viernes, 4 de agosto de 2017

JAPON - Modernidad y Misterios del Lejano Oriente

JAPON - Modernidad y Misterios del Lejano Oriente  

El Pais del Sol Naciente

 Un viaje al país donde conviven tradiciones milenarias con la tecnología de última generación, y metrópolis gigantescas con aislados pueblos de montaña.


Cuatro islas principales y más de mil islotes forman el archipiélago japonés, una superficie de 377.000 kilómetros cuadrados --la décima parte de la Argentina-- donde viven 125 millones de personas. Japón es sin duda un país paradójico, hecho de contrastes, a la vanguardia en tecnología pero cuyo emperador sólo renunció a mediados de este siglo a su origen divino, un país que atrae por su lejanía y sorprende por la antigüedad y riqueza de una cultura que Occidente conoce sólo de modo fragmentario. Después de un viaje, ese misterio del mundo nipón estará lejos de haberse resuelto, pero se habrán adquirido más certezas, se habrá tocado algo más de cerca ese universo extraordinario y Japón habrá adquirido para el viajero una infinita cantidad de matices nuevos. 

Tokio, la capital

 
Toda visita a Japón comienza en la capital, una ciudad inmensa que concentra doce millones de habitantes y que es en sí misma el resumen de los contrastes japoneses. La primera imagen de Tokio es la de una ciudad donde sobresalen los rascacielos, brilla el neón y la gente se mueve en olas por las calles: sin embargo, muchos se sorprenden porque a pesar de todo allí jamás se sienten la agitación y la prisa desenfrenadas de otras capitales del mundo. Nadie se empuja; nadie es arrastrado por la marea de gente como en las superpobladas calles chinas; siempre alguien tiene tiempo de contestar una pregunta o de acompañar al turista desorientado, mientras los ejecutivos andan en bicicleta y los chicos y grandes mueren por el pachinko, esa suerte de flipper que hace furor entre los japoneses. En realidad Tokio no tiene un centro, sino varios, cada uno diverso del otro. Más que correr en busca de monumentos o buscar una arquitectura brillante, vale la pena dedicar tiempo a recorrer esos barrios-ciudades --Otemachi, Kasumigaseki, Shibuya, Ueno, Ikeubukuro-- que le valieron a la capital japonesa la definición de “nebulosa urbana polinuclear”, dicho en lenguaje de urbanista.
En Tokio coexisten la zona alta, donde brotan decenas de rascacielos, y en torno de ella la ciudad baja, la del pueblo común y la vida cotidiana, reproduciendo todavía en el desborde actual la estructura de la vieja Edo (el antiguo nombre de Tokio). Para asomarse a la imagen
tradicional que los extranjeros tienen de la ciudad, habrá que ir al barrio de Shinjuku, de aire futurista y luminoso, símbolo de la zona consagrada a los entretenimientos, mientras un paseo por Akihabara será ideal para interiorizarse de los últimos avances en materia de electrónica, uno de los emblemas del mundo japonés. Muchos creen que, si hay un solo día disponible en Tokio, es justamente a Shinjuku y Akihabara donde hay que ir. Para ir de compras, en cambio, el destino es el barrio de Ginza, rival de la neoyorquina Quinta Avenida: el lugar es interesante incluso si el “shopping” queda para mejor oportunidad, ya que muestra una cara imperdible del Japón comercial. Mientras tanto, las zonas más jóvenes son las de Shibuya y Harajuku, donde reinan los cafés y los negocios de moda... al menos hasta la noche, cuando habrá que desplazarse a Roppongi, el barrio predilecto de los noctámbulos por sus clubes y locales de diversiones, que no cierran sus puertas hasta el alba. También hay que pasar por el Ueno-koen Park, al norte del centro, donde se concentran algunas de las mejores galerías y museos japoneses: como el Museo Nacional de Tokio, que alberga la principal colección mundial de arte nipón, el Museo Nacional de Ciencias, y al Shitamachi History Museum, que recrea los barrios centrales ocupados por el pueblo en la vieja Tokio.
Finalmente, hay que pasar por el templo budista Senso-ji, en la zona de Asakusa, un antiguo “distrito del placer” del cual sobrevive hoy en parte el encanto y glamour del pasado entre las calles estrechas y bulliciosas. Sin duda es difícil decir dónde empieza y dónde termina Tokio, pero todavía quedan muchos otros lugares que recuerdan una antiquísima historia, siempre viviente a la par de la modernidad. En general, además, los suburbios de Tokio han podido resistir a los avances de la cultura del supermercado, y todavía es posible encontrarse en las calles con pequeños negocios especializados, restaurantes tradicionales abiertos hasta tarde, viejas casas de madera construidas a la usanza tradicional, o ancianas que salen a hacer las compras vestidas con kimono.

El Monte Fuji


 Además de su interés como capital y arquetípica ciudad japonesa, Tokio ofrece una perfecta ubicación para conocer otro de los emblemas del país: el monte Fuji, la montaña más alta de Japón (3776 metros). Esta silueta inconfundible ha dado la vuelta al mundo en fotografías que muchas veces sirven de publicidad a las marcas de fotografía japonesas. El monte Fuji es un cono perfectamente simétrico... y volcánico, cuya última erupción data de 1707, cuando las cenizas llegaron a cubrir las calles de Tokio. Verlo desde la capital es excepcional, y requiere un día extraordinariamente claro (algo poco frecuente en Tokio, siempre bajo la presión del smog). Para avistarlo, la mejor época es tal vez el invierno y el principio de la primavera, cuando la cumbre está cubierta de nieve: sin embargo, estas mismas épocas son las más desaconsejables para intentar un ascenso, salvo que se trate de auténticos expertos. Oficialmente, las temporadas de escalada son julio y agosto, pero incluso en estos meses de verano requiere una buena experiencia en montaña, ya que el tiempo es sumamente cambiante. En el lado norte se encuentran los Cinco Lagos Fuji, uno de los lugares predilectos de la gente de Tokio para pasar un día fuera de la ciudad. Allí se pueden practicar deportes acuáticos, visitar parques de diversiones y desde luego conseguir las mejores vistas para fotografiar el monte Fuji (la mejor manera de llegar es desde la terminal de ómnibus Shinjuku de Tokio).

 

Cúpulas de Hiroshima y Miyazaki


 A las 8.15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, la primera bomba atómica lanzada en la historia explotó aproximadamente a unos 580 metros sobre el centro de la ciudad japonesa de Hiroshima: en un instante, redujo la ciudad a una planicie arrasada, destruyendo innumerables vidas y causando desolación en todas las actividades de la ciudad.

Visitar Hiroshima este año de 1998 no es un simple reconocimiento de la ciudad 53 años después de la bomba genocida. Tres años después del cincuentenario parece, en efecto, un aniversario anodino. Si no fuera porque 1998 tiene ya una marca aciaga que lo relaciona con 1945. Ha sido el año de una significativa ampliación de los arsenales y amenazas atómicas de la humanidad.
Visitar Hiroshima ahora es conocer una realidad que no es meramente histórica. Es andar por el incierto presente de la condición humana. No cabe en verdad un viaje al Japón sin estar, aunque brevemente, en Hiroshima, la Ciudad de la Paz como ha sido designada, con potente simbolismo. En el lugar de mayor devastación se ha erigido el monumento y el museo conmemorativo por la paz.
En un extremo del Parque de la Paz, se encuentra la Cúpula de la Bomba A. Se trata de ruinas que sostienen el esqueleto metálico de la cúpula de lo que otrora fuera un edificio estatal. Es una estructura del comienzo de siglo, que el 6 de agosto de 1945, a diferencia de la totalidad de los funcionarios que allí murieron en el acto, quedó a medio destruir, aunque horriblemente devastada. Se la mantiene como símbolo eficaz de la aniquilación atómica, aún más implacable con los humanos que con la materia inerte.
El enorme complejo incluye un centro de convenciones --el International Conference Center-- donde se celebran muy diversas actividades vinculadas con la construcción de la paz. Para el 2004 se espera celebrar allí, incluso, una de las muchas conmemoraciones que en el mundo habrá en ocasión de los 200 años de la muerte de Emanuel Kant, el filósofo de la Paz.
No lejos del Parque conmemorativo de la Paz donde se encuentran esos emplazamientos, existe un Museo de Cultura y Ciencia para los niños, y también el Museo de Arte Contemporáneo, y asimismo el Monumento Literario Dedicado a Miekishi Suzuki, indicadores todos ellos, como muchos otros más triviales, que la vida continúa, progresa y se desarrolla con la suave y férrea obstinación de los japoneses, que, admirablemente, en ningún momento ni elemento de esa recordación fatídica que es Hiroshima, muestran la menor emoción vindicativa o persecutoria.
Por otro lado, sería erróneo suponer que Hiroshima se agota en la luctuosa recordación del holocausto nuclear. Desde muy antiguo Hiroshima está asociada, por su proximidad, con uno de los rincones de mayor belleza del país. Es la pequeña isla de Itsuku-shima, sede del famoso santuario de Miyazima, uno de los tres más importantes del Japón, con numerosas pagodas y edificios, incluyendo el Vestíbulo de las Cien Alfombras. En el otoño los árboles contribuyen con los declinantes dorados, ocres y rojizos de las hojas perecederas, a la magia de este lugar tan tradicional como fuera del mundanal y humano tráfago. Recuerda a Kioto, la ciudad histórica por excelencia, otro de los puntos inevitables de un viaje al Japón, preferida, con buenas razones, por los viajeros argentinos.
A Hiroshima se llega desde Tokio a través de los famosos, seguros y puntuales trenes-balas. También se puede hacerlo por medio de los vuelos de la empresa de transporte aereodoméstico del Japón.

Miyazaki

 
Casi en el extremo sud del Japón, sobre la costa del océano Pacífico, encuentra el turista, necesitado de un cambio luego de la experiencia demasiado intensa de Hiroshima, otra cara de la nación nipona. Junto a uno de los campos de golf donde se juegan torneos de la más grande importancia mundial como el Dunlop, y a unos trescientos metros de las aguas oceánicas, se ha construido una de las proezas de la inventiva humana. El Ocean Dome es una gigantesca cúpula debajo de la cual se ha reconstruido un pedazo de mar, con temperatura tropical y agua salada, con olas ficticias de tamaño que permiten la práctica del surf. Hasta la arena es artificial: para que no se adhiera a los pies, ha sido lograda con polvo de mármol. Por las noches unas proyecciones con láser hacen surgir de esas aguas monstruos rugientes aunque benignos. La finalidad sin embargo es rigurosamente utilitaria. Se trata de poder bañarse en el mar durante los meses de verano, y tostarse con los soles también tecnológicos de este trópico high tech. También Miyazaki es accesible por ferrocarril y por vuelos de la compañía aérea de cabotaje.

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