domingo, 6 de agosto de 2017

Miguel Zenón

Miguel Zenón

El tercer idioma

Nacido en Puerto Rico pero ciudadano de Manhattan, el saxofonista Miguel Zenón es quizá el músico de jazz portorriqueño que más fuerza y originalidad le ha aportado al género, ensanchando y al mismo tiempo cuestionando las fronteras del llamado jazz latino. Antes de presentarse en Argentina, Zenón explica justamente por qué considera que es una etiqueta en crisis, cuenta cómo trabaja por el género en su isla natal y revela su particular conexión con la Rayuela de Julio Cortázar, novela que lo inspiró a escribir y dar un concierto parisino que tuvo entre el público a Aurora Bernárdez.


Como todas las vidas, la del saxofonista portorriqueño Miguel Zenón podría ser narrada de muchas maneras, incluso remontándonos a un tiempo previo a su cronología vital. Podríamos comenzar, por ejemplo, relatando la llegada del trombonista Juan Tizol a la ciudad de Nueva York, en los años de la Ley Seca. Allí el músico boricua encontró su lugar en la orquesta de Duke Ellington, y en la historia de la música popular mediante sus composiciones –grandes hits de Duke– “Caravana” y “Perdido”. Por entonces, las migraciones de Puerto Rico a Manhattan eran frecuentes, habida cuenta de que los nacidos en la isla gozaban de ciudadanía estadounidense, acaso la modesta compensación por haber pasado de manos españolas a manos norteamericanas sin que se los consultara. Para quienes decidieron probar suerte en el por entonces naciente Spanish Harlem, la música jugaría un rol destacado en el proceso de asimilación a una sociedad parcialmente bilingüe en la cual el proyecto de “crisol de razas” se iba debilitando en favor del de “mosaico de culturas”. Aun así, la fragmentación nunca fue total. Vinculante con el país de origen pero también agente de integración, la música practicada por la comunidad boricua tendió a convertirse en un tercer idioma. Si uno pasea hoy por las calles de El Barrio, no tardará muchas cuadras hasta toparse con la intersección de Lexington Av. y E110 Street. En esa esquina se puede leer, en rigurosa chapa verde, la indicación “Tito Puente way”. El imaginario urbano siempre es generoso con el historiador musical.
 A través de una de sus meditadas respuestas enviadas por mail, Miguel Zenón parece avalar este modo un tanto indirecto de encarar una nota disparada por su inminente presentación en Buenos Aires: “Desde Juan Tizol, pasando por Tito Puente y hasta el presente, la historia nos enseña que han habido muchas aportaciones de peso de parte de varios músicos de Puerto Rico. Pero pienso que todavía queda mucho por decir y aportar, y que mientras la comunidad de puertorriqueños en el jazz vaya creciendo así también irán creciendo sus contribuciones al género.” A esta observación cabría agregarle un dato central para la futura historia del toque latino en el jazz: la música del propio Zenón. Es cierto que la línea de tiempo del jazz fue enriquecida por diversos músicos portorriqueños, pero tal vez ninguno de aquellos nutrientes ha tenido la fuerza y originalidad de Miguel, un saxofonista “alto” tan hijo de la tradición de su país de origen como del pasado de la música de improvisación. Un músico absolutamente consagrado: fue tapa de la revista Down Beat en dos oportunidades, recibió cuatro nominaciones a los premios Grammy, lo distinguieron como el mejor saxo alto de su generación en más de una oportunidad y mereció las becas Guggenheim y McArthur. Cuando sus colegas lo nombran, siempre lo hacen con énfasis.
 Su discografía es extensa pero no inconmensurable. Al frente de su cuarteto, en el que brilla el pianista venezolano Luis Perdomo, Zenón debutó con Looking Foward pero se hizo oír en 2004 con Ceremonial, un disco producido por Brandford Marsalis donde se conjugaban de un modo excitante jazz, ritmo portorriqueños y música contemporánea. Más tarde, ya imparable, llegaron Jíbaro (2005), Awake (2006), Esta plena (2009), Alma adentro (2010), Rayuela (2012), Oye- Live in Puerto Rico (2013), Identities are changeable (2014) y recientemente Típico (2017). Este último fue lanzado como celebración de los 15 años de existencia de un cuarteto que figura entre las formaciones más estables del jazz de los últimos tiempos. Pero la fidelidad a su grupo jamás implicó convencionalismo; mucho menos la obligación de dar cuenta de un enfoque rítmico “latino”, que usualmente suele estar centrado en la poderosa herencia afrocubana.
 Por el contrario, cada trabajo de Zenón es un nuevo reto, tiene un sesgo determinado. Si el delicioso Alma adentro: the Puerto Rican songbook revisa desde la perspectiva del jazz el repertorio de la canción de amor de la isla (algo similar a lo que hace unos años hizo el pianista cubano Gonzalo Rubalcaba con el universo del bolero), en el ambicioso Identities… encara un verdadero relevamiento etnográfico de la migración boricua en Estados Unidos, con testimonios de vida incluidos. Mientras Esta plena explora la rítmica del género más popular de la isla, Típico desarrolla la vena compositiva en función del cuarteto como pieza virtuosa en su biografía. En fin, nunca se encontrará a Miguel en los lugares predecibles.
 Instrumentista brillante, de sonoridad penetrante y expresión intensa, Zenón revela un amplio conocimientos de los distintos ismos del jazz moderno; esto le ha permitido ensanchar y al mismo tiempo cuestionar las fronteras del llamado jazz latino, categoría que, desde su punto de vista, hoy está en crisis. “Sonidos que quizás hace 20 años hubieran sido categorizados con términos como ‘Latin Jazz’ o ‘Jazz Fusion’ hoy son considerados parte esencial de lo que es el sonido de esta música”, explica Zenón. “Esto aplica también a los músicos de jazz puertorriqueños y a la música puertorriqueña en general.”
 Que Zenón tenga amigos argentinos, y que haya tocado con ellos con la suficiente profundidad como para haber absorbido algunas particularidades de la musicalidad del sur, es un dato que trasciende los apuntes de un hombre sociable. “Al contrabajista Arturo Puertas, con el que toque en el disco Viva Jujuy, lo conocí muy recientemente; un amigo en común (el pianista Aaron Goldberg) organizó una sesión de grabación para Arturo en Nueva York, en la cual yo participé. Por otra parte, Guillermo Klein es uno de mis amigos más antiguos. Siempre fui un gran admirador de su música y eventualmente se presentó la oportunidad de que tocáramos juntos en su banda Los Guachos o en mi disco Alma adentro. Eso abrió la puerta a una relación de casi 20 años; somos como familia.”
 La otra conexión de Miguel con la cultura argentina tiene que ver con sus gustos literarios. Resulta que Miguel es un devoto de Rayuela de Julio Cortázar. Descubrió la novela en su adolescencia, y nunca la cerró del todo. No conforme con atesorarla en un lugar destacado de su biblioteca, en 2012 se animó a componer inspirándose en ella. Es sin duda un dato bastante solitario en la escena del jazz internacional (hace varios años, el trombonista danés amigo de la Argentina Erling Kroner compuso “Elegía para Borges”), que sólo parcialmente se explica por el idioma español y por las abundantes referencias jazzísticas de Rayuela. Después de calificarlo como su libro favorito, Miguel reconstruye aquella fascinación llevada a la música: “Hace algunos años se presentó la oportunidad de colaborar con un amigo pianista, Laurent Coq, que reside en París. Yo le sugerí la idea de trabajar con el libro y buscar una manera de trasladar sus ideas a la música, y todo fluyó de manera bastante natural. En uno de los conciertos de ese proyecto inclusive tuvimos la oportunidad de tener en el público a Aurora Bernárdez, lo cual fue muy especial. No soy escritor, así que se me hace un poco difícil hablar desde esa perspectiva, pero pienso que, al menos desde el punto de vista del proceso creativo, la música y la literatura tienen mucho en común”.

De la isla a la manzana

Miguel Zenón nació en San Juan de Puerto Rico en 1976. Su introducción formal a la música fue a través del repertorio clásico para saxofón alto (contraalto), instrumento que  estudió duramente entre los 11 y los 17 años. Siendo alumno de la  Escuela Libre de Música Llorens Torres no pensó que soplando por ese caño llegaría a algún lugar: música y adultez eran entidades separadas en los planes del adolescente. Obviamente, las cosas cambiaron. La música se impuso como actividad de tiempo completo. Y con la música apareció el jazz, que el joven estudió exhaustivamente en la Berklee School de Boston y más tarde en la Manhattan School of Music. Conociendo el final de la historia, es fácil decir que el camino que transitó estaba preanunciado. ¿Acaso podía un joven caribeño soplar el instrumento de Charlie Parker sin quedarse a vivir en el reino de Bird? “La verdad es que no fue hasta que descubrí el jazz (alrededor de los 15 o 16 años) que desarrollé una verdadera pasión por la música”, aclara Miguel. “Me llamó mucho la atención el aspecto de la improvisación, que aunque no es exclusivo del jazz, sí juega un papel protagónico en este género en particular. Sentí que el jazz presentaba un balance único entre lo intelectual y lo sentimental, y que me daba la oportunidad de transmitir mi personalidad como instrumentista, mucho más de lo que lo había hecho la música clásica hasta ese entonces.”
 A fines de los años 90 focalizarse seriamente en el jazz significaba, en gran medida, tomar contacto con una música que, ya convertida en materia de educación académica, parecía haber agotado su narrativa de futuro. Los solistas más prestigiosos de aquel momento se volcaban con gesto historicista a la recreación de los estilos consagrados. Al menos así era la situación en los Estados Unidos. Paradójicamente, los componentes exógenos del lenguaje del jazz terminarían convirtiéndose en los más dinámicos. En ese contexto neoclasicista, la vertiente latina de la improvisación creció con más libertad, posiblemente sin padecer lo que el crítico literario Harold Bloom llamó “la angustia de las influencias.” Era el capital simbólico del hablante bilingüe. Si bien algunos rasgos del latin jazz se habían estereotipado –los tumbados del piano, el uso abusivo de congas y bongós, los sobreagudos de trompeta al estilo Arturo Sandoval, etc.–, la ampliación del horizonte musical resultó estimulante para jóvenes inmigrantes que querían convertirse en músicos de jazz sin quemar las naves que los habían transportado desde sus tradiciones locales.
Tu idea de legado es rica y amplia. Incluye tanto lo jíbaro cómo la música de Tito Puente o las canciones de Rafael Hernández. Pero en jazz cuando se habla de pasado se piensa en Ellington, Armstrong, Basie, Parker ¿Cómo ha sido tu vínculo con ambas ramas de la tradición y cómo has hecho para desarrollar un estilo contemporáneo y tributario del pasado al mismo tiempo?
–La idea de utilizar la tradición como trampolín para desarrollar una identidad propia siempre ha sido mi norte. Fue así como me pude meter de lleno en el lenguaje del jazz y utilicé un proceso parecido para asimilar las tradiciones musicales de mi país. Si analizamos la historia de la música en general (no sólo del jazz) vemos que este proceso se repite consistentemente en todos los individuos que han hecho aportaciones de peso. Hay un proceso de imitación, después de asimilación y eventualmente se desarrolla una personalidad propia, forjada en la base que nos dejaron los maestros. Por otra parte, entiendo que una de las características más significativas del jazz actual es que se ha convertido en un fenómeno global; aunque no se pueden discutir sus orígenes estadounidenses, el jazz de hoy es mucho más inclusivo de músicos –y estilos de música– del ámbito internacional que lo que fue en el pasado.

Caravana de jazz

 Activísimo en más de un frente, Miguel es un incansable viajero del tiempo y  el espacio. Cuando, 14 años atrás, el saxofonista Joshua Redman y Randall Klein pusieron en marcha el SFJAZZ, una organización basada en la ciudad de San Francisco,  Miguel se sumó enseguida. El propósito era reunir a un grupo de músicos que fueran representativos del jazz actual, para trabajar en música original y en arreglos del repertorio clásico del género. “Los primeros 3 años Joshua fue el director musical del grupo, pero al abandonar el proyecto, la dinámica cambio muchísimo”, recuerda Miguel. “Se convirtió en un grupo donde no había un líder oficial, sino 8 directores rotativos que iban tomando el mando del grupo dependiendo de la situación.”
 El otro gran proyecto trashumante de Miguel arraigó en Puerto Rico. Se llama Caravana Cultural; del mismo modo que el SFJazz cumplió una función de pedagogía artística dentro de los Estados Unidos, la caravana de Zenón recorre la isla produciendo jams aquí y allá. “Cuando crecí en Puerto Rico la presencia real de una escena de jazz era mínima”, asegura Zenón. “No había acceso a una educación de jazz formal y la información que se podía conseguir era muy limitada. Ahora la cosa ha cambiado un poco, y he organizado un par de proyectos que me ayudan a conectar con la escena local y a sentirme que puedo hacer una inversión cultural en mi país. Una es una serie de jam sessions que llevo organizando con unos amigos todas la navidades hace ya casi 15 años. La idea es crear un espacio donde los músicos jóvenes se puedan conocer y tocar juntos; en este aspecto, y en algunos más, ha sido un proyecto muy exitoso. Mi otro proyecto en Puerto Rico consiste en la organización de conciertos de jazz gratuitos en las áreas más rurales del país, con el propósito de alimentar la idea de que la actividad cultural debe estar disponible a todos por igual. Este proyecto en particular ha sido posiblemente la recompensa mas gran que me ha dado mi carrera como músico”.
Se ha definido a la improvisación como una forma de composición instantánea o en tiempo real. Pero tu perfil compositivo es firme y muy personal. ¿Cómo se equilibran en tu música lo escrito con lo improvisado y qué rol desempeña tu instrumento en el proceso creativo?
–En gran parte el escribir mi propia música me ha ayudado a descubrirme a mi mismo, desde un punto de vida creativo. Trato de escribir un poco todos los días, como parte de mi rutina. Generalmente lo hago sin el saxofón; utilizo el piano o la computadora.  Muy frecuentemente lo que hago es ir anotando ideas en una libreta que siempre llevo conmigo, y luego organizo esas ideas dentro de una pieza musical. Pero no pienso en mis composiciones sean de un carácter especialmente complejo ni nada por el estilo, sino que trato de escribir lo que me viene de manera natural y de la manera más honesta posible. Mirándolo desde otra perspectiva, podría decir que escribo lo que me gustaría escuchar.

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