jueves, 3 de mayo de 2018

México 86

 México 86

Antes de México

En la recta final al último Mundial que ganó la Argentina, en 1986, la selección nacional desprendía una aureola caótica y autodesctructiva. Divisiones internas, acusaciones personales y profesionales con golpes bajos, pedidos de renuncias y peleas a los gritos, que no hacían prever la consagración.


El documental debería llamarse “Antes de”. Se le podría agregar algún sustantivo, tal vez “Antes de la gloria”, “Antes de México 86” o “Antes de la eternidad”, pero lo importante es el adverbio de tiempo. No tendría que haber ninguna imagen del “durante”, por ejemplo de los goles de Diego Maradona a Inglaterra, ni del “después”, con los festejos de la victoria contra Alemania en la final. Debería mostrarse –únicamente– el registro de caos, dardos cruzados y gente pasándola mal, muy mal, haciéndose daño, acusándose en público y en privado, en las turbulentas y autodestructivas semanas previas que el fútbol argentino atravesó antes de su consagración en México 86, acaso el título más imprevisto de los Mundiales.
Un comienzo acorde a esa tormenta de energía negativa sería la imagen borrosa de un VHS de época, uno de esos tesoros que los auxiliares dejan filtrar muchos años después, que mostrara a la selección saliendo del vestuario del estadio Monumental para correr por los Bosques de Palermo, como si fueran runners aficionados. Algún subtítulo debería aclarar el día y el contexto, miércoles 23 de abril de 1986, último entrenamiento de la futura selección campeona del mundo en el país. La indiferencia y la melancolía que despertaban aquel equipo se realzan con la llovizna que cayó aquel día: ningún automovilista detuvo su andar ni saludó con un toque de bocina el trote de aquellos jugadores solitarios, perseguidos, mirados de reojo. A la mañana siguiente, 37 días antes de su debut en el Mundial contra Corea del Sur, la selección saldría fantasmagóricamente del país para un viaje que, después de pasar por Noruega e Israel, terminaría en México.
Entonces el documental debería traernos a un Bilardo actual, 32 años después, que le explica a la cámara lo que ya contó en “Doctor y campeón”, uno de sus libros: “Cuando nos fuimos, en Ezeiza no había nadie. Incluso recibí algún insulto al subir la escalera mecánica hacia el salón de migraciones”. Es otra imagen simbólica: el técnico escapándose como un fugitivo, el reflejo de una selección que se escondía de su propio país, al punto que, a pedido de Bilardo, Argentina no jugaba como local después de la taquicárdica clasificación contra Perú, en junio de 1985. “Nos fuimos mucho tiempo antes porque estaba difícil. Nos fueron a despedir los familiares y nadie más, éramos la risa de todo el mundo, decían que íbamos a jugar tres partidos y nos volvíamos”, diría Héctor Enrique, varios años después. “Bilardo se quería ir porque el periodismo lo mataba”, agregaría Julio Olarticoechea.
Pero no sólo el periodismo, ni todo el periodismo, le apuntaba a Bilardo. Gran parte del fútbol argentino y alrededores –jugadores, colegas, dirigentes, hinchas y también políticos– ajustaba la mira en el técnico, incluso los futbolistas que terminarían jugando el Mundial. Por ejemplo, Oscar Ruggeri masticaba bronca porque había sido suplente en las Eliminatorias, Daniel Passarella no le perdonaba que le había quitado la capitanía ni lo había confirmado como titular para México y el propio Olarticoechea había renunciado a la selección en 1984, cansado de las obsesiones de un técnico que parecía afectado por lo que todavía no se conocía popularmente como TOC, y hasta último momento había dudado en viajar a México porque no sabía si sería capaz de convivir dos meses con el técnico.
Ni hablar, por supuesto, de las críticas que Bilardo recibía de los futbolistas que habían quedado afuera de la lista del Mundial. Enzo Trossero, defensor campeón del mundo con Independiente en 1984, declaraba que “lo que hizo conmigo fue ridículo, Bilardo no tuvo moral ni ética, incluso no tuvo hombría, me da risa su forma de ser”, mientras que Juan Barbas, mediocampista del Napoli –y presente en el álbum de figuritas del Mundial–, agregaba que “Bilardo me traicionó, no existe, manosea a los jugadores, para que te ponga lo tenés que apretar”. En comparación, una crítica de Claudio Marangoni, volante del último Independiente rey de América, parecía la de un canciller: “Los últimos 15 minutos de Argentina me dieron vergüenza ajena”, había dicho tras un amistoso contra México en 1985, mientras Carlos Enrique, defensor, también de Independiente, denunciaba al técnico por cobrar 5 mil dólares de la empresa de indumentaria deportiva Puma: “Por los muchachos ojalá que Argentina salga campeón, pero Bilardo ojalá que salga último”.
Pegarle al técnico era como el rating, se actualizaba minuto a minuto, y eso que no había redes sociales. José “Piojo” Yudica, campeón con Quilmes, Argentinos, San Lorenzo en la B y –luego con Newell’s–, se preguntaba en la revista Solo Fútbol: “¿Ahora, en 30 días, Bilardo intentará que aparezca el equipo que no encontró en tres años?”. Américo Gallego, campeón del mundo en 1978 pero lejos del radar de Bilardo, se quejaba de que “algunos parecemos sufrir peste roñosa”; y hasta Mario Vanemerak, volante de Vélez, toreaba al entrenador: “A veces el periodismo influye. Dicen que Bilardo convocó a Héctor Enrique porque tuvo un año estupendo pero yo llevo cinco temporadas manteniendo una regularidad. Si jugase en un equipo grande, ahora estaría en la selección”.
Pero la madre de todas las peleas del técnico era contra su antecesor en la selección, César Luis Menotti, una discusión en la que no faltaban los golpes bajos, al punto que Bilardo atacó –o contraatacó– con asuntos personales: “¿Cómo me pueden comparar con Menotti? Yo salgo fotografiado con mi mujer y mi hija, no como él, que no tiene problemas en que le saquen fotos con mujeres desnudas”, dijo Bilardo el día previo a su salida de Argentina, en alusión a las fotos que una agencia internacional había distribuido de su colega con una modelo europea en las playas de Alicante, durante el Mundial 82. Menotti había dicho pocos meses atrás que Bilardo era “un enano mental” y, enojado contra todo lo que tuviera vinculación momentánea con su enemigo, también había arremetido contra Maradona: “Maradona perdió su identidad hace un tiempo y cada vez le va peor. Lo demuestra ahora que quiere comprarse un Rolls Royce. El fútbol es un juego del pueblo”.
Horas antes de subirse al avión, casi en simultáneo a poner un cartel de venta en su casa de Flores para evitar que le siguieran tirando piedras y de cambiarle el apellido a su hija en el colegio–, Bilardo dijo: “Todavía no terminó la campaña en contra nuestra, quedan muchas piedras. No nos van a dejar tranquilos hasta que empiece el Mundial. Puede pasar cualquier cosa, pero si aguantamos las presiones tres años, será difícil que nos volteen un mes antes del Mundial”. El problema es que Argentina, que jugaba mal desde hacía rato, perdió 1-0 contra Noruega en Oslo, el 27 de abril, y el secretario de Deportes de la Nación, Rodolfo O’Reilly, volvió a la caza del técnico. El primer intento había sido a comienzos de ese mes, el jueves 1º, a pedido del presidente Raúl Alfonsín (“Che, ¿cuándo vas a echar a Bilardo?”, le insistía), cuando O’ Reilly arregló con un diario entonces cercano al radicalismo, Tiempo Argentino, para que le hicieran una entrevista con la pregunta que esperaba, “¿Qué opina de la selección argentina?”, a lo que el funcionario respondió, con el guión aprendido, “no anda ni para atrás ni para adelante, no me gusta nada”. Bilardo tambaleó más que nunca y José Pastoriza, Alfio Basile y Roberto Saporiti sonaron como posibles reemplazantes, pero una parte también importante del periodismo (Víctor Hugo Morales, Adrián Paenza, Fernando Niembro, Enrique Macaya Márquez, José María Muñoz), Grondona (como un Maradona de los dirigentes) y Maradona (como un Grondona de los jugadores) salieron a respaldar a Bilardo. “Si lo tocan, nos vamos todos”, disparó el capitán. Cuando Argentina perdió contra Noruega, dos semanas después, O’Reilly insistió con el pedido de Alfonsín y llamó a Suiza, donde Grondona estaba en reunión de FIFA, para volver a reclamar la cabeza de Bilardo, aunque otra vez chocó con la negativa del presidente de la AFA: “Vos dedicate al rugby que de fútbol no sabés un carajo”, le dijo al futuro entrenador de Los Pumas, mientras en Oslo los jugadores les preguntaban a los periodistas en voz baja si Bilardo continuaría en el cargo.
Híper sensibilizado, Bilardo prefería no jugar el siguiente amistoso, contra Israel en Tel Aviv, pero el empresario Jorge Cyterszpiler ya había cerrado trato con un diario local, atraído por la presencia de Maradona, un partido que finalmente se convertiría en cábala para los próximos Mundiales –también en la previa de Rusia 2018–. Era un momento en que el técnico parecía desconfiar de todo y hasta se oponía a que los jugadores visitaran el Muro de los Lamentos, en Jerusalén, pero finalmente terminó cediendo. Por supuesto, la parte del periodismo que no le perdonaba una aprovechó la situación. “Tenía que ser así: la selección visitó el Muro de los Lamentos”, tituló Tiempo Argentino, mientras Clemente, el personaje de historieta que Caloi ilustraba en la contratapa de Clarín, se reía del técnico: “Tenemos un técnico muy muy trabajador. Lástima que es un Mundial de fútbol, no un congreso de la OIT”.
Argentina goleó 7-2 a Israel (cuyos futbolistas habían jugado el día anterior para el torneo local y físicamente decayeron en el segundo tiempo) y aterrizó en México el 5 de junio a las 21.40: por una cuestión de horas fue la primera selección en llegar. Mientras el presidente de River, Hugo Santilli, pronosticaba en Buenos Aires que un fracaso en el Mundial provocaría “la muerte definitiva del fútbol argentino” y la AFA recibía un juicio de un grupo de kinesiólogos porque Bilardo no había incluido a ningún especialista en su cuerpo técnico y médico, en México seguían los problemas: el arquero Luis Islas pedía públicamente la titularidad (“si atajara en Boca, yo sería el titular”, declaró, en alusión a la presencia de Nery Pumpido en River), Sergio Batista amagaba con volverse a Buenos Aires y, sobre todo, todavía faltaba resolver la interna del plantel, dividida en dos grupos, uno liderado por Maradona y el otro por Passarella.
Ya en la cuenta regresiva al Mundial, la selección viajó desde México a Colombia para jugar un amistoso contra el Junior de Barranquilla. En la noche posterior al partido  –empate 0 a 0–, Passarella entró a la habitación de Bilardo para gritarle que dejara de ser manejado por Maradona. Le siguió una doble reunión entre todos los jugadores, la primera en Colombia y la segunda de regreso en México, en la que hubo gritos, insultos y acusaciones por comportamientos personales. Mientras Passarella le echó en cara a Maradona su adicción a las drogas, la respuesta del 10 fue un episodio interno: lo responsabilizó por una cuenta de 2 mil dólares por gastos telefónicos que el América, dueño de la concentración, le adjudicaba al plantel, pero de la que ningún jugador se hacía cargo. Maradona les reveló a sus compañeros que el teléfono que recibía las llamadas era el de la casa de Passarella, en Italia. Pocos días después, Passarella sería víctima de unos parásitos estomacales que lo llevarían a internarse en dos hospitales del Distrito Federal, una enfermedad de la que acusaría durante muchos años –sin ninguna prueba– al cuerpo médico de la selección.
En ese carrusel de ceños fruncidos, rictus severos, gente enojada y dedos levantados, Menotti dio una entrevista en vuelo desde Buenos Aires a México –adonde fue para trabajar como periodista– y declaró que Maradona era “un barrilete”, una definición que no apuntaba a cuestiones futbolísticas sino a comportamientos privados. “Se hace los rulitos, se puso un arito”, le dijo a Télam. El documental –que en verdad podría ser una serie de muchos capítulos- podría terminar con una declaración que Bilardo le haría a Crónica el 2 de junio, día del debut contra Corea del Sur, el comienzo del “durante”: “El cura de Luján me mandó a llamar para preguntarme sobre mis contradicciones, porque junto muchas imágenes (religiosas) y cree que soy fetichista. Pero le conté que acumulo las cosas que la gente me regala, y entonces me disculpó. Acá traje esa colección, la tengo en una bolsa. Hay una imagen que tiene 100 años”. Y entonces debería aparecer el cura de Luján, 32 años después, con gesto de comprensión, ojos cerrados y meneando la cabeza, diciendo algo así como “y bueno, Bilardo era así”, con una sonrisa, la única sonrisa en “Antes de”.

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