miércoles, 2 de agosto de 2017

Rafael Bielsa - "Rojo sangre"

Rafael Bielsa publicó Rojo sangre, su segunda novela

“Una tragedia a la que no le prestamos la debida atención”

El escritor y ex canciller le dio carnadura ficcional al drama del narcotráfico que consume la vida de muchos jóvenes en Rosario. Bielsa hace hincapié en las “subjetividades heridas” y dice: “La política recauda de lo que junta la policía de lo que le da el narcomenudeo”.

 Hay voces entrañables que desde la ficción condensan las verdades de una desgarradora tragedia contemporánea en la que cada vez hay más jóvenes muertos. Los personajes de Rojo sangre (Planeta), la segunda novela de Rafael Bielsa que se presentará hoy a las 18.30 en Margen del Mundo (Concepción Arenal 4865), siembran un puñado de interrogantes tan urgentes como incómodos en los lectores. A dos pibes, a Mirlo y a Paku, de 19 y 16 años, militantes del Movimiento 16 de Octubre, los cosieron a tiros el 1° de enero de 2012 en Villa Zúñiga. Chana, un compañero de esa agrupación, trata de meter el dedo en la llaga del problema. “Si estás todos los días entre transas, todos los días la cana te saca plata y todos los días los políticos se la terminan llevando, el día que eso no pasa te parece antinatural. Te parece que algo malo te va a pasar (…) Y ese acostumbramiento está mal. Si te acostumbrás, seguís manteniendo abierta la fábrica de pibes que se queman la cabeza con la droga y que dejan la escuela para terminar muertos (…) Acá te ofrecen más fácil un arma que un laburo”.

La corrupción política, policial y judicial es la trenza de un sistema que no sólo no está del lado de los desheredados y de las víctimas, sino que los manda al muere porque hay vidas que no valen nada. Que pueden ser sacrificadas sin que a muchos se les mueva un músculo de la cara. No es el caso del periodista Mario Riesi, cronista e investigador de Ciudadanía, autodenominado “Patriarca de la Prensa Nacional”, que empieza a indagar para no repetir las versiones de voceros policiales. Bielsa cuenta que la escritura de Rojo sangre comenzó por el triple crimen de Villa Moreno el 1° de enero de 2012 en Rosario, cuando fueron asesinados Jere, Mono y Patóm, a quienes está dedicada la novela. “Yo había asumido en Sedronar (Secretaría de Programación para la prevención de la Drogadicción y la lucha contra el Narcotráfico) y pudimos averiguar un montón de cosas y las denunciamos. De eso mucho no se materializó, excepto la detención de quien todavía sigue preso, del multiprocesado ex jefe de la policía  de la provincia de Santa Fe, Hugo Tognoli. Me pareció que había un extraordinario elemento simbólico: en un lugar hostil para la utopía, tres chicos tienen un enorme compromiso con la sociedad; son militantes, pero no del mismo partido, porque había un chico que era kirchnerista y había dos que estaban más bien en la izquierda nacional”, recuerda el ex ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Néstor Kirchner en la entrevista con PáginaI12. “A partir de la novela, la historia cambia: no mueren tres sino dos, las razones no son las que fueron realmente, y aparece un personaje, Termo Chico, que en la vida real ni siquiera es parecido al que yo dibujo. Otro personaje que quiero mucho en la novela es Chana, el militante barrial que está inspirado en una persona que existe. Hay una dimensión poética, una dimensión simbólica, una dimensión literaria, y una estructura que hay que tratar de narrar. Lo cual te expande, te dispara y te dinamita los límites de la realidad”.
–El habla popular es protagonista de la novela. ¿Cómo trabajó el lenguaje?
–Yo admiro a Roberto Bolaño; su lenguaje es tan de orfebre que siempre estoy bajo su hipnotismo. Pero todos los personajes hablan igual. En Los detectives salvajes o en 2666, todos hablan como hablaría Bolaño en los distintos momentos de su vida, porque lo único que cambian son algunas palabras del modismo mexicano o del modismo del español que se habla en Barcelona. Esto sucede también en Paradiso, la novela de (José) Lezama Lima, para hablar de otra novela que admiro profundamente. Siempre me preocupó que escritores maravillosos a los que admiro no se tomaran el esfuerzo de pensar cómo serían los razonamientos de cada personaje y cómo los expresarían. En Rojo sangre hay varios lenguajes que me eran conocidos: el lenguaje burocrático, el lenguaje policial, el lenguaje periodístico. En cambio no conocía el lenguaje del narcomenudeo. Conocí mucho la villa de los años 70 por la militancia. A la villa de ahora también la conocí cuando empecé a trabajar con el tema de los consumos problemáticos. En la villa sucede una tragedia, lo que se conoce como paco, que es la proletarización del consumo de algo enormemente nocivo, pero accesible, sin un nivel cultural que permita decir: “yo voy consumir, pero como tengo un trabajo no voy a vender para consumir”. Ese es un mundo que genera una cultura. Leí mucho, visité mucho las villas y grabé mucho. La voz tiene que sonar en tu cabeza, por lo menos así es como yo escribo. Esto es más transpiración que respiración. No es que hay un efecto de verosimilitud; hay un relato de verdad, que no es lo mismo.
–¿Qué pasa cuando el Estado está ausente en lugares como en los que transcurre Rojo sangre?
–No existe el concepto de ausencia en la vida en comunidad, siempre lo reemplaza otra cosa. El Estado niega porque no está, pero dice que está, con “dispositivo de rueditas”, como lo denominan los propios pibes: entran, regalan alfajores de arroz con dulce de leche, dice algo un funcionario, que a nadie le interesa un comino, y se va. O sea que hay un doble fenómeno: ausencia y negación de esa ausencia, que es suplantada por una presencia vicaria. En algún momento lo suplantó el puntero político, que articulaba el adentro con el afuera. El puntero político pasó a ser un individuo cada vez más secundario y ese lugar lo ocupó el transa. Como me dijo una vez una mamá: “nuestras nenas ya no son más botineras, ahora son narqueras” porque se identifican con cuatro o cinco atributos: las llantas, las motos, la gorrita, la ropa y la gestualidad. Hay mucho reemplazo del movimiento a expensas de la palabra. La palabra se reduce, no la capacidad metafórica. Lo más interesante es la aparición de una cultura donde está muy metida la violencia y el consumo. Por otro lado, como toda violencia tiene producto culturales que van desde lo atractivo a lo deslumbrante. No es que la violencia me magnetice. Alguien me dijo: ¿por qué siempre el tema de la muerte y la violencia?
–¿Encontró alguna respuesta?
–Hay un esplendor de la muerte que produce una estética rantifusa; estoy pensando en Hule de (Néstor) Perlongher, no sé por qué... Yo creo mucho en la cultura mestiza, en la cultura híbrida. La cultura más atractiva, para hablar de un clásico como Jean Genet, es aquella donde se mezcla lo autodidacta, con lo heterogéneo y lo genial. Hay una historia que está contada en la novela, pero muy cambiada. La historia de un chico que salió de Devoto, Duke. No le pasó exactamente lo que le pasa en la novela, pero el lenguaje es el de él. El primero que leyó la novela, Martín Sivak, me dijo: “un chico de Palermo como yo, no está acostumbrado a esta terminología, a estas expresiones”. Un chico de Palermo tampoco está acostumbrado a otra cosa muy interesante de los sectores más vulnerables, que es que todo pasa en presente a una velocidad increíble. ¿Cómo se digieren? No se digieren; son restos. ¿Cuál es la palabra que ellos usan para sí mismos? Fisurados. El “yo” se fisura, se elide; después, cuando trabajás en la recuperación, ¿qué problemas tenés? Tenés el problema de que no consumen más, pero ¿qué hacés con ese nuevo yo o qué hacés con ese viejo yo fisurado que no sigue fisurado? Creo que es una tragedia a la cual no le prestamos la atención que deberíamos prestarle. No hablo de los animales que dicen que “el Polaquito tendría que morirse lo más rápido posible”. Estoy hablando de personas sensibles que se conciernen por este tema.
–¿Por qué no se quiere ver esta tragedia en la que están muriendo tantos chicos? 
–Es una muy buena pregunta. Las sociedades no quieren ver ciertas cuestiones hasta que les inflige daño. Eso vale como principio para todo: no se quiere ver a los tipos enfermos, a los moribundos, y eso se vuelve cada vez más una cultura. Cada vez es más aséptica la muerte. Cuando yo era pibe, había dos cosas que las echo en falta: los abuelos vivían con los hijos, que vivían con los nietos. Las casas eran de tres generaciones; había una sabiduría en eso. El segundo fenómeno es que se moría en casa. Como se solía decir entonces: “murió rodeada de sus afectos”. Para un chico no es que su vida no vale nada, es que no puede pensar en su vida; por eso hace una preterición de los tiempos verbales y habla en presente. Hasta cuando se refieren a un hecho del pasado: “entro y lo miro al chabón y el chabón me mira”… Está hablando del pasado. Ni hablar de los condicionales ni del futuro. El elemento de fugacidad está presente porque la intemperie es cotidiana. Cuando vivís en un barrio precario o en una villa, el viento es un episodio dirimente en tu vida. La fugacidad del instante se empieza a trasladar a tu vida. Los sucesivos papás que pasan hasta que el tercer papá se lleva a la hija mayor de su esposa y se junta con ella. Eso es cotidiano. ¿Cómo pueden tener un plan de vida? No hay plan de vida posible. Si no hay plan de vida posible, entonces tampoco hay una idea de lo que significa el futuro. El futuro es una abstracción. Me interesa pensar en esas subjetividades heridas, que terminan muertas a pasto. De hecho cuando empezamos a investigar en 2012 habíamos logrado recopilar veinte nombres. El problema es que los mataron a todos. Yo soy una persona que respeta la democracia y el estado de derecho, yo los hubiera querido presos, no muertos. Pero es un juego de suma cero: nadie aprende nada, nadie capitaliza nada, nadie tiene una aproximación desde el amor, desde la belleza oscura que tiene este mundo. Se mira para otro lado porque no te tocó; esperá que te toque…
–La aproximación desde el amor es difícil porque al pobre se lo odia. Ese odio aparece expresado en frases como “hay que matarlos a todos” o “mejor que se mueran”.
–¿Pero qué le pasa al que escucha eso? No es odio, es miedo por la imposibilidad de asir ese fenómeno. Hay una espantosa comodidad burguesa, como si un country te preservara de que al bajar del auto en un pago fácil te cosa de treinta puñaladas un negrito jugado. Yo no puedo vivir cuando ese sufrimiento me espera en cada esquina en un pibe haciendo malabares. Mucho ojo con los que no les dan, con los que le cierran la ventanilla en los dedos, porque esos pibes no delinquen o raramente delinquen. Son pibitos que han elegido el malabarismo porque es una solución pacífica.
–“En estos barrios se nace pobre y se muere pobre, si antes no te mata otro pobre o un policía, que es un pobre con chaleco antibalas y licencia para matarte. Al final, los pobres siempre terminan escupiendo su sangre”, dice Chana. Lo más significativo es poner al policía en el lugar del pobre, ¿no?
–Sí. Un día estaba en una villa y una señora me estaba mostrando cómo se le había rajado la pared del baño. Entró un policía y le pregunté: “¿Hubo algún problema?” “Ninguno”, me contestó. ¿Y usted por qué viene? ¿Porque estoy yo?” “No, yo vengo porque vivo al lado”. La política recauda de lo que junta la policía de lo que le da el narcomenudeo. Desarticular esas bandas en 2012 era coser y cantar, era una tontería. Hoy mueren dos jefes y hay cuatro bandas, mueren cuatro jefes y hay dieciséis bandas. El problema se desparrama más abajo. A veces le digo a los curas, a los que respeto mucho: ¿por qué los jefes de ustedes hablan de cárteles y laboratorios?
¿Les parece poco los problemas que ya tenemos para inventar problemas que no tenemos? ¿Qué laboratorios? Si ustedes lo ven: una cocina cuyo gadget más moderno es un horno a microondas. ¿Qué cártel? Que puedan matar no quiere decir que haya ninguna posibilidad de que acá exista narcotráfico como en México o en Colombia.
–¿Qué pasa cuando la política es financiada por el narcotráfico?
–Cuando sos un político que recibe un peso del narcotráfico, fuiste. Una vez Fernando Henrique Cardoso me dijo: “no conozco ningún país donde la droga se haya metido en las instituciones y se haya curado”. ¿Cómo no “literaturizar” todo esto? Qué mejor andarivel que el de la literatura para contar sin hipocresía. Cuando hicimos los procedimientos por el jefe de la policía de Santa Fe que está preso, el gobernador (Antonio) Bonfatti me acusó de querer intervenir la provincia. Cuando renuncié al Sedronar, el actual ministro de Seguridad de la provincia, (Maximiliano) Pullaro, me metió una denuncia penal por ningún motivo. Perfecto: seguí por tu camino y yo sigo por el mío. Habiéndome dado la espalda la política, me queda la literatura. Lo peor que podría haber hecho es tratar de seguir golpeando la puerta de la política, como si no supiera hacer otra cosa en mi vida, y hacer el patético papel de trajinar los pasillos de los canales de televisión para hablar mal de aquello a lo que pertenecí. Siempre es mejor ser un discreto anónimo que un delator notorio.
–¿No golpea más la puerta de la política?
–No, porque yo no la dejé. Yo fui a dos votaciones y perdí las dos. Perdí con (Hermes) Binner. ¡Con Binner! La ciudadanía tuvo la oferta y no me eligió. Hay que tener cuidado con las ofertas electorales porque uno se termina convirtiendo en saldo. Prefiero saldar con la política, antes que ser un político saldado.

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