Claude Chabrol decía que a medida que maduraba su arte, su relación con Hitchcock se volvía esencial. Depurado, riguroso e implacable, su estilo se desprendía con los años de una plástica compleja y manierista, llena de desbordes y desdoblamientos, para concentrarse al final en un repertorio de encuadres precisos y movimientos ominosos. Curiosamente François Ozon, que pareció instituirse como el Godard de su generación, como el enfant terrible del cine francés a comienzos del 2000, cada vez se adhiere más a la estela de Chabrol, a ese cruce impensado entre racionalismo y destino, trocando, sin embargo, su madura austeridad por un febril exhibicionismo. Allí donde Chabrol escondía los vericuetos del policial para dar protagonismo y carnadura a sus personajes, donde delineaba climas enrarecidos a partir de sutiles movimientos y mínimas variaciones de encuadre, Ozon explora el límite de esas mismas formas, las lleva al extremo en una puesta en escena que tiene mucho de exquisita trampa, la misma que envuelve al espectador en el turbulento remolino del encantamiento. 
Amante doble nos ofrece todas las pistas en las primeras escenas. Una mujer mira a cámara mientras le cortan el pelo y luego la misma cámara conjuga sexo y mirada para hacer de ese laberinto de deseo y misterio la única llave de la representación. Inspirada en el relato de Joyce Carol Oates, Lives of the Twins, el interés de Ozon se concentra en Chloé (Marina Vacth), esa joven mujer inquieta y angustiada que busca en vano una cura para los dolores abdominales que la aquejan desde hace tiempo. Como nada físico parece explicar su malestar, el camino obligado resulta en el encuentro con Paul Meyer (Jérémie Renier), el atractivo psiquiatra con quien inicia una peculiar terapia. El ascenso por una interminable escalera caracol que conduce al consultorio y los sucesivos desdoblamientos visuales en espejos y pantallas partidas, que condensan la entrega y la revelación de Chloé, le permiten a Ozon transformar lo evidente en metafísico: consigue a partir de la acumulación de indicios y la confesión de penas y ansiedades la instalación de un clima fantástico que, sin quebrar el realismo, lo altera definitivamente. 
Quien no conoce demasiado a Ozon podría imaginar que luego de Frantz, su anterior película, ambientada en la Europa de entreguerras y nutrida de un romanticismo melancólico, vendría un sereno camino de exploración de ese fascinante clasicismo filmado en blanco y negro y nacido como homenaje a uno de los melodramas atípicos de Ernst Lubitsch. Pero no, Amante doble llega para derribar aquellas expectativas y afirmar que su ecléctico recorrido sigue lleno de vigor y audacia, que así como después de la kitsch y fassbinderiana Gotas que caen sobre rocas calientes filmó la introspectiva y fantasmal Bajo la arena, ahora está dispuesto a seguir despistándonos. Comparada con el cine de De Palma o Cronenberg, Amante doble consigue que su voracidad cinéfila sea deudora de todos y dependiente de ninguno, y que en ese gesto trascienda las citas para consolidar las influencias como parte sustancial de su vocabulario cinematográfico. Allí sobrevuelan el aura de Belle de Jour, de Obsesión de De Palma, ese pacto entre gemelos de Cronenberg, las estructuras oníricas de La mujer del cuadro de Fritz Lang; todo se condensa en una historia que se despliega en cada giro, en cada espejo quebrado, en cada entrada en ese laberinto de mentes y sexo del que somos tan prisioneros como sus personajes. 
Incansable iconoclasta, Ozon ha conseguido en pocos años y con una producción de una película por año una sólida reputación como uno de los cineastas más originales, versátiles y provocadores que ha dado el cine francés contemporáneo. Así como cambia de género, contenido y forma, sigue poniendo en tensión las normas del cine convencional, derribando tabúes para la incomodidad y el escándalo de todos. Uno de sus temas recurrentes es la identidad como un territorio problemático, nunca estable ni definitivo. Todos sus personajes son ambiguos, plagados de infinitas dualidades, de pulsiones contradictorias. La sexualidad siempre implica exploración y ambigüedad, y las ideas de lo masculino o lo femenino asociadas a estándares y previsibilidades quedan desbaratadas película a película. Su puesta en escena es, como se ha dicho de Chabrol, distante, fría en apariencia, observadora de la evolución de sus criaturas sin nunca revelarnos del todo sus secretos. Ellos son siempre opacos, a veces irritantes o malhumorados, cínicos o frívolos, capaces de conductas anómalas e imprevistas. Esa idea de la identidad como un misterio se refuerza con el desdoblamiento: la mayoría de sus personajes portan un doble, opuesto o complemento. Puede ser un alter ego como el alumno de En la casa, o un personaje de ficción como en La piscina, o un amigo desaparecido como en Frantz, o un gemelo enigmático como en Amante doble. 
“Me siento mejor”, afirma Chloé mientras sella su despedida de la terapia con un intenso apretón de manos y una nueva vida. La mudanza, el noviazgo, el nuevo trabajo son el espejo de una vida apacible que parece resquebrajarse con el descubrimiento de un inquietante secreto. Ozon crea secuencias que consiguen una dimensión abstracta, casi mágica, con muy pocos elementos: el andar por un pasillo oscuro y laberíntico de un museo, el atisbo de un perturbador descubrimiento en un viaje en colectivo, el ascenso de una nueva escalera, un nuevo consultorio, la réplica de la misma terapia. Esa superficie perfecta y pulida en la que parece afirmarnos después de la aparente sanación de Chloé es la misma que se resquebraja cuando nos confirma su suspicacia visual  sin nunca perder la unidad de tono. Esa imaginería sexual desbocada, esa sucesión de juegos fronterizos entre lo real y lo representado, esa elástica fusión de elementos dispares, como una especie de canibalismo feroz que tiene como manjar a su propia estética, hacen de la apuesta de Amante doble la confirmación de todo lo que Ozon representa: la ferocidad de un artesano capaz de sacrificarlo todo, equilibrio y reflexión, por una narrativa violenta y convulsa capaz de cifrar en el espejo ese límite que separa el mundo de la normalidad del de la transgresión.