jueves, 3 de agosto de 2017

San Pedro de Anagni

San Pedro de Anagni

En Anagni, en el Lacio, san Pedro, obispo, que brilló en primer lugar por la observancia monástica y después por el celo pastoral, llevando a término la construcción de la iglesia catedral.

Con bula fechada en Segni el 4 de junio de 1110, dirigida a los obispos de Agnani y de la Campania romana, el papa Pascual II inscribía a Pedro, que había sido obispo de Agnani, en el catálogo de los santos, autorizaba el culto para las diócesis de la Campania, y señalaba su fiesta el 3 de agosto. La causa eran las virtudes ejercitadas por el santo, así como los hechos milagrosos con que la gracia divina lo había adornado tanto en su vida como después de muerto; la bula hacía referencia a la fiel narración de Bruno, obispo de Segni.



Esta narración no ha llegado hasta nosotros, pero conocemos a Pedro por una leyenda compuesta poco antes del 1181, que sin embargo no se conservó completa. Le faltaba el prólogo y algunas partes, cuando en 1325 fue distribuida en fragmentos que debían leerse en los oficios celebratorios de la fiesta del santo y la octava. El oficio del santo con estas lecturas nos ha llegado en el Lecionario 'per annum ad usum ecclesiae Anagninae'.



Para la composición de esas lecturas el autor anónimo, que probablemente pertenecía al clero de la catedral, tuvo a disposición -además de aquella vida escrita por Bruno de Segni que mencionábamos- la relación compuesta entre 1113 y 1117 por el obispo Pedro II de Agnani de los prodigios verificados en una doble traslación de reliquias: del mártir Magno y el reconocimiento de las de Pedro; contó además con las tradiciones orales de la iglesia anagnina. Por tanto, aunque contiene algunas incongruencias cronológicas y de las circunstancias de los hechos narrados, la leyenda puede considerarse sustancialmente atendible.



Pedro fue preparado al oficio pastoral por una vida de recogimiento y oración que llevó desde jovencito, cuando, descendiente de la familia de los príncipes longobardos de Salerno, quedó huérfano, y fue ofrecido al monasterio de San Benito. Aquí adquirió el conocimiento de los cánones, y tuvo práctica en relación a las cuestiones eclesiásticas como capellán de Alejandro II, a cuyo servicio lo puso el cardenal Hildebrando (el posterior san Gregorio VII), luego de haberlo tratado en el monasterio salernitano. Ya durante el episcopado de Pedro, Alejandro II se valió de él enviandolo como apocrisiario (embajador) ante el emperador de Oriente Miguel VII, para la concordia de la fe. Participó también en la cruzada.



En Agnani tuvo también que sufrir mucho a causa del clero enemigo de las reformas, pero cuando después de cuarenta y tres años de episcopado murió, el 3 de agosto de 1105, la gran obra estaba realizada: reconstruida la catedral, restaurada la disciplina canónica, con la vida común, y eclesiásticos formados por él estaban prontos a sucederle dignamente en el gobierno de la iglesia anagnina. Su amigo y colaborador, Bruno de Segni, pudo entonces, después de haber celebrado las exequias, narrar la edificante vida y preparar la glorificación.



TCon bula fechada en Segni el 4 de junio de 1110, dirigida a los obispos de Agnani y de la Campania romana, el papa Pascual II inscribía a Pedro, que había sido obispo de Agnani, en el catálogo de los santos, autorizaba el culto para las diócesis de la Campania, y señalaba su fiesta el 3 de agosto. La causa eran las virtudes ejercitadas por el santo, así como los hechos milagrosos con que la gracia divina lo había adornado tanto en su vida como después de muerto; la bula hacía referencia a la fiel narración de Bruno, obispo de Segni.



Esta narración no ha llegado hasta nosotros, pero conocemos a Pedro por una leyenda compuesta poco antes del 1181, que sin embargo no se conservó completa. Le faltaba el prólogo y algunas partes, cuando en 1325 fue distribuida en fragmentos que debían leerse en los oficios celebratorios de la fiesta del santo y la octava. El oficio del santo con estas lecturas nos ha llegado en el Lecionario 'per annum ad usum ecclesiae Anagninae'.



Para la composición de esas lecturas el autor anónimo, que probablemente pertenecía al clero de la catedral, tuvo a disposición -además de aquella vida escrita por Bruno de Segni que mencionábamos- la relación compuesta entre 1113 y 1117 por el obispo Pedro II de Agnani de los prodigios verificados en una doble traslación de reliquias: del mártir Magno y el reconocimiento de las de Pedro; contó además con las tradiciones orales de la iglesia anagnina. Por tanto, aunque contiene algunas incongruencias cronológicas y de las circunstancias de los hechos narrados, la leyenda puede considerarse sustancialmente atendible.



Pedro fue preparado al oficio pastoral por una vida de recogimiento y oración que llevó desde jovencito, cuando, descendiente de la familia de los príncipes longobardos de Salerno, quedó huérfano, y fue ofrecido al monasterio de San Benito. Aquí adquirió el conocimiento de los cánones, y tuvo práctica en relación a las cuestiones eclesiásticas como capellán de Alejandro II, a cuyo servicio lo puso el cardenal Hildebrando (el posterior san Gregorio VII), luego de haberlo tratado en el monasterio salernitano. Ya durante el episcopado de Pedro, Alejandro II se valió de él enviandolo como apocrisiario (embajador) ante el emperador de Oriente Miguel VII, para la concordia de la fe. Participó también en la cruzada.



En Agnani tuvo también que sufrir mucho a causa del clero enemigo de las reformas, pero cuando después de cuarenta y tres años de episcopado murió, el 3 de agosto de 1105, la gran obra estaba realizada: reconstruida la catedral, restaurada la disciplina canónica, con la vida común, y eclesiásticos formados por él estaban prontos a sucederle dignamente en el gobierno de la iglesia anagnina. Su amigo y colaborador, Bruno de Segni, pudo entonces, después de haber celebrado las exequias, narrar la edificante vida y preparar la glorificación.

Pedro de Anagni fue un monje y obispo benedicitino y legado papal. Nacido en Salerno, entró en la orden benedicitina y fue distinguido por el papa Gregorio VII como obispo de Anagni. Como obispo, mejoró la espiritualidad de la ciudad, construyó una nueva catedral, y promovió la Primera Cruzada a Tierra Santa, una aventura en la que participó. El papa Urbano II le envió a Constantinopla como legado papal ante el Imperio Bizantino. Fue canonizado en 1109 por el papa Pascual II, tan sólo cuatro años después de su muerte.

Amigo y colaborador de Bruno de Segni, que fue su biógrafo, procedía de la noble familia de príncipes lombardos de Salerno que se establecieron allí en el siglo IX, aunque el año 1077, en vida de este santo, la ciudad fue conquistada por los normandos. La Bula suscrita por el papa Pascual II en 1110 mediante la cual lo elevó a la gloria de Bernini se hacía eco de la narración que Bruno hizo de Pedro. En la actualidad se conserva incompleto otro documento redactado antes de 1181, cuyo autor fue Pedro II de Anagni, al que se le puede dar cierta credibilidad. En conjunto el relato permite recomponer su trayectoria vital que se inicia subrayando su temprana orfandad tras la cual fue conducido al monasterio de San Benito, donde se inició en la espiritualidad monástica. Allí cultivó la oración y el estudio impregnándose de la fecunda tradición conservada y acrecentada por sus hermanos a través de la regla que les legó su insigne fundador. Junto a ellos obtuvo la preparación que unida a sus excelsas virtudes a su tiempo le llevarían a ser un gran obispo.

Desde el punto de vista histórico, la situación eclesial se hallaba inmersa en el espíritu de la reforma que tuvo en san Gregorio Magno a uno de sus grandes impulsores. Fue continuada por Gregorio VII en las dos últimas décadas del siglo XI, aunque se había iniciado a mediados del mismo, durante el pontificado de León IX. Por otro lado, para comprender el contexto existencial en el que discurrió la vida de Pedro, y cómo llegó a ocupar la sede de Anagni, conviene recordar que a la muerte del papa Esteban IX se produjo la elección de Benedicto X sin que hubiese unanimidad en el Colegio cardenalicio. Los que estaban en desacuerdo eligieron a Nicolás II en Siena contando con el voto de Hildebrando, futuro Gregorio VII. Pero al morir Nicolás II en 1061, los nobles de Roma y los prelados lombardos apelaron al derecho imperial reclamando la designación de un nuevo pontífice. Entonces intervino el cardenal Hildebrando, y reivindicó la legitimidad de los decretos para la elección papal ratificados por el sínodo de Melfi en agosto de 1059. Se escogió como sucesor de Nicolás al obispo de Lucca, Anselmo da Baggio, que tomó el nombre de Alejandro II; su pontificado duró doce años.

En esta época, el cardenal Hildebrando, que había conocido a Pedro en el monasterio benedictino de Salerno, estaba al corriente de su admirable virtud y excelente preparación. De modo, que sugirió al pontífice Alejandro II que lo designase su capellán. Esta cercana relación de Pedro con el papa, quien puso en él su confianza, le permitió adquirir una gran experiencia en temas eclesiásticos. Ayudó al Santo Padre en temas dolorosos y problemáticos que se dieron entonces, como la disciplina interna eclesial y los privilegios de los laicos que habían ido usurpando los bienes de la Iglesia, entre otros asuntos. Pedro fue también impulsor de la reconstrucción de la catedral-basílica de Salerno, una de sus acciones por la que es bien conocido, que reclamó su atención entre 1072 y 1103.

Pues bien, Alejandro II consagró a Pedro obispo de Anagni y lo envió como legado suyo a la corte del emperador de Bizancio, Miguel VII, para reconciliarlo con la fe católica. Precisamente las fuentes atribuyen a este monarca su ayuda para la reconstrucción de la catedral; se piensa que pudieron intervenir en ella artesanos bizantinos. En 1096, mientras la obra estaba en marcha, el santo participó en la Primera Cruzada junto a su líder, Bohemundo I de Tarento, que sería príncipe de Antioquia y que marchó a luchar a Tierra Santa. Pedro se mantuvo al lado del emperador de Constantinopla. Durante cuarenta y tres años de episcopado, parte de los cuales tuvieron lugar mientras Hildebrando, ya como Gregorio VII, ocupaba la Silla de Pedro (fue elegido en 1073 y rigió la Iglesia hasta que se produjo su deceso en 1085), el santo prelado de Anagni tuvo que afrontar diversos problemas espinosos. La Iglesia dejaba mucho que desear y el papa, que fue un enérgico reformador, no estaba dispuesto a mantener los deplorables testimonios que se daban en ella. Luchó contra la simonía, las investiduras y estableció el celibato sacerdotal en contra de una mayoría del clero incendiado por un decreto que no inicialmente no estuvo dispuesto a acoger. No le tembló la mano y en el concilio realizado en Roma en 1075 excomulgó a varios obispos.

Pues bien, este clamor en contra de la reforma salpicó a la sede Anagni donde fue palpable la reticencia de muchos clérigos, un hecho que produjo a Pedro gran sufrimiento ya que era un fiel hijo de la Iglesia y estuvo indisolublemente unido a los sucesivos pontífices. Murió el 3 de agosto del año 1105. Fue introducido en el catálogo de los santos por el papa Pascual II el 4 de junio de 1110, autorizando su culto en las diócesis de la Campania. Sus restos se veneran en la catedral de Anagni, ciudad de la que es uno de patrones. La basílica está dedicada a Santa María Annunziata y se da la circunstancia de que fue el lugar elegido para la canonización de santa Clara de Asís en 1255.

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