lunes, 23 de abril de 2018

Mauro Zárate

Mauro Zárate

“La ansiedad es mi punto débil, por ella tomé malas decisiones”

El crack de Vélez abre su co razón en una entrevista que lo retrata como un hombre genuino, que busca frenar día a día al demonio de la impaciencia. La madurez del que quiere todo ya viene asomando en Liniers.


Interrumpe. No se da cuenta, pero antes de que la pregunta llegue al final, él ya está contestando. Sus primeras tres respuestas son cortas, casi como si quisiera que la charla termine. O que, al menos, avance rápido. Luego, se relaja. Mauro Zárate no lo hace por descortés, más bien todo lo contrario. Es sincero al mango, responde con profundidad y se saca el cassette. Tampoco dice nada a la hora de las fotos, aunque mueve las manos con impaciencia en cada una de las tomas. Aquello que se observa en toda su humanidad queda claro en una sola palabra: ansiedad.
De Vélez al Al-Saad de Qatar en el 2007 y de allí a un trayecto que incluyó Birmingham City, Lazio, Inter, West Ham, Queens Park Rangers, Fiorentina, Watford, Al-Nasr y dos retornos al club de Liniers. En ese camino sólo pasó de las dos temporadas en Lazio, donde jugó tres años seguidos entre 2008/2009 y la 2010/2011. El crack confiesa que varias de esas salidas apresuradas se produjeron por aquella sentencia clave: ansiedad.
-¿Sos inconformista?
-Soy muy inconformista. Trato de exigirme mucho. Te diría que demasiado. Conozco mis condiciones y sé que puedo hacer las cosas mucho mejor de lo que las hago.
-¿Vas a terapia?
-Sí. Trabajo para tratar de disfrutar las cosas buenas, busco valorarlas y ponerme contento cuando algo vale la pena. Trato de compensar en eso y martillarme lo menos posible, porque soy muy exigente conmigo mismo.
-Los tenistas dicen que lo más difícil del deporte es dialogar con uno mismo en medio de un partido, ¿Te pasa?
-Sí, es duro. Para los tenistas es más difícil, porque depende de ellos solamente. Es individual. En mi caso, depende de uno, pero también de compañeros en los que podés apoyarte. Pero, sí, me como la cabeza a cada rato adentro de la cancha.
-En lo estrictamente futbolístico, ¿Para qué te sirvió la terapia?
-Me ayudó a manejar la ansiedad adentro de la cancha cuando no estoy tocando muchas pelotas. También a aprovechar para esperar la jugada en el momento que me toque, algo que si estoy cansado por desgastarme porque me moví o fui a buscar una pelota que no me convenía, no puedo hacer. Y, después, también tiene que ver con preparar el partido y predisponerme positivamente.
-¿Cómo es eso de predisponerse?
-Tiene que ver con pensar todas las jugadas positivamente. Con plantearse analizarlas y sacar lo bueno de cada acción. Son cosas que ayudan.
-¿Te hubiera venido bien comenzar terapia antes?
-Hubiera sido una ayuda, es cierto. Y se combina con el cuidado personal, con estar bien físicamente y con la confianza. En el fútbol es clave la confianza. Si estás bien, te salen todas. Y cuando no, se te empiezan a complicar todas las pelota. Se te cierran los caminos. Te volvés un peor jugador.
-Pareciera que cada día la cabeza ocupa un lugar más grande en este deporte...
-Es fundamental. Por ejemplo, si tenés que hacer un uno contra uno frente a un marcador, tenés que tener la confianza de pasar, porque si no estás predispuesto así, te van a ocurrir dos cosas: o vas a quedarte a mitad de camino o la vas a tirar para atrás. Y capaz, si tenías confianza lo pasabas. Yo trabajo con la cabeza para eso y para otras cosas, como poder definir, por ejemplo. Si no tenés la cabeza bien puesta, el pie no responde.
-Nombraste la palabra ansiedad. ¿La tenés sólo adentro de la cancha o afuera también?
-No, en todo. Afuera y adentro de la cancha. Es todo, es todo. Por ejemplo, es ir al supermercado y fijarme todas las colas a ver cuál es la más rápida. No es que voy y espero en la primera que toque. Estoy todo el tiempo así. Eso trato de trabajarlo, porque me mata. Espero, pero me pongo ansioso. Quiero llegar rápido con el auto y voy fuerte. Lo que te imagines.
-¿Qué te baja a la tierra?
-Mirar series y películas con mis hijos. Eso me calma. Recién termino La Casa de Papel, que tuvo buena aceptación. Otra cosa que me baja es salir a comer con mi mujer, con la que aprovechamos para tener nuestros momentos. Y los autos. Me encantan los autos.
En 2016, la vida de Mauro Zárate cambió por completo, ya que Natalie Weber, su mujer, fue diagnosticada con cáncer de mama. Él, que en ese momento jugaba en Fiorentina, quiso dejar el fútbol, pero ella lo obligó a seguir. El calvario incluyó cirugías, análisis, eternas esperas de resultados y un final y clamoroso respiro de alivio. A fines de enero de este año, desde la puerta del hospital, Mauro subió una foto de ambos a Instagram y contó: “Seis meses de ansiedad y miedo y hoy superamos con éxito el primer control. Te amo mi vida, mi guerrera, mi mitad, mi todo...”.
-¿En qué te cambió la enfermedad que tuvo tu mujer?
-En la valoración de la vida, como a todos. Cuando te pasa algo así te das cuenta de las boludeces por las que te hiciste problema y no tienen sentido y te dedicás un poco más a disfrutar de lo verdaderamente importante. Ahí tenés la posibilidad de dimensionar todo. Vas a escuchar que mucha gente dice que el dinero no sirve para nada y tampoco es tan así. Pero lo cierto es que cuando te toca una cosa como la que nos pasó, la plata no te puede salvar. Por eso hay que tratar de pasarla bien y entender que todo se debe disfrutar. La vida es una sola.
-No es una lección menor para un tipo ansioso...
-No, fue tremenda. Hace poco tuvimos el primer control y la ansiedad fue terrible. Y lo peor es que a ella no se lo podía demostrar, porque tenía que estar fuerte. Me tenía que ahogar en mi ansiedad. Me mataba. Porque, aparte, el primer control de la primera operación había salido mal y yo estaba muerto. Entonces me maquinaba peor.
-Te obligabas a no demostrar...
-Sí, encima no podés entrar al consultorio con ella. No te dejan. La operación había salido bien, todo bárbaro, pero después había que volver a controlarlo para ver cómo seguía. El día que fuimos, le dije que si estaba todo bien, si le decían que había dado bien, saliera del consultorio corriendo. Porque si la veía salir caminando mal, me iba a desmayar antes de que me contara. Y salió todo bien. Fue un respiro enorme.
-¿Cómo te llevás con el paso del tiempo?
-Aprendí a disfrutar de la vida. Me cuido y todo. Me pongo presión, entreno, descanso y todo, pero me doy mis gustos con mi familia y con mis amigos. Creo que eso le da sentido al paso del tiempo.
-Hablando del disfrute, hay una idea instalada de que el futbolista tiene todo lo que muchos quisieran tener, sin embargo, varios nos han contado que les cuesta pasarla bien en el día a día, ya sea por la mirada social, el fanatismo, la prensa o el entorno...
-Es que se hace difícil disfrutar adentro de la cancha. Hay mucha presión, mucha tensión. No se puede hacer nada. Y no va a cambiar, eh. El fútbol empeoró en eso. Antes jugar a la pelota se disfrutaba más. Ahora todos quieren matarse para tener un mejor contrato para sacar a su familia de la pobreza o lo que sea. No te podés relajar nunca. Siempre hay uno que va a dar más que vos por esto. Eso te meten en la cabeza. Es una presión que hay que saber manejarla y el único que disfruta algo es el que hace la diferencia.
-¿Tiene que ver con que la lógica dejó de ser la de la pelota y ahora en su mayoría es la del negocio?
-Pero es que es así. Acá o en Europa te das cuenta de cómo cambió el mercado. Eso se ve en los precios que se manejan.
-Y detrás de eso siempre hay un tipo, con las fragilidades que ostenta cada uno.
-Claro. Y eso no pasa en otros ámbitos de la vida. En las empresas no sucede. En los trabajos tampoco. Un tipo que anda por la calle no vale 100 millones de euros. Es algo del deporte y, sobre todo, del fútbol. Y no, no podemos hacer nada por cambiarlo. Hay que convivir de la manera que se pueda.
-¿El jugador de fútbol vive a la defensiva?
-Sí. Nosotros sentimos que no se puede regalar nada. Que estamos todos al límite todo el tiempo. Que no podés ni comer nada fuera de lugar si salís con tu familia, porque pensás que el fin de semana te van a sacar ventaja. Y eso arroja una tensión que se convierte en un malhumor permanente. Es un dolor. Es querer liberarte y no tener tanto stress y, por ejemplo, no comer siempre lo mismo. Pero no se puede.
-¿Eso es ser competitivo?
-Yo soy igual de competitivo afuera que adentro de la cancha. Me gusta ganar a todo. Juego al fútbol-tenis con mis amigos y quiero ganar. No me gusta perder. Si te tengo que putear, te puteo. Jugando, no sé, al Monopoly, quiero ganar igual. Mi mujer se enoja. Es un tema de pelea. Ella me dice: “Relajate un poco. No podés querer ganar siempre”. Pero no puedo. Es con todo, eh. Cuando jugamos al truco también. Nosotros, con mi mujer, hacemos pareja y, si se equivoca, se lo reprocho. Es más fuerte que yo.
-¿Tomaste malas decisiones en tu carrera?
-Sí, en el primer pase (al Al-Saad de Qatar por 16 millones de dólares). En la manera en la que me fui de la Lazio, por ejemplo. O cuando me fui del West Ham. Y fue por ansiedad. Todo ansiedad. Siempre el mismo problema. Por eso hace un par de años que intenté empezar a manejarla, para dejar de tomar malas decisiones. En West Ham, por ejemplo, el técnico no quería que me vaya y yo tenía contrato por cuatro años, pero me puse ansioso y me fui. O en Fiorentina, donde dejé de sentirme importante y entendí que el técnico no se había portado bien conmigo y, en vez de esperar mi oportunidad, arranqué y me fui. Me agarró la ansiedad y chau.
-¿No te bancás los ciclos largos?
-No, no es eso. Te explico. Cuando me siento importante y me das la confianza de jugar todos los partidos, bárbaro. Pero cuando veo que por ahí paso a un segundo plano y no siento eso, la cabeza empieza a maquinar y...
-Te querés escapar.
-Sí, puede ser. Puede ser. La palabra escapar es media fea, pero en cierto punto sí. Me pasa que me siento superior al que está jugando y me pongo ansioso. Y por ahí el técnico está viendo algo que yo no veo. O se da cuenta que el equipo necesita lo que le da ese jugador y no lo que le puedo dar yo. En ese momento, lo indicado es luchar por el puesto y ganármelo. Pero la ansiedad me mata. Son pequeños errores que te marcan. El primer pase de mi carrera es eso, obviamente. Yo venía de jugar en la selección y si me hubiera ido a un equipo bueno, seguramente seguía estando en las convocatorias. Pero tenía miedo a que pase algo y no se diera el pase... No sé.
-¿Todo eso es por ansiedad?
-Sí, es el punto débil mío. Es lo que me hizo tomar malas decisiones.
-¿Y cómo te juega eso estando más cerca del final de tu carrera?
-Por suerte, la carrera del futbolista se alargó. Tengo un compañero que tiene casi 40 años (Fabián Cubero), así que eso me da esperanza de cuidarme y llegar bien a jugar muchos años más.
-¿No te da apuro el paso de los años?
-Por ahora no. Pero en el fútbol nunca podés hacer planes a largo plazo. No sabés qué va a pasar.
-¿Cómo vas a canalizar todo eso el día que no juegues más?
-Ufff... No lo sé. Tendré que disfrutar. O haré algo relacionado al fútbol. Me gustan muchas cosas.
-¿Qué consejo le daría este Mauro que va a terapia al Zárate ese jovencito que arrancó en Vélez?
-Que si a los 17 o 18 años sos un tipo profesional, todo se te hace más fácil. Porque vos podés entrenarte toda la semana, jugar el sábado y a la noche te mataste saliendo y no, no va. No está bien. Tenés que cuidarte siempre y entrenarte más que el resto. Siempre más.
-¿En qué te equivocabas a esa edad?
-En la comida. Comía cosas que no me permitían rendir 90 minutos, por ejemplo. Cosas que no hacen bien: como la comida chatarra. Y nunca fui gordo ni tuve problemas de peso, pero esa comida te hace mal a los músculos. También me pasaba de tomar cuando salía con mis amigos. Eso no lo veía y hoy me doy cuenta.
-¿Cómo se imagina de viejo un tipo ansioso?
-Me matás. No sé ni en qué lugar voy a vivir, imaginate. Por empezar, le dije a mi mujer que el día que me retire quiero que ella decida a dónde vamos a ir vivir, porque me siguió a todos lados durante tantos años que ahora se merece decidir ella. Siento que es una deuda de vida que tengo que devolverle.
-Si tuvieras que definirte en una frase...
-Ni idea. Ansioso, puede ser. Malísima la frase. Pero puede ser, eh.

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