo sea. Aunque, ¿es el autor de La chica de la fábrica de fósforos (1990) tan nihilista como le gusta pregonar? “Cuando no queda esperanza, no hay razón para el pesimismo”, dictaminó recientemente, con un tono entre chino y nietzcheano. Sus primeras películas eran muy pesimistas, luctuosas incluso más allá del humor letal. La primera es una versión de Crimen y castigo (1983), que ya se sabe cómo termina. El mismo día en que cierra la mina donde trabajaba, el padre del protagonista de Ariel se suicida, y a él terminarán metiéndolo en prisión por defenderse de un atropello. Tras perder un embarazo, la solitaria heroína de La chica de la fábrica de fósforos (la gran Kati Outinen, que hace un cameo en EOLE) mata con veneno para ratas al tipo que la sedujo, y de paso a su madre y padrastro. Y así.
Sin embargo, desde Nubes pasajeras el cine de Aki se fue tornando –dicho esto con todas las reservas del caso– menos fúnebre, algo más luminoso. De tonos entre verdosos y grisáceos, en lugar de negros. En la película mencionada, la protagonista (otra vez Kati Outinen) logra superar la desocupación (en el cine de Kaurismäki hay más desocupados que en el cordón industrial de Buenos Aires), instalando su propio restorán, adonde lleva a trabajar a ex compañeros de trabajo. Las nubes son, como el título indica, pasajeras. Volviendo al tema de la solidaridad de clase, tal vez no se trate de un principio ideológico en el cine de Kaurismäki, pero sí de un hecho concreto. El amnésico, apaleado protagonista de El hombre sin pasado es acogido por una comunidad de gente que vive literalmente al margen de la ciudad. Y en El puerto y EOLE, como ya se dijo, los inmigrantes pobres reciben de parte de gente trabajadora una acogida que muchos países europeos no suelen darles.
Kaurismäki tal vez no sea marxista (¿alguien que no sea sociólogo, politólogo o filósofo lo es, hoy?), pero muy socialdemócrata tampoco parece. Un lustro atrás declaró al diario The Guardian que no veía otra salida para la humanidad que no fuera el terrorismo. “Hay que matar al uno por ciento”, estimó. Preguntado acerca de qué uno por ciento era ése, hizo precisiones. “La única manera de salir de la miseria es matar al uno por ciento que es propietario de todo. El uno por ciento que nos puso en la posición en la que la humanidad no tiene valor. Los ricos. Y los políticos que son sus marionetas.” ¿Humanismo sangriento? El humanismo le viene por vía Chaplin y se ve mitigado por el estoicismo keatoniano, dos de sus máximos ídolos cinematográficos, junto con Robert Bresson, Jean-Pierre Melville, Marcel Carné, Ernst Lubitsch y el cine negro en su conjunto. No olvidar que el Carlitos de Chaplin era un vagabundo, como algunos de los primeros héroes kaurismäkianos, solidario de inmigrantes pobres, niños huérfanos, inválidos y cieguitas. Todas figuras no tan disímiles de las que aparecen en el cine de Aki, que se pone así en riesgo de sensiblería. Es allí donde interviene el factor Keaton (y el ascetismo bressoniano, desde ya) para rescatarlo de esas aguas movedizas y reconducirlo por el camino de la sequedad, el gag, la precisión visual, la reducción al mínimo, el absurdo.
El romanticismo está presente en el cine de Aki desde los comienzos. Lo que pasa es que como coexistía con todo lo que se mencionó más arriba la gente se negaba a verlo. Como si el mundo de un autor tuviera que ser una calle de una sola mano, y no una autopista de infinitos carriles. Recuérdese que Sombras del paraíso (1986) cuenta la historia de amor proletario de una cajera de supermercado (Kati Outinen, quién si no) y el enorme Matti Pellonpää, con su carita de borrachín, haciendo de basurero. El derrumbe de la propia Outinen en La chica de la fábrica de fósforos se produce porque descubre que el hombre del que se había enamorado es un farsante. El hombre sin pasado se enamora de la militante del Ejército de Salvación que interpreta Outinen. En El puerto, Marcel Marx, además de ocuparse del chico africano cuida de su esposa (¡Outinen!), internada en un hospital con una enfermedad terminal, y le obsequia flores regularmente. Y en El otro lado de la esperanza… bueno, no, acá no tanto. “¿Cómo es que piensa suicidarse? ¡Usted es un romántico!”, trató de salvarlo el periodista de The Guardian durante la entrevista mencionada, después de hacerle confesar que a veintiséis años de su casamiento sigue enamorado de su esposa… y le regala flores. “Sí, sí”, le respondió un despectivo Kaurismäki. “Por eso el tiro no me lo voy a dar en la cabeza, sino en el corazón”.

 “Ya no hay cruce de culturas en Europa”


Tras la presentación de El otro lado de la esperanza en el Festival de Berlín, en febrero pasado, Aki Kaurismäki ofreció una conferencia de prensa, de la que aquí se reproducen algunos pasajes:
–Usted suele organizar su obra en forma de trilogías. El otro lado de la esperanza pertenece a una trilogía llamada “de los puertos”. ¿Qué lo lleva a trabajar de esta manera?
–Básicamente, el hecho de que soy absolutamente perezoso. Entonces, tener una trilogía me obliga a trabajar, porque sé que tengo una o dos películas por delante, que tengo que filmar obligadamente. Pero ya no es más una trilogía de los puertos, ahora es la trilogía de los refugiados. Espero que la tercera parte sea una comedia alegre.
–El puerto estaba ubicada en Francia, ésta en Finlandia. ¿Cuál es la situación de los inmigrantes de países pobres en su país?

–Lamentable. Mi país optó por expulsarlos, sin más. Al día de hoy llevan expulsados alrededor del 70 % de los que ingresaron, que fueron alrededor de 30 mil personas, provenientes sobre todo de Irán, Siria, Somalia y Afganistán. Lo lamentable es que no es sólo el gobierno, la población reaccionó como si se tratara de una guerra. Como cuando nos invadieron los rusos, en 1940. Algo así como si vinieran a robarte tu auto nuevo. O la cera con la que lo limpiás. O el cepillo con el que pasás la cera. No importa qué, pero vinieron a robarte algo. Y realmente no me gusta ver esa clase de actitud en mis compatriotas.
–¿Tiene esperanza de cambiar algo con su película?
Ya lo dijo Jean Renoir en 1937, cuando estrenó La gran ilusión: el cine no detiene las guerras. Pero al menos quería sugerirle a los espectadores la idea de que hoy los refugiados son otros, mañana pueden ser ellos.
–¿Qué opina sobre el modo en que Europa está tratando la cuestión de la inmigración?
–Ya no hay cruce de culturas en Europa, y lo necesitamos, porque la sangre se nos endureció. Deberíamos volver a la Sevilla del siglo XV, donde católicos, musulmanes y judíos convivían en paz y los negocios eran buenos para todos. Hasta que los reyes Felipe I e Isabel II decidieron expulsar a los moros de España.

Una fábula luminosa en la noche europea

Austeridad y belleza

Como en El puerto, ahora en El otro lado de la esperanza Aki Kaurismäki vuelve un poco sobre el mismo tema de los refugiados. Y para el cual él tiene una solución: solidaridad.

 Como sucede en casi toda su obra, la nueva película del finlandés Aki Kaurismäki es una fábula optimista, luminosa, a pesar de la gravedad de su tema. Un poco como en su película inmediatamente anterior, El puerto (2011), El otro lado de la esperanza vuelve sobre el mismo asunto que hace años tiene en jaque a Europa: el de los inmigrantes que huyen de las guerras y hambrunas de este mundo y buscan en los países privilegiados un refugio que difícilmente encuentran. Pero tal como señala el propio título del film, en el cine de Kaurismäki siempre hay esperanza, por extraña que sea. Y también justicia poética, por qué no.

Se trata, como es costumbre en Kaurismäki, de un film pleno de nobleza, ternura y humor. Y de una poesía no por austera menos expresiva. Como siempre en su cine, sus personajes son los desheredados de este mundo, los llamados “perdedores”: trabajadores y expatriados, desempleados y marginales, hombres y mujeres que han ido quedando excluidos del vértigo de la modernidad y que, sin embargo, han sabido mantener su dignidad.
Por un lado, está Khaled, un inmigrante sirio que llega de polizón en un barco carguero al puerto de Helsinki (los puertos, las grúas, los barcos son una constante en Kaurismäki, casi se diría que para él son el origen del mundo). Y Khaled aparece en escena como si fuera Chaplin, o un comediante del mejor cine mudo: enterrado en carbón, negro de la cabeza a los pies, más oscuro incluso de lo que es su propia piel, que ya de por sí lo condena.
Por el otro, anda Wikström (interpretado por Sakari Kuosmanen, un rostro habitual en el cine de Aki, protagonista de Juha). Es un veterano viajante de comercio, dueño de un cochazo negro que -como los personajes de Luces del atardecer (2007)– parece salido de una vieja película de gangsters. En una de sus primeras escenas, Wikström gana una reñida partida de póker y con esa plata se compra un bar en decadencia, donde el único menú posible parece una lata de sardinas acompañada de una cerveza.
Cada personaje va por su lado, pero es inevitable que se encuentren. Basta que Khaled aparezca durmiendo en la puerta trasera del bar después de haber sido perseguido por una banda de skinheads para que Wikström lo sume a su peculiar banda de empleados: una moza, un barman y un cocinero que parecen escapados de la cárcel más cercana, pero tienen un corazón de oro y la solidaridad a flor de piel.
Que todos fumen en cámara como chimeneas; que en cada esquina se queden a escuchar a viejos, auténticos rockers callejeros a quienes Kaurismäki parece querer registrar antes de que la memoria corta del mundo los olvide; que en cada plano detalle o en cada objeto de utilería (desde un automóvil a un jukebox) vibren ecos de buena parte de la historia del cine son singularidades inherentes a la obra de un finlandés que ha conseguido hacerse universal.
De una ascética belleza visual que lleva la firma inconfundible de su director, El otro lado de la esperanza parece por momentos un tableaux vivant de Edward Hopper iluminado por la luz gélida del Báltico. Gracias a la construcción inconfundible de sus planos, en los que tiene tanto que ver el encuadre como la iluminación, el realismo en Kaurismäki siempre resulta desplazado hacia una zona incierta, de un raro, austero esplendor, que refleja la mirada entre perpleja y oblicua del realizador frente al mundo circundante.
La violencia, la miseria, la discriminación, la soledad están claramente allí y el film no las esconde ni las desmiente, pero Kaurismäki da la impresión de conjurar todos esos males exponiéndolos a través del punto de vista de estos hombres tan distintos entre sí –el sirio Khaled, el finlandés Wikström– pero capaces de entenderse a pesar de sus abismales diferencias. En esta templada, rigurosa celebración de la vida está la nobleza de esta película tan parecida a toda la obra previa del director y, por eso mismo, tan fuera de lo común.

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