domingo, 29 de abril de 2018

"Borrador de un cuerpo intervenido"

Fotografía: Borrador de un cuerpo intervenido

La superficie más íntima

Veintinueve artistas de América y Europa ponen en juego sus historias personales y sociales en Borrador de un cuerpo intervenido, una muestra que refleja al cuerpo en todas las dimensiones posibles: los disidentes, los arrasados por la violencia, los cuerpos de personas trans en cárceles de hombres, los que exhiben la obesidad. Una reflexión sobre la belleza, la identidad y la intimidad, en muchos casos con un sesgo autobiográfico.

 Políglota, vulnerable, capaz de palpitar hasta estremecerse o extinguirse ante el dolor, el cuerpo es ese lienzo donde habitan historias personales y sociales. Borrador de un cuerpo intervenido, la fabulosa muestra fotográfica integrada por 29 artistas de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, España, Estados Unidos, Francia, Holanda, Italia, México y Venezuela, explora el cuerpo como terreno de identidad individual y colectiva y, además, de disputas sociales y políticas. Con curaduría de Ana Casas Broda (México) y Gisela Volá (Argentina), esta muestra de nivel museístico despliega, en tres amplios pisos de ArtexArte Fundación Alfonso y Luz Castillo, fotos que dejan huella potente.

Hay ensayos que son como conjuras: los propios fotógrafos se ponen en el centro de la escena para hablar de sí mismos e intentar apaciguar penas. Con imágenes inquietantes, en Vientre, la fotógrafa española Nadia del Pozo ahondó en los vínculos y contrastes entre la belleza, la crueldad y lo familiar. “Me interesaba cómo algo que nos produce ansiedad y angustia puede ser al tiempo hermoso –dice la artista–. Desde chica, viví con mi familia en el campo, en Mallorca: podía oler una gallina con pasión y amor como desplumarla”.
En El último día del mundo, Koral Carballo, quien tiene muchos colegas fotoperiodistas asesinados en Veracruz por bandas de narcotraficantes, nos sumerge en imágenes desgarradoras que develan la violencia de modo poético. En Raíz rota, Yael Martínez (México) documenta la vida de su familia que tiene varios integrantes desaparecidos, víctimas de secuestros extorsivos. “Guerrero es uno de los principales productores de amapola en el país: esto ha generado disputas por el control de las tierras para la siembra entre grupos del crimen organizado –señala Martínez–s. Las poblaciones de clase baja y rural han sido las más afectadas por la incapacidad de un gobierno inexistente. En los municipios de Iguala y Taxco se han encontrado numerosas fosas clandestinas con restos humanos. Queremos recuperar los cuerpos de nuestros familiares desaparecidos”.
La madre, los abuelos y los tíos de Diego Moreno (su serie Panzudos Mercedarios se presentó en la última edición de Umbria World Fest’, Festival internacional de fotografía en Italia) posan desnudos en las fotos que integran Ensayo para una despedida, una conjura liberadora en la que el artista de apenas 24 años explora su propia identidad. Moreno creció en una familia signada por la violencia: se fue de su hogar en Chiapas y al volver empuñó la cámara para desentrañar esa violencia intramuros y reflexionar sobre su infancia y su sexualidad. “Cuando la presencia masculina desapareció de casa hubo una fractura: las mujeres de mi familia descubrieron poco a poco las enseñanzas de sumisión y machismo que las afectaron por años. Se apropiaron de su cuerpo tratando de reconfigurar su identidad y la del resto de la familia”, cuenta el artista. Sus fotos son espacios performáticos habitados por mujeres y hombres desnudos que pueblan un matriarcado potente, adobado con liturgia y rituales católicos.

Para indagar en su propia identidad, Nelson Morales (España) fotografió la cultura en el istmo de Oaxaca, de donde es originario. Documentó a las muxes, término que identifica a personas nacidas con sexo masculino que asumen roles femeninos en el ámbito social, sexual y personal; tienen un papel importante en la cultura zapoteca. Al vincularse intensamente con las muxes y sumarse a las fotos, Morales confiesa que experimentó “deseo y al mismo tiempo rechazo por ellas y por su propia identidad sexual y cultural”.
La fotógrafa italiana Giulia Iacolutti presenta Casa azul, una investigación socio-visual sobre las historias de vida de cinco personas trans, que comenzaron su transición antes o durante su detención en la penitenciaría varonil de la ciudad de México. Con una socióloga de la UNAM, con quien realizó este proyecto, logró ingresar en la cárcel cinco veces por unas pocas horas. Convirtió la pose típica de identificación carcelaria en una foto que da cuenta de la identidad e intenta llegar al núcleo del retratado. Hay fotografías de los objetos femeninos prohibidos en la penitenciaría varonil, que se convierten en armas de resistencia identitaria cuando los trans logran ingresarlos por contrabando en la cárcel. Una cuchara de sopa (la usan para arquearse las pestañas), un blíster de píldoras hormonales, elementos para quitarse la barba y unos collares son algunos de los codiciados elementos.    
Los desnudos masculinos contra hegemónicos, disidentes, cero apolíneos de Juan José Herrera (México) fueron censurados en varias exhibiciones. Con sus carnes fláccidas que los vuelven vulnerables, esos hombres excedidos en peso aparecen con sus genitales casi en penumbras; la piel aún lleva las marcas del jean que ajustó demasiado. Jean David, fotógrafa norteamericana obesa, apunta el foco sobre sí misma desde que estaba en la Universidad de Columbia y se sintió juzgada por hombres y mujeres. “No encajaba en los cánones de belleza. Era hora de dejar fluir mis inseguridades a través de fotografías”, dice la artista.
Paul Kooiker, reconocido fotógrafo holandés que toma imágenes con iPhone, pone el foco en modelos excedidas en peso en posiciones artificiosas, extrañas. Con guiños sutiles, las imágenes remiten a escenas privadas, sexuales, eróticas. En la frontera difusa entre la escultura y la fotografía, los cuerpos se vuelven objetos amorfos. Sus imágenes tienen un efecto singular en el espectador: la provocación se activa en el mismo acto de mirar. Con Kooiker, el espectador deviene voyeur –y cómplice desprevenido– de esos actos privadísimos y enigmáticos que capturan sus fotos.

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