Facundo García estaba en Barcelona. Debía regresar a Argentina. Llevaba algún tiempo lavando baños de hoteles tilingos y observando. No tenía mucha plata, pero tampoco quería volver como vuelven todos, desde Barajas y a lo burgués. Por internet encontró vuelos baratos. Raros: el primero salía, sí, de Barajas, pero lo dejaba en El Cairo, Egipto. El segundo despegaba ocho meses y medio después desde Sudáfrica y ese sí iba a Ezeiza. Entre El Cairo y Johannesburgo había 9000 kilómetros, nueve países y al menos dos guerras civiles. Compró los pasajes. Y no, no es una locura, aunque tampoco es lo que haría cualquier hijo de vecino. García es, además, periodista. Para muchos de quienes lo han leído, una de las mejores plumas de su generación. Terminó depositado en España por circunstancias personales pero atravesó África en una búsqueda que era tanto personal y espiritual como política y periodística. Llevó esa experiencia a Preguntas de los elefantes, un libro de crónicas que publicó la editorial de la Universidad Nacional de Cuyo y que presentará en el stand de Mendoza -su provincia natal- de la Feria del Libro de Buenos Aires el próximo sábado a las 18 en compañía de su colega Eduardo Fabregat (editor de PáginaI12, que prologó el libro) y Marta Elena Castellino, directora del sello universitario.
Decir que Preguntas de los elefantes es un libro imperdible es quedarse irremediablemente corto. Si se quiere proyectar búsquedas personales, replantearse el modo en que se viaja o dedicarse al periodismo, es un libro indispensable. Pone al lector a repensar todo, a repreguntarse qué y cómo está haciendo las cosas. Y sí, cuenta sobre el hombre que alimenta a las hienas, el canto de quien se baña en un río con cocodrilos, los colectivos con agujeros de ametralladoras, los esplendores de la vieja Etiopía, las prioridades vitales de otras latitudes y, sobre todo, sobre pueblos que piden que su historia, su existencia, sea contada a otras tribus. De eso trata el periodismo.
“Me preguntan qué verdades encontré en el viaje, yo suelo decir que me saqué de encima muchas mentiras que para nuestra cultura están naturalizadas, como que el dinero es indispensable, que el tiempo es uno solo. Otra cosa que encontré es que muchos viajeros tratan de escapar de sí mismos. Traté de que eso no me ocurriera: no se puede escapar de la tristeza moviéndose. Entonces quise que mi viaje no fuera una terapia, sino una búsqueda, un laburo periodístico. Con una intención política. Y una aventura, por supuesto”, plantea García, de esos periodistas que sabe ver una historia para contar en donde otros no verían nada.
Quienes compartieron redacción con él –en PáginaI12, por ejemplo– lo saben. De cualquier situación puede detectar y retransmitir algo esencial de quien tiene adelante o de una dinámica social. “Me parecía que de África los latinoamericanos teníamos un gran vacío. Es un continente narrado por europeos y estadounidenses, la información que nos llega a través de canales y libros es de viajeros anglosajones y europeos. Me parecía necesaria una mirada latinoamericana sobre África y una mirada africana sobre Latinoamérica. Es un diálogo históricamente postergado que para mí era fundamental reconstruir. Así que el viaje se planteó como aporte en ese sentido”, comenta.
“No quería llegar al continente con prejuicios. Pero sí admito que fui a buscar algo que tuviera que ver con la vida humana, con el amor y los odios en su desnudez. Yendo de Barcelona, que es cosmopolita, tan llena de ruido y luces, reconozco que meses después cuando me encontré caminando por el Sahara, entendí lo necesario que es el silencio. Lo necesario que es juntarse a hablar a la orilla de un río con otro ser humano sin otra cosa que te distraiga que la propia conversación. Uno saca de adentro lo que tiene y lo pone sobre la mesa. Se juega la vida en esa conversación porque sabe que puede ser la última”, reflexiona el cronista. Y aunque coincide con Roberto Arlt en eso de que “el que no encuentra la maravilla en la esquina de su casa, no la va a encontrar en la otra punta del mundo”, García también entiende que era necesario buscar la maravilla en ese otro continente. “Esta gente vive aislada de nosotros por cuestiones políticas, no porque eso no se pueda cambiar, y me parece que mientras más los conozcamos, más respuestas podemos tener a nuestros propios problemas”, apunta. Esas respuestas, esas “chispas”, como las llama, hoy lo constituyen.
En este mundo de Google Maps, de reseñas web (Yelp, Airbnb y toda esa retahíla de portales), la aventura, el viaje a lo desconocido, parece una imposibilidad: ya no quedan casi rincones del mundo que no hayan sido explorados, mapeados satelitalmente y catalogados para el turismo internacional. Sin embargo, García habla de “aventura” y es fácil relacionarlo con el concepto derrideano de “acontecimiento”, como aquello que irrumpe en lo programado. Lo inesperado. “Creo que cada vez vamos más hacia biografías diseñadas, hay una porción de nosotros cuya vida se plantea dese el nacimiento como el paso desde un punto A a un punto B. Y lo que se intenta con la educación de las personas es que no se salgan de ese plan. Lo que se llama espontáneo o inesperado ya está previsto por el sistema. La aventura viene a romper con eso al punto de hacer que las personas que te conocen no te reconozcan por un cambio profundo. No quiero dar una definición sentenciosa, pero la aventura sería un acto disruptivo de esa planificación. Creo que siempre va a existir la aventura porque los humanos tendemos a salirnos de los moldes que nos imponen o nos imponemos. Una aventura también puede ser decirle a alguien cosas que te guardás desde hace mucho. Ahí la cosa se empieza a mover y ahí cuando algo se mueve yo veo una aventura posible. Un explorador británico escribió que la exploración es la expresión física de la pasión intelectual. Creo que la aventura tiene mucho de eso. Es la expresión de una pasión que nos lleva a salirnos de los moldes prefabricados. Cada vez que nos dejamos llevar por historias de las que no conocemos el final y sin embargo apostamos por esa historia, nos embarcamos en una aventura”. En ese sentido, lo inesperado hasta puede resultar un rasgo identitario fundamental, opina: “nuestra identidad se mantiene en la medida en que todavía podemos ser una sorpresa para los demás”.
Leyendo a los cronistas que lo antecedieron, García encontró textos que “buscaban maximizar sus ganancias en el mercado de la anécdota”. Textos donde los protagonistas eran los exploradores y no lo explorado. “Yo no quería hacer eso y me lo planteé muy conscientemente. Entonces salí a buscar historias de personas que me parecían valiosas, sin ponerme en el centro, sino tratando de contactar a mi tribu, los argentinos, los latinoamericanos, con otras tribus que tienen cosas maravillosas. Por supuesto con mi mirada personal, pero sin ponerme delante”.
Esta forma de replantear el modo de contar, explica, puede tener también un impacto profundo en el propio cronista. “Hay un tipo de periodismo que puede convertirse en un camino espiritual. Cuando uno intenta volver a contar la historia saliéndose del centro de uno y del centro permanente de su propia cultura, inevitablemente cambia en su vida personal. Creo que el periodismo sintoniza con algunas búsquedas espirituales que uno puede aspirar a tener”. Lo difícil, agrega, es poder hacer eso dentro de los medios tradicionales. “No sé si las empresas periodísticas están dispuestas hoy a bancar estas cosas”.
¿Qué cosas lo modificaron en el viaje? García ofrece un ejemplo demoledor. “En el sur de Sudán del Sur está la frontera con Uganda. Hay guerra civil desde hace años y recuerdo estar en el puente que divide ambos países y cómo en el horizonte venían niños. Multitud. Son países donde el promedio de edad son 17, 18 años, así que son todas guerras de adolescentes. Desde el fondo del horizonte venían niños de nueve, diez años, con un hermanito bebé en la espalda, una bolsa en una mano, un bolsito en la otra y al pasarme por al lado me sonreían. Venían de caminar tres, cuatro, cinco días para escapar de la guerra civil y eran capaces de sonreír. Yo no tengo una conclusión sobre eso, pero siento que esa experiencia, ese recuerdo, es algo que tengo que descifrar”.
“Why you not happy?” O “por qué tu no feliz?” En muchos lugares de su recorrido le preguntaron eso. “Veían que yo no sonreía todo el tiempo. Y trataba de explicarles que yo soy así, que no me río todo el tiempo. Pero en algunas zonas de África, no en todas, pero en algunas, las personas no entendían por qué yo no sonreía más. Entendían, supongo, que el estado natural era estar alegre. Si tenías dos brazos, dos piernas, la panza llena y un techo, ‘why you not happy?’”
“A veces yo les movía el tablero a ellos. Cuando las tribus guerreras de la sabana me preguntaban quién era nuestro presidente y yo explicaba que Cristina, una mujer, no lo podían creer, aplaudían con incredulidad. Les parecía ridículo”, cuenta. “Muchas veces después de estos encuentros donde mutuamente nos movilizábamos tanto, ellos me decían ‘bueno, ahora volvé a tu tribu y contales quiénes somos, contales que existimos’”.

El exótico

Se puede pensar en la sabana africana, en las barriadas negras, en las comidas del desierto, en los niños armados, en los dervishes, como cosas exóticas, contrapuestas a las muchas zonas modernas del mismo continente o a la “civilización” occidental. Pero lo cierto es que en esos 9000 kilómetros, la mayor parte del tiempo el exótico era el propio García. “En buena parte del planeta, nosotros somos gente rarísima, tenemos costumbres incomprensibles para los demás. Había muchas veces en que te dabas cuenta que desafiabas todos sus prejuicios culturales. Además, y esto no me gustaba demasiado, en muchos lugares había gente que medio que te paseaba por la aldea, como para mostrarte: mi amigo el raro. Me pasaba que la gente me tocaba la piel para saber cómo era la consistencia. O estar en un colectivo y si un niño me veía se aterrorizaba y no quería subir. Lloraba y pataleaba porque tenía terror. O llegaba a aldeas y los niños salían corriendo y les decían a sus madres ‘mamá, hay un hombre sin pellejo’. Te estoy hablando de culturas que todavía no tienen televisor. Algunas aldeas logran comprar un smartphone entre varios y ese es todo el vínculo con lo audiovisual. Entonces muchos niños no vieron nunca una persona como vos o como yo”.
En ese choque de rarezas, por ejemplo, se dio que “en los campos de refugiados de Sudán del Sur, los niños me rodeaban como si fuera un animal. Se fascinaban. Y una vez que vieron que yo no era agresivo, me empezaban a acariciar como si fuera un perro. Me tocaban el pelo. Mucho. Le pregunté a una de las madres que más o menos hablaba inglés y me explicaba que era por el color de mi pelo que además es lacio. Y ‘eso sólo lo han visto en los leones’. Yo los miraba a ellos y todos los que habían pasado la adolescencia tenían la cara tatuada. Además en Sudán está alguna de la gente más alta y más negra del mundo. Y el raro era yo. Era fascinante eso. Pero también era fascinante cómo hay una dimensión de lo humano que cuando empieza a funcionar, a pesar de todas esas distancias, hace que nos conectemos”.

El dibujo, idioma universal

“Había aprendido los números en árabe y en muchas zonas donde se hablaba podíamos negociar. Hablo un poquito de francés, inglés y trataba de aprenderme algunas palabras clave en swahili, una de sus lenguas francas. Pero una de las cosas que descubrí con la potencia de una certeza, es que hay una dimensión del intercambio humano que se remonta más allá de las palabras”, observa García. En las bromas intuidas, en el contacto visual, hay una forma de acercarse al otro. Muchísimos gringos iban con lentes de sol y yo sentía que eso aislaba mucho en culturas donde la mirada es fundamental. Llegaba un momento en que yo no me entendía en inglés ni en francés y te juro, loco, empezaba a hablar en mendocino, los miraba a los ojos y nos entendíamos. Eso fue maravilloso. Hay una dimensión del intercambio humano que pasa por la empatía, por el humor y por la solidaridad y eso hace que nos salvemos entre nosotros”. Esa misma dimensión lo ayudó a conseguir alojamiento en algunos momentos difíciles del viaje. “Muchas veces si llegabas de noche dependías de un alma caritativa que no hablaba tu lengua, pero nos mirábamos, nos dábamos la mano y algo, un circuito eléctrico se activaba. Es buenísimo saber que las personas cuando se quieren comunicar, se comunican”.
Preguntas de los elefantes tiene una buena cantidad de dibujos que  García hizo durante el viaje. Apostillas ilustradas, notas grafiteadas para recordar alguna forma, ideas difíciles de poner en palabras. Y también, un modo de comunicarse cuando no hay idioma en común y de repensar el periodismo. “Dibujaba mucho cuando era niño. Después lo dejé. Hay una edad donde a uno lo convencen de que tiene talento para algunas cosas y para otras no. Eso es muy castrador. A partir de este proceso de irme de Buenos Aires, de tratar de encontrarle una vuelta a los lenguajes periodísticos, me puse a investigar la relación entre el dibujo y el periodismo. No me considero un buen dibujante, pero sí me interesaba el proceso que se producía en mí cuando me ponía a dibujar algo. Entonces desde antes de salir a África, yo ya estaba volviendo al dibujo, a ver qué me pasaba con eso”, explica.
Por otra parte, yo siento que la fotografía, salvo gente muy capa como puede ser (Pablo) Piovano, se ha convertido en un discurso monolítico y único en nuestra cultura. Parece que no se pudiera hacer periodismo o mostrar una realidad sin recurrir a la fotografía. Yo creo que eso no es verdad y que hay que acudir a experiencias incluso previas a la fotografía en donde el cronista se preocupaba por observar con otra profundidad. El dibujo te obliga estar en el lugar y concentrarte en lo que estás dibujando de un modo que la fotografía no siempre lo hace. El dibujo hace que te moje la lluvia, te choque el viento y sientas el olor de lo que estás dibujando. Y eso tiene consecuencias para el periodista. Te da una penetración en tu mirada”.