miércoles, 18 de abril de 2018

María Luque - "Casa transparente"

Casa transparente, la novela gráfica de María Luque

El refugio íntimo

Se acaba de editar Casa transparente, la novela gráfica de María Luque que acaba de ganar el premio Ciudades Iberoamericanas. Y, al mismo tiempo, se puede ver la obra de la joven artista en la muestra Lejos de Internet que presenta la galería Mar Dulce. Libro y muestra dialogan: dos objetos distintos, dos formas que puede tomar el trabajo de esta dibujante que se reveló con una biografía ilustrada muy personal de Cándido López, siempre atenta a la belleza de los objetos cotidianos, los colores de la realidad, sumados a los que pueden aparecer en los sueños o los que los sueños permiten ver y dibujar.


María Luque sueña que vive en una casa transparente. A medida que va necesitando cosas, las tiene que pintar: una taza de café, comida para el gato; medita sobre si dibujar un novio o no. Una amiga la ayuda a entender la lógica de ese espacio rodeado de agua, que va tomando existencia por obra de su propio pincel. Así comienza el libro llamado justamente Casa transparente, que acaba de sacar Sexto Piso luego de que ganara el Primer Premio de Novela Gráfica Ciudades Iberoamericanas:  sus trazos juguetones y plenos de color van contando estadías en México, Cusco, Buenos Aires, Rosario y Bariloche.
Al mismo tiempo se inauguró en la Galería Mar Dulce una muestra individual de esta joven artista rosarina, llamada Lejos de internet. Un grupo de pequeñas obras realizadas durante una temporada en la residencia para artistas São João, ubicada en una histórica hacienda cafetera en el norte del estado de Río de Janeiro. Podría pensarse que al grupo de ciudades que Luque narra en Casa transparente, se le suma una más: aquí ya no la vemos a María como personaje, teniendo sus aventuras en las distintas locaciones, sino que lo que aparece son distintos espacios de una misma casa y las cosas que María vio. Libro y muestra dialogan: dos objetos distintos, dos formas que puede tomar el trabajo de esta dibujante, siempre atenta a la belleza de los objetos cotidianos, los colores de la realidad, sumados a los que pueden aparecer en los sueños, o los que los sueños nos permiten ver y dibujar.

La casa rodante

María Luque cuenta sobre sus primeros pasos en las artes plásticas: “Cuando era chica iba todos los domingos a la casa de mis abuelos. Allí tenía esperándome un bloc de hojas blancas con unas biromes para que dibujara. Y yo iba haciéndolo por temáticas, algo distinto cada domingo. Llegaba y decía: ‘hoy voy a dibujar vestidos’. Otro domingo: ‘Hoy, damas antiguas’. Y me pasaba toda la tarde con eso. Ellos me traían cosas ricas para comer y yo llenaba las páginas de esos blocs. A veces también colgaba dibujos con un hilito del balcón para que la gente se los llevara.” Y ese interés en formar una serie con un estricto recorte temático, algo así como seguir el devenir de una idea y agotar sus formas visibles, se vio en todos los trabajos realizados por esta dibujante e ilustradora hasta el momento. Su última publicación, La mano del pintor (Sigilo, 2016) da cuenta de esa fijeza: un encuentro imaginario entre la autora y el pintor Cándido López, a lo largo de una extensa historia dibujada que cruzaba ambas biografías.
Casa transparente cuenta la historia de María en un tiempo en el que no tuvo vivienda fija “Desde hace unos años mi segundo trabajo es cuidar casas de amigos cuando se van de viaje. Pago sus impuestos, riego las plantas y paseo sus perros”, escribe en la contratapa. Totalmente decidida a dibujar y no pagar más alquiler, vivió en una itinerancia que a su vez le terminó resultando el tema de un libro. De casa en casa, pero también, de ciudad en ciudad. La novela comienza en Buenos Aires, en la casa de su amiga Paola con la que se comunica en Skype y en sus sueños. Continúa en Bariloche, donde el problema habitacional es de otra índole, ya que está en carpa junto a un hermoso lago, pero una lluvia torrencial la obliga a abandonar el camping y dirigirse a la ciudad, donde al no conseguir alojamiento termina durmiendo en un micro de larga distancia. El capítulo siguiente ocurre una tarde en Buenos Aires que le sirve para conversar con un amigo la decisión de ir a cuidar una casa en Tucumán. Uno de los capítulos más largos es el de Cusco, adonde la heroína va de viaje y vive varias aventuras en un hostel, donde primero se hospeda, luego se convierte en retratista de sus huéspedes y finalmente termina trabajando en la cocina. El último episodio la lleva de visita a México, donde conoce la casa de Frida Kahlo.
Como en esos dibujos que hacía en la casa de sus abuelos, aquí la gran protagonista es la figura de la casa. Lejos de ser el espacio fijo y sede de la vida sedentaria, la casa es para María Luque un atuendo cambiante, un espacio donde proyectar sueños, al mismo tiempo que el escenario ideal para su delicado despliegue del detalle y el color. Íntimas a la vez que extrañas, algunas casas son sólo posibilidades que se juegan en su mente, otras son valiosísimos museos, otras se le aparecen mientras duerme, otras están a cielo abierto. En algunas comparte con mucha gente, en otras está sola y piensa cosas como “Si esta casa fuera mía, ¿dónde guardaría el abrelatas?”

Una huida hacia adentro

Y ese ánimo hogareño y de gran calidez, a la vez que exótico y mutante, se continúa en Lejos de Internet. El título ya había sido usado por Luque en una muestra realizada en Portugal en 2015, sin embargo, por alguna razón, le había quedado resonando en la cabeza. “Me había quedado con ganas de hacer una muestra acá con este título, porque me parece muy representativo de un estado al que intento llegar y a medida que pasan los años cada vez me cuesta más. Es un mantra que me repito a mi misma para recordar que la vida analógica y por fuera del circuito de internet me parece mucho mas encantadora y que tiene mucho más para ofrecer que lo que tiene en la vida virtual.”
Pero esa vida lejos de las pantallas, para Luque no tiene lugar en el afuera, en medio de una naturaleza avasallante o sobrecogedora, sino –nuevamente– en el refugio de un interior. En las casi treinta pequeñas pinturas que integran la muestra, se observan distintas escenas de habitaciones repletas de objetos, libros y pinturas pegadas en las paredes. Las imágenes conmueven en su uso de colores plenos y vibrantes, componiendo espacios donde los pisos, los techos, las mesas, están articulados en infinitésimos detalles. Los protagonistas son personajes tranquilos, viviendo momentos de su intimidad en los que realizan las cosas que se pueden hacer, precisamente sin prender una computadora. Esto es: leer, estar recostado, jugar con mascotas, tener sexo, dibujar.
Una constante en los dibujos de Luque son las referencias a la historia del arte. Los libros que descansan sobre la mesa, o sobre la cama son todos de arte: Rothko, Cézanne, Tarsila, Poussin, Giotto y Matisse, del que hay más de una cita. Luque cuenta: “La historia del arte es una gran influencia, siempre quiero saber más. La vida de los pintores, cómo eran sus talleres, me gusta imaginarme sus espacios de trabajo, y a la vez tengo una especie de vicio que es recrear dentro de mis propios dibujos las obras que me gustan. Aprendo un montón haciendo esas reproducciones. Hay una reproducción de El desnudo rosa de Matisse que es una de mis obras favoritas. Y es muy distinto el ejercicio de estar mirando la pintura al de hacer tu propia versión, formar esos colores en tu paleta te genera un vínculo más profundo. Y te hace repensar todo, qué movimiento habrá hecho primero, si primero la figura o el fondo, qué apareció después. Me gusta mucho reproducir y hacer mi propia versión de las obras con las que siento mayor afinidad, me hace sentir que tengo una relación especial con esas obras, me hace sentirme un poco pariente.”
Esa vinculación que Luque busca con la historia de la pintura podría ser una clave para leer el encanto de su obra: sus dibujos logran darnos la sensación de familiaridad con casas, ciudades y amigos como si las paredes no existieran –o fueran transparentes– y pudiéramos verlas por dentro. Entonces nos convertimos en parte de esa escena de intimidad compleja, divertida, en la que nos sentimos un poco parientes.

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