martes, 23 de mayo de 2017

Feria arteBA

Entrevista a Julia Converti, gerente general de la Feria arteBA

En la víspera de una nueva feria

Entre mañana y el sábado se llevará a cabo en La Rural la Feria de Arte más importante del país y con mayor proyección internacional. El público podrá acercarse para saber más sobre arte contemporáneo, ver obras de maestros y de artistas jóvenes.


–¿Cómo está arteba? No solo la feria en sí misma sino también las actividades complementarias.
–arteBA está a punto de inaugurar un 2017 sin respiro; tenemos la Feria; arteBA Revista –una publicación semestral de arte argentino contemporáneo–, arteBA Focus –nueva plataforma de exhibición y venta de arte argentino del segundo semestre– y su programa de becas y estímulos a la producción artística –Premio arteBA Adriana Hidalgo de ensayo crítico; Programa de residencias artísticas Gasworks-URRA; Programa federal Relieves Experiencias artísticas en territorio que organizamos junto al Ministerio de Cultura de la Nación y una nueva edición de las clínicas de coleccionismo federal impulsadas por Alejandro Ikonicoff, quien le ha pasado la posta a Alejandro Londero, joven coleccionista cordobés.Todo este calendario de actividades de la Fundación nos permite continuar trabajando junto a los distintos actores del medio en el fortalecimiento del sistema artístico local y en la proyección internacional de la producción artística argentina. 
¿Que supone esta nueva edición en el contexto actual del arte argentino?
–Es una edición clave de arteBA porque sucederá en un año de gran trascendencia del arte argentino a nivel internacional. Esto sin duda pone la atención en nuestra escena y valoriza la producción artística local en el mundo. El año comenzó con la importante plataforma argentina en ARCO Madrid y continúa con Claudia  Fontes  representando al país en la Bienal de Venecia, junto a cuatro artistas más que participaran de la exposición general (Liliana Porter, Martín Cordiano, Nicolás García Uriburu, Sebastián Díaz Morales), Marta Minujín con el Partenón de libros en la Documenta de Kassel y una importante participación argentina en el Pacific Standard Time (PST) / LA LA (Los Angeles, septiembre 2017). En la edición 26 de arteBA el público podrá participar, de manera libre y gratuita, del ciclo que se hará eco de estos acontecimientos: Art Conversation del Open Forum dará voz a estas artistas en conversaciones íntimas sobre sus proyectos artísticos. Mientras el arte argentino tiene esta presencia durante el 2017 en el mundo, parte del mundo vendrá a arteBA: galeristas y artistas de veinte países visitarán Buenos Aires para participar con sus propuestas expositivas en la feria; vendrán coleccionistas, curadores y directores de museos de Europa, EEUU y Latinoamérica para formar parte de los programas de coleccionismo, del programa Networking para profesionales del medio artístico local e internacional y el Programa de adquisición de museos. Toda esta presencia del mundo es lo que hace que arteBA pueda ofrecer una plataforma internacional colocando al país en un contexto global y permitiendo al público conocer más sobre la producción artística de otras latitudes. 
¿Cuáles son los puntos fuertes y las novedades de esta edición? 
Contaremos con la presencia de más de noventa galerías de veinte países que estarán participando tanto de nuestra Sección Principal como de las secciones curadas de la feria: Alemania, Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, España, Estados Unidos, Francia, Japón, Kosovo, México, Perú, Portugal, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Vamos a presentar nuevas propuestas artísticas, nuevos curadores y, por primera vez, el protagonismo de un tema: El Futuro. Dos importantes programas de arteBA continuarán las reflexiones que propuso la sección editorial de los 2 primeros números de nuestra revista, para continuar la discusión desde otros soportes. El Futuro se abordará desde lo expositivo en Dixit, curado por Sarah Demeuse y Javier Villa, y desde el debate en el Prime time del Open Forum bajo la coordinación de Agustín Pérez Rubio. Otra importante novedad de este año es el lanzamiento del Performance Box, una nueva sección de la feria, que gracias a la Bienal de Performance y al apoyo de ArtexArte, ofrecerá un programa de artistas en vivo y una selección de videos curada por Rodrigo Alonso.  
Un recorrido por la nueva edición.
En la Sección Princial habrá 54 galerías, seleccionadas por un comité integrado por Ana María Battistozzi, Orly Benzacar, Ignacio Liprandi, Eduardo Brandão y Sabine Schmidt. Los Special Project Patio Bullrich, son propuestas con acento curatorial de un máximo de tres artistas cada uno. Podemos seguir por los dieciseis artistas destacados que presentarán los Cabinet AA2000, seleccionados por Ana María Battistozzi, José Luis Blondet y Luiza Teixeira de Freitas. A quien le interese una mirada sobre la tendencia internacional del arte, le sugiero adentrarse en la selección que hizo Chris Sharp para la sección U-Turn Project Rooms by Mercedes-Benz, que presentará artistas de 16 galerías del exterior que vienen desde, por ejemplo, Alemania, Francia, EE.UU., Kosovo, Tokio. Para saciar el interés sobre la actualidad del arte latinoamericano, la selección de nueve artistas que hizo Sofía Hernández Chong Cuy para la sección Solo Show Zurich, resulta el lugar indicado. Y para aquellos que desean conocer la producción más joven y talvez iniciarse en el coleccionismo, Barrio Joven Chandon será la oportunidad ideal, con dieciseis propuestas de galerías emergentes de toda la argentina y del exterior que seleccionaron Raúl Flores y Miguel López. En el marco de todo este cuerpo expositivo, el visitante podrá disfrutar de Isla de Ediciones que gracias al apoyo de Fundación Proa y con la curaduría de Gaston Pérsico, Cecilia Szalkowicz y Mariano Mayer, presentará una selección de títulos sobre arte contemporáneo y proyectos editoriales independientes.
¿Cuáles son las expectativas?
Cada año logramos ofrecer mejores propuestas de arte en la feria y cada vez más público se acerca a los pabellones de La Rural con la curiosidad de conocer más sobre arte contemporáneo, ver de cerca importantes piezas de los maestros del arte y conocer a algunos de los artistas más jóvenes. Aunque todavía queda mucho por delante, ha crecido sin duda el público local e internacional que se interesa por el arte, lo que hace que muchos se animen en arteBA a comprar su primera obra. En este sentido arteBA busca poder ofrecer en sus distintas secciones arte de diversos precios, para distintos públicos.

XIII Encuentro Metropolitano de Tango de Rosario

XIII Encuentro Metropolitano de Tango de Rosario

Construir desde el presente

Leonel Capitano, Masmédula, La Biaba, Juan Iriarte fueron algunos de los nombres que animaron este festival, una experiencia que sirve como fotografía del estado actual del género en la ciudad, con sus virtudes, sus tensiones, su potencial y sus obstáculos.


¿Alcanzan tres jornadas para sintetizar un festival de más de 15 días de duración? PáginaI12 asistió el fin de semana pasado al XIII Encuentro Metropolitano de Tango de Rosario y la experiencia sirve para dar con una buena fotografía del estado actual del género en la ciudad, con sus virtudes, sus tensiones, su potencial y sus obstáculos. Desde el viernes al domingo por el escenario del Galpón 11 pasó media docena de grupos rosarinos y santafesinos dedicados a revigorizar el tango con nuevas composiciones o reinterpretaciones de trabajos de sus contemporáneos. Hubo algún que otro clásico, claro, pero a la hora de versionar los músicos locales prefirieron a Julián Peralta o a Ramiro Gallo antes que a los bronces de la historia. Primera señal, el viernes y con Masmédula primero, La Biaba después, de las ganas de construir desde el presente que tienen los músicos de la ciudad.
Esto tenía su correlato entre el público, verdaderamente joven (no esa generosa entelequia que insiste en la “juventud” tanguera con medio siglo entre pecho y espalda). No es que el ambiente rosarino del tango se componga exclusivamente por sub35. Una pasada rápida el domingo a la tarde por la Casa del Tango local mostraba un promedio de edad bastante más alto. Son, sencillamente, quienes más se sintieron motivados por la programación que propuso el festival para enfrentar el frío que cayó junto al río. Y también quienes más sufrieron las pérdidas de espacios milongueros en el último año.
La noche del sábado puso en escena esas tensiones. Literalmente, pues varios de los grupos de la velada dedicaron su actuación a La Chamuyera, un reducto histórico del circuito rosarino que cerró el año pasado, cuando tras una larga disputa con los vecinos el conflicto escaló hasta que desde un edificio cercano les revolearon una botella que dio en la cabeza de una chica y la dejó en silla de ruedas. En otro caso reciente, hace poco más de un mes inspectores municipales clausuraron el bar El Olimpo a instancias de un cura de la cuadra. El dueño decidió cerrar definitivamente las puertas del bar, harto del hostigamiento y así se perdió otro lugar para la cultura rosarina (pues en el Olimpo no sólo se bailaba tango, también había otros géneros y actividades).
De esa segunda jornada vale destacar el set corto pero efectivo de Juan Iriarte y las cuerdas del más allá, que llevó a todos a bailar en el áspero piso de cemento que propuso la municipalidad (“por suerte este finde tiraron un poco de talco para poder resbalar”, comentó a PáginaI12 una milonguera). A Iriarte se le nota su cabida entre el público local, que se explica por su repertorio atractivo, muy bailable y por su carisma arriba del escenario. Su “hit” parece ser “Los pasillos de La Tablada”, con el que cerró su actuación de sábado y de domingo. 
La figura central de la programación, sin embargo, fue Leonel Capitano, un histórico del nuevo tango canción rosarino, dedicado desde hace 20 años a renovar el género y referente local. Fue Capitano quien asumió en su extensa presentación la responsabilidad de destacar la pérdida de espacios como La Chamuyera. “Era más que un espacio físico, era una construcción cultural que vamos a mantener viva en tanto y en cuanto sigamos juntos”, animó al recordar su habitual lugar “de recalada”. Capitano fue también quien verbalizó el derrotero de los grupos actuales en Rosario al hablar de la “encomiable misión de traer el tango desde el presente, al nuevo siglo”. Más allá de la paradoja de ofrendar su actuación a una milonga con un repertorio poco bailable, Capitano consiguió mantener el interés gracias a una generosa circulación de músicos invitados, compañeros en distintas etapas de su camino. Tras el cierre de Capitano volvió la milonga a la pista del Galpón 11, que se extendió hasta las primeras horas de la madrugada con un DJ con buen criterio para mechar en tangos clásicos y actuales.
El domingo hubo una grilla más corta, con el regreso de Juan Iriarte, pero con otra formación, “Los cuadrados del tango”, siguiendo la consigna oficial de incorporar ritmos litoraleños a la velada (chamamé principalmente, pero también otros como el rasguido doble). Nuevamente Iriarte confirmó su cabida entre el público, que bailó prácticamente todo su set tanguero y acompañó con entusiasmo el folklórico. Iriarte además destacó al pianista Joel Tortul, a quien incluso concedió el escenario para que tocara su chamamé “La Chacarita” (dedicado a su barrio en un pueblo vecino de Rosario). Tortul se presentará con su propio cuarteto mañana, en la jornada de cierre del Encuentro con el quinteto de Agustín Guerrero y la potente orquesta típica local Utópica.
El tango actual de Rosario, salta a la vista, no sufre por falta de sangre nueva, pues tiene músicos y milongueros con ganas de sobra. Lo que evidencia el Encuentro Metropolitano son las dificultades que atraviesan esos espacios, una cuota de apertura en algunos sectores milongueros y la necesidad de recuperar pistas y escenarios para que quienes están puedan desarrollarse y mostrarse con mayor frecuencia. Aun así, Rosario se confirma como una plaza vigorosa en el circuito tanguero que se extiende más allá de la General Paz.

"La causa justa" - Cristian Palacios

La causa justa, en Espacio Lavallén

El honor y la muerte

Hay dos protagonistas en La causa justa, y eso que es un unipersonal. Una es la metáfora política y la otra la técnica actoral. Basada en un texto del siempre provocador Osvaldo Lamborghini, la obra que dirige Cristian Palacios –adaptación y versión suya y de Mariano Bassi, el actor– ocurre en los años 80, en el contexto de la Guerra de Malvinas. Sin referencias directas a ningún contexto político, lo narrado parece transcurrir en un ámbito privado, circunscripto a una anécdota puntual, que tiene la particularidad de ser atractiva para ser contada pero no mucho más. Sin embargo, ya sea por imágenes, por reflejo o por una actitud corporal, la realidad argentina se cuela todo el tiempo, con tal maestría y sutileza que el espectador saldrá de la sala incluso sin darse cuenta del todo de eso.  
El personaje es el ingeniero japonés Tokuro, que en “la gran llanura de los chistes”, como llama a la Argentina, quiere ir en busca del “honor perdido”. Implacable y combativo, Tokuro obligará a otro de los personajes a que le practique sexo oral a un tercero, luego de lanzar esa amenaza en forma de chiste. Tokuro no entiende cómo es que en esta tierra no se respeta la literalidad de las promesas o los dichos y entonces pone al hombre en un dilema fatal: o cumple con sus palabras o muere.  
Si la causa a la que refiere el título de la pieza es un guiño irónico a la guerra no es algo que se dirá ni quedará explícito, aunque resulte lo más probable. De lo que no hay dudas es de que algo quiere decirle Tokuro al argentino cuando asegura que “en llanura chistes terminan con muertos”. Como en un llamado para hacerse cargo (del voto, de las promesas de campaña, de lo que cada espectador quiera imaginar), el japonés enfrenta al argentino a su miseria diciéndole “vos pediste esto, acá lo tenés”.
Pero Tokuro no es el único que inquieta ni tampoco el director que pone en escena todo eso, ni el propio autor. También –y sobre todo– lo hace Bassi con su actuación, un trabajo quirúrgico y revelador como otros pocos en la cartelera porteña actual, que desafía al público a la siempre díficil tarea de no poder dejar de mirar. Con varios personajes en poco menos de una hora, el actor recorre  cuerpos y decires de una manera exquisita, que es a la vez forma y contenido de todo aquello otro que se quiere decir.
Eugenio Barba, que hace poco estuvo en la Argentina, escribió en su libro La canoa de papel que hay dos tipos de actores: uno “aparentemente menos libre”, que “modela su comportamiento escénico según una red de reglas bien experimentadas que definen o un estilo o un género codificado”, y otro que “no tiene un repertorio de reglas taxativas a respetar” y que “debe construírse él mismo las reglas sobre las cuales apoyarse”. El primero tiene mayor libertad artística, ya que puede elegir entre las posibilidades que conoce, en tanto el segundo queda preso de la arbitrariedad. Siguiendo esa lectura, Bassi es un actor del primer tipo. Uno que con la técnica condensa todo: la metáfora, la palabra y el hacer.

"Gran Reserva" - Les Luthiers

Gran Reserva, una antología de Les Luthiers disfrutable de principio a fin

El dolor de cara, síntoma de felicidad

En su 50º aniversario, el Conjunto de instrumentos informales recorre obras que van de 1975 a 2008, una cabalgata de grandes aciertos que conjuga su capacidad para el humor físico y verbal con su excelencia como músicos. Y por supuesto, Mastropiero dice presente.


Al salir a la fresca de la Avenida Corrientes, el espectador descubre un problema: la cara duele. No hay fisonomía que resista hora y media de risa permanente, y no hay espíritu que no agradezca la existencia de Les Luthiers, que cumple cincuenta años con el flamante Princesa de Asturias en la vitrina pero con el premio aún más valioso de un Gran Rex atestado, de pie, enrojeciendo las palmas, rendido una vez más ante la inoxidable genialidad del Conjunto de instrumentos informales. Acaba de sonar “El explicado”, esa especie de “Satisfaction” luthier que suele aparecer en el bis “fuera de programa”; los hombres de smoking saludan en el escenario y la atronadora ovación expresa el deseo colectivo de subirse ahí a abrazarlos y darles las gracias por tanto. ¿Suena excesivo? No. Son Les Luthiers.
Gran Reserva, el espectáculo número 37 que se estrenó en Buenos Aires l fin de semana –con el acostumbrado paso previo por Rosario–, viene con certificado de garantía: tratándose de una antología que recorre obras de 1981 a 2008, no puede fallar. La revisita más lejana es a ese “gato con explicaciones” de Cantalicio Luna estrenado en el Recital ‘75, y que sirve como ejemplo de cómo uno puede ver y escuchar la obra por enésima vez y seguir partiéndose de risa. Es que Carlos López Puccio, Jorge Maronna, Marcos Mundstock y Carlos Núñez Cortés peinan canas pero no pierden la garra y las ganas. Es que Martín O’Connor y Horacio Tato Turano encajan a la perfección en los engranajes de la maquinaria, y así las obras se encargan del resto. No es, además, un espectáculo cualquiera. Es el del 50º aniversario, es el primero estrenado tras la partida de Daniel Rabinovich (y aunque es imposible no extrañar a Neneco, O’Connor ciertamente la rompe), es un repaso de obras históricas con grandes aciertos y nada que pueda entenderse como “de relleno”.
Quizá haya fans de Mastropiero que nunca (1977) y Les Luthiers hacen muchas gracias de nada (1979) que tengan ganas de protestar, pero es una pérdida de tiempo (y quien haya visto Chist! en 2011 recordará el rescate de “La bella y graciosa moza marchóse a lavar la ropa”). Y no hay reclamo posible cuando reaparece “La hora de la nostalgia” (El reír de los cantares, 1989) y Mundstock hace delirar al teatro convertido en el legendario José Duval, estrella del “mmmmmmmusic hall” que a la hora de recordar lo ha olvidado casi todo. O cuando López Puccio se mete en la piel del antropólogo austro-húngaro Heinrich Laszlo para su conferencia “Música y costumbres de Makanoa” (Por amor al arte, 1983), la isla plagada de cocos que es un paraíso... fiscal. O el pasaje de cánticos religiosos de “San Ictícola de los peces” (Unen canto con humor, 1994), con Maronna metido en el Bajo Barríltono y sus acólitos rezándole a un santo que finalmente no propicia la pesca sino que protege a los peces. O “Ya no te amo, Raúl” (Los Premios Mastropiero, 2005), con O’Connor haciendo malabarismos verbales para pasar al masculino una canción compuesta para la pobre Guadalupe Luján, que sufre una “indisposición permanente” que le impide llegar al escenario.
Y en todo juega, claro, el código compartido con un público agradecido y fiel. Después de la música de cámara de TV en “Entreteniciencia familiar” (con el aporte de Norma Aleandro para la voz en off que intenta adivinar lo que toca el Collegium Armonicum) y “Lo que el sheriff se contó” –de Todo por que rías, 1999–, basta que se encienda una luz cenital, Mundstock se instale con su carpeta roja y diga “Cuando Johann Sebastian Mastropiero...” para que la sala se venga abajo. Hay allí una feliz coincidencia, una identificación instantánea producto de años y años de cariño hacia el compositor estrella (do) de Les Luthiers: ese nombre pronunciado por esa voz solo puede ser el preludio de otro momento de disfrute. Mastropiero aporta aquí cosas como “Perdónala” (el “bolérolo” algo misógino de Unen canto con humor), la misma “Ya no te amo, Raúl” y “Quien conociera a María amaría a María” (Viegésimo aniversario, 1987), la “canción con mimos” en la que López Puccio y Mundstock se deshacen en posturas ejemplificatorias de lo que canta Maronna, hasta que el jefe de escena Francisco García termina saboteando todo.
Pero como si los textos y performances no alcanzaran, en Gran Reserva de pronto suceden cosas que vienen a recordar que Les Luthiers son, sobre todo, músicos excepcionales. Si Núñez Cortés ya hace magia con la marimba de cocos en “Makanoa”, su dueto de piano y bolarmonio con Maronna en “Rhapsody in balls” (Lutherapia, 2008) es un pasaje de pura excelencia musical, un “handball blues” en el que no hacen falta las palabras para desatar la enésima ovación. Por el escenario desfilan las maquiavélicas invenciones que hacen al grupo, el Bass–Pipe a vara, el Gom-Horn da testa, el Cellato, la Guitarra Dulce, la Manguelódica Pneumática. Y cuando resuenan esas perfectas armonías vocales se recuerda que todo este asunto comenzó con un encuentro de amigos en el coro de la Universidad de Buenos Aires.
Más de cincuenta años después de aquel encuentro de voces y almas, del impulso fundacional de Gerardo Masana, de I Musicisti y de ese debut de 1967 con Les Luthiers cuentan la ópera, los hombres de smoking vuelven a salir al escenario a producir el milagro de un espectáculo único en el mundo. Y la gente termina ganando la calle con dolor de cara, ese síntoma de la felicidad.

"La memoria de los huesos" - Facundo Beraudi

Facundo Beraudi y su documental La memoria de los huesos

“Nos movimos con mucho respeto”

El cineasta abordó el trabajo del prestigioso Equipo Argentino de Antropología Forense focalizando sobre algunos casos puntuales. El EAAF es reconocido en todo el mundo por su eficacia para la identificación de personas desaparecidas.


El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) nació en 1984, cuando la democracia era incipiente y todavía lo sucedido durante la dictadura cívico-militar no estaba tan asimilado por la sociedad argentina como lo está en la actualidad. Surgió luego del asesoramiento del prestigioso antropólogo forense estadounidense Clyde Collins Snow y de Eric Stover –entonces director del Programa Ciencia y Derechos Humanos de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia–, quienes llegaron a la Argentina para realizar los primeros trabajos con profesionales argentinos. En sus inicios, el EAAF estaba compuesto por cinco personas. Dueño de un prestigio mundialmente reconocido, en la actualidad el EAAF tiene más de sesenta integrantes –entre los cuales también hay médicos, odontólogos forenses, biólogos y genetistas–, y su labor ha sido requerida en decenas de países. El EAAF es el primer equipo de antropología forense de América latina que comenzó a buscar la identidad de las personas desaparecidas a través de un método que consistía en la aplicación de técnicas de la arqueología y que se fue mejorando con los nuevos avances de la ciencia: a fines de los ‘80 se produjo un cambio enorme cuando se descubrió que se podía identificar a personas con el ADN de los huesos –la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo fue fundamental desde el inicio– comparándolo con el de familiares directos, algo que hasta entonces sólo podía hacerse con tejido blando. Desde hace 32 años, sus integrantes trabajan excavando la tierra para encontrar la memoria en los huesos y poder darles a los familiares de los desaparecidos la posibilidad de reencontrarse con los restos de sus seres queridos. Una tarea tan científica como humana.
Precisamente La memoria de los huesos se titula el documental de Facundo Beraudi, que se estrena este jueves y que no narra la historia del EAAF sino que focaliza en la labor de sus integrantes y en determinados casos. Hacer esta película era una deuda pendiente de este realizador con la historia. Cuando Beraudi tenía cinco años, se exilió con su familia en España, luego de que sus padres fueran amenazados por la Triple A en 1974. Beraudi creció escuchando historias durísimas de los amigos de sus progenitores. Un día llegó la noticia de que un amigo de la familia y muy querido por Beraudi, Benito Urteaga, había muerto en un enfrentamiento con los militares. “La chispa de la película prende en un interés mío por la década de los 70 durante la dictadura argentina”, reconoce el propio cineasta en diálogo con PáginaI12. Es que el exilio marcó su historia.
El caso concreto de abordar, el tema del EAAF, surgió como consecuencia de un trabajo que le habían encargado. En Barcelona le encomendaron la investigación para un reportaje documental sobre los desaparecidos catalanes durante la dictadura argentina. Esa investigación lo llevó tras la pista de Manuel Coley Robles, un obrero de Barcelona que había desaparecido en octubre de 1976 y sus restos fueron encontrados treinta años después en un cementerio en las afueras de Buenos Aires. Manuel fue el primer español desaparecido por la dictadura argentina en ser identificado. Y el trabajo de exhumación e identificación de los restos fue hecho por el EAAF. “Cuando hice esto llegué a ver a Luis Fondebrider. Le dijimos que estábamos muy interesados en hacer algo sobre el Equipo. Nos impresionó mucho el trabajo que hace y nos impresionó mucho conocerlo, además del perfil bajo que ellos tienen. Como habíamos entreabierto esa puerta creíamos interesante poder seguir”, explica Beraudi sobre el origen de La memoria de los huesos. Este documental de observación, que formó parte de la Competencia de Derechos Humanos del Bafici 2016, sigue el trabajo minucioso del EAAF y, lejos de la terminología técnica en que podría haber incurrido un film de estas características, es más bien un seguimiento observacional, donde no faltan los momentos emotivos. Beraudi centraliza su película en tres historias de búsqueda por parte de familiares. Dos suceden en la Argentina: David Toubes busca a su padre y Rosaria Valenzi busca a su hermana, cuñado y sobrina. Pero el documental no enfoca sólo en la Argentina sino que acompaña hasta El Salvador a los antropólogos, donde se conoce la historia de Roxana Mejivar, cuya madre murió en el bombardeo del ejército durante la Guerra Civil salvadoreña (1980-1992).
 –¿Fue una decisión a priori centralizar la observación en el trabajo que ellos realizan antes que en los propios miembros del EAAF?
–Lo que tiene de bueno que se tarde en hacer un documental es que la película va cambiando y se va puliendo durante todo ese tiempo. Primero apuntábamos a hacer una película más técnica o científica. Rápidamente nos fuimos dando cuenta de que eso era muy poco humano y poco personal. Si nosotros retratábamos únicamente el trabajo del equipo le iba a faltar algo. Enseguida nos dimos cuenta de que necesitábamos el otro lado para explicar bien esa historia. Los miembros del EAAF nos abrieron las puertas desde un principio, pero es complicado porque a muchos lugares no podíamos ir.
–¿Cómo pensó en narrar el encuentro de los familiares con los restos de sus seres queridos?
–Eso se fue dando. Dentro de todo este proceso que nosotros hicimos pasaron ciertas cosas que no sé si se debían a que nosotros nos armamos de paciencia, pero sabíamos que estábamos trabajando con un tema delicado. Y no es fácil ir a tocar la puerta de alguien a la hora de llegar a los familiares. Por otro lado, el EAAF, por una cuestión de confidencialidad, nos avisó desde un primer momento que el contacto con los familiares lo íbamos a tener que buscar nosotros. Ellos no nos podían decir: “Mirá, tenemos una hipótesis sobre un cuerpo, apellidado tal”. Nosotros lo entendimos inmediatamente porque eso quizás era levantar falsas expectativas en alguien. La segunda dificultad que se nos presentó fue cómo narrar todo el periplo que ocurre entre que ellos buscan a un desaparecido,    lo encuentran, lo identifican y lo restituyen. Era imposible elegir un personaje o unos restos y decir: “Vamos a esperar”. Hubieran pasado años. Entonces, ahí encontramos la forma de contarlo como si fuera un rompecabezas con las partes: la búsqueda y la restitución tenían que estar. El gran problema de hacerlo como un puzzle era cómo encontrábamos el momento en el que a una persona le restituían los restos de un familiar. Al final, esa parte la encontramos de casualidad. Estábamos rodando los treinta años del EAAF y cuando terminamos de filmar se nos acercó un hombre de unos cuarenta y pico de años, se nos puso hablar, interesado por lo que estábamos haciendo. Esta persona que se nos acercó resultó ser David Toubes, que estaba buscando a su padre desde hacía décadas. Nos pusimos a hablar y en esos días le habían avisado que habían identificado los restos de su padre.
–¿Tuvo algún límite al momento de filmar los lugares donde trabajaba el EAAF?
–No me puse ningún límite concreto en ese momento. Sí me pongo límites en mi carrera. Cuando filmo tengo ciertos límites y hay cosas que no me interesan grabar. No es grabar por grabar todo. De todas maneras, la entrada a los sitios, a los cementerios y verlos a ellos trabajar fue algo a lo que nos tuvimos que ir acostumbrando. Ya entrar a un cementerio con palas para excavar una fosa o estar en el medio del monte en El Salvador con los familiares creaba un ambiente bastante particular. La forma de moverse dentro de esos ambientes era lo que nosotros teníamos que tener claro. Y creo que es lo que hicimos bien. Nosotros nos movíamos con mucho respeto. Por eso también el documental tardó tanto tiempo en hacerse: no queríamos apretar tuercas. Son ambientes muy delicados, sobre todo cuando están los familiares.

Festival de Cannes

Films de Michael Haneke, Bruno Dumont y Claire Denis en el Festival de Cannes

Acento francés en todas las secciones

En Happy End, el director de Amour volvió a convocar a Jean-Louis Trintignant e Isabelle Huppert. Por su parte, Dumont presentó un musical fuera de norma sobre la infancia de Juana de Arco, mientras Denis hizo lucir a Juliette Binoche y Gérard Depardieu.

 “Alrededor nuestro, el mundo; y nosotros, en el medio, ciegos.” La cita, de tintes shakespearianos, funciona como la única sinopsis oficial de Happy End, el nuevo film de Michael Haneke, el director austríaco que ayer volvió una vez más al Festival de Cannes, donde ya ganó en dos oportunidades la Palma de Oro, con La cinta blanca (2009) y Amour (2012).
Desde mucho antes de su proyección, se especulaba en el Palais des Festivals sobre la posibilidad de que Haneke pudiera batir su propio récord aquí en la Croisette, con una tercera Palme d’Or, pero la recepción de su nueva película no fue precisamente entusiasta. Aunque la última palabra la tiene por supuesto el jurado, presidido por Pedro Almodóvar.
A esta “instantánea de una familia burguesa europea”, como la definió el propio Haneke, no le falta elenco, con Jean-Louis Trintignant e Isabelle Huppert nuevamente como padre e hija, tal como lo eran en Amour. Aquí sin embargo no se trata de una familia de artistas sino de acaudalados empresarios, inmersos en una realidad de la cual no parecen tomar nota. Todo a su alrededor se desploma, metafórica y literalmente, como se ve en una de las primeras escenas, en la que un inmenso muro de una obra en construcción, perteneciente al grupo familiar, se viene abajo, sepultando a uno de los trabajadores. Pero el clan Laurent está distraído con otros problemas: el alcoholismo del hijo de Huppert; los intentos de suicidio de su padre, que no soporta la vejez; y las tendencias homicidas de su sobrina, una pre-adolescente que le da un uso muy particular a las pastillas antidepresivas de su madre.
Film solemne, deliberadamente ambicioso y coral, con infinidad de personajes que van aportando sus figuras al complejo tapiz, Happy End se pretende como una suerte de Götterdämmerung, una caída de los dioses pero con un tono sardónico que proviene de su mismo título. ¿Cuál podría ser acaso el final feliz para esta familia? Aquí el contexto ya no es el del Tercer Reich de la película de Luchino Visconti, sino la actualidad de la ciudad de Calais, que provee esos inmigrantes de piel oscura que de pronto se filtran en el mundo impoluto de los Laurent, tan siniestramente blanco como la tez de Huppert.
No muy lejos de allí, en la arenosa región norte de Francia donde nació y en la que filmó prácticamente toda su obra, Bruno Dumont rodó a su vez la que puede llegar a ser –lo que no es decir poco– su película más controvertida, Jeannette, presentada en la sección paralela Quincena de los Realizadores. Todos sabemos cómo terminó la vida de Juana de Arco, consumida por las llamas, pero poco y nada se sabe de su infancia y primera juventud, antes de que encabezara el ejército francés que hacia 1430 logró expulsar a los invasores británicos. Ese despertar místico, mientras la niña Jeannette llevaba a pastar a sus ovejas, es el que ahora cuenta Dumont, pero lo hace de un modo tan original como irreverente y a la vez genuino: como un musical. Claro, tratándose de Dumont no es un musical cualquiera, por más que sea all singin’ all dancin’. Empezando por el hecho de que el director de Flandres y La humanidad convocó a gente común, niñas y jóvenes esencialmente, que no son actores, ni cantantes, ni bailarines…
El resultado es la vez sorprendente, gracioso y por momentos también conmovedor. Y para algunos franceses, quizás sacrílego, considerando el carácter de santa de esta figura, uno de los pilares de la identidad nacional. Sin embargo, nada más lejos de la idea de herejía que esta Jeannette, concebida con la misma austeridad de un retablo medieval, sin otra escenografía que la naturaleza misma, y con un espíritu ingenuo que le aporta mucha de su verdad. Lo que no quiere decir que Jeannette no sea una película furiosamente contemporánea: lo es, entre otras razones, porque la música de un tal Igorrr (así, con tres erres) abarca un espectro tan amplio que es capaz de ir de Scarlatti al death metal y al rap en una misma canción.
La Quinzaine tiene otros dos títulos franceses de primera línea en su selección de este año. Uno es Un beau soleil intérieur, de Claire Denis, con Juliette Binoche en uno de sus mejores trabajos en los últimos años, y casi un cameo de Gérard Depardieu en la última escena, que es también una de las más notables de una película a la que no le faltan buenos momentos. La directora de Beau Travail y 35 rhums encara aquí el día a día de una mujer madura, atractiva, independiente, pero terriblemente frágil en lo emocional. Está separada, pero sigue viendo a escondidas a su ex marido y padre de su hija, como si fuera un amante. Y al mismo tiempo busca el amor en un actor y un banquero (a cuál peor), que claramente no son para ella, como le explica el personaje de Depardieu, una suerte de tarotista charlatán que le recomienda estar “open” (así, en un macarrónico inglés) mientras le sugiere estar atenta a ese “bello sol interior” del título. Triste y a la vez divertida, ligera y al mismo tiempo profunda, la nueva película de Denis (que ya tiene distribución asegurada en Argentina) quizás no esté a la altura de sus obras maestras pero es cine del mejor nivel.
Algo similar sucede con L’Amant d’un jour, de Philippe Garrel, un veterano de la generación post-nouvelle vague que sigue teniendo un pulso impecable para contar pequeñas historias de amor en blanco y negro, de las que en Argentina se vieron, entre otras, El nacimiento del amor (1993) y Los amantes regulares (2005). También presente en la Quinzaine, como su film inmediatamente anterior, A la sombra de las mujeres (2015), el nuevo Garrel cuenta –un poco como el coreano Hong Sang soo– siempre la misma historia, la de un desencuentro amoroso. En este caso, el de profesor de Filosofía que se enamora de una estudiante que tiene la edad de su hija, quien a su vez se muda con ellos después de pelearse con su novio. Nada más, pero tampoco nada menos, considerando que en el guión colabora por primera vez con Garrel el legendario Jean-Claude Carrière y en la fotografía está el exquisito Renato Berta. Cartel francés para Esther Garrel, la nueva revelación de la familia: nieta de Maurice y hermana de Louis, dos tremendos actores, la hija menor del director Philippe le hace honor al apellido con una interpretación y una fotogenia fuera de norma.

Arriba esas palmas

El escenario fue el Café des Palmes, en el cuarto piso del Palacio de los Festivales, lo que le dio un carácter oficial al encuentro. Allí, en la tarde del domingo, Thierry Frémaux (en representación del Festival de Cannes), Jerôme Paillard (por el Marché du Film), Ralph Haiek (presidente del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales) y Bernardo Bergeret (gerente de Relaciones Internacionales del Incaa) firmaron la renovación del acuerdo para la continuidad del mercado latinoamericano Ventana Sur, un emprendimiento conjunto que ahora tiene asegurada su continuidad hasta el 2020. Por el lado argentino, Haiek resaltó el hecho como una política de Estado, que fortalece un espacio que ha ido creciendo desde su creación en 2009, y Frémaux, a su vez, ratificó que también se mantendrá e incluso ampliará la Semana del Festival de Cannes que se desarrolla simultáneamente en el Cine.Ar Gaumont, en la primera semana de diciembre. “Buenos Aires es la única ciudad del mundo en la que presentamos esta muestra”, señaló el director del festival. También destacó la fortaleza del cine argentino contemporáneo, que este año tiene dos películas en la sección oficial Un Certain Regard: La cordillera, de Santiago Mitre, con Ricardo Darín, y La novia del de- sierto, ópera prima de Cecilia Atán y Valeria Pivato, que se verán a partir de mañana.

lunes, 22 de mayo de 2017

BUENOS AIRES> Raúl Soldi en Glew

BUENOS AIRES> Raúl Soldi en Glew

La Sixtina rural

Veintitrés veranos, trece pinturas, a menos de cuarenta kilómetros de Buenos Aires. Una escapada a conocer la parroquia Santa Ana, centro de un circuito centrado en la figura del artista, que se hermana con el legado de otro prolífico trabajador de la pintura y la cerámica toscana.


“La tela en blanco me da miedo”, decía Raúl Soldi en una entrevista para la televisión a comienzos de los años noventa. Transitaba ya los últimos años de su vida y su bigote cano y los gruesos lentes le daban carácter a este hombre de gesto manso, que dejó un profundo trazo en la pintura argentina. Y si la tela en blanco supo darle miedo, qué habrá sentido aquel día a comienzos de los años cincuenta cuando se permitió extender el paseo por el pueblo de Glew un poco más allá de las manzanas por las que se solía mover, y se topó las paredes interiores de la Capilla Santa Ana: completamente blancas, puras y enormes. Quién sabe qué sensación habrá sido la de ese momento. Lo que sí sabemos es que hoy, a 64 años del inicio de la obra, la parroquia guarda uno de los legados más importantes para la pintura religiosa del país a solo un paso de la Capital Federal.
WELCOME TO “GLU” Apenas llegados al pueblo vamos directamente al centro de la visita: la capilla Santa Ana. Luego haremos un paso, por supuesto, por el resto de los sitios satélite que conforman el circuito dedicado (y creado por) Raúl Soldi en Glew. Pero comenzamos por la capilla donde nos espera María Inés Salvador, guía voluntaria del templo. Es ella quien, desde el camposanto que rodea a la antigua construcción de ladrillo, sentencia: Glew fue “Glu”. Y claro, la historia lo explica. El origen de este poblado –que supo ser plenamente rural, pero que hoy quedó prácticamente unido por paisaje urbano con la capital– tiene raíces en aquel primer dueño de todas las tierras de la zona, un inglés apellidado Glew, que pronunciaban “glu”. Durante un buen tiempo así se lo llamó al pueblo, hasta que la castellanización venció a la fonética.
A fines del siglo XIX en esta zona de cielo abierto comenzó la construcción de la parroquia, que se inauguró finalmente en 1905. Aunque aquí los términos se usen casi como sinónimos, esta capilla recién adquirió status de parroquia en 1957. Es decir, cuando la aventura de un pintor que se había enamorado del pueblo (y que también había nacido en 1905) ya había comenzado. Raúl Soldi llegó a Glew después de un recorrido formativo en Europa, de donde había vuelto en 1933. Una invitación casual terminaría por marcar su vida, su obra y hasta su legado. Por un convite (“para un asadito” como lo recordó él mismo) a pasar un domingo en casa de amigos de su esposa, descubrió este pueblito de calles de tierra, carruajes y volantas tan pintorescas. El enamoramiento evidentemente fue a primera vista, y se quedó por estas calles. “En realidad, pasó varios años sin cruzar la vía –aclara María Inés, mientras caminamos hacia la entrada de la parroquia–; él se movía siempre del otro lado. Una vez que cruzó, descubrió este edificio”. Y allí, la escena de las paredes blancas, lo inmenso. Por qué no, el miedo.
LA OBRA EN SANTA ANA En 1953, Soldi dio la pincelada inicial en las paredes de la capilla. Así como Miguel Ángel comenzó en 1508 con sus frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina, en el Vaticano; con humildad y persistencia el argentino debutó ese año con el primero de los 23 veranos que le dedicaría a este edificio bonaerense. Aquí no se elegiría ningún Papa, ni habría cónclaves determinantes para Occidente. Aquí, las gallinas entraban por la puerta principal y saltaban de banco en banco mientras el maestro pintaba.
El recorrido por el interior, que une la sencillez con lo cándido de las obras, comienza por la izquierda, siguiendo la línea cronológica por donde comenzó su trabajo. Sin pensamos que entre las primeras pinturas y las últimas pasaron más de dos décadas, a la mirada de hoy la totalidad de los muros se encuentra en un muy buen estado y no es fácil adivinar sus diferencias de épocas. El primero es Los trabajos domésticos de Santa Ana, el único trabajado con la técnica es “fresco al seco”. Acercando la cara al muro las marcas de punzones en los trazos aparecen con claridad. A partir de allí, la enorme mayoría de las pinturas fueron hijas de una misma técnica: el fresco tradicional, al modo del Renacimiento.
La historia de Santa Ana va narrándose en los pinceles de Soldi en una galería inmóvil que sigue contando día a día ante cada visitante. La reconciliación de Santa Ana y San Joaquín, Nacimiento de María, Infancia de la Virgen María y más. Así van apareciendo, entre los motivos religiosos y ciertos personajes con estilos renacentistas, los toques locales (“las licencias del maestro”, dice María Inés), y hasta detalles pintados con oro y láminas de piedra. El propio Soldi explicó que quiso contar la historia de Santa Ana como si hubiera ocurrido en Glew. “Pinté figuras que son vecinos de ahí, pinté al padre Jerónimo, a mis dos hijos, que me ayudaban un poco, pinté a la cocinera del cura, a la amiga de mi mujer, incorporé volantas, caballos, y hasta las gallinas entraban a la iglesia. Dije: si vienen a la iglesia merecen ser pintadas”.
Sabemos que Soldi comenzó pintando en orden, con un ritmo aproximado de un fresco por año. Pero con el paso del tiempo comenzó a intercalar obras en una pared y en otra, e incluso la velocidad del trabajo iba cambiando. María Inés parece emocionarse al decir “yo lo vi, no me lo contaron”; y realmente fue así. Con su hermano se sentaban en silencio a verlo pintar. Incluso recuerda una especie de calendario frutal que de alguna manera marcaba los momentos del trabajo. Sobre el comienzo de la temporada de pintura, hacia el comienzo del calor y mientras trabajaba en los andamios, le acercaban las ciruelas de la zona. Tiempo más adelante, higos. La llegada de los higos al menú de Soldi sentenciaba que ya era hora de levantar herramientas de trabajo: el pulso del año comenzaba y era momento de esperar hasta el próximo verano.
Con los años las posibilidades físicas iban menguando. Así, las últimas pinturas, las de las paredes de la derecha, las trabajó en su taller para luego colocarlas en vertical. Y cuando promediaban los 23 veranos emprendió la pintura más grande, la que cubre todo el ábside, tras el altar. Era 1966 y en ese mismo momento dejaba su huella en la cúpula del Teatro Colón. Es La glorificación de Santa Ana”, y mide seis metros por casi 13. En la parte inferior es llamativa la combinación entre la pintura y una pequeña escultura religiosa que, iluminada dese atrás, parece flotar, mientras las figuras trazadas por Soldi lucen como si quisieran abrazarla. Esa virgen esculpida nos lleva, casi sin quererlo, a otro artista escondido de Glew.
COSIMO MANIGRASSO “¿Hasta son parecidos, no?”. En la imagen que reposa sobre la mesa aparecen dos hombres mayores conversando parados sobre el césped. Son Raúl Soldi y Cosimo Manigrasso, y quien marca del parecido físico entre ambos es Analía, hija de la segunda esposa del fallecido ceramista y pintor, ahora la responsable y guía por el museo-taller del artista. Manigrasso había llegado a la Argentina desde su Taranto natal, y después de un tiempo en Buenos Aires también su destino lo puso en el Glew de mediados de siglo. Se instaló en el caserón en el que estamos ahora (una construcción de paredes gruesas y techos altos que tiene 140 años) y se dedicó de una manera evidentemente prolífica a la elaboración completamente artesanal de cerámicas de estilo toscano, con motivos centralmente griegos y romanos. Lo cierto es que las habitaciones de la casa están repletas de bellas ánforas, bomboneras, alhajeros y mucho más. Analía nos lleva de sala en sala por las herramientas, el horno de cerámica y las pinturas trabajo del artista que vendía gran parte de su obra a Europa.
Cosimo y Raúl se conocían, y quizá el italiano relegó un poco su costado de pintor a la sombra del argentino. A su manera, entre los dos trazan y resumen cierta identidad cultural del Glew. Un pueblo que, aun con cierta explosión demográfica lógica del crecimiento urbano, mantiene esos toques que le dan encanto: así como las gallinas se paseaban por la capilla mientras Soldi pintaba sus frescos, hoy por el museo Manigrasso los perros pasean junto a nosotros. Y hasta se suma Lola, la oveja que se encarga de mantener el pasto bien cortito.

JAPÓN> Hakone y la vista del Fuji

JAPÓN> Hakone y la vista del Fuji

La montaña sagrada

El monte Fuji es el gran icono de Japón, en la geografía y en las artes, además de una presencia constante en el paisaje del archipiélago gracias a su elusiva silueta de más de 3700 metros. Un viaje al centro termal de Hakone, uno de los mejores puntos para conocerlo más de cerca sin alejarse demasiado de Tokio.

 Se cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial la agencia de inteligencia estadounidense concibió un plan insólito para hacer mella en el infatigable espíritu de lucha japonés: una “guerra psicológica” a todo o nada que incluía cubrir la superficie del monte Fuji –una de las tres montañas sagradas de Japón y su el símbolo más reconocible en el mundo del archipiélago nipón– de pintura roja. Aunque la idea fue evaluada con cuidado, primó el sentido común, o mejor dicho la comprensión de lo irrealizable: cuando los responsables del plan calcularon que los B29 previstos para el operativo de “baño rojo” tendrían que lanzar unas 120.000 toneladas de pintura sobre la montaña, la idea fue abandonada. El monte Fuji se salvó de la profanación y Japón –que sufriría poco después el indecible desasatre de Hiroshima y Nagasaki- logró preservar al menos la majestuosa belleza del cono volcánico sin pintura alguna sobre su cumbre eternamente nevada. 
Desde siempre, este volcán armonioso se convirtió en fuente de inspiración para la cultura japonesa: novelas, relatos, canciones y pinturas aluden a su cima siempre blanca. Y junto con la inspiración artística se volvió un codiciado objeto de deseo para el turismo, sobre todo porque el Fuji-san –su nombre nipón, donde san no alude al tratamiento de respeto usado habitualmente para las personas sino que significa “montaña”– puede ser notablemente huidizo. Todo depende de los caprichos del clima, que suelen cubrirle la cumbre con una densa capa de niebla y nubes. 
PUNTOS DE VISTA El Fuji se levanta a unos 100 kilómetros de Tokio, y sin embargo en un día claro es visible desde lo alto de la Skytree, la gran torre de 634 metros que se jacta de ser la construcción artificial más alta del país. Sin embargo, bien vale la pena acercarse un poco para verlo desde más cerca. Son muchos los lugares recomendados para observarlo y fotografiarlo, desde la región de los Cinco Lagos del Fuji hasta las playas de Kamakura, una localidad al sur de la capital célebre por el Gran Buda y sus templos. 
Entre ellos, Hakone tiene un encanto adicional gracias a la abundancia de onsen, los baños termales que están profundamente ligados a la tradición japonesa. La ciudad, enclavada en las montañas, tiene menos de 15.000 habitantes y un importante desarrollo turístico durante todo el año. El monte Fuji está siempre allí, inamovible, con sus 3776 metros de altura, pero hay que confiar en el pronóstico para verlo: en cualquier estación las nubes pueden ocultarlo por completo, aunque el invierno se considera el momento de cielos más despejados, sobre todo en las primeras horas de la mañana y de la tarde. Sin embargo, el verano también es muy elegido por quienes quieren ascender hasta la cima, una excursión muy popular en julio y agosto (los únicos meses autorizados). Por las dudas, no creer que se hará un viaje místico hacia la montaña sagrada en toda soledad: los diferentes caminos de acceso suelen mostrar largas hileras de caminantes que convierten la expedición en una ocasión social parecida a caminar por Shibuya pero sin semáforos. 

AL PIE DEL VOLCÁN El entorno de Hakone es altamente volcánico: por lo tanto, conviene verificar antes de ir cómo está la actividad en la región y en los alrededores del lago Ashi, ya que algunos de los medios de transporte en la zona pueden cerrarse por motivos de seguridad. Considerando que para una localidad tan pequeña los turistas suman varios millones anualmente, bien vale asegurarse también el hospedaje antes de llegar (sobre todo si son períodos de vacaciones o se coincide, por ejemplo, con el Año Nuevo Chino). Además hay que organizar el traslado: hay varias opciones, pero no todas incluidas en el JR Pass, el pase de trenes más popular entre los turistas. Si se cuenta con el pase se pueden tomar el shinkansen Shinagawa-Odawara y desde allí seguir o en autobús o en tren hasta la estación Hakone Yumoto, para luego tomar el Hakone Tozan Train hacia Gora, y después el Cablecar que va hasta el teleférico rumbo a Owakudani (donde ya se puede tener un buen panorama del monte Fuji). Una auténtica expedición. Una de las mejores opciones es comprar el Hakone Free Pass, que incluye los traslados en todas estas variantes de transporte y permite aprovechar el tiempo mucho mejor. Entre un trasbordo y otro hay parques, museos y jardines para ver; se podría pasar una vida recorriendo esta zona montañosa jalonada de pequeñas localidades turísticas que es especialmente hermosa con las nieves del invierno y con el florecimiento de las hortensias en verano: pero cualquiera sea el destino elegido sí o sí hay que disfrutar de los onsen, o Hakone no sería Hakone.
EL ENCANTO DEL RYOKAN El Fujiya Hotel de Miyanishita, uno de los centros termales de Hakone, es uno de los más célebres de la región. Construido en 1891 en un estilo que combina la arquitectura tradicional japonesa con elementos occidentales, es el lugar a elegir si se quiere respirar la atmósfera de otros tiempos o alojarse en los mismos lugares que personalidades como el archiduque Francisco Ferdinando de Austria, en 1893, o John Lennon con Yoko y su hijo Sean en los años 70. Pero hay muchas otras opciones: toda la región está sembrada de pequeños hoteles tipo ryokan, la posada tradicional japonesa, donde se puede dormir en medio de los bosques totalmente integrados en la naturaleza, rodeados de mamparas corredizas de bambú y papel de arroz, sobre un tatami extendido en el suelo. Pronto se conocerán las reglas: quitarse el calzado al entrar, ponerse las pantuflas de uso interior, sentarse en el suelo para comer sobre las mesas bajas y vestirse con la yukata –una suerte de sencillo kimono de algodón– para permanecer en la habitación y visitar el ofuro, los baños de agua caliente en bañeras de madera de cedro. 
Muchos de los ryokan de Hakone tienen baños privados para sus clientes, compartidos entre pocas habitaciones, donde valen las mismas normas que en los onsen públicos, el nombre genérico de las termas de origen volcánico frecuentes en todo el archipiélago japonés. En la gran mayoría hombres y mujeres se bañan por separado, totalmente desnudos, y solo después de haberse duchado cuidadosamente. En cuanto a los tatuajes, tan comunes en los occidentales, aquí no están bien vistos por ser propios de la mafia japonesa: la única que queda es taparlos si se quiere entrar en el onsen.
 FUJI-SAN DESDE EL LAGO Pero todavía falta lo mejor. Además del museo Chokoku-no-mori, que reúne al aire libre cientos de esculturas de los últimos dos siglos (y tiene también un pabellón cubierto con obras de Picasso), entre las grandes atracciones de Hakone están el “gran valle ardiente” de Owakudani, un auténtico viaje al centro de la tierra entre chorros de azufre y vapor,  y el lago Ashi, que duplica serenamente en su espejo tranquilo la silueta del monte Fuji. El lago se puede recorrer en barcos de crucero que paran en las localidades de las orillas, para conocer los pequeños pueblos y visitar los templos, siempre con la montaña sagrada como centinela del viaje. También desde el Museo de Bellas Artes Narukawa –como desde el crucero o el teleférico que sobrevuela Owakudani- se puede tener una de las mejores vistas del lago y el Fuji, con su dominio silencioso sobre todo el paisaje de los alrededores. Su laderas armoniosas, reverenciadas pero también temidas por una posible erupción latente, lo hacen difícil de imaginar como era hace más de mil años, cuando en la erupción más violenta de su historia arrojó los caudales de lava que crearon el misterioso bosque de Aokigahara y le ganaron la reputación de una poderosa deidad. Y aunque su último episodio de fuego fue hace 300 años, el enigma del Fuji-san aún está lejos de haberse apagado.

 Huevos de azufre

En toda la región de Hakone es común ver, en las tienditas de recuerdos donde se reúnen desde cuencos para té hasta pequeñas réplicas del Fuji-san, unos curiosos huevos negros que son prácticamente un símbolo de esta zona volcánica. Se trata en realidad de huevos comunes, de gallina, cocidos en los afloramientos de aguas sulfurosas del valle de Owakudani –el “valle del infierno”– después de dejarlos un rato sumergidos y sujetos con redes. ¿Su gran virtud? Dice la leyenda que cada uno brinda siete años más de vida.

CÓRDOBA> Miramar de Ansenuza

CÓRDOBA> Miramar de Ansenuza

La mar mediterránea

La gran laguna salada del norte cordobés se hizo conocida hace más de un siglo por sus baños curativos y evoca todavía historias misteriosas de hoteles de otros tiempos. Hoy es una gran reserva de avifauna, con tres kilómetros de costanera y playas, destinada a integrar el mayor parque nacional de la Argentina.

 El atardecer en Miramar de Ansenuza es una secuencia en cámara lenta, como de cine. El sol, una perfecta esfera anaranjada, se apoya sobre la laguna Mar Chiquita, muy suave, se va sumergiendo en un efecto óptico hasta que las aguas calmas se devoran la última porción.

En esa localidad balnearia del nordeste de Córdoba, empezando por su nombre, todo remite al espejo de agua como un mar sin olas que se pierde en la línea del horizonte. Miramar de Ansenuza es –desde tiempos remotos– conocida por su inmensa laguna salada que se ubica como la más grande de Sudamérica y quinta en el planeta. También por las propiedades curativas de su suelo fangoso.
Fue territorio habitado en sus orígenes por indígenas que atribuían la laguna y la presencia de flamencos a una leyenda amorosa. Los flamencos conforman una colonia enorme que tiñe de rosa el paisaje y es la imagen ícono del lugar.
A principios del 1900 un médico de apellido Cornejo, que había descubierto en el Mar Muerto terapias curativas en afecciones reumáticas y de la piel, recaló por esas latitudes cordobesas y encontró una similitud en las de Mar Chiquita. Implementó un tratamiento de 40 días seguidos que consistía en untarse con el barro de la laguna y luego tomar baños sumergidos en el agua, que por su cantidad de sal hace que los cuerpos floten. Los beneficios alcanzados, que se difundieron boca a boca, lograron que este lugar aún inhóspito se convirtiera en una especie de camping abierto de familias enteras que se establecían en carpas para hacerse los tratamientos.
Para 1910 estrenaba el hotel Mira-Mar, con tres cuartos, y diez años después ya tenía 60 habitaciones y una flota de 17 autos con chofer para ir a buscar a los huéspedes que llegaban en tren a la vecina estación Balnearia.
Sucesivas inundaciones; aumento y retracción de la superficie de la laguna transformaron su fisonomía, sepultaron para siempre construcciones enteras de varias manzanas costeras, aportaron relatos misteriosos y leyendas que se convirtieron en un atractivo para los turistas.

GRAN HOTEL VIENA En el verano de 1936 la familia Pahlke, de origen alemán, recalaba en Miramar buscando sanar de asma a la mujer del matrimonio y de psoriasis a uno de sus hijos. Máximo Pahlke, jefe de familia, era por entonces gerente general de la empresa alemana Mannesmann y estaba casado con una mujer de origen austríaco. Se alojaron en la humilde Pensión Alemana. Un año después, regresarían a Buenos Aires totalmente curados. En agradecimiento decidieron invertir en Miramar. Se asociaron con la propietaria de la pensión y reformaron el establecimiento, ampliándolo y quedando a cargo. Para 1938 ya contaba con 18 habitaciones dúplex, sanitarios con azulejos importados de Alemania y artefactos de origen inglés.
La primera desavenencia de la sociedad comercial surgió por el nombre: mientras una parte quería mantener el nombre original, la otra quería cambiarlo por “Viena”. Se impuso el segundo criterio. Pero no fue suficiente para encontrar la armonía comercial, de modo que los Pahlke compraron la otra parte societaria. Fue el motor de lo que se convertiría en el colosal –para su época– Gran Hotel Viena. Mandaron a demoler la pensión y contrataron  una constructora alemana para construir en etapas, entre 1940 y 1945, el ala principal de tres plantas. La planta baja contaba con sucursal bancaria, central telefónica, peluquería para hombres y mujeres y oficina de correo. También un comedor para 200 cubiertos, con vajilla de loza inglesa, copas de cristal y cubiertos de alpaca. Todo con el escudo del hotel, el águila bicéfala de los Habsburgo.
Las habitaciones contaban con baño privado con bañera, balcones con vista al mar y teléfono. Las plantas se unían con ascensor. Adornaban espejos de cristal inglés y las lámparas eran de bronce y cristal biselado. Las paredes recubiertas con mármol de Carrara importado de Italia y los salones se iluminaban con arañas de las que colgaban caireles de cristal.
Los comedores estaban asignados a los señores y señoras; los niños; institutrices y choferes. Tenía en los sótanos una cámara frigorífica donde se conservaban la carne de cerdo y aves del propio criadero. Panadería propia, proveeduría con latas de conserva para alimentar a cien personas durante un mes y una bodega con 10.000 botellas de vino.
Había un pabellón termal para fangoterapia y balneoterapia, sauna con asistencia médica, enfermeras y masajistas. La piscina externa estaba dividida en dos partes: una de agua dulce y otra salada. Para ir a tomar baños a la laguna, el hotel proveía a sus huéspedes zapatos y gorros especiales.
Otros detalles eran desde la propia fábrica de hielo hasta la usina eléctrica y una torre de 22 metros para proveer de agua a los 6800 metros cubiertos de construcción.
La gran sorpresa fue que, cuando se terminó de construir en su totalidad la última etapa, en diciembre de 1945, la familia decidió su retorno a Buenos Aires. Dejaría a cargo al jefe de seguridad, Martín Kruegger. Coincidía con el final de la Segunda Guerra Mundial y la expropiación de bienes alemanes en la Argentina. A partir de allí comenzarían a tejerse leyendas que incluyen hasta a quienes creen haber visto al mismo Hitler hospedado en el hotel. Los dueños regresaron a Alemania y tiempo después Kruegger, único habitante del establecimiento, fue encontrado muerto. Esto alimenta también la creencia de que un fantasma atribuido a su alma en pena habita los ambientes del Gran Hotel Viena, convertido en Patrimonio Histórico y museo.

PARQUE NACIONAL Por estos días se trabaja para que antes de fin de año la laguna de Mar Chiquita forme parte del Parque Nacional más grande de la Argentina, con 800.000 hectáreas, entre la laguna, bañados y pastizales; entre 300.000 y 500.000; una colonia de flamencos de unos mil ejemplares; y posta de miles de aves migratorias que se desplazan desde Canadá hasta Ushuaia.
La Secretaría de Ambiente de Córdoba trabaja en la definición exacta del área que conformará el parque. La apuesta es que del millón de hectáreas que conforman hoy la reserva provincial de usos múltiples, 200.000 sigan bajo esa figura y 800.000 sean convertidas en parque nacional. Eso permitiría que el área que permanezca como reserva sea la que abarca las ciudades: de esta manera, podrán conservar las actividades productivas que desarrollan.
Miramar de Ansenuza tiene casi tres mil metros de costanera y playas sobre la laguna de Mar Chiquita, que son visitadas por unos 15 mil visitantes en temporada alta. La costanera está recientemente inaugurada como paseo para recreación diurna y nocturna con luminarias. Allí se ubican hoteles, bares y restaurantes donde pueden degustarse los platos distintivos de su gastronomía a base de nutria, por ejemplo a la parrilla o en relleno de pastas. También se encuentran allí las empresas de embarcaciones para navegación y avistamiento de flamencos y otras aves.
En uno de los extremos, opuesto al del Museo Gran Hotel Viena, se levanta el recién inaugurado Hotel, Spa y Casino Ansenuza, el más lujoso y grande de Córdoba.

 EL MAR INTERIOR

En el museo de ciudad un audiovisual recrea la leyenda amorosa de la laguna Mar Chiquita. También se informa acerca de sus vaivenes, que inundaron la ciudad algunos años y otras veces marcaron su retracción. Y se puede descubrir por qué su concentración es de 70 gramos de sal por litro de agua, aunque variando desde su origen hace 50.000 años: sus afluentes son los ríos Dulces, Primero y Segundo; como el agua que recibe no tiene salida al mar queda en una depresión y la única forma de salir de allí es por evaporación. En ese proceso no se pierden minerales y esa es la razón que la convierte en salada.
 Es área protegida por la provincia de Córdoba, declarada reserva Provincial de Uso Múltiple. Aunque su superficie aumenta y disminuye considerablemente sin conocerse las razones, en la actualidad alcanza 253.500 hectáreas. Navegando hacia el centro de la laguna no se ven las márgenes. Es un perfecto mar a la vista.

PATAGONIA> En micro por Chubut, Río Negro y Neuquén

PATAGONIA> En micro por Chubut, Río Negro y Neuquén

Entre historias mínimas

Una gira patagónica con anécdotas ruteras en transporte público: de La Pampa a Puerto Madryn y desde Trevelin a Caviahue, pasando por Bariloche. La planicie esteparia y las ondulaciones andinas a través de la ventana del micro, con una pequeña huella de Bruce Chatwin y un breve acercamiento al mundo tehuelche y mapuche.


Partimos desde Retiro rumbo a La Pampa y a la altura de Arrecifes una niñita inmutable en el asiento de atrás rompe su silencio de dos horas al descubrir algo extraño tras la ventana:
–¿Mami, que son esos palos?
–¿Qué palos Cami?
–Esos con una cosa que da vueltas
–Son molinos
–Ah ¿y qué son? ¿ventiladores para las vacas?
Cuando uno sale a recorrer en micro las planicies de la Patagonia esteparia, las horas se vuelven interminables y el paisaje pura monotonía: las películas a bordo suelen reforzar el hastío y la lectura puede producir mareos: la charla es la salvación.
De una sucesión de largos viajes solitarios por las rutas patagónicas uno suele traerse historias. Sobra tiempo para conversar con el vecino de asiento y la necesidad es imperiosa: se habla largo y tendido con espacios de silencio entre una frase y otra. Los desconocidos se confiesan aquello que acaso no contarían a un pariente. Y la ubicación no enfrentada de los dos pasajeros evita la mirada directa a los ojos, quitándole su carga intimidante: esto refuerza la comunicación, un poco como el diván de psicoanálisis donde la vista choca contra el techo y rebota hacia uno.
Hemos dejado la provincia de Buenos Aires para entrar en La Pampa entre los últimos pastos muy verdes previos a la estepa. Y luego de siete horas de silencio mi adusto vecino de asiento rompe el hielo:
–¿Buena la peli no?  
–¿Te parece?
El hombre a mi izquierda, de unos 40 años y cabello frondoso, intenta una comunicación sin quitar la vista del horizonte vacío, salvo por la línea de postes de electricidad desfilando tras la ventana.
–¿A dónde vas? –indago para cambiar de tema.
–A Zapala para combinar a Caviahue y luego Copahue, el pueblo donde trabajo –aclara meditando las palabras como si dudara. Pero de repente se lanza a un monólogo que no habrá forma de interrumpir:
“Soy cordobés y hace diez años mi novia se graduó de bióloga marina, le salió un trabajo en Puerto Madryn y se fue para allá. Hacía nueve años que estábamos juntos y al mes me llamó diciéndome ‘vení que hay laburo’. No tenía un mango y me fui a la ruta a hacer dedo. Paró un camionero que me preguntó si sabía cebar mate, le contesté que sí y arriba. En un momento dijo ‘tengo dos sándwiches de milanesa ¿querés uno?’. No sabés el hambre que tenía yo. Me llevó hasta La Pampa y me dejó en una estación de servicio. En un momento apareció un hombre que venía de Neuquén y comentó ‘fui a buscar dos mozos y conseguí uno, ¿querés venir a Caviahue?’. Allá me dio casa, comida y trabajo en pleno año 2001, imaginate”.
Ya estamos cerca de Santa Rosa de La Pampa bajo un atardecer rojizo con nubes sueltas flotando como continentes a la deriva. Y la historia se interna en detalles superfluos.
–¿Querés un mate? –ofrece mientras saca el termo de un estuche de cuero y comienza a preparar la yerba.
–Bueno ¿y entonces? ¿ella dejó la biología marina? –indago para saber el final de la historia.
–La llamé y le dije ‘en un mes voy para Madryn y nos casamos’. Quince años después todavía estoy en Neuquén; me casé con otra, trabajo en las termas de Copahue, tengo un hijo y vivo en Loncopué. El otro día me mandó un whatsapp diciendo ‘todavía te estoy esperando, ja ja ja’.

PARADA PAMPEANA Muchos consideran a Santa Rosa de La Pampa una ciudad de paso, pero contra el lugar común opto por pasar la noche en la estancia Villaverde, a nueve kilómetros del centro.
Amanece en la estancia y descorro la cortina de la habitación para descubrir la planicie pampeana sin obstáculos hasta donde pierde el foco la mirada. Abro la ventana y se cuela una superposición de trinos: teros, cardenales y jilgueros. Desayuno pastelitos de dulce de membrillo y salgo a recorrer la pampa húmeda en un carruaje francés comprado en 1935 por los abuelos de los dueños de casa. Un guía vestido de gaucho conduce el carruaje por una calle de tierra que se interna en el llano tapizado de pasto puna. En la lejanía una pareja de huéspedes también pasea a caballo: son tres puntitos en la inmensidad, ellos dos y un caldén.
EN RUTA A CHUBUT Sigo viaje 1300 kilómetros hacia el sur por la RN3 hasta Puerto Madryn. Esta vez no tengo compañero de asiento y me entrego a la lectura de En Patagonia, la célebre crónica de Bruce Chatwin.
Amanezco en la ruta poco antes de llegar: han desaparecido los árboles y el verde se ha trastocado en ocre. Para Puerto Madryn tengo un plan, más bien un capricho postergado de larga data: hacer snorkelling con lobos marinos. Navegamos en lancha media hora, nos colocamos la máscara y casi de inmediato se acercan lobitos a jugar: sacan la cabeza del agua mirándonos con atención y se vuelven a sumergir. Ya en confianza, uno me observa cara a cara a los ojos a través del vidrio. Ellos usan el hocico como nosotros las manos para tocar: me mordisquean las aletas en los pies. Se comportan como perros cachorros y uno en particular decide ser mi amigo: me sigue a todos lados como si el que observara fauna exótica fuese él. Por momentos hace acrobacias: tirabuzones y giros en redondo queriendo llamar mi atención. De repente desaparece y lo veo llegar por detrás: nadamos en paralelo y pasamos juntos 10 minutos de gloria.

HACIA LA CORDILLERA El plan de viaje implica ahora un cambio drástico en la geografía: ir desde la costa desértica hacia los bosques andinos, haciendo un corte transversal desde un borde al otro del mapa. Voy desde Puerto Madryn a Trevelin, cerca del límite con Chile. Son 700 kilómetros y en el trayecto leo que, en 1974, Bruce Chatwin viajaba por esta zona en micro y a dedo.
No lejos de aquí fue levantado en la ruta Milton Evans, un hijo de pioneros galeses, quien le dio mucha información al escritor. La crónica En Patagonia reproduce la historia John Evans –padre de Milton– y su heroico caballo Malacara. En 1883 Evans iba por la estepa con otros tres galeses cuando fueron atacados a caballo por un grupo de aborígenes. Malacara corrió más y los tres compañeros fueron alcanzados por las lanzas y asesinados. Además el caballo dio un salto en un barranco de seis metros de altura, ante lo cual los perseguidores desistieron, salvándole la vida a Evans.
No estaba en mis planes pero surge el deseo de conocer a la familia Evans. Pregunto en el hotel de Trevelin: “En el fondo de la casa tienen la tumba de Malacara y está abierta al turismo”. Camino hasta allí y me recibe la señora Clery Evans, nieta de John Evans, quien está nombrada en la famosa crónica y recuerda la visita del periodista: “Paró en casa 15 días y se dedicó a entrevistarlo a papá en ingles, quien le contó la historia de Butch Cassidy. Chatwin era un hombre muy seco que casi no hablaba y anotaba todo en una libreta negra. Yo les servía cerveza y como no teníamos heladera, papá me decía en castellano ‘esto parece pis de yegua’, pensando que el visitante no entendía. En otro momento, papá le dijo a un amigo sobre la sarna de sus ovejas que les pusiera un terrón de azúcar en la boca y les chupara el culo hasta que saliera dulce. ¡Y después todo eso salió en el libro! Papá se lo quería comer crudo, nunca lo perdonó porque Chatwin era mala persona. Nosotros no imaginamos que ese muchachito humilde y medio roñoso con una mochilita, tan paupérrimo, iba a escribir el libro más famoso de la Patagonia”.

UNA CUEVA EN BARILOCHE Continúo con rumbo norte en paralelo a la cordillera de los Andes hacia Bariloche: viajo siempre de noche para ahorrar tiempo y días de hotel, durmiendo en movimiento. Son 310 kilómetros de viaje y mi vecina de hoy tiene rasgos mapuches. Planeo un diálogo pero se duerme antes de que comencemos a rodar.
Leo con esfuerzo bajo el foquito del asiento los diarios del Perito Moreno, aquel pionero de los viajes por la Patagonia: busco si anduvo cerca de mi destino y me entero que estuvo en una cueva tehuelche a 15 kilómetros de Bariloche.
Al llegar a la ciudad de los viajes de egresados contrato una excursión al Cerro Leones para conocer las cavernas que fascinaron al Perito Moreno, abandonadas por los tehuelches hace más de 400 años. En su diario el aventurero apuntó: “Continuamos al Sur el martes 10 de abril. Las morenas glaciarias rodean el lago por el oriente, dominado por el negro promontorio volcánico de Telque Malal, en cuyas cavernas descubrí en el viaje de 1880 un curioso cementerio indígena.” Entre los hallazgos supo que aquí solían dormir los “leones”, como se llamaba al puma americano.
Un micro nos lleva a un punto medio sobre la ladera y caminamos 500 metros hasta la primera caverna. El Cerro Leones parece una fortaleza medieval de 325 metros con escarpadas paredes de piedra sobresaliendo en la planicie.
Llegamos a la primera cueva, formada según Perito Moreno “por dos salas oscuras, donde cavé a tientas y extraje un cráneo humano”. Penetramos 15 metros en la montaña, donde llegaron a vivir unos 50 tehuelches: incluso durante un invierno nevado aquí adentro la temperatura no baja de los 10 °C.
La caminata continúa por una segunda caverna donde Moreno encontró elementos de cocina, pipas de arcilla, cucharas de madera, morteros y pinturas rupestres que todavía se ven. La tercera cueva es la mayor, donde apareció el atuendo de una machi, aquellas curanderas y guías espirituales de la comunidad: casi todo está en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.

RUTAS NEUQUINAS Como forma de ir trazando un círculo en el mapa de la Patagonia centro y norte, me dirijo hacia el pueblo de Caviahue haciendo trasbordo de la ciudad de Neuquén. A las tres horas de viaje desde esa capital el micro avanza cuesta arriba por la RP 26 sacudido por ráfagas de viento. La ruta se convierte en un camino de cornisa que trepa los Andes y por la altura la vegetación es cada vez más escasa. Pero a las puertas del pueblo aparece el signo distintivo de Caviahue: el perfil aparasolado de las araucarias sobre el filo de un cerro de basalto cuarteado
Me atrae la idea de conocer a una familia mapuche dedicada a la transhumancia pastoril y para ellos contrato una excursión en 4x4 por la zona del lago Hualcupén. En las laderas hay grupos de chivos y ovejas: sus pastores los dejan libres y los buscan al atardecer para encerrarlos en un corral que los protege de los pumas.
Estamos en tierras mapuches de las comunidades Millaín Currical y Huaiquillén, un terreno comunitario de 20.000 hectáreas que pertenece a 120 personas. La camioneta vadea arroyos de deshielo y el camino trepa hasta la cima de una lomada. Nos detenemos y el guía nos conduce a un mirador rocoso para observar las aguas inmóviles del lago. Junto a la orilla hay una casa con la chimenea humeante de la que sale un hombre y bordea lago en dirección a nosotros. Me pregunto si vendrá a aclarar que estamos en propiedad de otros, pero simplemente se acerca a conversar: “Me llamo Vargas Antonio y esa es mi casa, adonde vengo todos los veranos con mi familia y mis chivos. Somos mi esposa, yo, mis cinco hijos y mis cinco hijas, más 800 chivos y ovejas. Yo sé hablar mapuche pero mis hijos no. Todos en nuestra comunidad nos dedicamos a vender chivos para hacer asado y tejidos de lana. En invierno bajamos al paraje Pichaihue llevando nuestros animales por la montaña en un arreo de cinco días. Allí tenemos casas de material y escuela”.
Volvemos a la camioneta y al final del camino aparece el rancho de madera, caña colihue, chapa y ramas de Luis Torres, un joven de la comunidad Huaiquillén que pasa aquí los meses de verano con sus tres hijitos y la esposa. Nos invita a pasar a su pequeño refugio con piso de tierra y dos ambientes: el principal es el living donde hay una salamandra a leña prendida todo el día que sirve de calefacción y cocina. Pero también hay cocina a gas y un auto estacionado en la entrada. Afuera está el baño. El agua corriente baja de las vertientes y no hay electricidad.
“Durante el arreo a tierras bajas, los mayores, las mujeres y los niños van en el auto y en un camión que usamos para llevar nuestras cosas, mientras los hombres jóvenes caminamos por la montaña con los animales, durmiendo en carpa los días que nieva, o a la intemperie”, relata Luis mientras juguetea con su hija en brazos.
Salimos a caminar por un bosque de araucarias, una especie que habita la Tierra desde la era Mesozoica, unos 200 millones de años atrás. Algunas llegan a los 1500 años y han sobrevivido a terremotos y erupciones volcánicas. Y fueron siempre grandes aliadas de la vida cotidiana de los mapuches, quienes siguen consumiendo su nutritivo y calórico piñón, hervido o tostado.
Mañana sale mi bus de regreso a Zapala y cerraré un círculo imaginario en el mapa de la vasta región austral, habiendo recorrido un total de 4974 kilómetros al llegar a Buenos Aires.

Ed Sheeran

Ed Sheeran y una ceremonia para 35 mil en La Plata

Fenómeno global, pero con sustancia

De los bares para un puñadito de personas a convertir el Unico de La Plata en un árbol de Navidad con miles y miles de luces de celular (y una caja de resonancia de penetrantes alaridos adolescentes): cuando se repite el trillado concepto de “fenómeno global siglo XXI”, Ed Sheeran sirve como perfecto ejemplo. Bastó que sus canciones accedieran a la viralización en redes para hacer aquello que en otros tiempos exigía una costosa campaña de marketing; sí, hoy Sheeran graba en una multinacional, pero primero estuvo el trabajito boca a boca. O más bien pantalla a pantalla.
Y allí está él, entonces, solo en el medio del escenario de un estadio poblado por 35 mil almas encendidas a pesar de la lluvia y el frío. Hace un par de años fueron dos noches en el Luna Park; ahora, con el tiempo transcurrido, la alta rotación en plataformas de streaming y los nuevos impactos de Divide (¿habrá alguien en la Argentina que no haya escuchado al menos una vez “Shape of you”?), tiene un estadio de fútbol a su disposición. ¿Qué es lo que tiene el colorado?
Lo que tiene son canciones, una voz dúctil y algo que le falta a unos cuantos “fenómenos globales siglo XXI”: buenas ideas musicales y capacidad propia para llevarlas a término. Hay que tener cojones para enfrentar una cancha con solo una guitarra y una loopera, pero no se trata solo de valor sino de eso que los anglófonos llaman musicianship. No es un tipo apoyándose en cintas sino un tipo apoyándose en sí mismo, pintando capas y capas de sonido y jugando eficazmente con ello. Para el oído no fanático el recurso termina siendo repetitivo y algo cansador, pero eso no alcanza para desdeñar lo que hace. Va de la balada al rap, del arpegio relajado al rasgueo enfebrecido; maneja bien a la masa, se pasa de demagogo (por supuesto, al final se pondrá la camiseta argentina) pero a nadie le importa. Y deja caer un hitazo tras otro, “Castle on a hill”, “Eraser”, “Galway girl”, “Bloodstream” y por supuesto “Shape of you” y la gente -con mayoría femenina– canta, agita sus luces de celular, pega alaridos hasta la demolición del tímpano ajeno. 
Teniendo en cuenta sus apenas 26 años, Sheeran tiene mucho por delante. Habrá que ver qué más hay más allá de la acústica, los pedales y la voz algo edulcorada en exceso. Por ahora, con esto le alcanza para ser un fenómeno global con bastante más sustancia que lo que abunda en el mercado.

SERIES : "NCIS"

NCIS, los miércoles a las 22, por AXN

Crímenes, intrigas y marines

La serie de procedimiento, que sigue a un grupo de agentes navales de Washington, va por su decimocuarta temporada. Las razones de un suceso que no se detiene. “Es uno de los últimos de su clase”, asegura Emily Wickersham, una de sus protagonistas.


¿Las razones de un éxito? Más de un productor televisivo mataría por ello; y si lo hiciera en un ámbito de la marina norteamericana allí estaría el equipo de NCIS para resolverlo. Entrega de procedimiento investigativo (surgida tras el monolito de CSI y su contemporánea Bones) que sin estridencias pero con la convicción de atarse a un género, sigue a un grupo de agentes navales de Washington. La serie (emitida por AXN los miércoles a las 22) es uno de esos huesos televisivos duros de roer con una franquicia exultante –Los Angeles y Nueva Orleans–. Al presente va por su decimocuarta temporada y no parece tener intenciones de parar. Tan resistente que el año pasado soportó el fallecimiento de su showrunner, Gary Glasberg. 
Recientemente, Ellie Bishop y Nick Torres se sumaron al equipo (interpretados por Emily Wickersham y Wilmer Valderrama, respectivamente). La actriz, que antes había participado de Los Soprano, asegura el suceso se explica por los personajes. “A diferencia de otros de su tipo, realmente llegás a conocerlos a fondo. Como seres humanos, hay química entre ellos, no son algo dado, realmente los guionistas se esfuerzan para presentarlos de una manera muy detallada y distintiva”, cuenta la intérprete en una teleconferencia de la que participó PáginaI12.
Junto a los casos de cada semana (con oficiales, magnates petroleros y crossovers incluidos) suelen aparecer intrigas a descular sobre los propios investigadores encabezados por Gibbs (Mark Marmon). “Nunca sabemos demasiado sobre lo que vendrá, ni siquiera sobre el próximo episodio, pero se palpa que los nuevos somos centrales”, intuye Wickersham. Torres, por ejemplo, es un agente rodeado de misterio por su desaparición durante ocho años. El caso de Bishop es bien diferente. Encarna a una analista esencial que por sus capacidades predictivas se volvió una de las favoritas del jefe. “Ser parte de este mundo es un antes y un después porque el programa es conocido en todo el mundo. Es como estar arriba de un tren que nunca se detiene”, dice Wickersham. 
–La serie se caracteriza por tener sus momentos de comedia. ¿Es importante es ese elemento? 
–Sí, totalmente. Es un procedural duro y el foco siempre será el caso de la semana. A su vez, creo que NCIS justamente se ha destacado de otros programas de este género por la inclusión del humor. Los fans están muy apegados a los personajes y el humor ayuda a que se genere esa empatía. Porque pasa en cualquier trabajo. Cuando interactuás en un ámbito laboral pasa eso. Le da un toque más ligero a la entrega entre la oscuridad que despiertan los crímenes. Pero siempre ayuda a entender mejor a un personaje. Es como un ancla. 
–¿Qué le suma Ellie ella al equipo? ¿Qué se necesita tener para ser parte de este team?
–Ella es una analista y es por eso que a veces parezca un tanto solitaria. Es inteligente, leal, pero a su vez es una jugadora de equipo y este tipo de trabajo le permite mejorar su talento. Estar ahí afuera, atrapando a quien sea, tenés que ser franco y poder adaptarte. Ella tenía eso antes de ser parte de NCIS, pero claramente ha perfeccionado sus técnicas. Casi que es otro personaje si la comparo con sus primeros episodios.
–Cuando NCIS comenzó usted actuaba en Los Soprano. ¿Cómo analiza la actualidad de la ficción televisiva?  
–En un punto es gracioso que de Los Soprano haya pasado a un programa como NCIS. En cuanto a los tiempos era realmente otro mundo y ahora la tevé está en un momento muy ambulante. Lo de los actores de cine que pasan a la tevé, por ejemplo. Lo mejor es que se han abierto las opciones. Hay tantos programas ahí afuera, uno no sabe por dónde empezar. NCIS, particularmente, es de los últimos de su clase. Cada vez es más raro el modelo de 24 episodios por temporada, ahí se nota la presencia de Amazon Video y Netflix. Pero NCIS se mantiene fuerte entre tantos cambios que de por sí son positivos.  
–Su personaje es uno de los pocos femeninos en una serie bastante masculina. ¿Su presencia equilibra las cosas?
–Es cierto. Ahora somos tres. Pero Ellie es de las que está en la calle con “los chicos”. Una de las directrices que me dieron cuando comenzamos es que ella tenía hermanos varones mayores y por eso estaba tan cómoda entre ellos. Este ambiente masculino y de machos alfa no la intimida tanto. Se maneja bastante bien en ese entorno.  
–¿Ha aprendido algo de Ellie?
–He aprendido junto a ella. Era intimidante para mí sumarme a un elenco tan establecido y a ella le pasaba algo parecido. Creo que ha ganado la confianza de sus colegas y es una mujer fuerte en ese cuarto.