martes, 22 de agosto de 2017

Liliana Maresca

Retrospectiva de Liliana Maresca en el Museo de Arte Moderno

Un arte tan incómodo como oportuno

Fue una artista completa que en su última etapa se transformó en una de las más combativas contra el neoliberalismo. En este sentido, la exposición resulta no sólo actual, sino asombrosamente oportuna.


El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires inauguró el jueves pasado una gran retrospectiva de Liliana Maresca (1951-1994), bajo el título El ojo avizor - obras 1982-1994, con curaduría de Javier Villa, que permite acercarse a todas las facetas de la artista, incluidas sus instalaciones especialmente reconstruidas.
Detrás de esta muestra, cuya investigación demandó cuatro años, está también la energía, la dedicación y el cuidado de la hija de Liliana, Almendra Vilela, quien trabaja en el Mamba.
Maresca era una artista arrolladora, que transmitía convicción. Muy apasionada, muy arriesgada y comprometida; que le ponía el cuerpo al arte. Al mismo tiempo que su talento artístico tenía talento organizativo. Fue una gestora de proyectos y exposiciones de gran envergadura.
Durante el menemismo su obra se volvió mucho más crítica y en varias de sus exposiciones tuvo a este diario como aliado y auspiciante. La obra de Maresca –que incluye esculturas, objetos, instalaciones, dibujos, pinturas, montajes gráficos, fotoperformance– comenzó a fines de la dictadura pero brilló principalmente durante buena parte del período de la postdictadura, desde mediados de los años ochenta hasta la muerte de la artista, a fines de 1994, a causa del sida.
Se formó en la escuela nacional de cerámica, y en los talleres de Renato Benedetti, Miguel Bengochea y Emilio Renart, donde estudió, respectivamente, dibujo, pintura y escultura. Fue docente en la cátedra “Morfología I” de la carrera de Diseño gráfico de la Universidad de Buenos Aires y dirigió sus propios talleres.
Algunas de sus muestras individuales fueron Lo que el viento se llevó, cuando inauguró la nueva etapa del Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA, en 1989; No todo lo que brilla es oro (1989) y Mil nueve noventa (1990), en la Galería Centoira; Recolecta y Wothan-Vulcano, ambas en 1991, en el Centro Cultural Recoleta; Ouroboros, en la plaza seca de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (1991); Espacio disponible, en el Casal de Catalunya (1992), e Imagen pública-altas esferas, en el Centro Cultural Recoleta (1993).
La poética de Liliana se alimentó y configuró a caballo de las décadas del ochenta y del noventa, entrelazándolas. En los proyectos colectivos que supo gestar, con su sello personal, articuló a distintas generaciones de artistas, embarcados en estilos y tendencias que en aquellos años se veían como antitéticos y en tensión, pero que ella logró reunir. Las exposiciones temáticas grupales y colectivas que gestó hicieron historia.
Entre aquellas movidas puede citarse la muestra Lavarte –en octubre de 1985– en un Laverap, en pleno centro porteño, donde cruzó artes visuales, teatro y música.
Un año después organizó La Kermesse, una suerte de feria artístico circense, en el Centro Cultural Recoleta (entonces llamado Ciudad de Buenos Aires) en la que tomaron parte artistas plásticos, actores, músicos, vestuaristas, sonidistas, escenógrafos, directores, etc. Arte, juego y participación popular, al modo de las ferias barriales.
Desde 1989, junto a un grupo de artistas -y junto, también, con quien firma estas líneas-, Liliana organizó La Conquista, una gran exposición que fue montada y exhibida entre fines de 1991 y los primeros meses de 1992 en el CCR, para dar puntos de vista artísticos contra el proceso del “Descubrimiento” de América del cual se conmemoraban cinco siglos y que, por esos años, comenzaba a adquirir el nombre políticamente correcto de “Encuentro de culturas”.
Allí se reunió buena parte de lo más interesante de las artes visuales argentinas de aquellos años, entre artistas consagrados y nuevos.
Hacia fines de los ochenta su obra había comenzado a hacerse más política. Sin embargo, la forma que la artista tenía de concebir el arte no era la denuncia, sino la trascendencia. Maresca pensaba el arte excediendo su presente, más allá de toda rutina. En este sentido, El ojo avizor resulta un título pertinente.
Entre otras instalaciones, la retrospectiva incluye la que la artista presentó en 1990 en el Centro Cultural Recoleta, donde mostró un carro de cartonero lleno de deshechos, y tres réplicas, una en tamaño real, pintada de blanco; y dos en pequeña escala, objetos de bronce, uno bañado en plata y el otro en oro, como si fueran joyas.
Con aquella muestra la artista vislumbró antes que nadie uno de los trabajos que mayor cantidad de personas excluidas reclutaría durante los años siguientes: el de cartonero y reciclador.
La exposición, para la cual escribí el texto de presentación en el reverso del afiche/catálogo, llevó un título sugerido por mí: Recolecta, reuniendo en un mismo término la doble referencia; a la recolección de residuos y al lugar donde la muestra sería exhibida.
La politización en la obra de Liliana también supuso al propio cuerpo, en una oscilación que iba del erotismo (sus desnudos fotográficos y sus piezas eróticas exhibidos en esta retrospectiva dan cuenta de este aspecto), a la provocación ideológica, en obras conceptuales como la instalación Espacio disponible (reconstruida en esta muestra) y en la que la artista se ofreció al público “para todo destino”, relacionando cuerpo y mercado.
En otro de los núcleos de la obra de Maresca se evoca la idea de juego de destino, como sucede en los múltiples No todo lo que brilla es oro y Caja chica, que aquí se exhiben.
Otro lugar posible de entrada a la obra de la artista lo constituye el carácter alquímico de varias de sus piezas y exposiciones. Aquí se reconstruyó una experiencia realizada en el Centro Cultural Recoleta en abril de 1991, Wotan-Vulcano (por los dioses de las mitologías celta y grecolatina, que representaban a la guerra y el fuego, respectivamente): allí la artista exhibió carcasas funerarias de metal, que había rescatado del crematorio del cementerio vecino.
En 1993, nuevamente en el Centro Cultural Recoleta, que siempre le dio espacio, Liliana presentó la exposición Imagen pública - altas esferas. Por aquel entonces, la artista se sumergió en los archivos de PáginaI12. Maresca pasó semanas entre los estantes y archiveros de una antigua sede del diario, sobre la Avenida Belgrano, entre Chacabuco y Perú, para seleccionar todo el material que incluiría en su muestra: una larga serie de gigantografías de primeras planas e imágenes que funcionaban como perfecta síntesis de aquellos años.
En la tarjeta de difusión de la muestra, la artista posaba desnuda sobre los paneles de imágenes, en un gesto entre transgresor y farandulesco, para simbiotizarse con aquello que criticaba de la política de la época.
La última exposición que Liliana realizó en los instantes finales de su vida fue una retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta, en noviembre de 1994, a la que dedicó la energía que le quedaba. El título que eligió para la exposición resulta demostrativo de su actitud frente al arte y la vida: Frenesí.
Para aquella gran muestra, PáginaI12 auspició el video-catálogo Frenesí, de cuarenta minutos de duración, a lo largo de los cuales es posible acercarse a la década de producción de Liliana Maresca que era motivo de la retrospectiva. El video fue producido por Maresca y por la realizadora y fotógrafa Adriana Miranda, y allí también aparecen los testimonios de sus amigos y artistas León Ferrari, Jorge Gumier Maier, Marcia Schvartz y de quien firma estas líneas.
Toda categorización del trabajo de Liliana es sólo aproximada porque su obra siempre se resistió al disciplinamiento y especialmente a ser clásica, porque lo clásico muchas veces gusta pero no incomoda el presente de quien observa, como le gustaba a la artista.
La primera incomodidad de su producción, en el sentido de interrogarse a sí misma y de cuestionar al espectador, viene de la propia construcción de cada obra. Su trabajo evidencia a una artista con talento para crear obras bellas, que al mismo se resistía a la belleza fácil, esa que deja al espectador en un lugar pasivo por su efecto tranquilizador. Maresca siempre buscaba otra belleza, extraña y reflexiva, muchas veces revulsiva.
En este punto, varias de sus obras atravesadas por determinados paradigmas del diseño, siempre suponen un plus en alguno de los niveles de construcción o de sentido, al punto que tal paradigma se quiebra para tomar otra dirección, hacia un camino nuevo, propio.
Liliana Maresca fue una de las voces artísticas más combativas contra el neoliberalismo y, en este sentido, la muestra retrospectiva del Museo de Arte Moderno resulta tan oportuna como asombrosamente actual.

lunes, 21 de agosto de 2017

Edith Stein

Edith Stein

Fiesta de santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith) Stein, virgen de la Orden de Carmelitas Descalzas y mártir, la cual, nacida y educada en la religión judía, después de haber enseñado filosofía durante algunos años entre grandes dificultades, recibió por el bautismo la nueva vida en Cristo, prosiguiéndola bajo el velo de las vírgenes consagradas hasta que, en tiempo de un régimen hostil a la dignidad del hombre y de la fe, fue encarcelada lejos de su patria, y en el campo de exterminio de Auschwitz, cercano a Cracovia, en Polonia, murió en la cámara de gas.



Edith Stein,  Teresa Benedicta de la Cruz, nació el día del Kippur, día festivo para los hebreos, y en Breslavia Alemania, el 12 de octubre de 1891, en el seno de una familia hebrea. Edith fue la última de once hijos. A los dos años de edad, muere su padre.    Hizo sus primeros estudios y el Bachillerato en su ciudad natal con calificaciones siempre sobresalientes. En la Universidad de Breslau estudia, de 1911 a 1913, Germanística, Historia, Psicología y Filosofía.    En 1913 se traslada a Göttingen para seguir sus estudios de filosofía siendo discípula de Edmund Husserl, un hebreo y no creyente, genio filosófico de su tiempo, haciendo el exámen de Licenciatura con calificación sobresaliente en 1915. Durante este período, llega a un ateísmo casi total, pues abandonó la fe y las prácticas religiosas.    Estalla en 1914 la primera guerra mundial y Edith trabaja como enfermera voluntaria siendo enviada a un hospital del frente. Después de ese infatigable trabajo, hace el examen de doctorado en la Universidad de Freiburg, con la calificación Summa cum laude.   Cuando contaba con 32 años enseña en la escuela de formación de maestras de las dominicas de Santa Magdalena en Espira. Además de las clases, escribe, traduce y da conferencias sobre la cuestión femenina y sobre la educación católica que la llevarán por diversas ciudades de Alemania y por los países limítrofes.    A los 41 años, es profesora en el Instituto Alemán de Pedagogía científica en Münster. Su fama de conferenciante traspasa las fronteras de Alemania y es invitada a hablar en Francia y Suiza. Desde su conversión deseó entrar en el Carmelo a pesar de la oposición de la familia, y su deseo se vio cumplido el 14 de octubre de 1933, a los 42 años, ingresando en el Carmelo de Colonia. Aquí cambia su nombre por el de Teresa Benedicta de la Cruz.    Su familia hebrea, rompe con ella. El 21 de abril de 1935, domingo de Pascua de Resurrección, emite sus votos religiosos y tres años después, aquél mismo día, sus votos perpetuos. Su vida será ya una Cruz convertida en Pascua. Dentro del convento, por orden del Provincial, continúa sus estudios científicos. A medida que el nazismo se consolida en el poder su condición de judía es una amenaza para ella y para la comunidad.   El día 31 de diciembre de 1938 emigra a Holanda y se establece en el convento de Echt. Aquí la encomiendan, entre otros trabajos, un estudio sobre San Juan de la Cruz, y escribe La ciencia de la Cruz. El día 2 de agosto de 1942 es detenida por la Gestapo, junto con su hermana Rosa, también convertida al catolicismo, y llevada con otros religiosos y religiosas al campo de concentración de Amersfoort.    Luego, en la noche entre el 3 y el 4 de agosto, los presos fueron trasladados al campo de Westerbork, situado en una zona completamente deshabitada al norte de Holanda.   El 9 de agosto de 1942, llegaba en el tren de la muerte al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Por su edad (51 años cumplidos), su baja estatura, sin signos externos de robustez, en la mentalidad nacista, no servía para trabajos forzados.    La llevaron a la barraca 36, siendo marcada con el Nº 44.074 de deportación, para morir mártir de la fe cristiana a los 51 años de edad, en la casita blanca, víctima del Ciclón B: Ácido Cianhídrico; durante la persecución nazi, ofreciendo su holocausto por el pueblo de Israel. La ducha anunciada, en vez del agua deseada, emanó el tóxico ciclón B de la muerte casi instantánea. Su cuerpo sin vida fue calcinado con leña (todavía estábamos en agosto de 1942).    No hay tumba. Las cenizas o huesos de la Hna. Edith se arrojaron en el campo adyacente. Hoy es un verde campo con cruces que plantan allí los grupos de peregrinos. Mujer de singular inteligencia y cultura, ha dejado numerosos escritos de elevada doctrina y de honda espiritualidad.    En 1962 se inició su proceso de beatificación. Teresa Benedicta de la Cruz dramática síntesis de nuestro tiempo, Mujer hija de Israel, Mártir por la fe en Cristo, y Víctima del exterminio judío, fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia, el 1 de mayo de 1987. Su fiesta se celebra en el Carmelo Teresiano el 9 de agosto.    El Papa Juan Pablo II canonizó a la judía, filósofa, monja, mártir y beata, Teresa Benedicta de la Cruz de la Orden del Carmelo, el 11 de Octubre de 1998 en la Basílica de San Pedro en Roma.
Edith Stein, de nombre religioso santa Teresa Benedicta de la Cruz O.C.D. (en latín, Teresia Benedicta a Cruce, en alemán, Teresia Benedicta vom Kreuz, Breslavia, Imperio Alemán, 12 de octubre de 1891-Auschwitz, 9 de agosto de 1942), fue una filósofa, mística, religiosa carmelita, mártir y santa alemana de origen judío.

Nació en el seno de una familia judía y pasó por una etapa de ateísmo. Estudiante de filosofía, fue la primera mujer que presentó una tesis en esta disciplina en Alemania. Continuó su carrera a la vez que trabajaba como colaboradora del filósofo alemán Edmund Husserl, fundador de la fenomenología. Una larga evolución intelectual y espiritual la condujo al catolicismo, al que se convirtió en 1921. Enseñó y dio conferencias en Alemania, desarrolló una teología de la mujer y un análisis de la filosofía de santo Tomás de Aquino y de la fenomenología.

El régimen nacional-socialista le prohibió la enseñanza. Edith Stein decidió entrar en el Carmelo, donde se convirtió en monja bajo el nombre de hermana Teresa Benedicta de la Cruz. Detenida por la Gestapo, fue deportada el 2 de agosto de 1942 e internada en el campo de exterminio nazi de Auschwitz, en el territorio polaco ocupado, donde sería asesinada siete días después.

Fue beatificada en 1987 y canonizada el 11 de octubre de 1998 por el papa Juan Pablo II.​ Este pontífice también la nombró copatrona de Europa el 1 de octubre de 1999 en la apertura del sínodo de los obispos denominado Segunda Asamblea especial para Europa, junto con Brígida de Suecia y Catalina de Siena,​ sumándose así a los ya declarados copatronos Benito de Nursia, Cirilo y Metodio. Su fiesta litúrgica se celebra el 9 de agosto.
Su padre, Siegfried Stein (1844-1893), era comerciante de maderas y tenía un aserradero. Se casó el 2 de agosto de 1871 con Augusta Stein (1849-1936) y se instaló en Gliwice, en la Alta Silesia, donde nacieron sus seis primeros hermanos: Paul (1872-1943, muerto en el campo de concentración de Theresienstadt), Selma (1873-1874), Else (1876-1954), Hedwig (1877-1880), Arno (1879-1948) y Ernst (1880-1882).​

En 1882 la familia se instaló en Lublinitz, donde Siegfried fundó su primera empresa con la ayuda de su gran familia. Fue un periodo difícil durante el cual la ayuda familiar le permitió no sumirse en la miseria. Fue en esos momentos cuando vinieron al mundo los últimos hijos del matrimonio Stein: Elfriede (1881-1942, muerta en un campo de concentración), Rosa (1883-1942, muerta con Edith en Auschwitz), Richard (1884, nacido muerto) y Erna (1890-1978). A la muerte del padre, su viuda se ocupó del negocio.

Edith Stein nació en la ciudad alemana de Breslavia (hoy Wrocław, Polonia e históricamente, en alemán, Breslau) en el seno de una familia judía, el 12 de octubre de 1891, día del Yom Kipur, lo que hizo que fuera especialmente querida por su madre, judía practicante. Era la última de un total de once hijos. Su padre murió de una insolación cuando Edith no tenía todavía tres años.​ Su madre, mujer muy religiosa, debió hacerse entonces cargo de las necesidades de la familia y dirigir la empresa familiar. Esta difícil tarea requería una gran disciplina y trabajo, disciplina que Augusta Stein intentó transmitir a sus hijos, así como su fe judía. Edith Stein dijo que, ya que era la más pequeña de su familia, era la que, según la tradición judía liberal, podía hacer preguntas litúrgicas durante las fiestas judías, preguntas que daban lugar a una explicación más completa por parte del celebrante.

Edith Stein comenzó sus estudios en la escuela Victoria en 1896, año en que por primera vez se permitía en Prusia estudiar el bachillerato a las niñas. Ella se acomodó de forma rápida a la clase superior. Una compañera de clase dijo de ella: «su precocidad no tenía nada de sorprendente, fue agobiada por sus mayores, pero debido al orgullo irresistible que desarrolló y cuando la tensión podría llevar a las lágrimas y a la cólera, si no conseguía lo que quería o no era la primera, la mejor, no era tan positiva ... fue una excelente alumna». A partir de los trece años comenzó, siguiendo el Yom Kipur, a ayunar hasta la tarde. Conservó esta práctica, incluso cuando se fue de su familia y también cuando ya decidió no rezar más.

A partir de 1904 el Liceo empezó a admitir a chicas. Sin embargo, con la llegada a la adolescencia, Edith Stein se negó a ir a la escuela secundaria y pidió dejar sus estudios en 1906, a la edad de 15 años. Marchó a Hamburgo durante diez meses para ayudar a su hermana Elsa, que iba a tener un hijo. Esta fue la época en la que dejó de rezar:​ «con plena conciencia y en una libre elección, dejé de rezar».

En septiembre de 1907 regresó a Breslau. Volvió a tener un gran deseo por el conocimiento y puso mucho brío en conseguirlo. Recuperó rápidamente su retraso y terminó la escuela secundaria en 1908. Durante este periodo Edith leyó y estudió mucho. Ella misma dijo más tarde que «estas lecturas literarias de la época me sirvieron para mi vida entera». Fue en esta época cuando comenzó a descubrir la filosofía, especialmente con la lectura de Friedrich Schiller, discípulo de Immanuel Kant.

Edith Stein se comprometió políticamente, pues se convirtió en un miembro de la sección local de la Asociación prusiana por el voto de las mujeres.​ Apoyó, con su hermana Erna y sus amigas, el ala más radical del movimiento feminista en torno a Anita Augspurg, Helene Stöcker y Linda Gustava Heymann, el ala más radical en el sentido de que exigía la igualdad total entre hombres y mujeres.

Edith Stein obtuvo su título de bachillerato con éxito en 1911 y decidió seguir los estudios universitarios de filosofía.
Universidad de Breslau

Edith Stein estaba persuadida de que «estamos en la tierra para estar al servicio de la humanidad (...) Para hacerlo de la mejor manera posible debemos hacer aquello por lo que nos inclinamos».​ A continuación comenzó sus estudios brillantemente en la Universidad de Breslau, ayudada por el dinero —varios miles de marcos— heredado de su abuela Johanna Stein. Edith decidió estudiar un gran número de asignaturas: los lenguajes indoeuropeos, alemán antiguo, la historia del teatro alemán, historia de Prusia y de Federico el Grande, historia de la Constitución inglesa, filosofía de la naturaleza, introducción a la psicología y, finalmente, iniciación al griego. Edith Stein estudió con profundidad la historia y se consideraba «apasionada por los acontecimientos políticos del presente considerados como la historia del futuro».​ De este período de su vida provinieron los muchos ejemplos históricos que utilizó más adelante en sus conferencias. También estudió psicología con William Stern y la filosofía que enseñaba Richard Hönigswald.​ Fue durante la época de sus estudios de psicología cuando Edith se declaró atea.​ Su amigo de estudios Georg Moskiewicz, que estudiaba psicología con ella, le habló en 1912 de la orientación filosófica nueva que representaba la fenomenología de Edmund Husserl. Decidió estudiarla y se sintió seducida por el procedimiento de reducción fenomenológica. Este descubrimiento fue el que la decidió a marchar a Gotinga.

En esta ciudad participó en dos asociaciones: la primera era la Asociación Humboldt de educación popular, que impartía cursos gratuitos de tutoría a trabajadores y empleados. También daba cursos de ortografía. La segunda era una asociación de mujeres cuyo nexo de unión era la igualdad de sexos y donde organizaba pequeños debates. Edith conoció en Breslau a Kaethe Scholz, una profesora que impartía cursos de filosofía a las mujeres. Su ejemplo inspiró a Edith Stein cuando fundó su Academia en 1920.

Estudios en Gotinga

En 1913 ingresó en la Universidad de Gotinga, donde estudió Germanistik und Geschichte (Germanística e Historia). Atraída por la fenomenología, se convirtió en discípula del célebre filósofo Edmund Husserl. En Friburgo, en 1917, aprobaron con la calificación summa cum laude su tesis doctoral Sobre el problema de la empatía, tema que le sugirió Max Scheler, con el que inició sus obras filosóficas. Posterior a su tesis vinieron los escritos Causalidad sintiente e Individuo y comunidad, en donde buscaba justificar filosóficamente la nueva psicología. La última obra correspondiente a su primer período fue Una investigación sobre el estado, culmen de su proyecto para elaborar una antropología fenomenológica que fuera del hombre singular a la persona como comunidad.

En la universidad siguió los cursos de filosofía de Leonard Nelson y del historiador Max Lehmann, alumno del historiador Leopold von Ranke, del que Edith se llamaba «la pequeña hija espiritual».

Dentro de esta primera etapa en su pensamiento filosófico sobresalió su obra Introducción a la filosofía. Si bien no pertenecía propiamente al ciclo de obras anteriores y es de difícil catalogación, es una obra sumamente original. En ella se descubren los principales problemas de la filosofía de la naturaleza: el movimiento, las nociones de tiempo y espacio o qué es un objeto material y físico. En sus diálogos con Immanuel Kant y con Husserl, en los que demostró profundos conocimientos de las ciencias difíciles de su época (física, biología, filosofía de la ciencia), Edith Stein estableció una diferencia fundamental entre los problemas de la naturaleza y los problemas de la subjetividad. A partir de la segunda etapa —encargada de estudiar la subjetividad—, formuló una antropología propiamente dicha y resaltó las características del hombre como la libertad, la conciencia y la capacidad reflexiva. En esta obra habló de las estructuras de la personalidad y empleó el escrito como preámbulo de una obra de su etapa posterior: La estructura de la persona humana, que es un curso que ella impartió en el Instituto de Pedagogía Científica en Münster, Westfalia (1932-1933).

Gracias a su amigo Georg Moskiewicz, Edith Stein fue aceptada en la Sociedad de Filosofía de Gotinga, que reunía a los principales miembros de la fenomenología naciente: Edmund Husserl, Adolf Reinach y Max Scheler, principalmente. Edith tuvo, a raíz de estos encuentros, una correspondencia personal y profunda con Roman Ingarden, Hans Lipps y Alexandre Koyré, entre los más importantes. Esto mismo hizo que más tarde conociese a Dietrich von Hildebrandt y, sobre todo, a Hedwig Conrad-Martius y Theodor Conrad, que se convirtieron en amigos muy cercanos.

Edith decidió en esa época prepararse para el «examen de estado», paso previo antes de la tesis. Siguió las conferencias de Max Scheler, que organizaba sus discursos a partir de su nuevo ensayo titulado El formalismo en la ética y la ética material de los valores, entre 1913 y 1916, en cuya lectura encontró Edith numerosas inspiraciones para sus trabajos sobre la empatía. A pesar de las grandes dificultades que tuvo, Edith siguió sus estudios con la ayuda de Reinach. Su examen estaba previsto para 1914.

Primera Guerra Mundial

Durante la Primera Guerra Mundial Edith decidió regresar a Breslau. De inmediato se puso a servir y ayudar de la mejor manera que pudiera. Hizo frecuentes cursos de auxiliar de enfermería y trabajó en un hospital austríaco. Para ella fueron tiempos muy difíciles. El hospital donde servía fue cerrado en 1916 y Edith reanudó sus estudios filosóficos con Husserl y obtuvo el doctorado en la Universidad de Friburgo.

Edith escribió: «cuando la guerra se acabe, si aún vivo, podré pensar de nuevo en mis ocupaciones personales». Volvió a Gotinga para hacer su «examen de estado»; aprobó el examen a principios de enero y obtuvo el diploma con la calificación de «muy bien».

Tras su examen se enroló de nuevo en la Cruz Roja y la enviaron al hospital militar de Mährish-Weisskirchen, en Austria. Se ocupó de los enfermos con enfermedades infecciosas, trabajó en la sala de operaciones, vio a los hombres que morían muy jóvenes, de todas partes de Europa del Este. Esta experiencia la marcó profundamente. Es un tipo de experiencia práctica de la empatía: ¿cómo comunicarse con los hombres cuyo lenguaje le era poco conocido?. Obtuvo la Medalla al Valor por su dedicación. Agotada, le aconsejaron que se fuera a su casa y no la llamaron más.

Tesis de filosofía

A continuación, Edith decidió dedicarse seriamente a su tesis. En aquellos momentos formaba parte del círculo íntimo de sus maestros. Su amigo Reinach se convirtió al protestantismo durante la guerra, se bautizó el 9 de abril de 1916 y Edith Stein se acercó cada vez más a personas cristianas en el círculo de los filósofos.

Edith continuó con su tesis mientras era profesora sustituta en Breslau. Decidió seguir a Edmund Husserl hasta Friburgo, donde fue una de las primeras mujeres que obtuvieron la calificación de summa cum laude en su tesis en 1917 con el apoyo de Husserl.​ La tesis se titulaba Sobre el problema de la empatía, que definía como «una experiencia sui generis, la experiencia de estados de conciencia de otros, en general,(...) La experiencia que un yo en general tiene de otro yo semejante a este». Sus trabajos entusiasmaron a Husserl, que tuvo la impresión de que ella anticipaba una parte de sus Ideas. Edith se veía con frecuencia con el estudiante polaco Roman Ingarden, con el que tuvo devaneos amorosos.

Colaboración con Husserl

Edith se convirtió enseguida en la asistente de Husserl y le ofreció sus servicios después de aprobar su tesis en 1917. Aprendió estenografía para poder leer las notas de Husserl.​ Dio cursos de iniciación al pensamiento filosófico y sintetizó los tomos 2 y 3 de Ideas directrices de una fenomenología y una filosofía fenomenológica pura.

Su investigación filosófica se centró en la persona humana, las relaciones interpersonales, las comunidades de pertenencia, como Estado, pueblo, grupo étnico, religioso, etc. Hizo hincapié en el sentido de los valores, la libertad, el rechazo del totalitarismo. A lo largo de estos años de investigación, Edith intentó sintetizar con sus propios apuntes el conjunto del pensamiento de Husserl. Revisó este libro durante toda su vida. Se publicó en 1991 bajo el título Introducción a la filosofía.

Edmund Husserl escribió sobre Edith Stein: «el gran estilo que preside la elaboración de estas aportaciones, el carácter científico riguroso y la finura que ha mostrado en ellos merece el máximo reconocimiento». Sin embargo, Husserl se negó a someter a Edith Stein a la habilitación universitaria, lo que no le impidió ser titular de una cátedra. Su oposición parecía estar basada en el temor de que este proceso podía fallar en la medida en que aún no había mujeres que fuesen titulares de la Cátedra de Filosofía en Alemania. Además, como muchos de los muchos profesores judíos, Husserl se encontraba en una posición difícil.

Edith Stein estaba muy afectada por la muerte en el frente de su amigo Reinach. «Heredó» sus notas filosóficas, donde Reinach trataba de comprender su propia evolución religiosa. Ella misma puso orden en sus notas y las dio a conocer.

La propia Edith redactó a partir de estas notas de Husserl la obra Lecciones de fenomenologia de la conciencia interna del tiempo, obra que editó Martin Heidegger en 1928. Este último no mencionó correctamente la contribución de Edith Stein.

Conversión y compromisos

Compromiso político y feminismo

Edith Stein se interesó mucho por las cuestiones concernientes a las mujeres. Trabajó por el derecho al voto de la mujer, que se obtuvo en 1919 en Alemania. Militó en la organización «Asociación prusiana por el derecho de las mujeres al voto». En 1919 se afilió al DDP (Partido Demócrata Alemán), un partido de centro-izquierda que acogía a las feministas así como a las personalidades judías. Aunque en su juventud decía ser sensible al ideal prusiano se volvió cada vez más crítica con el militarismo de Prusia y el antisemitismo que había en el ambiente. Edith escribió en 1919: «de todos modos, nosotros (los judíos) no podemos esperar ninguna simpatía de la derecha». Comentó a su amigo polaco Roman Ingarden «el terrible antisemitismo que reina aquí». La gran idealista se decantó progresivamente por la realidad de la política.​ Más tarde escribió: «joven estudiante, yo era una feminista radical. Después esta cuestión perdió interés en mí. Ahora estoy buscando soluciones puramente objetivas».

Siguió sintiéndose europea, negó el triunfalismo prusiano sobre el Sedán y escribió acerca de la carnicería de la Primera Guerra Mundial: «solo dos cosas me mantienen despierta la curiosidad: la curiosidad para ver lo que va a salir de Europa, y la esperanza de aportar mi contribución en la filosofía».​ En sus cartas de los años 1930 escribió sobre los autores polacos y del francés Romain Rolland, al que apreciaba, y se negó a ver que la comunidad humana se desgarrase debido a un nacionalismo exacerbado. Esto es, sin duda, el origen común de su feminismo, así como de su pacifismo. Comentó asimismo que tuvo discusiones acaloradas acerca de estos temas en el seno de su partido.

Edith Stein fue la primera mujer que llegó a ser doctora en Filosofía en Alemania y la primera que pidió oficialmente que las mujeres pudieran obtener la categoría de «profesorado». Durante los años 1918 y 1919 publicó El individuo y la comunidad bajo el título de Contribuciones a un fundamento filosófico de la psicología y de las ciencias humanas, se alejó de las ideas de Husserl y recordó la religión. Frente a las discriminaciones sufridas acerca de su habilitación escribió al Ministro de Cultura alemán, que le dio la razón, pues afirmaba la posibilidad de que una mujer pudiera ser profesor de universidad. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, tuvo que refugiarse en Kiel, Hamburgo y Gotinga.​ Frente a esta oposición fundó una academia privada que llegó a tener treinta alumnos, entre ellos al futuro sociólogo Norbert Elias. Continuó con sus reflexiones, que expuso en la publicación de Estudio sobre el Estado, en el que se describían los conceptos de persona, comunidad, pueblo y estado. Se opuso a la ideología del nacional-socialismo alemán, así como a las ideologías marxistas.

Edith observó al final de su vida los progresos realizados en relación con los derechos de la mujer, así como los cambios de mentalidad, y escribió un nuevo libro, Formación de la mujer y profesión de la mujer, donde explicaba que «las jóvenes aprueban ahora el bachillerato y se inscriben en la universidad pero ignoran lo que se tardó en reuniones, resoluciones, peticiones escritas al Reichstag o Staatsregierungen para que se abriesen a las mujeres en 1901 las puertas de la universidad alemana».

Rencuentro con Cristo

La conversión de Edith Stein estuvo precedida de una larga búsqueda intelectual y espiritual que se extendió desde 1916 a 1921. A lo largo de ese periodo leyó y estudió los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, la Escuela del cristianismo de Kierkegaard y las Confesiones de san Agustín.​ La primera etapa de su conversión fue una experiencia de cambio durante una visita a la catedral de Fráncfort, donde conoció a una mujer que venía del mercado para hacer una corta oración, como una visita, y que luego se fue. Stein lo explicaba así: «para mí fue algo bastante nuevo. En las sinagogas y templos que yo conocía, íbamos allí para la celebración de un oficio. Aquí, en medio de los asuntos diarios, alguien entró en una iglesia como para un intercambio confidencial. Esto no lo podré olvidar jamás».

En esta época Edith quedó profundamente impresionada por la muerte en el frente de su amigo Adolf Reinach, pero fue la actitud de su viuda Pauline la que constituyó, según afirmaría, el elemento más importante y crucial. Pauline Reinach, que fue después monja benedictina, creía en la vida eterna y encontró un consuelo y un ánimo fortalecido en su fe en Jesús. A través de esta experiencia descubrió la existencia de un amor sobrenatural.​ La propia Edith afirmaría más adelante que «la causa decisiva de su conversión al cristianismo fue la manera en que su amiga aceptó por la fuerza del misterio de la cruz el sacrificio que se le impuso debido a la muerte de su marido».

En el cículo de los fenomenólogos fueron muchas las conversiones al cristianismo, como sus amigos Anne y Pauline Reinach, F. Hamburger y H. Conrad, principalmente y, en agosto de 1921, Edith Stein se decidió definitivamente por la fe católica. Entre el 27 de mayo y el 3 de agosto, durante una estancia en Bad Bergzabern en casa de sus amigos Theodor y Hedwig Conrad-Martius, leyó o releyó un libro de despedida que encontró en la biblioteca de los Reinach: la autobiografía de santa Teresa de Jesús. Más allá de la comprensión y del análisis de los conceptos expuestos, Edith hizo una lectura «sapiencial», es decir, que leyó La Vida como una revelación de una persona dirigida a otra persona.​ Este episodio es la culminación de su larga búsqueda de la verdad, pero no dejó de considerarlo como una especie de fracaso personal, como fundamentalmente irreligioso. Según la propia Edith —que lo confesaría después— esta obra fue determinante para su conversión definitiva al catolicismo. Edith recibió el bautismo en el seno de la Iglesia católica el 1 de enero de 1922 y tomó los nombres de Edith, Teresa —el mismo que santa Teresa— y Hedwig, nombre de su madrina Hedwig Conrad-Martius. El 2 de febrero del mismo año recibió la primera comunión y la confirmación de manos de Ludwig Sebastian, obispo de la diócesis de Espira. Edith dijo más tarde que: «se puede tener consciencia de la verdad, sin aceptarla, rehusando meterse en su terreno».

A partir de ese momento quiso ser carmelita. Anunciar su conversión a su madre le resultaba muy difícil y ella misma dijo: «en cuanto a mi madre, mi conversión fue la pena más pesada que tuve que soportar».

Conferencias

Después de su bautismo Edith quería entrar en la Orden del Carmelo pero su director espiritual, el vicario general de Espira, se lo desaconsejó y le pidió que enseñara alemán e historia en el instituto y en la escuela normal femenina del convento de las Dominicas de la Magdalena de Espira, lo cual hizo desde 1922 hasta 1933. Era un gran centro de formación de profesores católicos, religiosos y laicos, de Alemania del sur. Edith Stein se sumergió en la enseñanza mientras que trataba de vivir sus días como los religiosos, orando con regularidad y tratando de ser religiosa según el corazón. Quiso ser, según sus palabras: «religiosa según el corazón, incluso si no llevo el velo y no estoy obligada por la clausura ni por los votos».​ Decidió traducir al alemán, en su tiempo libre, las obras de John Henry Newman, anglicano convertido al catolicismo. Continuó con su traducción para una editorial interesada en el trabajo de Newman. Edith comentó al respecto que «ponerse en contacto cercano, como el que da la traducción, con un espíritu como el de Newman es maravilloso para mí. Toda su vida ha sido una constante búsqueda de la verdad en la religión».

Edith siguió su trabajo de traducción animada por su director espiritual, Erich Przywara, con el de traducir por primera vez los escritos de santo Tomás del latín al alemán, incluidas las Quaestiones disputatae de veritate. La Iglesia católica tenía incluida desde 1879 en la encíclica Aeterni Patris, publicada por el papa León XIII el 4 de agosto de 1879, la filosofía de santo Tomás de Aquino como doctrina oficial de su teología y Edith Stein intuyó la idea de «discusión entre la filosofía tradicional católica y la filosofía moderna».​ Este trabajo tuvo una duración de más de ocho años y la condujo a los siguientes escritos: Las cuestiones de santo Tomás de Aquino sobre la verdad, La fenomenología de Husserl y la filosofía de Santo Tomás de Aquino, Ensayo de estudios comparados, Potencia y acto y Ser finito y Ser eterno. El padre Erich Przywara la alentó a confrontar a santo Tomás de Aquino y la filosofía moderna. La propia Edith dijo a propósito de estos estudios: «se me ocurrió después de leer a santo Tomás que era posible poner el conocimiento al servicio de Dios y fue entonces, y solamente entonces, cuando me atreví a reanudar mi trabajo en serio. Parecía que, de hecho, cuanto más una persona se siente atraída hacia Dios, más se tiene que salir de sí misma para ir al mundo llevando el amor divino».

A partir de 1926 le pidieron que impartiese conferencias. Esto fue el comienzo de una serie de ellas que la llevó a dar más de treinta en toda Alemania. El abad Raphael Walzer de la abadía de Beuron —su director espiritual a partir de 1928— y el padre Przywara la alentaron a responder de manera afirmativa a estas invitaciones. Comenzó a dar conferencias haciendo largos viajes por Alemania y otros países. Muchas de sus enseñanzas versaban sobre el lugar de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, en la formación de los jóvenes y la antropología. Definitivamente tomó una posición contra el nazismo e hizo una llamada acerca de la dignidad de cada ser humano.

Durante estas conferencias decía que en la educación no se puede lograr todo por la fuerza sino que debe pasar por el respeto de cada individuo y por la gracia. Por lo tanto, advirtió contra la vigilancia a los alumnos y demostró el papel ejemplar del maestro en la educación, más que los medios coercitivos.

Su director espiritual la animó a seguir con sus trabajos, precisamente por su estatuto de laica, hecho raro en aquella época.​ Edith tomó parte en el diálogo entre católicos y protestantes en el seno de la educación.​ Edith Stein obtuvo una reputación considerable durante una conferencia en 1930 sobre La ética de las profesiones femeninas. Solo una mujer había tomado la palabra en el Congreso y hablaba de puestos de trabajo de las mujeres y rechazaba la misoginia del tiempo diciendo que «ninguna mujer es solamente una mujer, cada una tiene rasgos individuales y disposiciones específicas, como el hombre, por la capacidad de ejercer tal o cual profesión en el mundo artístico, científico o técnico».​ Las actas de la conferencia se publicaron en numerosos periódicos de la época. Durante una de estas conferencias discutió con Gertrud von Le Fort, su amiga poetisa. En la Position, Gertrud von Le Fort incluso llegó a afirmar —pero de memoria cuarenta años más tarde— que estuvo en contacto con Edith Stein durante los años 1925 y 1926 por medio del padre Przywara. De este encuentro nació la inspiración de la obra La dernière à l'échafaud, en la que Georges Bernanos se inspiró para escribir Diálogos de carmelitas. En 1932 continuó sus conferencias, en las que solicitaba una educación precoz sobre la sexualidad.

Edith Stein continuó paralelamente sus estudios de filosofía y fue alentada por Martin Heidegger y Raimund Honecker a seguir en la búsqueda del diálogo entre la filosofía tomista y la filosofía fenomenológica.​ En 1931 terminó sus trabajos en Espira e intentó de nuevo obtener la habilitación para enseñar libremente en Breslau y Friburgo, pero no lo consiguió. Edith encontró un puesto en el instituto de ciencias pedagógicas de Münster,​ dirigido a la enseñanza católica, que fue cerrado por el régimen nazi algunos años más tarde. Participó en septiembre de 1932 en una conferencia en Juvisy-sur-Orge, en Francia, organizada por la Sociedad Tomista, donde habló principalmente de la fenomenología. Edith continuó los diálogos con sus amigos filósofos, como Hans Lipps, quien le propuso matrimonio en 1932, petición que Edith rehusó porque ya había encontrado «otro camino».

Edith Stein fue desvinculándose progresivamente de Edmund Husserl, ya que estaba en desacuerdo con él en cuanto al rol de la teología y de la filosofía. Consideraba que la filosofía tenía por objetivo «profundizar en las necesidades y posibilidades del ser», debido a su función de conocimiento.​ La filosofía de Husserl le parecía un callejón sin salida, ya que no proporcionaba acceso a las cuestiones de ética y filosofía de la religión, no permitiendo un «lugar para Dios».​ La teología y la filosofía «no deben competir sino complementarse y enriquecerse mutuamente».​ La teología podía, efectivamente, según Edith, servir de hipótesis permanente al logos. También criticó el hecho de que la filosofía de Husserl omitía siglos de búsqueda cristiana de la verdad teniendo en cuenta solo los filósofos recientes.​ Esta crítica la continuó mediante el análisis de la obra de Martin Heidegger. Aducía la ignorancia de la filosofía medieval en su análisis y ella le reprochó el «retroceder ante el infinito sin que nada de lo finito o lo finito como tal sea palpable».

Poco después de la toma del poder por los nazis, las leyes alemanas prohibieron que las mujeres enseñasen en las universidades, así como los judíos. Sin embargo, incluso cuando a ella misma le prohibieron la enseñanza en 1933, la Asociación de Maestros Católicos siguió pagándole una beca. Edith Stein se opuso activamente al nazismo y percibió el peligro muy pronto. Cuando le prohibieron dar clases debido a la llegada de Adolf Hitler al poder decidió escribir al papa Pío XI para solicitarle una clara postura de la Iglesia en contra de lo que ella llamaba «la idolatría de raza». Esto no se llevó a cabo a causa de la muerte de Pío XI, muerte que dejó incompleta la encíclica Humani generis Unitas que condenaba el antisemitismo y que había comenzado en mayo de 1938. Algunos creen que la carta de Edith Stein pudo tener alguna influencia en el origen de esta encíclica.​ La condena del nazismo por la Iglesia católica tuvo lugar a través de la encíclica Mit brennender Sorge del papa Pío XI sobre la situación de la Iglesia en la Alemania nazi, publicada el 14 de marzo de 1937. Dado que Edith no podía hablar en público debido a las leyes antisemitas pidió al abad Walzer de Beuron entrar en el Carmelo.

Después de una conversación con un religioso, Edith decidió escribir un libro sobre la «humanidad judía» para ordenar sus pensamientos y lo escribió bajo el título La vida de una familia judía, que cuenta la historia de su familia en un intento de destruir el prejuicio antisemita. Este relato autobiográfico se detiene en 1916, poco antes de su conversión. En la fiesta de santa Teresa de Ávila, el 15 de octubre de 1933, finalmente vio cumplido su sueño: Edith entró en el monasterio.

Vida religiosa

La elección del Carmelo

La elección del Carmelo puede tener varias explicaciones. La primera razón es la lectura de los místicos del Carmelo a raíz de los movimientos de los fenomenólogos de 1917. Es el testimonio de una conversación que tuvo lugar hacia 1918:​ en un periodo de dudas y dificultades, Philomène Steiger (1896-1985), una amiga suya católica, le habló de la misión del profeta Elías, que lo definía como el verdadero fundador del Carmelo, que busca en la soledad la unión con Dios.​ En esta época Edith Stein ya conocía los escritos del Carmelo. La segunda razón, la más importante, es su admiración por Teresa de Ávila y sus obras, que la llevaron al conocimiento de Cristo. Después de leer su biografía había tomado la decisión de ser católica y de entrar un día en el Carmelo, con la finalidad de «renunciar a todas las cosas de la tierra y viven solo en el pensamiento de lo divino» pues, como ella misma dijo, descubrir que la vocación carmelita, lejos de ser un escape de lo «terrestre» es, al contrario, una forma concreta de encarnar un «gran amor».

Entrada en el Carmelo de Colonia

En 1933, privada como judía del derecho a hablar públicamente, pidió ingresar en el Carmelo, a pesar de sus 41 años. Fue admitida en el Carmelo de Colonia. Tomó los hábitos el día 15 de abril de 1934 y recibió el nombre de «Teresa Benedicta de la Cruz». Sus superioras la animaron a reanudar sus trabajos filosóficos. En la Pascua del 21 de abril de 1935, Edith Stein hizo sus votos temporales. Edith tenía permiso para continuar sus estudios sobre Potencia y acto, un proyecto de estudio filosófico que continuó hasta 1939.​ Su trabajo le condujo a revisar exhaustivamente el proyecto, cambió el nombre anterior a Ser finito y ser eterno. Estos escritos pueden considerarse como su obra maestra. Estableció un camino de la búsqueda de Dios, que pasa por una búsqueda del autoconocimiento. Todo este trabajo no pudo publicarse a causa de las leyes antijudías del Tercer Reich. Renovó sus votos temporales el 14 de septiembre de 1936. Durante la ceremonia, Edith afirmó: «cuando llegó mi turno para renovar mis votos, sentí que mi madre estaba cerca de mí, he experimentado claramente que estaba cerca de mí».​ Edith se enteró unos días más tarde que su madre había muerto en aquel mismo momento, lo que para ella fue un profundo consuelo.

El 21 de abril de 1938 Edith prometió los votos definitivos como carmelita. Ante el peligro de las leyes nazis, sor Teresa Benedicta de la Cruz pidió autorización para partir al Carmelo de Echt en Holanda, el 31 de diciembre de 1938.​ El 9 de junio de 1939 Edith Stein escribió su testamento, que —según Eduardo de la Hera— podría interpretarse como un presentimiento de su muerte. El 1 de julio de ese año, su hermana Rosa —también convertida al catolicismo— llegó al mismo Carmelo de Echt y profesó como terciaria carmelita. No había conseguido antes alojamiento en otro convento en Austria, por lo que pudo acompañar a Edith casi hasta la muerte.

Carmelo de Echt

El 31 de diciembre de 1938 fue enviada al Carmelo de Echt en Holanda. Las carmelitas de Colonia supusieron que, siendo Holanda neutral y país de refugiados políticos, Edith podría vivir allí segura. Edith Stein llegó al Carmelo de Echt, pero se había registrado en las oficinas de las autoridades de inmigración holandesas como judía. Estaba cada vez más preocupada por la suerte de sus amigos y su familia judía. Continuó con su trabajo, pero le pidió a su superiora «ofrecerse en sacrificio al Sagrado Corazón de Jesús por la verdadera paz». El 9 de junio de 1939 redactó su testamento, en el cual «imploraba al Señor que le quitara la vida» por la paz del mundo y la salvación de los judíos.​ La anexión de los Países Bajos por la Alemania nazi llevó a una situación cada vez más difícil a Edith Stein, sujeta a un estatuto especial a causa de su origen judío. Sin embargo, sor Teresa Benedicta de la Cruz siguió escribiendo de acuerdo con los deseos de sus superioras. Por ello fue descargada de sus trabajos manuales a principios de 1941. Para celebrar el cuarto centenario del nacimiento de san Juan de la Cruz, la hermana Teresa Benedicta de la Cruz empezó a estudiar su teología mística.

Stein había preparado la redacción de esta gran obra con un breve ensayo sobre la teología simbólica del Pseudo Dionisio Areopagita, una de las fuentes del pensamiento de san Juan de la Cruz. Trató de comprender en forma retrospectiva cómo algunos se las arreglaban para descubrir mejor a Dios a través de la creación, la Biblia y las experiencias de la vida, mientras que para otros estos mismos elementos permanecían completamente ocultos. Tituló su trabajo acerca de san Juan de la Cruz Scientia Crucis (La ciencia de la cruz). Hizo una síntesis del pensamiento del Carmelo español con su propio estudio sobre la persona humana, la libertad y la interioridad. Contrariamente a lo que se dijo, los últimos estudios grafológicos y literarios mostraban que el trabajo estaba terminado en el momento de la detención de Edith Stein. Es una síntesis de su trayectoria intelectual y espiritual. A través de la experiencia de san Juan de la Cruz, trata de encontrar las «leyes» generales del camino que puede seguir la interioridad humana para alcanzar el reino de la libertad: cómo lograr en sí mismo el punto central donde cada uno puede decidir con plena libertad. Sin embargo, Edith Stein intentó salir de Holanda para ir a un Carmelo en Suiza y vivir su fe sin la amenaza de los nazis, pero sus esfuerzos no tuvieron éxito debido a que se le negó el derecho a emigrar. Ella misma escribió en junio de 1942: «durante meses, pongo mi corazón en un pedazo de papel con las palabras de Cristo: "cuando os persigan en una ciudad, huid a otra"»

Detención y muerte durante el Holocausto

El 10 de mayo de 1940, las tropas de Hitler iniciaron la ocupación de los Países Bajos, cuyo gobierno capituló el 14 del mismo mes. Fue entonces cuando se estudió la posibilidad de trasladar a Edith Stein y a su hermana Rosa al Carmelo de Le Pâquier en Suiza. Edith escribió:

    Una scientia crucis —ciencia de la cruz— solo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz.
    Edith Stein

El 13 de enero de 1941 los obispos holandeses publicaron una carta pastoral en la que se mostraron contrarios a que los católicos pertenecieran al partido nazi. El 1 de septiembre entró en vigor un nuevo decreto nacionalsocialista con carácter policial por el cual todos los judíos de seis años o más, localizados en territorio alemán o bajo su dominio, debían aparecer en público llevando una insignia amarilla con la apariencia de una estrella de David y la palabra Jude —«judío» en idioma alemán— en su centro, cosida firmemente en la parte delantera izquierda de sus prendas.​ Edith y su hermana supieron de la medida en Maastricht y debieron adoptar esa insignia.​ Edith se abocó a escribir y, en el mes de noviembre, redactó una de sus obras más famosas, Ciencia de la cruz.

Dado el aumento del antisemitismo en los Países Bajos, los obispos holandeses decidieron, en contra del consejo de los mandatarios del país, condenar los actos antisemitas mediante la lectura durante la homilía de una carta pastoral en las iglesias el día 26 de julio de 1942. A raíz de esta carta, cuatro días después se publicó un decreto que mandaba arrestar a «los judíos de religión católica».​ En abril de ese mismo año, Edith y Rosa fueron «fichadas» por la Gestapo como represalia de los nazis a la misión pastoral de los obispos holandeses que se posicionaron en contra de la deportación de judíos; Edith Stein y su hermana fueron arrestadas el día 2 de agosto de 1942 por la Gestapo y llevadas con otros religiosos y religiosas al campo de concentración de Amersfoort y, días más tarde, al de Westerbork (Holanda).

Allí encontró a dos amigas e «hijas» espirituales, dos jóvenes judías que se habían convertido al catolicismo, Ruth Kantorowicz y Alice Reis. En el campo de Westerbork se encontró con otra gran mística judía del siglo xx, Etty Hillesum, que acababa de ser reclutada por el Consejo Judío del campamento para ayudar a confeccionar un registro. Esta última registró en su Diario la presencia de una monja carmelita con una estrella amarilla y de todo un grupo de hombres y mujeres religiosos que se reunían para rezar frente al siniestro decorado de los barracones.​

Posteriormente fue enviada al campo de exterminio nazi de Auschwitz, en Polonia. La ubicaron en el barracón 36 y fue marcada con el n.º 44 074.​ Llevaron a un grupo entre los que se encontraba Edith a un barracón «para ducharse», pero en realidad fueron gaseados con ácido cianhídrico. Según la lista 34 del Boletín Oficial del Ministerio de Justicia holandés publicada el 16 de febrero de 1950, Edith Teresa Hedwig Stein murió el 9 de agosto de 1942.​ Murió como judía y mártir de la fe católica a los 51 años de edad.​ La lista 86 del mismo boletín publicada el 4 de mayo de 1950 dató con idéntica fecha la muerte de su hermana Rosa.​ Los restos de la incineración de Edith Stein fueron arrojados en un campo cercano, pero se desconoce la ubicación exacta. Actualmente este lugar tiene hincadas gran cantidad de cruces que llevaban los peregrinos a ese lugar.​ Edith Stein fue una mujer culta y de gran inteligencia y ha dejado numerosos escritos doctrinales de gran relieve y profunda espiritualidad.

Reconocimiento póstumo

Beatificación y canonización

En 1962 se inició su proceso de beatificación, que culminó el 1 de mayo de 1987, cuando fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia. Teresa Benedicta de la Cruz era considerada por el catolicismo como una mujer hija de Israel, mártir por la fe en Cristo y víctima del exterminio judío, asesinada ex odio fidei —por odio a su fe católica—. Con su beatificación en la Catedral de Colonia la Iglesia católica honraba, como dijo el papa Juan Pablo II, «una hija de Israel, que durante las persecuciones de los nazis permaneció unida en la fe y el amor al Señor Crucificado, Jesucristo, como católica, y con su pueblo como una judía».​ En su homilía, Juan Pablo II mostró el importante reconocimiento del pueblo judío y de la tradición hebraica en la vida de Edith Stein. El papa Juan Pablo II canonizó a la judía, filósofa, monja, mártir y beata, Teresa Benedicta de la Cruz de la Orden del Carmelo Descalzo, el 11 de octubre de 1998 en la Basílica de San Pedro en Roma. Posteriormente fue proclamada copatrona de Europa el 1 de octubre de 1999.

El día 11 octubre de 2006, el papa Benedicto XVI bendijo una gran estatua de santa Teresa Benedicta de la Cruz situada en la parte exterior del ábside de la Basílica de San Pedro, en un nicho situado entre los patronos de Europa.​ Benedicto XVI también citó el ejemplo de Edith Stein en su discurso durante su visita a Auschwitz el 28 de mayo de 2006​ indicando que «aparece ante nosotros la cara de Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz, judía y alemana, que desapareció con su hermana, en el horror de la noche del campo de concentración nazi de Alemania; como cristiana y judía, aceptó la muerte con su pueblo y para el pueblo (...) pero hoy reconocemos con gratitud como testigos de la verdad y la bondad que incluso en nuestro pueblo no había desaparecido. Gracias a estas personas, que no estaban sujetas al poder del mal, y que ahora aparecen ante nosotros como luces en una noche oscura».

Dos motivos han sido propuestos para explicar la beatificación de Edith Stein: el primero es el reconocimiento de su vida virtuosa, el segundo es el martirio.​ Con la canonización de Edith Stein en 1998 surgió una controversia, ya que algunos criticaban al papa Juan Pablo II por querer «recuperar» el Holocausto a través de su canonización. Por ello, los líderes judíos criticaron al papa, pidiéndole que cancelase la canonización,​ viendo en ella un intento de lograr la «cristianización del Holocausto».​ Esta controversia se debía, en parte, a una mala interpretación del discurso del papa Juan Pablo II, que declaró: «con la celebración en adelante de la memoria de la nueva santa, no podemos, año tras año, no recordar el Holocausto, este plan feroz de eliminación de un pueblo que costó la vida de millones de hermanos y hermanas judíos».​ Algunos creyeron ver el establecimiento de un día conmemorativo del Holocausto y, sin embargo, resultó que nunca se estableció este día y que las observaciones pudieron haber sido debidas a sobreinterpretaciones.

Festividad

La festividad de Edith Stein se fijó para el 9 de agosto. La festividad tiene rango de «memoria» en la Orden del Carmelo, excepto en Europa en tanto que, como copatrona, para toda la Iglesia tiene el rango de «festividad». La fiesta de Edith Stein no se encuentra en los calendarios litúrgicos de referencia, ya que estos estaban editados antes de que fuera declarada copatrona de Europa.

Otros reconocimientos

En 2008 Edith Stein entró en el Walhalla, un memorial de las personalidades destacadas de la civilización alemana. La cadena de televisión pública alemana ZDF dedicó una emisión entera a Edith Stein en el programa Unsere Besten dedicado a los alemanes más importantes de todos los tiempos. En 1995 se hizo una película: La séptima morada, dirigida por Márta Mészáros, en la que Maia Morgenstern hizo el papel de Edith Stein.

En 2014, la parroquia de Bayeux adquirió una campana nueva, a la que llamaron Teresa Benedicta, en homenaje a Edith Stein.

Herencia

Teología de Edith Stein

Visión de la mujer

Edith Stein, desde muy pronto, estuvo muy marcada por su condición femenina. Primera mujer doctora en Filosofía en Alemania, se comprometió a defender personalmente la posibilidad de que las mujeres fueran a la universidad y enseñasen, a pesar de los muchos recelos de principios del siglo xx.

Con su conversión emprendió un camino diferente. Pensaba que las reclamaciones feministas no eran suficientes: era necesario desarrollar una teología católica de las mujeres, que es lo que ella hizo mediante numerosas conferencias en toda Alemania.​ Esta teología específica para las mujeres, que era prácticamente inexistente en la educación católica, la desarrolló Juan Pablo II en la carta apostólica Mulieris Dignitatem, en la que, al parecer, pudo haber sido influenciado por el análisis de Edith Stein.

Una serie de conferencias de Edith Stein en francés fueron agrupadas en un primer tomo de la colección La Femme et sa destinée, seguido por un libro, también en francés, titulado La femme. Estos libros abordan numerosos temas como la educación, su vocación y su estatus particular. A partir de un análisis filosófico, Edith Stein afirmaba la unidad de la humanidad, ya que una diferenciación de géneros la lleva a afirmar que la mujer tiene tres objetivos fundamentales: «el desarrollo de su humanidad, de su feminidad y de su individualidad». Se fundaba en la historia del Génesis y del Evangelio, enfoque que adoptó Juan Pablo II en su enseñanza, que toma a la Virgen María como modelo y afirma su papel esencial en la educación. Sin embargo, ella niega la posición de la época en la que se decía que las mujeres debían limitarse solamente a la esfera familiar y afirma que la vocación de la mujer puede tener una vida profesional: «el objetivo que consiste en el desarrollo de habilidades profesionales, objetivo al que es bueno aspirar con el interés de un saludable desarrollo de la personalidad individual, que también se corresponden con las demandas sociales que requieren la integración de las fuerzas femeninas en la vida del pueblo y del Estado».​ Esta afirmación es tanto más fuerte que considera una perversión de la vocación femenina la vida de las «jóvenes de buena familia, de las mujeres ociosas de las clases pudientes».

Stein afirmaba, apoyándose en santo Tomás de Aquino, que existen profesiones naturales de la mujer,​ basándose en las predisposiciones femeninas, predisposiciones que no impiden una singularidad y disposiciones particulares, como en los hombres. Afirmaba más adelante que «una auténtica profesión femenina es una profesión que permite que el alma femenina florezca plenamente».​ La mujer debe realizarse en su profesión mediante la búsqueda de lo que es lo máximo en su vocación. Debe asegurarse conservar una «ética femenina»​ en su profesión, tomando a la Virgen María como modelo de la mujer y de su destino.

Esta realización debe también comprender una misión espiritual de la mujer que se lleva a cabo mediante la vida en Dios, la oración y los sacramentos. Dentro de esta lógica, Stein critica la falta de formación dada a las mujeres y la falta de enseñanza del catecismo a ellas mismas, ya que la educación se focalizaba más enfatizando sobre la piedad.​ También afirmaba que «la fe no es una cuestión de imaginación, ni un sentido de piedad, sino una aprehensión intelectual». Advertió a las instituciones religiosas que en la educación religiosa a menudo se utilizan medios coercitivos para desarrollar la piedad. La fe solo puede obtenerse a través de la Gracia, que afirma la no necesidad tanto del control como del ejemplo en la educación de las jóvenes.

Visión del judaísmo

La visión del judaísmo de Edith Stein fue evolucionando a lo largo de toda su vida. Nacida en el seno de una familia judía, abandonó su fe y pasó a ser atea y, en todo caso, no practicante y agnóstica desde la adolescencia. Este ateísmo fue abandonado debido a su encuentro con Cristo. Esta conversión condujo a Edith Stein a una profundización de su fe, a realimentarse de sus raíces judías gradualmente y a expresar su fe cristiana de una manera original.

Edith Stein no renegó nunca de su origen judío y se tenía en cuenta siempre a sí misma como perteneciente al pueblo judío. Consideraba que Cristo fue un judío practicante, como sus discípulos de los primeros tiempos. Él es la misma Iglesia con el grupo de sus discípulos. La Iglesia debe ser plenamente consciente de este enraizamiento y del deber de ser solidaria con el pueblo judío perseguido.​ Esta reflexión y esta filiación fueron las que condujeron a Edith Stein a escribir al papa Pío XI acerca del antisemitismo​ y a actuar contra el mismo a lo largo de toda su vida.​ También reivindicaba su herencia judía, por ejemplo, en 1932. Durante una estancia en París, decía «con nosotros» o «nosotros» cuando hablaba de sus amigos filósofos judíos y lo haría de forma continua a lo largo de su vida.

En su obra Vida de una familia judía, que se presenta como autobiográfica, Edith Stein quiere, según el prólogo, conseguir una refutación del antisemitismo nazi a través de la presentación de la vida de su familia y sus amigos judíos, donde ella es totalmente solidaria, buscando la manera de hacer desaparecer los prejuicios antisemitas. Esta herencia es experimentada por Stein de una forma muy personal; Edith escribió en 1932: «yo había oído hablar de severas medidas adoptadas contra los judíos, pero en ese momento me vino de repente la idea de que Dios había puesto de nuevo su mano fuertemente en mi pueblo y el destino de las personas también era el mío».​ Escribió La oración de la Iglesia, donde reafirma el profundo vínculo, vital, entre el catolicismo y los judíos, y afirmaba que «Cristo rezaba a la manera de un judío piadoso, fiel a la Ley».​ Edith dice, con la misma lógica, que hay un rico pasado y presente de la liturgia judía, riqueza que prefigura la riqueza de la liturgia católica.

Finalmente en su muerte, que ella quiso vivir como un holocausto por «su pueblo», mostraba su profundo apego a la relación entre el cristianismo y el judaísmo. Sin embargo nunca renegó de su fe católica y se identificaba con Cristo, que murió por sus discípulos. Por eso, Stein hizo lo mismo, entrando en los campos como judía. El papa Juan Pablo II, en la homilía de la beatificación, afirmó que no hay contradicción en la fe de Edith Stein: «para Edith Stein, el bautismo cristiano no era una forma de romper con su legado judío. Por el contrario, dijo: "yo había renunciado a la práctica de la religión judía desde la edad de catorce años. Mi regreso a Dios me permitió sentirme judía de nuevo". Ella siempre fue consciente de que estaba obligada a Cristo no solo por la espiritualidad, sino también por la propia sangre. En los campos de exterminio murió como hija de Israel» para la gloria del Santísimo Nombre y, a la vez, como la hermana Teresa Benedicta de la Cruz, que viene a decir: «bendecida por la Cruz».

Teología de la Cruz

Stein desarrolló una espiritualidad particular en torno a la Pasión de Cristo. Desde el principio de su conversión fue golpeada por el misterio del sufrimiento a través de la muerte de su amigo Adolf Reinach. Descubrió cómo su joven viuda asumió la prueba mediante la esperanza cristiana. Una vez ingresada en el Carmelo, tomó el nombre de sor Teresa Benedicta de la Cruz, lo que demostraba la importancia en ella de la teología de la cruz. La redacción de La ciencia de la cruz sobre la espiritualidad de san Juan de la Cruz permitió a Edith Stein desarrollar una teología de la cruz. La Cruz es, según Edith Stein, «... la verdad enterrada en el alma como un grano de trigo que empuja a sus raíces y crece. Marca el alma con una impronta especial que determina su conducta, hasta tal punto que tanto que el alma irradia a su alrededor y da a conocer mediante su comportamiento». Para Edith Stein la ciencia de la cruz consiste en la imitación de Cristo, Varón de dolores.

El sufrimiento descrito por san Juan de la Cruz en La noche oscura del alma es una participación en la Pasión de Cristo y tiene «el más profundo sufrimiento, el del abandono de Dios». Juan de la Cruz dice que para entrar en «la riqueza de la sabiduría de Dios, es necesario entrar por la puerta: esta puerta es la cruz y es estrecha».

Para Edith Stein, la ciencia de la cruz es la posibilidad de unirse a Dios; el alma solo puede unirse a ella «si fue purificada previamente por un fuego de sufrimientos internos y externos y de acuerdo con los planes de la sabiduría divina. Nadie puede en esta vida entrar en este conocimiento, siempre limitado, de estos misterios, sin haber sufrido mucho». Estos sufrimientos eran considerados por Edith como «el fuego de la expiación». Jesús vino a la tierra a cargar con el fardo de los pecados del hombre. Los sufrimientos de Cristo a lo largo de su vida y acentuados en el Huerto de los olivos son el signo del dolor que siente en este abandono de Dios. La muerte de Cristo, la cima del sufrimiento, marcó también el final de su sufrimiento y la posibilidad de unión con el Amor eterno, la unión con la Santísima Trinidad.

Según Edith Stein, después de la noche oscura que es la purificación del corazón, el ser humano accede a la unión con Dios. Afirma también que «solo se puede adquirir la ciencia de la cruz si se empieza a sufrir verdaderamente el peso de la cruz. En un primer instante, tenía la convicción íntima y dije desde el fondo de mi corazón: Ave Crux, spes unica». Esta ciencia de la cruz condujo a Edith Stein a desear ofrecerse y sufrir en unión con Cristo. En 1930 escribió: «siento cómo es débil la influencia directa, que agudiza en mí el sentimiento de holocaustum personal.»

Filosofía de Edith Stein

Empatía

La empatía (o Einfühlung) es un término prestado por Husserl a Theodor Lipps para designar la experiencia intersubjetiva.​ Ella adoptó un punto de vista diferente al del filósofo Theodor Lipps.

La tesis de Edith Stein analiza la empatía como el don de la intuición y del rigor que permite captar lo que el otro vive en sí mismo. La empatía puede permitir a la persona humana, considerada como un universo en sí misma, enriquecerse y aprender a conocerse mediante el contacto con los demás. Por eso afirma:

        ... por la empatía puedo vivir los valores y descubrir los estratos correspondientes a mi persona, que no han tenido todavía la ocasión de ser desvelados por lo que he experimentado de forma original. Quien no haya visto el peligro encerrarse en sí mismo, puede mediante la situación del otro por la empatía, darse cuenta que él mismo es cobarde o valiente. Sin embargo, esto que contradice mi propia estructura de las experiencias, no lo puedo «llenar», pero puedo representármelo de forma vacía, abstracta.

Es la apertura a los demás, que permite de esta forma conocer mejor la realidad. Esto no se puede fundar únicamente sobre el yo para alcanzar el conocimiento, pero es necesario aceptar las cosas exteriores como son, abriendo así la puerta a un mayor conocimiento de las cosas, porque si no «nos encerramos en la prisión de nuestras particularidades».

(Santa Teresa Benedicta de la Cruz; Breslau, 1891-Auschwitz, 1942) Filósofa y religiosa alemana de origen judío que fue víctima de la barbarie nazi, tras producir importantes obras teológicas. Perteneciente a una familia judía, se convirtió al catolicismo, adoptando el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz al tomar los hábitos, y descubrió a Tomás de Aquino, Duns Escoto y San Juan de la Cruz. Su obra filosófica constituye un nexo fundamental entre el cristianismo y la fenomenología de Husserl, de quien fue discípula. Su tesis El ser finito y el ser eterno, escrita en 1933, no fue publicada hasta 1950.
Hija de una familia hebrea practicante, fue educada según las tradiciones de su pueblo y su religión; no obstante, pronto perdió la fe de sus antepasados, a pesar de lo cual conservó un ideal moral intenso. Sedienta de verdad, se dedicó todavía muy joven a los estudios filosóficos. Frecuentó la Universidad de su ciudad natal y las de Gotinga y Friburgo de Brisgovia. En esta última fue discípula del filósofo Edmund Husserl, y luego de haberse graduado en filosofía (1916), auxiliar del mismo durante breve tiempo.

Tras la muerte de un colega suyo, Adolf Reinach, vivió en casa de su viuda y se encargó de la ordenación de los textos del difunto. Allí se relacionó por vez primera con un cristianismo vivo, en el seno de una familia duramente probada por el dolor. El contacto con Max Scheler y, finalmente, la lectura de la Vida de Santa Teresa de Ávila la ayudaron a convencerse de la verdad del catolicismo. El primer día del año 1922 recibió el bautismo y asumió el nombre de Theresia Hedwig.

Entre 1923 y 1931 enseñó en el Instituto de Santa Magdalena de Speyer, perteneciente a la orden dominicana, y vivió junto a las monjas como una de ellas. En 1932 fue llamada al Instituto Germánico de Pedagogía Científica de Münster. Su actividad pública, sin embargo, se vio bruscamente interrumpida por el principio de la persecución contra los judíos, circunstancia que Edith Stein consideró propicia para la realización de un sueño acariciado hacía ya largo tiempo y para ofrecerse a Dios por la salvación de su pueblo; y así pidió, con una humildad conmovedora, ser admitida en el convento de carmelitas de Köln-Lidenthal. En el acto de la toma de hábito (abril de 1934) le fue impuesto el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.

Durante el período 1930-33 se había dedicado a los temas de pedagogía y formación femenina. Los textos de estos años, junto con un breve ensayo sobre Santa Isabel de Hungría, fueron reunidos en el volumen Formación y vocación de la mujer (1949). En el curso del primer año de vida carmelita escribió La oración de la Iglesia y El misterio de Navidad, dos interesantes opúsculos llenos de profundo y genuino sentimiento religioso. Luego, por consejo de sus superioras, compuso la monumental obra El ser finito y el ser eterno (1950), en la que examina todo lo creado e increado para llevar a cabo una síntesis entre Santo Tomás de Aquino y la filosofía moderna; en cuanto a esta última dio una preferencia singular a la ideología de la escuela fenomenológica de Husserl.
Cuando previó el recrudecimiento de la persecución contra los hebreos y advirtió el peligro que su presencia extrañaba para el cenobio, pidió ser trasladada al extranjero; la última noche del año 1938 fue acompañada por un médico amigo hasta la frontera de Holanda, país en el cual recibió acogimiento en el convento de Echt. Allí escribió su última y segunda gran obra: La ciencia de la Cruz (1950), interpretación de la mística de San Juan de la Cruz a la luz del método fenomenológico.

Pero antes de dar fin al manuscrito fue detenida el 2 de agosto de 1942 por la policía alemana (Holanda había sido, mientras tanto, invadida y ocupada), y obligada por la fuerza a salir de Echt. Llevada a primeramente al campo de concentración de Amerfoort y luego al de Westerbork, fue vista por última vez en la estación de Schifferstadt, en un vagón precintado, por una de sus alumnas, a la que dijo: "Saluda en mi nombre a las hermanas de Speyer y diles que me llevan hacia el Este..." El viaje terminó en el campo de Auschwitz y en la cámara de gas. En 1950 los editores Herder (Alemania) y Nauwelaerts (Bélgica) iniciaron conjuntamente la publicación, en cinco tomos, de las principales obras de la autora. Una interesante antología de las mismas vio la luz en Londres en una traducción inglesa de H. Graef (1956). Edith Stein fue beatificada en 1987 y canonizada en 1998 por Juan Pablo II.

San Pío X

San Pío X 

Giuseppe Sarto, así se llamaba, nacido en Riese  (Treviso) en 1835 de familia campesina, tras los estudios en el  Seminario de Padua fue ordenado sacerdote a los 23 años. Primero fue  vicepárroco en Tombolo, luego párroco en Salzano, después canónico de la  catedral de Treviso con el cargo de canciller episcopal y director  espiritual del Seminario diocesano. En estos años de rica y generosa  experiencia pastoral, el futuro Pontífice mostró ese profundo amor a  Cristo y a la Iglesia, esa humildad y sencillez y esa gran caridad hacia  los más necesitados, que fueron caractrísticas de toda su vida. En 1884  fue nombrado obispo de Mantua y en 1893 Patriarca de Venecia. El 4 de  agosto de 1903, fue elegido Papa, ministerio que aceptó con vacilación,  porque no se consideraba a la altura de una tarea tan elevada.

El  Pontificado de san Pío X ha dejado un signo indeleble en la historia de  la Iglesia, y se caracterizó por un notable esfuerzo de reforma,  sintetizada en el lema Instaurare omnia in Christo, “Renovar  todas las cosas en Cristo”. Sus intervenciones, de hecho, abarcaron los  diversos ámbitos eclesiales. Desde el principio se dedicó a la  reorganización de la Curia Romana; después dio luz verde a los trabajos  de la redacción del Código de Derecho Canónico, promulgado por su  sucesor Benedicto XV. Promovió, además, la revisión de los estudios y  del iter de formación de los futuros sacerdotes, fundando también  varios Seminarios regionales, equipados con buenas bibliotecas y  profesores preparados. Otro sector importante fue el de la formación  doctrinal del Pueblo de Dios. Desde los años en que era párroco había  redactado él mismo un catecismo, y durante el episcopado en Mantua había  trabajado para que se llegase a un catecismo único, si no universal, al  menos italiano. Como auténtico pastor, había comprendido que la  situación de la época, también por el fenómeno de la emigración, hacía  necesario un catecismo al que todo fiel pudiera referirse  independientemente del lugar y de las circunstancias de la vida. Como  Pontífice preparó un texto de doctrina cristiana para la diócesis de  Roma, que se difundió después en toda Italia y en el mundo. El Catecismo  llamado “de Pío X” fue para muchos una guía segura en el  aprendizaje de las verdades de la fe por su lenguaje sencillo, claro y  preciso y por su eficacia expositiva.

Notable  atención dedicó a la reforma de la Liturgia, en particular de la música  sacra, para llevar a los fieles a una vida de oración más profunda y a  una participación en los Sacramentos más plena. En el Motu Proprio Tra le sollecitudini (1903), afirma que el verdadero espíritu cristiano tiene su primera e  indispensable fuente en la participación activa en los sacrosantos  misterios y en la oración pública y solemne de la Iglesia (cfr ASS  36[1903], 531). Por esto recomendó acercarse a menudo a los Sacramentos,  favoreciendo la frecuencia cotidiana a la Santa Comunión, bien  preparados, y anticipando oportunamente la Primera Comunión de los niños  hacia los siete años de edad, “cuando el niño comienza a razonar”: dice así. (cfr S. Congr. de Sacramentis, Decretum Quam singulari : AAS 2[1910], 582).

Fiel  a la tarea de confirmar a los hermanos en la fe, san Pío X, frente a  algunas tendencias que se manifestaron en el ámbito teológico a finales  del siglo XIX y a principios del XX, intervino con decisión, condenando  el Modernismo, para defender a los fieles de las concepciones  erróneas y promover una profundización científica de la Revelación en  consonancia con la Tradición de la Iglesia. El 7 de mayo de 1909, con la  Carta apostólica Vinea electa, fundó el Pontificio Instituto  Bíblico. Los últimos meses de su vida fueron amargados por el estallido  de la guerra. El llamamiento a los católicos del mundo, lanzado el 2 de  agosto de 1914 para expresar “el acerbo dolor” de aquella hora, era el  grito sufriente del padre que ve a los hijos enfrentarse uno contra el  otro. Murió poco después, el 20 de agosto, y su fama de santidad empezó a  difundirse pronto entre en pueblo cristiano.

Queridos hermanos y  hermanas, san Pío X nos enseña a todos que en la base de nuestra acción  apostólica, en los diversos campos en que trabajamos, debe haber  siempre una íntima unión personal con Cristo, que hay que cultivar y  acrecentar día tras día. Éste es el núcleo de toda su enseñanza, de todo  su compromiso pastoral. Sólo si estamos enamorados del Señor, seremos  capaces de llevar a los hombres a Dios y abrirles a Su amor  misericordioso, y abrir así el mundo a la misericordia de Dios.

San Pío X (latín: Pius PP. X; Treviso, Reino de Lombardía-Venecia (actual Italia); 2 de junio de 1835-Roma, 20 de agosto de 1914) fue el 257.º papa de la Iglesia católica entre 1903 y 1914.
Su nombre secular fue Giuseppe Melchiorre Sarto, segundo hijo de los diez que tuvo el matrimonio de Giovanni Battista Sarto (1792-1852), de profesión cartero, y Margarita Sansoni, costurera (1813-1894). Fue bautizado el 3 de junio de 1835. Sus padres, si bien eran humildes, valoraban la instrucción.
Realizó sus estudios primarios en la escuela de su pueblo natal, recibiendo sus primeras lecciones de latín del párroco de esta. En 1846 comenzó la segunda enseñanza en el Liceo Classico de Castelfranco Véneto. El 20 de septiembre de 1850 fue tonsurado por el obispo de Treviso, quien le concedió una beca ese mismo año para ingresar en el seminario de Padua.
El 22 de diciembre de 1851 y el 6 de junio de 1857 recibió las órdenes menores; el 19 de septiembre de 1857, el subdiaconado; el 27 de febrero de 1858, el diaconado. El 18 de septiembre de este mismo año fue ordenado sacerdote en Castelfranco Véneto por Giovanni Antonio Farina, obispo de Treviso. Fue párroco de Tombolo (Treviso) hasta 1867, cuando fue nombrado arcipreste de Salzano y canónigo de la catedral de Treviso. Desde 1875 fue rector del seminario conciliar de esta ciudad, y en 1879 lo nombraron director espiritual del mismo y también canciller de la curia episcopal trevisana, examinador prosinodial y vicario capitular.
En 1884 el papa León XIII lo nombra obispo de Mantua.,​ el 10 de noviembre y 10 días después es consagrado por el cardenal Parocchi, Vicario General de Roma. León XIII en 1891 lo nombra asistente al trono pontificio y en el consistorio del 12 de junio de 1893 es creado Cardenal presbítero del título de San Bernardo en las Termas. Tres días después es promovido como patriarca de Venecia; una vez nombrado la toma de posesión se retrasó dado que el gobierno italiano que tenía derecho para nombrar al patriarca no aprobó esta designación debiendo esperar dieciséis meses para hacer efectiva la toma de posesión de su sede en el Patriarcado de Venecia.
El cónclave reunido a la muerte de León XIII duró cuatro días y fueron necesarias siete votaciones para llegar a un acuerdo.​ El cardenal Sarto fue elegido papa el 4 de agosto de 1903 y ello en segunda opción, pues dos días antes Jan Puzyna de Kosielsko, cardenal del título de Ss. Vitale, Gervasio e Protasio y príncipe-arzobispo de Cracovia, había presentado en el cónclave el veto de Francisco José I, emperador de Austria-Hungría, a la elección de Mariano Rampolla del Tindaro, cardenal del título de Santa Cecilia que había sido secretario de Estado de León XIII y que gozaba de las preferencias de los reunidos. A pesar de las protestas de la mayoría del cónclave por esa anacrónica (y no obstante canónicamente legal) intromisión, el cardenal Rampolla optó por retirar su candidatura y así evitar posteriores conflictos. Pío X fue coronado papa el 9 de agosto siguiente en la basílica de San Pedro por el cardenal Luigi Macchi, cardenal protodiácono de Santa Maria in Via Lata.
Gobernó la Iglesia católica con mano firme en una época en que esta se enfrentaba a un laicismo muy fuerte así como a numerosas tendencias del modernismo en los campos de los estudios bíblicos y la teología.

Introdujo grandes reformas en la liturgia y facilitó la participación del pueblo en la celebración eucarística. Permitió la práctica de la comunión frecuente y fomentó el acceso de los niños a la Eucaristía. Promovió mucho el estudio del catecismo y ordenó la confección del Código de Derecho Canónico (Codex Iuris Canonici). para reunir y unificar la legislación eclesiástica, hasta entonces dispersa.

El 20 de enero de 1904 había promulgado la constitución apostólica Commissum Nobis por la que se prohibían los vetos a la elección papal por parte de los estados que disponían de él como privilegio histórico. En este mismo año había relativizado el Non Expedit del beato Pío IX, con lo que se entreabría la puerta a la participación de los católicos italianos en los asuntos públicos de su país.

En 1905 denunció el Concordato que, bajo las condiciones draconianas impuestas por Napoleón, había firmado en 1801 la Santa Sede con Francia. Con esta denuncia el papado alcanzaba la total libertad de nombramiento de obispos en Francia, libertad de la cual, a pesar de los diversos regímenes que se habían sucedido en este país, en realidad jamás había gozado.
Falleció en Roma el 20 de agosto de 1914 a causa de un infarto agudo al miocardio, a los 79 años de edad, fue enterrado en las grutas vaticanas. En 1951 sus restos fueron trasladados a la Basílica de San Pedro, bajo el altar de la capilla de la Presentación, donde están expuestos a la veneración de los fieles. En su epitafio se lee: Su tiara estaba formada por tres coronas: pobreza, humildad y bondad.
Fue declarado beato el 3 de junio de 1951​ y canonizado el 3 de septiembre de 1954, por Pío XII en ambas ocasiones.
Encíclicas

    E supremi, sobre la figura del Romano Pontífice (4 de octubre de 1903)
    Ad diem illum laetissimum, conmemoración del quincuagésimo aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada concepción por el beato Pío IX (2 de febrero de 1904)
    Iucunda sane, conmemoración del XII centenario del papa san Gregorio I el Grande (12 de marzo de 1904)
    Acerbo nimis, sobre la enseñanza de la doctrina cristiana (15 de abril de 1905)
    Il fermo proposito, institución y desarrollo de la "Acción Católica" en Italia (11 de junio de 1905)
    Vehementer Nos, al pueblo francés, por la situación del catolicismo en su país (11 de febrero de 1906)
    Tribus circiter, condena de la pseudo-orden de los "Mariavitas" en Polonia (5 de abril de 1906)
    Pieni l'animo, sobre la situación del clero en Italia (28 de julio de 1906)
    Gravissimo officii munere sobre las asociaciones cátólicas en Francia (10 de agosto de 1906)
    Une fois encore, sobre la situación de la Iglesia Católica en Francia (6 de enero de 1907)
    Pascendi Dominici gregis, contra los errores del Modernismo (8 de septiembre de 1907)
    Communium Rerum, sobre san Anselmo de Aosta (21 de abril de 1909)
    Editae saepe, sobre san Carlos Borromeo (26 de mayo de 1910)
    Iamdudum, sobre la "Ley de separación" de Portugal 24 de mayo de 1911)
    Lacrimabili statu, sobre la situación de los indígenas en Sudamérica (7 de junio de 1912)
    Singulari quadam, sobre las organizaciones sindicales de los trabajadores (24 de septiembre de 1912)

Constituciones apostólicas

    Commissum nobis, por la que se reserva el derecho de elección papal al Sacro Colegio Cardenalicio sin injerencia alguna de poderes externos (20 de enero de 1904).

Exhortaciones apostólicas

    Haerent animo, dirigida al clero católico, con motivo de los 50 años de sacerdocio del papa (4 de agosto de 1908).

Motu proprio

    Tra le sollecitudini, sobre la música sacra (22 de noviembre de 1903).
    Sacrorum antistitum, juramento antimodernista(1 de septiembre de 1910) que debía ser pronunciado por clérigos y profesores de teología.

En la cultura popular y el cine
El papa Pío X fue interpretado por el actor Enrico Vidon en la película Gli uomini non guardano il cielo (Los hombres no miran al cielo). en un filme que retrata gran parte de su vida, su elección y ascenso al trono pontificio, sus ideas durante este y finalmente su muerte, la cual tuvo lugar en medio de su gran preocupación por la Guerra que se iniciaría apenas unas semanas después de su muerte. El último loop de la película muestra su antiguo sepulcro antes de su exhumación y traslado a la basílica de San Pedro donde está expuesto a la veneración.

Nacido en una familia pobre, humilde y numerosa, Giuseppe Melchiorre Sarto vino al mundo el 2 de junio de 1835 en Riese, Italia. Desde pequeño se mostró muy afanoso para los estudios, siendo esa inquietud la que le llevaría a aprovechar muy bien la enseñanza del catecismo. Por entonces, y desde que ayudaba al párroco como monaguillo, el travieso "Beppi" ya les decía a sus padres una frase que reiteraría con frecuencia: «quiero ser sacerdote». Con el tiempo este deseo que experimentó desde niño no haría más que afianzarse y madurar en un ardiente anhelo de responder al prístino llamado del Señor.

Así pues, en 1850 ingresaba al seminario de Padua, para ser ordenado sacerdote del Señor el 18 de setiembre de 1858. Su primera labor pastoral la realizó en la parroquia de Tómbolo-Salzano, distinguiéndose —además de su gran caridad para con los necesitados— por sus ardorosas prédicas. Por ellas el padre Giuseppe atraía a muchas "ovejas descarriadas" hacia el rebaño del Señor. Sus oyentes percibían el especial ardor de su corazón cuando hablaba de la Eucaristía, o la delicadeza y ternura cuando hablaba de la Virgen Madre, o recibían también sus paternales correcciones cuando se veía en la obligación de reprender con firmeza ciertas faltas o errores que deformaban la vida de caridad que debían llevar entre sí.

Ya desde el inicio de su sacerdocio Giuseppe daba muestras de ser un verdadero hombre de Dios. El fuerte deseo de hacer del Señor Jesús el centro de su propia vida y de la de aquellos que habían sido puestos bajo su cuidado pastoral, le llevaba a darlo todo y darse todo él a los demás. Ningún sacrificio era muy grande para él cuando la caridad así se lo requería.

Luego de trabajar en Treviso (1875 a 1884) como canciller y como director espiritual del seminario, el padre Sarto sería ordenado Obispo para la diócesis de Mantua. Como Obispo se distinguiría también —y de modo ejemplar— por la práctica de la caridad.

En 1893, León XIII le concedió el capelo cardenalicio y lo trasladó a Venecia. Al igual que en Tómbolo-Salzano, en Treviso y en Mantua luego, el ahora Patriarca de Venecia daría muestras de ser un celoso pastor y laborioso "jornalero" en la viña del Señor. En ningún momento cambió su modo de ser: siempre sencillo, siempre muy humilde, siempre ejemplar en cuanto a la caridad. Es más, a mayor "dignidad" dentro de la Iglesia (primero como obispo, luego como cardenal), mayor era el celo con el que se esmeraba en la práctica de las virtudes cristianas, especialmente en el humilde servicio para con quienes necesitasen —de una o de otra forma— de su pastoral caridad.

Al tránsito de S.S. León XIII, acaecido el 20 de julio de 1903, el Cardenal Giuseppe Sarto sería el nuevo elegido por el Espíritu Santo para guiar la barca de Pedro.


II. Su pontificado

Cuentan los hagiógrafos que, cuando al tercer día de Cónclave ninguno de los Cardenales alcanzaba aún la mayoría necesaria para su elección, el Cardenal Sarto hizo lo imposible —dicen que lloraba como un niño— por disuadir a los Cardenales electores de que no le tomasen en cuenta, cuando cada vez más miradas empezaron a volverse hacia este sencillo "Cardenal rural" (como le gustaba decir de sí mismo). Así pues, repentinamente lo imprevisto e inesperado —¡para él y para todos!— comenzaba a vislumbrarse en el horizonte: la posibilidad —para él "el peligro"— de ser él el elegido para suceder a León XIII en la Cátedra de Pedro.

Muchos, incluso aquellos que hasta entonces no le habían conocido aún muy bien, comprendieron que detrás de la sencillez y sincera humildad de este hombre —que tanto se negaba a la posibilidad por sentirse tan indigno— se hallaba una enorme potencia sobrenatural, así que, dóciles a las mociones del Espíritu divino, terminaron dándole a él su voto.

El Cardenal Sarto, luego de esta votación, se supo incuestionablemente llamado y elegido por Dios mismo: con docilidad, aceptó su evidente designio —expresado por la votación del colegio Cardenalicio reunido en Cónclave—, y pronunció estas palabras: «Acepto el Pontificado como una cruz. Y porque los Papas que han sufrido por la Iglesia en los últimos tiempos se llamaron Pío, escojo este nombre».

Al pronunciar su "sí", lleno de la humilde consciencia de su propia pequeñez e insignificancia, el Cardenal Giuseppe Sarto respondía decidida y fielmente al llamado que Dios le hacía. Desde ahora, como Papa, su vida estaría plenamente asociada al sacrificio del Señor en la Cruz, y él —asociándose amorosamente a su Cruz— manifestaba su total disposición para servir y guiar al rebaño del Señor hacia los pastos abundantes de la Vida verdadera. Su más hondo anhelo, aquél que como un fuego abrasaba su corazón, quedaría expresado en la frase-consigna de instaurarlo todo en Cristo: «¡Omnia instaurare in Christo!». Ése era el celo que consumía su corazón, celo que le impulsaba a querer «llevar todo el mundo al Señor». Con este fuego interior buscaría, pues, avivar también el ardor de muchos de los corazones de los hijos e hijas de la Iglesia, para, de este modo, llevar la luz y el calor del Señor al mundo entero.


Programa Pontificio

Su "programa pontificio" no buscaba ser otro que el del Buen Pastor: empeñado seriamente en alimentar, guiar y custodiar al humano rebaño que el Señor le encomendaba, así como buscar a las ovejas perdidas para atraerlas hacia el redil de Cristo.

En este sentido su primera encíclica nos da una muy clara idea de lo que el santo Papa buscaría desarrollar a lo largo de todo su pontificado:

E supremi apostolatus cathedra... eran las primeras palabras de esta "encíclica programática", en la que comenzaba compartiendo los temores que le acometieron ante la posibilidad de ser elegido como el próximo timonel de la Barca de Pedro. El no se consideraba sino un indigno sucesor de un Pontífice que 26 años había gobernado a la Iglesia con extraordinaria sabiduría, prudencia y pastoral solicitud: S.S. León XIII.

Una vez elegido, no le cabía duda alguna de que el Señor le pedía a él sostener firmemente el timón de la barca de Pedro, en medio de una época que se presentaba como muy difícil. En la mencionada encíclica su diagnóstico aparecerá muy preciso y certero: «Nuestro mundo sufre un mal: la lejanía de Dios. Los hombres se han alejado de Dios, han prescindido de Él en el ordenamiento político y social. Todo lo demás son claras consecuencias de esa postura».

Considerando estas cosas, el Santo Padre lanza entonces su programa. En él recuerda a todos, como hombre de Dios que es, que su misión es sobre todo la de apacentar el rebaño de Cristo y la de hacer que todos los hombres se vuelvan al Señor, en quien se encuentra el único principio válido para todo proyecto de convivencia social, ya que Él, en última instancia, es el único principio de vida y reconciliación para el mismo ser humano. Sentada esta sólida base, proclamó nuevamente en esta encíclica la santidad del matrimonio, alentó a la educación cristiana de los niños, exigió la justicia de las relaciones sociales, hizo recordar su responsabilidad de servicio a quienes gobiernan, etc.

La fuerza con la que S.S. Pío X quería contar para esta monumental tarea de instaurarlo todo en Cristo era la fuerza de la santidad de la Iglesia, que debía brillar en cada uno de sus miembros. Por eso llamó a ser colaboradores suyos, en primer término, a los hermanos en el sacerdocio: sobre todo en ellos —por ser "otros Cristos"— debía resplandecer fulgurante la llama de la santidad. Llamados a servir al Señor con una inefable vocación, habían de ser ellos los primeros en llenarse de la fuerza del Espíritu divino, pues "nadie da lo que no tiene", ¿y cómo podrían ellos, los especialmente elegidos para esa misión, instaurarlo todo en Cristo si no era el suyo un corazón como el corazón sacerdotal del Señor Jesús, ardiente en el amor y en la caridad para con los hermanos? Sólo con una vida santa podrían sus sacerdotes ser portadores de la Buena Nueva del Señor Jesús para todo su Pueblo santo.

Recordará entonces que es competencia de los Obispos, como principales y últimos responsables, el formar este clero santo. ¡Este era un asunto de la mayor importancia!, y por ello los seminarios debían ser para sus Obispos como "la niña de sus ojos": ellos deben mostrar un juicio certero para aceptar solamente a quienes serán aptos para cumplir con perpetua fidelidad las exigencias de la vocación sacerdotal; han de brindarles una preparación intelectual seria; han de educar a sus sacerdotes para que su prédica constituya un verdadero alimento para los feligreses, y para que sean capaces de llevar adelante una catequesis seria para alejar la ignorancia religiosa de los hijos de la Iglesia; han de enseñarles —con el ejemplo— a vivir una caridad pastoral sin límites; han de educarlos en el amor a una observante disciplina; y como fundamento de todo, han de habituarlos a llevar una sólida y profunda vida espiritual.

El Santo Padre, para esta gran tarea de renovación en Cristo, fijó sus ojos asimismo en los seglares comprometidos: siempre fieles a sus obispos, los exhortaba a trabajar por los intereses de la Iglesia, a ser para todos un ejemplo de vida santa llevada en medio de sus cotidianos afanes.


Un impulso renovador

La fuerte preocupación del Papa por la santidad de todos los miembros de la Iglesia es lo que le llevaría a impulsar algunas reformas al interior de la misma.


El clero. Ya hemos hablado de la honda preocupación que sentía el Santo Pontífice por la santidad de los sacerdotes. Él mismo, con el ejemplo, se esforzó porque los clérigos cumpliesen cuidadosamente con las obligaciones propias de su estado, respondiendo de la mejor manera posible al don recibido de lo Alto, por la imposición de manos del Obispo. El sentido del deber y el ardiente amor al Señor debían llevarles a asumir con radical amor y fidelidad sus responsabilidades, y ése precisamente era el testimonio que él mismo daba a los clérigos. A esta preocupación se debió la reforma de los seminarios, así como la institución de numerosas bibliotecas eclesiásticas.

Música sagrada y liturgia. Es conocido el gran amor por la música sagrada que desde niño acompañaba al Santo Padre, cosa que se manifestó también inmediatamente en su pontificado: famoso es el Motu proprio que firmaba ya a los tres meses de su elección. En él daba a conocer algunas normas que renovaban la música eclesiástica. Su Santidad Pío X promovió, asimismo, la reforma de la liturgia de las horas.

El "Papa de la Eucaristía". Su gran amor a la Eucaristía y la conciencia del valor de la Presencia Real del Señor Jesús en el Santísimo Sacramento le llevaron a permitir la comunión diaria a todos los fieles, así como a cambiar la costumbre de la primera comunión: en adelante los niños podría recibir el Santísimo Sacramento cuando tuviesen ya uso de razón, a partir de los 7 años.

En 1905 la Sagrada Congregación del Concilio abría las puertas a la Comunión frecuente. La razón de esta disposición, promovida por el Santo Padre, la encontramos en estas palabras: «La finalidad primera de la Santa Eucaristía no es garantizar el honor y la reverencia debidos al Señor, ni que el Sacramento sea premio a la virtud, sino que los fieles, unidos a Dios por la Comunión, puedan encontrar en ella fuerza para vencer las pasiones carnales, para purificarse de los pecados cotidianos y para evitar tantas caídas a que está sujeta la fragilidad humana».

El Catecismo de San Pío X. Cuando niño Guiseppe había experimentado el gran beneficio de nutrir la fe —por medio de una buena enseñanza del catecismo— con las verdades reveladas y confiadas a la Iglesia para su custodia e interpretación. Sólo de este modo la persona, encendido el corazón en la verdad divina, podría vivir de acuerdo a ella en su vida cotidiana. Así, pues, como sacerdote, como obispo y luego como Papa, hizo todo lo posible por impulsar la enseñanza del Catecismo y por mantener la pureza de la doctrina. Bien sabía el Santo Padre que apartar la ignorancia religiosa era el inicio del camino para recuperar la fe que en muchos se iba debilitando y perdiendo incluso.

Siempre apacentando la grey del Señor y velando por la pureza de la doctrina cristiana, S.S. San Pío X debió actuar con firmeza ante el modernismo. Importante en este sentido es la publicación del decreto Lamentabili (julio de 1907) por el que condenaba numerosas tesis exegéticas y dogmáticas —influenciadas por aquella herejía de moda—, y su encíclica Pascendi (setiembre de 1907) por la que condenaba otras tesis modernistas.

Un nuevo Código de Derecho Canónico. Cuando era obispo en Mantua, mons. Sarto ya se había manifestado como un jurista de peso. Por entonces publicó diversos artículos sobre la materia. En Venecia, como Patriarca, fundó en aquella diócesis una Facultad de Derecho. Elegido Papa, vio la necesidad y conveniencia de elaborar una nueva codificación de las leyes canónicas, adecuada a las circunstancias concretas que por entonces se vivían. Esta labor monumental, a la que daría impulso a pocos meses de iniciado su pontificado, hallaría su culminación recién el año 1917, bajo el pontificado de S.S. Benedicto XV.

Empuje misionero. Su gran celo por difundir el Evangelio de Jesucristo a los que aún no lo conocían le llevó a dar un gran impulso a la actividad misionera de la Iglesia. En esta misma línea, incentivó la formación de seminarios regionales.

Otras iniciativas. Entre otras iniciativas el Papa Pío X impulsó una reforma de la curia romana, encomendó la revisión de la Vulgata a los benedictinos (1907), fundó el Pontificio Instituto Bíblico en Roma (1909) y dio inicio a la publicación de la llamada Acta Apostolicae Sedis (1909), que aún hoy es la publicación oficial que trae los documentos pontificios.


Firmeza en la persecución

Durante su pontificado se consuma en Francia (1905) la separación de Iglesia y Estado. Éste sería un capítulo muy doloroso para el Santo Padre. Sin transigir en lo más mínimo ante las presiones de un Estado que quería subyugar a la Iglesia de Cristo, alentó a sus pastores y demás fieles franceses a no temer ser despojados de todos sus bienes y derechos. El Papa sufrió mucho por esta nueva persecución desatada contra la "hija predilecta", la Iglesia de Francia, y se conmovió hondamente por la respuesta de fiel adhesión de los obispos.

Años después aquél mal ejemplo sería seguido: en España (1910) y en Portugal (1911) también se daría la definitiva separación entre la Iglesia y el Estado.


Propulsor de la paz ante los sucesos mundiales

S.S. San Pío X anhelaba la paz mundial, y sabía que sólo en Cristo ésta podía ser verdadera y duradera. Fue su más ardiente deseo el ayudar a evitar la primera gran guerra europea, que él veía venir con tanta claridad: mucho tiempo atrás, había predicho que estallaría en 1914. «Gustoso daría mi vida, si con ello pudiera conseguir la paz en Europa», había manifestado en una oportunidad.

El 2 de agosto de 1914, ante el inminente estallido de la guerra, el Santo Padre instaba —en un escrito dirigido a los católicos de todo el mundo, y como un último y denodado esfuerzo por obtener el don de la paz— a poner los ojos en Cristo el Señor, Príncipe de la Paz, y a suplicarle insistentemente por la paz mundial.


Ejemplo de virtudes

Humilde, muy humilde era aquel Papa que en su "Testamento espiritual" dejaría escrito a sus hijos e hijas: «Nací pobre, he vivido pobre, muero pobre». Se trataba, ciertamente, de una pobreza que iba más allá de lo puramente material: Giuseppe Sarto, dentro de los designios Divinos elegido sucesor de Pedro para gobernar la Iglesia del Señor, jamás se aferró a seguridad humana alguna, viviendo el desprendimiento en grado heroico, apoyado siempre en una total confianza en la Providencia divina.

A no pocos edificó su admirable testimonio de caridad y de amor al prójimo. Cuando a su puerta tocaba alguien que necesitaba de su ayuda, renunciaba incluso a lo que él necesitaba para alimentarse: su magnanimidad no tenía límites.

Sobrio y frugal en las comidas; amante de la limpieza y del orden; sencillo en sus vestidos; para nada amigo de recibir aplausos: así se mostró siempre Guiseppe, primero como presbítero, luego como Obispo y Cardenal, y también como Sucesor del Apóstol Pedro.


Modelo de un sacerdote dedicado al estudio y a la autoformación

Algunos sostienen que por la extrema modestia que mostraba se difundió la idea de que S.S. San Pío X, si bien era un hombre santo, era poco inteligente o no estaba muy bien preparado: hablaba siempre tan convencido de su propia insignificancia, de su falta de preparación, de su "condición rural", que muchos llegaron a tomarlo en serio. Sin embargo, la evidencia histórica muestra que la realidad estaba muy distante de aquella falsa idea.

El seminario de Padua conoció en Guiseppe a un joven bien dotado y muy aprovechado en los estudios: fue el más destacado alumno de su tiempo. Y si bien es cierto que a sus posteriores éxitos académicos —que también los tuvo— siguieron dieciocho años de intensa tarea pastoral, el Padre y luego Obispo Sarto nunca escatimó en recortar incluso algunas horas de descanso para dedicarlas al estudio: a costa de exigencia personal y disciplina jamás abandonó su propia formación, tan necesaria para nutrir su fe y para mejor poder responder a su misión de ser luz para los demás, maestro de la verdad. Los sermones, las conferencias, sus cartas pastorales, el mismo trato con las gentes, eran diversas ocasiones que le exigían gran dedicación en este importante asunto, y él así lo comprendió.

Además, dotado naturalmente con una insaciable curiosidad intelectual, ésta le llevaba a estudiar, escuchar, y buscar conocer. Años de formación en el silencio acompañaron su ministerio, iluminándolo, nutriéndolo, enriqueciéndolo, siempre abriéndole los horizontes para mejor conocer y comprender a aquellos a cuyos corazones quería acceder para iluminarlos con la verdad de Jesucristo, y ganarlos para Él.

En este sentido hay que añadir también que ya como Obispo y Cardenal era muy conocido por su versado manejo de la Sagrada Escritura y de los Padres de la Iglesia.


Su amor a la Madre del Señor

Santa María estaba muy presente en el corazón de este Santo Papa: le gustaba llevar entre manos el santo Rosario. Diariamente visitaba la gruta de Lourdes, en los jardines Vaticanos. Interrumpía cualquier conversación para invitar a sus interlocutores al rezo del Angelus.

Como preparación inmediata para el acontecimiento del 50 aniversario de la proclamación de la Inmaculada Concepción publicó su encíclica Ad diem illum.


Un Papa elevado a los altares

Su tránsito a la Casa del Padre acaeció un 20 de agosto de 1914, poco antes del estallido de la llamada "primera guerra mundial". Muchos ya en vida, sin duda impresionados por esa personalidad serena con la que transparentaba el amor del Señor, y que él hacía tan concreto y cercano a todos, no dudaban en llamarlo "Papa santo". Con su característica sencillez y humildad, sin dejarse impresionar por tal calificativo, y haciendo uso de un juego de palabras, respondía con mucha naturalidad a quienes así lo llamaban que se equivocaban por una letra: «No "Papa santo" —decía él—, sino "Papa Sarto"».

Lo cierto es que a S.S. Pío X se le atribuyeron ya en vida muchos milagros. Asimismo, testimonios abundantes concordaban en afirmar que tenía el don de penetrar en lo más secreto de los corazones humanos, y de "ver" lo que en ellos había.

El 14 de febrero de 1923 se introducía su causa de beatificación, iniciándose un largo y exigente proceso que duraría hasta el 12 de febrero de 1951. En aquella fecha memorable el censor (quien hacía las veces de "fiscal") se hincaba a los pies de S.S. Pío XII para certificar que luego del rigurosísimo proceso podía pasarse a su beatificación, cuando Su Santidad así lo dispusiese. Estas fueron las emotivas palabras que, luego de su informe, pronunció el censor:

«Permitidme, pues, Beatísimo Padre, que, postrado humilde a sus pies, añada también mi petición, yo que procuré cumplir fielmente el cargo de censor que se me había encomendado; impulsado por la verdad, juzgo saludable y oportunísimo, y lo confieso abiertamente, que este ejemplo puesto auténticamente en el candelabro ilumine con el multiforme esplendor de sus virtudes no sólo a los fieles, sino también a los que viven en las tinieblas y en la sombra de la muerte, y los atraiga y conduzca al reino de la verdad, de la unidad y de la paz».

S.S. Pío X fue elevado a los altares el 29 de Mayo de 1954, y de este modo, podemos decir, su ardiente deseo de instaurarlo todo en Cristo se prolonga, por su luminoso testimonio de vida y por su intercesión, por este y los siglos venideros.