miércoles, 17 de enero de 2018

TOKIO - Japón

TOKIO> El Museo Nacional de Ciencia e Innovación Miraikán

Un encuentro con Asimo

Una muestra de robots humanoides del Japón: Asimo, diseñado por Honda, corre y salta en una pierna con plasticidad pasmosa; dos robots realistas de Hiroshi Ishiguro, el célebre creador de una réplica de sí mismo; y una interacción con Paro, una foquita cibernética que acompaña ancianos.

 Abordo el Yurikamome, un tren aéreo sin chofer que parece sobrevolar las aguas de la Bahía de Odaiba: en la orilla izquierda veo el corte de la dimensión horizontal de Tokio, esa muralla de vidrio y titanio que es el perfil urbano de la megalópolis más high-tech de la tierra en el imaginario global. Veo pasar aviones y helicópteros sobre obras maestras de la arquitectura contemporánea: rascacielos gemelos; la Sky Tree -una torre de TV de 634 metros, la segunda estructura más alta del mundo después del Burj Khalifa en Dubái; una “Torre Eiffel” encogida y hasta una Estatua de la Libertad.
Odaiba es una isla artificial ganada al mar, el rincón más futurista de una ciudad que ya en los ‘80 inspiró la escenografía de la primera Blade Runner, el lugar natural para el Museo Nacional de Ciencia Emergente e Innovación Miraikán. Desciendo frente al edificio de Fuji TV, obra maestra del gran arquitecto Kenzo Tange: una mole rectangular de acero que lleva adentro una bola plateada de 1200 toneladas. Avanzo entre edificios cilíndricos, cuadrados, piramidales invertidos y una estatua luminosa del robot Gundam de 20 metros, que parece caminar por su ambiente natural. Pero esto no es ciencia ficción sino el hoy

FACE TO FACE CON ASIMO Entro al museo con el objetivo central de ver una demostración de habilidades por una de las estrellas de la robótica mundial: el humaniode Asimo, creado en los laboratorios Honda en homenaje al autor de ciencia ficción Isaac Asimov. Me siento en el suelo frente a una cinta separadora como las que ordenan las filas en los aeropuertos. Apenas la punta de mi pie derecho traspasa el límite imaginario proyectado desde esa línea de tela: pero un vigilante me pide que lo corra 10 centímetros para atrás. Otra cinta perpendicular a la anterior divide los sectores de adultos y niños: apoyo mi mochila en el parante para que no estorbe a nadie, justo bajo la cinta, una mitad en cada lado de la división. El hombre identifica mi nueva infracción y regresa a pedirme muy respetuosamente que por favor la corra 10 centímetros a la izquierda. El show está por comenzar.
La música crea tensión y magia, una voz dice cosas en japonés y de repente se abre hacia arriba una compuerta. Sale caminando un Asimo triunfal, un bípedo de 1,30 metros parecido a un astronauta lunar que es de lo más avanzado que existe en plasticidad de movimientos.
Cinco minutos alcanzan para demostrar las hasta ahora pocas utilidades de esta creación: corre a 9 km/h, avanza saltando en un pie, camina hacia atrás y al costado, sube y baja escaleras. Un ayudante humano coloca una pelota a tres metros de Asimo y se prepara en posición de arquero: el robot patea, la pelota se eleva unos centímetros, pica y el hombre la ataja con mucha facilidad. Asimo ya patea pero jamás podría hacerle un gol siquiera a un arquero aficionado.
El plan de gestar a Asimo comenzó en 1986 y llevó una década hacerlo caminar. Fue presentado recién en el año 2000 y desde entonces está en permanente desarrollo con asombrosos avances. Lo veo ejecutar sin caerse cada una de sus habilidades. Pero la estrella de Honda no tiene solo capacidades físicas sino también mentales: habla inglés y japonés, obedece órdenes orales, distingue el origen direccional de un sonido e identifica la particularidad de una voz para dirigir la mirada a esa persona en un grupo. Tiene el cerebro en la cintura y sensores infrarrojos, láser y ultrasónicos con los que mapea el espacio para esquivar obstáculos. La sensibilidad de sus manos y el movimiento individual de cada dedo le permiten tomar una botella, desenroscar la tapa y servir agua en un vaso para llevarla en una bandeja. Además determina por tacto la fragilidad de un vaso de cartón y adapta la fuerza para no aplastarlo.
El célebre robot puede ser programado y teleoperado por control remoto inalámbrico y comandos de voz. A su vez interpreta gestos de la cara, extiende la mano cuando alguien se la ofrece, reconoce el sonido de objetos al caer y distingue caras relacionándolas con su nombre. Su altura es la de un niño de 13 años para atenuar así temores y accidentes si tropezara.
Asimo ya dio la vuelta al mundo varias veces, ha conducido a la Orquesta Sinfónica de Detroit, bailó en Disneylandia y hasta jugó al futbol con Obama. Según el mensaje corporativo de Honda –que no revela los secretos de sus mecanismos internos– fue pensado como un “compañero” que pueda ayudar a un enfermo y limpiar un hogar. También aseguran que en el futuro podría apagar un incendio o entrar a zonas contaminadas como la central nuclear de Fukushima. A medida que siga progresando, la verdad es que podría servir prácticamente para cualquier cosa.

ROBOTS PARA TODOS Cruzo la luminosa sala central del Miraikan para tocar con mis manos a la blanca y pomposa foquita Paro, pionera en robótica terapéutica presentada al público en 2004, testeada miles de veces para mejorarle sus funciones de compañía y capacidad de dar afecto, e incluso recibirlo. El sentido común dice que un objeto no podría dar cariño como una mascota; visto así, estaríamos ante un negocio oportunista que aprovecha la soledad de tantos japoneses. Pero los estudios científicos y videos sobre la interacción de Paro con ancianos y niños autistas convencen al más desconfiado. Ya pocos discuten que Paro genera en mucha gente emociones y sensaciones momentáneas pero intensas.
Me acerco a la foquita cibernética y levanta apenas la cabeza mirándome con ojitos suplicantes. Le acaricio la frente y se sacude emitiendo un gemido agudo de foquita bebé. Le rozo la panza y me ronronea interactuando conmigo a través de sus sensores en todo el cuerpo. Es una foquita kawaii –ese concepto japonés que denota ternura infantil– a la que quiero y me quiere: creamos un vinculo de a dos, real o irreal, discutible pero que a miles de japoneses les hace la vida un poco más agradable.
A metros de Paro hay dos robots del excéntrico científico Hiroshi Ishuguro, una especie de pop-star japonés de la ciencia, famoso por haber hecho un geminoide: un robot réplica de su creador, incluso con su mismo pelo. De hecho el inventor fabricó dos Geminoides porque con los años su cuerpo fue cambiando. Lo curioso es que Ishiguro tuvo que rejuvenecer a su segundo replicante luego de hacerse en su propia carne retoques plásticos con los que se quitó años de encima: “Mi geminoide se veía más viejo que yo”.
Los robots de Ishiguro no se caracterizaron en un principio tanto por su sapiencia autónoma como por su asombrosa similaridad con los humanos: el científico crea androides que no se parecen a nadie en particular y también geminoides. Hasta la llegada del geminoide Erika en 2015, todos eran teleoperados. Es decir que pertenecían al nivel más básico de Inteligencia Artificial, casi como marionetas parpadeantes a control remoto, siempre sentadas: apenas mueven brazos, manos, cabeza, ojos y boca con una plasticidad aceptable. Hablan a través de un sencillo sistema sintetizador de la voz de su operador; la computadora que lo controla está fuera del cuerpo, oculta al igual que el parlante de la voz, a veces camuflado en un florero. Y tienen sensores visuales que les permiten reconocer una presencia humana, reaccionando físicamente a ese estímulo con la cabeza y los ojos.
Me paro frente a una creación de Ishiguro. Es Otonaroid, una mujer adulta de belleza común con pelo largo y levemente bizca, que a cierta distancia parece real y viva. Está en modo automático así que mueve lenta y repetitivamente cabeza y pupilas, parpadeando de vez en cuando. Una vez por hora, Otonaroid es teleoperada desde una cabina para hacerla dialogar con el público. La miro fijo a los ojos buscando detalles para certificar que no es del todo humana, mientras converso con un brasileño que teleopera a este objeto humanoide: cuando él mueve la cabeza dentro de su cabina, Otonaroid lo imita. Y él habla a través de ella como los ventrílocuos.
Al lado está Alter, un robot creado en el laboratorio de Ishiguro, compuesto solamente por el torso de una persona de sexo indefinido, que es como esos humanoides de las películas que perdieron en batalla parte de la piel y traslucen su esqueleto metálico. En este caso falta cubrirle un fragmento de la cabeza, los brazos, el pecho y la espalda, lo cual le da un aire algo espeluznante al traslucir sus “tripas” plateadas. La cara, el cuello y los antebrazos están cubiertos por “piel” y la expresividad cambiante de la cara es pasmosamente real, así como el movimiento constante de sus brazos. Pero lo que hace tan distinto a Alter es que toda su movilidad no es programada sino que toma las decisiones por sí mismo, de manera algo azarosa ya que recoge variables como la temperatura del ambiente y los sonidos. A partir de estos datos procesados va cambiando sus gestos faciales y movimientos de brazos que, si bien son muy fluidos, no son exactamente iguales a los humanos.
El cerebro de Alter es una computadora diseñada copiando las redes neuronales humanas. Hasta la aparición de este androide, lograr que uno de ellos hiciera una actividad durante diez minutos insumía un larguísimo trabajo de programación. Pues en este caso se trata simplemente de encenderlo y puede estar horas haciendo movimientos sutilmente distintos entre sí, decididos por él mismo. Es decir que Alter se mueve como quiere, solo y sin que nadie le dé ordenes. Y la verdad es que, en este caso sí, parece vivo. Por otra parte sus sensores captan todo el tiempo los movimientos de los visitantes para estudiarlos e ir acumulando enormes cantidades de información, que le permiten ir imitando cada vez mejor nuestra naturaleza. Alter aprende de la experiencia, de observarnos, de robarnos información.

"Tres anuncios para un crimen" - Martin McDonagh

Se estrena Tres anuncios para un crimen, ganadora del Globo de Oro

La comedia del dolor

El dramaturgo cineasta británico-irlandés Martin McDonagh es conocido por su teatro desafiante en piezas como The Pillowman y por películas como Escondidos en Brujas: siempre, en su carrera y en su escritura, intenta esquivar la corrección política y dinamitar todo lo posible los preconceptos morales del espectador. Ahora su película 3 anuncios sobre un crimen, protagonizada por Frances McDormand, acaba de ganar el Globo de Oro y es otra pieza compleja: la madre de una joven asesinada cuyo crimen está impune se decide a, primero, poner los tres anuncios del título en el camino de entrada a su pueblo (Ebbibg, en Missouri) y después enfrentarse a la policía local en una escalada violenta que tiene comedia, drama y sobre todo inquietud para cualquiera que busque respuestas fáciles.


En una ceremonia de premiación dominada por los trajes largos de estricto color negro, las frases “Me Too” y “Time’s Up” y el apasionado discurso de Oprah Winfrey –saludables consecuencias del efecto dominó generado por la caída de Harvey Weinstein luego de incontables revelacionesde casos de abuso sexual–, el Globo de Oro a la mejor película dramática obtenido por 3 anuncios por un crimen, uno de los cuatro galardones recibidos por el film, coronó una noche donde la mujer fue el centro de la escena. (A pesar de ello, como bien señalaron Natalie Portman y Barbra Streisand sobre el escenario, la ausencia de realizadoras con nominaciones resultó apabullante, como suele ser la costumbre en Hollywood.) La historia de una madre que lucha con uñas, dientes y tres carteles a la vera de la ruta, presionando al comisario del pueblo para que la violación y asesinato de su hija adolescente no quede impune –todo ello en un medio ambiente sometido al a ley de los hombres– pareció brillar como lo hace la cereza sobre la torta. Pero el tercer largometraje del británico-irlandés Martin McDonagh, protagonizado por una extraordinaria Frances McDormand, también ha disfrutado de su propia cuota de polémicas en este nuevo orden de las cosas. Configuración que,en más de una ocasión, tiende a confundirlo justo con lo políticamente correcto y la complejidad con las sospechas de indeterminación. Y es que si bien Three Billboards Outside Ebbing, Missouri está centrado, efectivamente, en esa encarnizada pelea maternal de alcances sociales, es también un film acerca de la confusión entre los conceptos de justicia y venganza y los infernales círculos de violencia que se eternizan por la fuerza de la retroalimentación. Alguna voz se alzó recientemente para describir al film como “moralmente ambiguo”, acusación que el propio realizador se apuró a responder en una reciente entrevista con Los Angeles Times: “Esa ambigüedad es exactamente lo que estaba buscando, por lo tanto, no resulta una sorpresa. Considero que es una buena película y ese rechazo es muchas veces una reacción refleja. Creo que con el paso del tiempo –no ahora, pero sí dentro de un tiempo– el corazón del film será definitivamente visto como algo que merece ser reconocido”. La otra fuerte objeción que se ha hecho escuchar, ligada inexorablemente a la primera, está relacionada con la relevancia creciente que va adquiriendo un personaje aparentemente secundario, el policía racista y violento interpretado por Sam Rockwell. ¿Es el film moralmente ambiguo o son las criaturas que lo habitan las que reflejan identidades equívocas, paradójicas incluso? Los riesgos de la corrección política como filosa lima que elimina cualquier aspereza o protuberancia, por pequeñas que estas sean.
La imagen de esas tres enormes estructuras abre la película y regresará a la pantalla en varias ocasiones. A veces envueltas en la niebla mañanera, evidenciando su escaso uso en tiempos recientes, otras bajo el sol reluciente, ostentando sus nuevos ropajes de ploteo y, en una ocasión inolvidable, consumiéndose en un fuego tan selectivo que no puede sino ser intencional, enemigo. De alguna manera, el trío de monumentos modernos hace las veces de coro griego, comentando sin palabras ni interjecciones los cambios en las circunstancias que golpean a los héroes y villanos –si es que esa tajante división es posible– allí abajo, en el teatro donde tiene lugar el drama, ese pueblito de Missouri llamado Ebbing. Mildred, el ceño fruncido como en casi cada plano del film, detiene su auto y decide ahí mismo, con la fuerza de un ¡eureka!, que una campaña publicitaria puede ser una manera efectiva de destacar y, tal vez, desbaratar la inoperancia de las fuerzas policiales. Su hija lleva muerta siete meses y nada parece indicar que el o los responsables del hecho vayan a ser hallados, juzgados y condenados. La visita de la mujer a las oficinas de la empresa de publicidad local pone en órbita el tono general de 3 anuncios por un crimen: partes iguales de drama y comedia (muchas veces oscura, densa, pegajosa), cuyo parentesco con el cine de los hermanos Coen es más superficial que profundo: el universo duro, torpe y palurdo que describe McDonagh es observado casi siempre a nivel raso, nunca desde las alturas. Red Welby (el colorado Caleb Landry Jones) es menos zonzo de lo que aparenta y el primer pago por adelantado para la fabricación de los afiches pone en marcha la operación, que, a juzgar por las primeras reacciones, va en camino de convertirse en un éxito. “Violada mientras moría”. “¿Y todavía no hay arrestos? ¿Cómo es  posible, jefe Willoughby?”. En ese orden, con simples letras negras sobre fondo rojo. Como en una de esas campañas ingeniosas que apelan al misterio y a la sorpresa, aunque en esta ocasión no se trate de promocionar las bondades de un producto sino, precisamente, todo lo contrario. No importa que Willoughby, el sheriff, esté muriendo de cáncer, algo que todo el pueblo sabe de primera mano (aunque ese elemento de la historia vaya a jugar un papel preponderante en su desarrollo). Porque, al fin y al cabo, ¿qué tiene que ver la piedad con todo esto? Y sin embargo...

Pueblo chico, infierno grande

McDormand rechazó en un primer momento el papel de Mildred por cuestiones ligadas a su propia edad biológica: “Me gusta interpretar papeles que tengan mi edad real y no más jóvenes”, afirmó en la conferencia de prensa durante el Festival de Venecia, donde la película tuvo su premier mundial. Apostando a esa lógica, le parecía poco realista que una mujer de clase trabajadora esperara hasta los 38 años para tener a su primer hijo, un muchacho que en el tiempo de la ficción tiene unos veinte años (Lucas Hedges, quien encarnó a otro hijo sacudido por la muerte de un familiar en la reciente Manchester junto al mar). Fue finalmente el marido de la actriz, Joel Coen –que quizás haya visto algo de su propia obra reflejada en el guion de McDonagh– quien la convenció de aceptar el papel, escrito específicamente para ella. En un film cuyas virtudes artísticas dependen, en una medida importante, del casting correcto, la presión o seducción ejercida por el autor durante casi dos años rindió finalmente sus frutos. Es precisamente en los dos duetos actorales –el primero de ellos conformado por la protagonista de Fargo junto a Woody Harrelson (el sheriff moribundo), el segundo con el oficial de policía interpretado por Rockwell– donde la traslación exitosa del papel a la pantalla encuentra uno de sus pilares esenciales. Otro de esos cimientos, desde luego, es la descripción descarnada –aunque no exenta de cariño– de un microcosmos que McDormand conoce a la perfección: a pesar de haber nacido en Chicago, pasó una parte importante de su infancia mudándose de un pueblo rural de los Estados Unidos a otro, viajando junto a sus padres adoptivos, ambos nacidos en Canadá.
En el estreno local de la película en Missouri, McDormand afirmó que “hay una palabra para describir a aquella persona que pierde a su pareja: viudo o viuda. Cuando perdés a tus padres sos un huérfano. Pero no hay ninguna palabra en el idioma inglés que defina a aquel que pierde a su hijo o hija. Hablamos mucho durante la preparación del personaje respecto de ese tema y de cómo, luego de siete meses de parálisis, Mildred se radicaliza y toma decisiones a sabiendas de que habrá daños colaterales –entre otros, su hijo Robbie–, pero que la única manera de sobrevivir de allí en más es la acción y no la parálisis. Esa es la parte más específica y subjetiva de la historia, que puede formar parte de una conversación mucho más grande, relacionada con el trauma y el duelo cultural. Creo que, desde la época de la industrialización, en los Estados Unidos no hemos podido encontrar el camino adecuado para tratar el trauma de la pérdida”. La escalada de violencia verbal y física se dispara desde el mismo momento en el que los anuncios comienzan a ser visibles desde la ruta, el comentario y la comidilla de todo el pueblo. El tráiler de 3 anuncios por un crimen destaca la proliferación de golpes y lastimaduras como parte constituyente de la narración, derivados del slapstick que adoptan la fisonomía de la comedia del dolor (muscular, óseo, epidérmico), característica en el cine del realizador que ya estaba presente en su ópera prima, Escondidos en Brujas, e incluso en su obra previa como dramaturgo, que algunos críticos relacionan con el teatro de la crueldad de Artaud. El gag del dentista que prueba un poco de su propia medicina –aunque en una parte del cuerpo definitivamente inapropiada– resulta un buen ejemplo, como así también el del trío de estudiantes que recibe consecutivamente, como en un corto de Los tres chiflados, un certero puntapié de la inopinada madre vengadora. Pero los momentos de humor, que suelen rozar la incomodidad, nunca desinflaman por completo la capa de humores viscosos que infecta la trama, a tal punto que en varias ocasiones la humanidad de los personajes parece quedar absolutamente a la deriva, oculta ante el opaco velo de la agresividad, el prejuicio, el egoísmo o la simple ignorancia. El hecho de que esas cualidades nunca terminen de usurpar la primera plana, transformando a los habitantes de esta Ebbing de ficción en una simple caricatura grotesca y cruel, es una verdadera primera vez en la carrera cinematográfica de Martin McDonagh.

Tema del canalla y el héroe

¿Es posible, esperable, deseable que un personaje que hace alarde, ante propios y ajenos, de su capacidad para torturar prisioneros negros pueda finalmente encarnar en un héroe durante el tercer acto de la historia? En otras palabras, ¿puede alguien desagradablemente violento y racista transformarse en aquel que posee la clave para hallar al responsable de crímenes mayores? La manipulación constante de las emociones del espectador forma parte del juego que propone McDonagh, especialmente luego de abandonar las instancias marginales del relato, incluida una subtrama con el “enano del pueblo” –como lo llaman sin ningún atisbo de corrección, política o de otra índole–, interpretado por Peter Dinklage (Tyrion de Juego de tronos). “Nada es blanco o negro”, afirmó recientemente el realizador en una entrevista con Slash Film. “Hay muchas áreas grises y si diéramos un paso hacia atrás respecto del enojo y la furia y viéramos la humanidad del otro lado, habría mucho más espacio para maniobrar del que creemos que existe. El guion fue escrito hace ocho años, por lo tanto, no es una respuesta directa a la América de Trump o a lo que ha venido ocurriendo en Missouri durante los últimos dos años”. ¿El dolor de una madre es justificación suficiente para la ejecución de actos que den inicio a otros dolores? ¿Existe alguna posibilidad de empatía en el reino de la impiedad? Las últimas escenas de 3 anuncios por un crimen subrayan esas preguntas y varias posibles respuestas. A esa altura, la bronca y el odio parece haber carcomido a casi todos los personajes centrales de la historia y un signo de interrogación gigante, del mismo tamaño de los carteles en la ruta, aparece en la cabeza del espectador. El plano final antes de los títulos de cierre cambia esa señal por tres puntos suspensivos, evitando la posibilidad de una clausura real ante una decisión personal que es, ante todo, moral. El recorrido de  3 anuncios... es sinuoso, por momentos desconcertante, incómodo en más de una instancia. Una comedia oscurísima que, a pesar de rozar sus banquinas, no se deja tentar por la ancha carretera de la misantropía.

Feria del Libro de Villa Gesell y Mar Azul

Feria del Libro de Villa Gesell y Mar Azul

Una relación cercana con los lectores

Más de treinta editoriales acercarán sus publicaciones a los veraneantes y a los residentes hasta el próximo martes en la Casa de la Cultura de Gesell y en la cafetería La Zorra, con entrada libre y gratuita. “El libro resiste e insiste en verano”, dicen los organizadores.


“El libro resiste en verano”, podría ser el lema de la Feria del Libro de Villa Gesell y Mar Azul, que empezará este jueves y se extenderá hasta el próximo martes en la Casa de la Cultura de Gesell y en La Zorra, cafetería y restaurant, con entrada libre y gratuita. Las Cuarenta, Malisia, Club Hem, Pixel, Blatt & Ríos, Milena Caserola, Hekht, La Cebra, Tinta Limón, Caburé, Carapachay, Mansalva, Caballo Negro, Adriana Hidalgo, Interzona, Serapis, Bajo La Luna, Mil Botellas, La libre, Caja Negra, Chirimbote, Criatura, El Cuenco de Plata, Madreselva, Muchas Nueces, Santiago Arcos, Planta y Sudestada, entre otras editoriales, llevarán sus catálogos a la playa, como lo hicieron el año pasado en San Bernardo y en Santa Teresita. La programación cultural incluirá lecturas, presentaciones de libros y música con Juan Forn, Guillermo Saccomanno, Damián Ríos, Reynaldo Jiménez, Leandro de Martinelli y Patricia González López.
“La Feria del libro de Villa Gesell insiste, en tiempos de crisis, en prolongar los catálogos de nuestras editoriales en la provincia de Buenos Aires”, dice Néstor González de Las Cuarenta a PáginaI12. “Durante 2017 hemos concurrido a varias ferias de la provincia, donde nuestros títulos son poco conocidos. Esta iniciativa parte de la intención de llevar –a un lugar que muchos escritores han elegido para vivir todo el año y muchos veraneantes acuden por su belleza natural– autores y libros que se ven sofocados por las políticas económicas actuales. Buscamos edificar una relación cercana con nuestros lectores. Sabemos que gran parte de los visitantes, tanto de Gesell como del Partido de la Costa, son del conurbano bonaerense, donde nuestros libros tienen una llegada limitada. Con el auspicio y los cuidados del Municipio de Villa Gesell, encontramos un buen lugar para acercar nuestro trabajo y junto a artistas locales pasar un buen momento juntos. El libro resiste e insiste en verano”, afirma González, uno de los organizadores de la Feria junto con la distribuidora Malisia.
El editor de Las Cuarenta cuenta que el año pasado “no fue una excepción en el derrotero que este gobierno marcó con sus medidas antipopulares” desde diciembre de 2015. “La caída de las ventas marca una tendencia para toda la industria del libro: los trabajadores gráficos, autores, traductores, editores... El retroceso hoy se nota más que nunca. Lo que supimos conseguir, a paso firme, merced a una diversidad propiciada por políticas culturales activas de los gobiernos anteriores al 2015, hoy se encuentra en peligro por la destrucción del poder adquisitivo y la invasión de las importaciones. La palabra se va retirando de los espacios necesarios para el debate. Este vacío nos empuja a la acción y no el afán emprendedor del pequeño empresario que busca hacerse lugar en un mercado tomado por multinacionales –aclara González–. Desde nuestra perspectiva, como distribuidores en catorce provincias, destacamos que la pérdida en nuestro extenso país es bastante desigual. Mientras en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires la absorción, reducción o desaparición de librerías se hace poco visible y potencialmente recuperable frente a cualquier brote de la economía, en las provincias, las librerías independientes, que detentan el 70 por ciento de las ventas en nuestro país, no corren con la misma suerte. Su existencia es el producto de muchos años de esfuerzo y lleva consigo la virtuosa tradición de generaciones de lectores con hábitos y preocupaciones que solo un librero local, vecino, de carrera, sabe leer. Hoy están en peligro de extinción. Cuánto vendemos no es el único problema. El aumento de nuestros costos editoriales sumado al retroceso frente a la inflación nos ubica en un escenario de descapitalización. Nuestros precios no siguen la inflación y nuestro stock se reduce cada vez más rápido hasta quebrarnos”.
Las editoriales que participan de la Feria del Libro de Villa Gesell se las han ingeniado para llevar casi todo el material que tienen editado. Entre los títulos que se exhibirán se destacan Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución, de Javier Trímboli (Las Cuarenta); Para una política de la liberación, de Enrique Dussel (Las Cuarenta); Presa. Un decálogo del caso Milagro Sala, diez ensayos de varios autores (Eme); La máquina de la inseguridad, de Esteban Rodríguez Alzueta (Eme); Hospital de campaña, de Gabriel Cortiñas (Club Hem editores); Club de fumadoras, de Bárbara Wapnarsky (Blatt & Ríos); Las malas lenguas, de Alejando López (Blatt & Ríos); En cualquier lado, de Pablo Katchadjian (Blatt & Ríos); Cris Morena. La mujer que transformó la adolescencia argentina, de Pablo Méndez Shiff (Milena Caserola); Animate flaco, de Washington Cucurto (Milena Caserola); Nuca, de Reynaldo Jiménez (Hekht); En casa. Una odisea del espacio doméstico, de Mona Chollet (Hekht); Literatura argentina y política, de David Viñas (Santiago Arcos) y Los chongos de Roa Bastos. Narrativa contemporánea del Paraguay, de varios autores (Santiago Arcos).
“Esta crisis nos propone nuevas formas de intervención, el nacimiento de nuevos colectivos que permitan hacer frente a la pérdida de espacios y de recursos para la proyección de catálogos e ideas. Los más sensibles al dolor ajeno no pueden evitar encontrar espacios para alzar la voz –plantea González–. Texto y contexto encuentran a sus actores”. El editor de Las Cuarenta advierte que los libros no se toman vacaciones. “En un rincón de una casa suburbana, en la costa, en las sierras: siempre se puede encontrar placer con un libro. Queremos contagiar a los que aún no han adoptado estos hábitos tan placenteros. Que, por otro lado, estimulan un pensamiento emancipador tan necesario en estos tiempos”

martes, 16 de enero de 2018

Manuel Vilas - "Lou Reed era español"

Manuel Vilas - "Lou Reed era español"

España salvaje

Para el poeta y escritor español Manuel Vilas era la Voz. Y no se trata de Frank Sinatra sino de Lou Reed, el artista de vanguardia más callejero. En un libro que comparte la ficción con la crónica y lo autobiográfico, Vilas cruza su pasión por el arte y la figura de Reed con una visión de la España que les tocó vivir, a él desde su infancia pueblerina en Huesca, a Reed como visitante del país durante varias giras. Así, Lou Reed era español es un homenaje a varias puntas, un libro tan inclasificable como melancólico sobre un mundo en reflujo: el de la transición y la movida y también el de toda una era de la música con discos y cedés difíciles de conseguir, con mucho ruido, rock y poesía maldita.


Hay un libro muy interesante, casi inconseguible, de un tipo con un nombre muy raro. Mladen Dólar. El libro se llama Una voz y nada más: es un estudio con una pata puesta en la filosofía, otra en la lingüística y el resto del cuerpo en el psicoanálisis. ¿De qué va el estudio, cuál es su objeto? La voz. Allí se dice que la voz es lo que siempre sobra de cualquier intercambio comunicativo. Es un intermediario invisible, como dice Dólar retomando las palabras de Fredric Jameson. Algo que es necesario para llegar a algún punto, como el significado, pero que se desvanece apenas el objetivo es alcanzado. La voz: una cosa imprescindible pero cuyo recuerdo o presencia misma es fantasmal apenas se la intenta pensar. La voz: esa cosa que no se acomoda para nada a la imagen que tenemos de una persona. ¿Cuántas veces notamos que tal o cual tiene una voz que no va con su cuerpo? La voz es todo y a la vez nada, dice Mladen Dólar, un esloveno. Pero, para el escritor español Manuel Vilas, la voz es todo. Y no cualquier voz, sino la Voz, la de un ícono del Rock and Roll, del arte, en un sentido general. Ese drogadicto, ese “yonqui” (si usamos una linda palabra ibérica) que nació una y mil veces, luego de cada momento en que su carrera o su cuerpo parecían no dar más. Por todo esto y por más es que Vilas, para hablar de Lou Reed, lo bautiza “la Voz”, con esa mayúscula imponente que deja traslucir la idea de que había algo raro en ese muchacho con cara de Frankestein y ojos grandes y vacíos que le dio al rock la base misma de lo que está hecho. Lou Reed era español se convierte así en un libro que cumple las veces de homenajear al ídolo musical y al país, al mismo tiempo que muestra las miserias de ambos en momentos similares de sus historias. Se puede decir: una maldita pareja perfecta.
“Creo en el pensamiento mágico”, afirma Manuel Vilas acerca del dúo tan hermoso como excéntrico entre un país y un poeta. “El libro explora dos cambios: el de Lou Reed, que pasa de ser un rockero maldito, heroinómano y punki, a un artista de vanguardia, muy respetado y muy intelectualizado. España pasa de ser un país con una dictadura vergonzante a convertirse en una democracia avanzada. Esto ocurre desde 1975 hasta 2013, año de la muerte de Reed. Mejoraron a la vez: Lou Reed y España. Me llamó la atención esa rara coincidencia. Por otra parte, empeoraron también a la vez: en España la recesión económica comienza de forma feroz en el 2010 y a Lou Reed le detectan un cáncer de hígado en el 2011”, explica el autor desde su hogar en España. Y en su libro está eso, ese doble seguimiento. Con capítulos que se alternan entre recortes biográficos de un seguidor de Reed, que parte de la fascinación por discos escasos y prohibidos que se podían llegar a conseguir en Barbastro y alrededores; y la propia vida de Lou Reed en España. Un acercamiento ficcional que también se permite jugar con el diálogo entre la geografía y el músico, llegando a niveles que evidencian la soltura que tiene Vilas para manejar una prosa poética que poco tiene de estrictamente lírica y más de jodidamente rabiosa, como corresponde escribirlo. 

ANIMALES DEL ROCK AND ROLL

Lewis Allen Reed nació el 2 de marzo de 1942, en Brooklyn, para después mudarse a Long Island y hacer carrera en el New York de los ‘60. Vilas vuelve con elegancia a esos primeros momentos de la vida de Reed sobre el final del libro, como si estuviese llevando adelante un vuelo retrospectivo para recordar el verdadero nacimiento del objeto de su libro: el primer recital del músico en España. En marzo de 1975, con Franco todavía vivo, Reed da sus primeros conciertos en el territorio, visitando Barcelona y Madrid. A partir de allí, comenzaría una relación de idas y venidas. Relación que incluye un recital suspendido el 20 de junio de 1980 en el estadio Moscardó de Madrid, un show frustrado que Vilas reconstruye con el país en plena liberación democrática y apertura de nuevos conflictos, como el de los atentados de la ETA del período. O la participación de la leyenda consolidada de Reed en el Festival de Benicàssim, como “side show” y con Morrissey en el “main stage” –y la lectura de la injusticia se siente en la apretada prosa de Vilas–. O el recital suspendido en España hacia el final de sus días con una convocatoria escasísima, de 300 localidades apenas, y con Laurie Anderson a cuestas. Pero todos esos shows se cargan del misterio que rodea a una presentación exitosa o suspendida o incluso decadente sólo por el hecho de constituir un momento más en la biografía de un fanático que creció y tuvo su educación sentimental con Walk On The Wild Side o White Light, White Heat. Educación que compartió con su país natal: bien leído, Lou Reed era español es también una especie de novela de iniciación con el propio Reed, España y Vilas creciendo en sincro. 
Lou Reed siempre fue un maldito. Y siempre atrajo a los malditos. Fue también, en algún sentido, una figura del rock que servía como bisagra, uniendo un mundo en despedida (el del fin de la Segunda Guerra Mundial, el de la música jazz como paradigma de lo popular) y abriendo una nueva época en la cultura occidental. Sí, occidental, así de fuerte: ¿o no es acaso el rock and roll esa especie de trasfondo que acompaña cada imagen de la mitad del siglo XX hasta, por lo menos, ahora? Y Reed las vivió todas. O vivió unas cuantas. Por ejemplo, en su adolescencia, apenas con catorce años, fue tratado con electroshocks para tratar su bisexualidad. O, ya de más grande y en la Universidad de Siracusa, entabló contacto con Delmore Schwartz, un escritor que daba clases de “creative writing” en varias universidades y que fue su primer mentor en eso de escribir. Armó también canciones pop en uno de esos trabajos de compositor en las sombras antes de Velvet Underground, la banda que pocos escuchaban. Pero que esos pocos que escucharon, después, armaron su propia banda. O, finalmente, sacó ese disco misterioso que sigue siendo una de sus mejores placas, el segundo solista, Transformer, de 1972, que tiene en “Perfect Day” ese verso definitivo que parece adelantar, en un simple trago en el parque, su cariño por las voces en castellano: “drink sangría in the park”.  
Siempre Reed contó con una figura rectora que le marcó algo de su camino, y que después desobedeció o abandonó por otra cosa, por otro camino. Así pasó con Andy Warhol, así pasó con John Cale, así pasó con David Bowie. Hay algo, igual, que une a estos dos espíritus. Digamos, al de Vilas y Reed. Ambos parecen querer unir, en algún punto de eso que escriben, el mundo de la calle, los solitarios páramos de las esquinas oscuras de la ciudad, a donde nadie quiere ir, y la lírica más elevada. O académica, si se quiere. En más de una entrevista, Lou Reed molestaba al periodista de turno indicando que él era un chico de la calle con un título en la mano. O sea, alguien inclasificable, que podía estar de un lado o el otro de la línea que dividía lo sublime de lo bajo, pero que al mismo tiempo resultaba incómodo en cada uno de esos espacios. Casi como la definición del dandy que más o menos se arrastra desde finales del siglo XIX: alguien que se desmarca de lo que sucede alrededor, ya sea por la manera en la que se viste o por cómo habla o interviene en las conversaciones. O por cómo escribe.  
¿Qué encontramos en las anécdotas de Vilas, el fanático de Lou Reed? En principio, la historia de alguien nacido en un pueblo como Barbastro, en la provincia de Huesca, en donde sólo hay una disquería. Y ese alguien, ese fanático que seguirá apareciendo capítulo tras capítulo, cuenta la manera en la cual se metió de lleno en la adicción por el “hombre de negro”, tan diferente al “hombre de blanco” que comandaba la feroz dictadura que dominaba a su país desde finales de la Guerra Civil. Por un trueque inmotivado, el niño de la historia le cambia a un amigo Harvest de Neil Young por Rock’n’Roll Animal. Ese disco, justo. Es difícil imaginar la manera en la cual, ya desde esa tapa siniestra, con la imagen de un Lou Reed poseído, demoníaco, una idea totalmente diferente de lo que era el rock se impone en la mente de un chico que quizás, con suerte, se había entregado a alguna que otra distorsión en los armónicos terrenos de Neil Young. Y ahí también viene la primera consciencia real de lo que pasaba en el país. Porque “Heroin”, uno de los temas más recordados de Reed –presente en el fundamental Velvet Underground & Nico (1967)–, esa descripción poética y sonora de un “chutazo” de heroína, estaba censurado en la España franquista. ¿Cómo escuchar un disco sin tener uno de sus temas más importantes, en esa versión de trece minutos desgarradora, cuasi mortuoria, de “Heroin”, en lo que sería la primera placa en vivo de Reed? ¿Qué era eso de quitar un tema? 
Pero la búsqueda no termina en el trueque y esa disquería de Barbastro. Página tras página, la pasión va creciendo junto con el conocimiento de la Madre Patria. Y de otras patrias. Un capítulo se detiene, por ejemplo, en la visita que hace el fanático protagonista al Principado de Andorra, ese micro-Estado entre España y Francia, al cual la gente solía visitar para comprar mercadería de contrabando pero que se convierte en el lugar donde comprar discos sin censura. Así, se va perfilando un look “moderno” en el fan, tal como busca identificarse. Una postura diferente frente a la vida que lo marca como un conocedor particular de algo que no es para todo el mundo. Por eso, al entrar de vuelta a España, el fanático se tiene que bancar el control y el gaste de los policías de aduana que le advierten que ese drogadicto maricón es mala influencia. Pero que puede pasar igual. Fue como colar una bomba frente a los ojos de todo el público. Lou Reed, sin censura, entraba a España.

TRANSICIÓN VERSUS TRANSFORMER 

“Lou Reed fue más famoso en España, Francia, Alemania e Italia que en los Estados Unidos”, remarca Vilas, autor de novelas como Los inmortales (2012) o poemarios como El hundimiento (2015). “Era un artista de espíritu europeo. En España tuvo seguidores que se quedaron en la cuneta. La gente se drogaba porque él lo hacía. Eso fue en la década de los años setenta, ochenta. Por eso homenajeo a todos esos jóvenes españoles que se murieron con una jeringuilla colgando de su brazo. Y les doy voz. Lou Reed no se murió, pero sus seguidores sí”. En Lou Reed era español desfilan esas voces de la Transición, el regreso a la democracia que dejó una marca rabiosa y que aquí leemos desde el destape, desde las películas de Almodóvar y ese mundo punk, de colores brillantes, de drogas y teñido de matices fuertes, plásticos. Y su repliegue oscuro, en el reguero de personas que quedaron en el camino. 
Así como la vida de Lou Reed va tomando diferentes cambios (o desvíos) a medida que va creciendo, también sucede lo propio con el joven fanático, el Manuel Vilas (no tan) encubierto en el libro. Alguien que pasa a ser un hombre de cuarenta años, con una carrera en Letras terminada, un futuro laboral bastante raro y pequeños gestos que le devuelven algo de juventud. Por ejemplo, irse sin pagar de los negocios de comida de los estacionamientos de servicio, o incluso de los hoteles. Gestos de rebeldía que le dan un poco de vida, así como le suma adrenalina poner el auto a más de 150 kilómetros por hora para llegar de un lugar a otro de España. Siguiendo, sí, a la Voz, en otra de sus visitas a las tierras ibéricas. ¿No es la muestra, también, de esa rebeldía abierta con la Transición, que de a poco se va apagando y dejando sólo sombras, gestos desesperados para recobrar el golpe de aire? 
Por eso, uno de los capítulos más llamativos de un libro que no es novela, que no es crónica ni (auto) biografía, pero que tiene los condimentos de cada uno de estos géneros, consiste en la interpelación imaginaria de una de los miembros de Las Vulpes a Lou Reed. Las Vulpes fue una banda de punk vasca compuesta sólo por mujeres que lograron la atención masiva por tocar el tema “Me gusta ser una zorra” en un programa de TVE. Tema que tenía la música de “I Wanna Be Your Dog” de ese otro astro rescatado también por Bowie, Iggy Pop (y los Stooges). ¿Qué decía tan controvertido tema en sus letras? “Quiero meter un pico en la polla/ a un cerdo carroza llamado Lou Reed”. Hasta ese punto había calado hondo el músico: se había convertido en el Rey a destronar por una nueva movida musical. 
Lou Reed es un símbolo en la cultura española, desde la perspectiva de Vilas, de la España de los ‘70-’80, la que vio la muerte de Franco, la apertura democrática y la instauración de un nuevo camino harto más luminoso que el anterior. Y si por los viajes reales de Reed que se convierten en motivo de ficción podíamos mirar con distancia y atracción la cultura española, la manera en la cual el astro y el país mismo es visto desde afuera por ese fan devenido “hombre” le permite al libro contrastar el proyecto de la España-primera-economía-europea con la España real, doblegada a los mandatos de otros puntos de mayor resonancia económica (como la Alemania de Merkel) y su más triste presente. Es que, puestos a pensar, España guarda más similitudes con la realidad latinoamericana actual que con las premisas financieras del Viejo Continente. Por eso, en el libro, desfilan espacios fabriles, gente comiendo poco y nada, zonas vacacionales que le deben todo al turismo europeo, y un contraste radical entre diversos tipos de moneda (pesetas, euros) que van marcando también, sutilmente, las transformaciones a las cuales el país de Manuel Vilas es sometido. Repitiendo uno de sus poemas más conocidos, “Macdonald’s”, la utopía deviene ironía en el símbolo de una cadena rápida, en la avant garde capitalista: “Es el mejor restaurante del mundo./ Es un restaurante comunista./ Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo,/ aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,/ al lado de un cartel que dice ‘I´m lovin´ it’”.

GRACIAS AMIGOS

Las únicas palabras que Lou Reed tenía para el público español, un público que lo adoraba y que lo recibió en todos los formatos y proyectos posibles, constituían una frase hecha que parecía poco significativa, casi un acto de extraña ventriloquía: “gracias amigos”. Lou Reed en España es también un texto que le rinde homenaje a un amor imposible, a un novio solitario que nunca le retribuyó a su amada fiel todo lo que ella pareció darle. Hasta Laurie Anderson palidece frente al amor que la España que arma Vilas le tiene al astro rockero. La última visita, inclusive, poco tiene que ver con las fantasmagorías de los ídolos y más con los artistas que tratan de llevar actos simples impulsados por lo único que parece constante en la vida de Reed: su amor por la poesía. 
El 17 de noviembre de 2012, Lou Reed se presenta en el Teatro Español de Madrid, situada cerca de la Plaza Santa Ana, para recitar algunos fragmentos de algunos poemas, presentado su libro de poesía y fotografía Rhymes. Una lectura simple, sin mayores vericuetos, dada luego de cancelar un show musical compartido con su esposa, Laurie Anderson. Vilas se permite contrastar ese último recital con una posible visita de la primera esposa del músico al lugar, Betty Kronstad, y la hija que tiene con otro hombre. La escena es determinante: un hombre viejo, arrugado, todavía orgulloso, que aduce que suspende un recital de música por las “condiciones en las que se encuentra España” y no quiere confesar la escasa venta de localidades. Casi arroja el mismo sinsabor que, retrospectivamente, dejó a más de un fanático ese fallido disco con Metallica, Lulu, aparecido en 2011. 
De todos modos, son formas de mirar la cuestión. Un recital de poesía para despedirse de uno de los lugares que lo tenía como su héroe, un disco extraño con una banda que poco tenía que ver con su espíritu rockero, eran intentos honestos de hacer algo nuevo, siempre, más allá de cualquier clasificación. Como remarca Vilas, esa especie de leyenda de que falleció haciendo tai chí puede llegar a ser una de las últimas expresiones de un artista que siempre se desmarcó del lugar común. Estaba donde no tenía que estar, haciendo lo que nadie esperaría que haga. Como si eso fuera un happening, como si el último tramo de su vida hubiese seguido los patrones artísticos del gran patrón artístico de la última mitad del siglo XX, su (resentido) amigo Andy Warhol. 
Lou Reed era español es un libro tan inclasificable como melancólico, pero en un tono que no tiene que ver con lo penoso. Es el retrato de un mundo en retirada: de la liberal España post-franquista, de una era de la música (en donde se compraban discos, elepés, cedés) y de un modelo de artista. Y darle la nacionalidad española a un irreverente neoyorkino es, quizás, un último acto de sorpresa que el propio Reed, indirectamente, nos tenía preparado. O ya nos lo había adelantado, con esa sangría que se tomaba en un “Perfect Day” en New York. 
“Ya no hay gente como Lou Reed”, agrega Vilas al final de la entrevista, como una sentencia acerca de su ídolo, pero casi como un dictamen sobre el mundo que dejó una vez que Lou partió por un fatal cáncer de hígado en 2013 a quién sabe dónde. “No hay gente que le eche valor. Lou Reed se pasó toda la vida peleando con las discográficas. La música que se hace ahora es una pendejada. Los años 60 y 70 fueron una especie de Renacimiento de la música popular. Ese renacimiento llegó tarde a España, llegó en los 80. Ahora no queda nada, solo música comercial, sin fuerza, sin rabia, sin desafío. Desde que se murió Lou Reed, el mundo es un basurero”.

Rosario - SANTA FE

SANTA FE> Verano en las orillas del Paraná

Un rosario de sol y río

De día, playas sobre el Paraná, kayak y paddle surf. De noche, arte, circuito cervecero, cine y picnic bajo las estrellas. Las propuestas veraniegas de Rosario se abren a todos los gustos y van desde las actividades en tierra y agua hasta los sabores del río, sin olvidar ni a grandes ni a chicos.

 La pala se hunde con alguna resistencia. Pero esta vez no es la pala del kayak, deporte ya tradicional en Rosario y al que nos hemos acostumbrado después de algunas expediciones. Acá se trata de respirar profundo y mantener el equilibrio o, mejor dicho, de olvidarse del miedo a caerse al agua, de que esa idea simplemente no exista. “El 90 por ciento de los que vienen a probar paddle surf logran pararse en la tabla en la primera clase”, asegura Victoria Lotto, profesora de Educación Física e instructora de este deporte que hemos venido a practicar al balneario La Florida, ubicado a unos 14 kilómetros del centro de la ciudad de Rosario, muy cerca del puente que la une con Victoria, Entre Ríos.

La estadística se cumple, porque al cabo de unos veinte minutos de andar de rodillas sobre la tabla (más ancha que las de surf para tener más estabilidad) logramos ponernos de pie y pasear un rato por el Paraná. Aunque las piernas tiemblen un poco, llegamos sin mojarnos de regreso a la costa. “Con quienes ya tienen más experiencia organizamos travesías y distintos recorridos por el río”, dice Victoria, asegurando que cada vez más se acerca gente de todas las edades a probar con el paddle surf. “Es muy entretenido y además, como todos creen que no van a poder pararse sobre la tabla, cuando lo logran sienten una alegría que les dura todo el día y después no se quieren bajar”, explica. 
La propueta clásica en este balneario rosarino es venir a pasar el día, divertirse en el agua, jugar al beach vóley (hay cinco canchas), descansar, tomar tragos en los puestos y barcitos playeros, practicar zumba, jugar al tejo (hay clases gratuitas de ambas actividades los fines de semana) y, por supuesto, comer pescado. A unos metros de donde practicamos paddle surf nos esperan en Mapu, un nuevo bar parador con deck de madera y luces de colores que se van prendiendo a medida que se hace de noche. Los aromas de la playa van cambiando mientras el sol se oculta y el paisaje se va tornando más silencioso, más íntimo. ¿Están para una merienda o para algo más?, nos preguntan y la decisión recae en una boga grillada con algunas salsas y papas doradas. “Se puede caranchear”, menciona el mozo con complicidad, es decir, que la boga está justa para comer de a pedacitos, con la mano. Las papas crujen, la cerveza está fría. Bienvenido, verano.

ROSAS, CULTURA Y BICIS Este es el sueño de todo ser urbano: recorrer la ciudad en bicicleta con la bella posibilidad de andar relajado y de paseo. Frente al Monumento a la Bandera se encuentra la Estación Fluvial, el puerto de pasajeros de Rosario desde donde se contratan excursiones náuticas (lanchas, gomones) y también se pueden alquilar bicis. 
Desde allí partimos con el propósito de recorrer las zonas neurálgicas (turísticamente hablando) de Rosario. Siempre con el Paraná a nuestra derecha anduvimos por la costanera, pasamos por los famosos galpones de arte (donde hay muestras, talleres y espectáculos), restaurantes tradicionales y vanguardistas, atravesamos el Parque España con su imponente anfiteatro, vimos los nuevos juegos infantiles que recrean la planta del irupé y llegamos al Macro, Museo de Arte Contemporáneo, que siempre ofrece un gran experiencia para los sentidos. Luego tomamos por el clásico Boulevard Oroño cuyas arboledas dan un respiro del sol, y luego de unas 20 cuadras llegamos hasta el Parque Independencia, con su lago para andar en bote, el Museo Castagnino y El Rosedal, que fue intervenido a lo largo de todo el año para que llegara lindo al verano y así recibir a los ciudadanos que se acercan a disfrutar del espacio verde y del jazz al aire libre que hay jueves y viernes. Para que El Rosedal sea el lugar que es hoy, en julio se plantaron 7000l rosales de 37 especies diferentes, se reubicaron 260 rosales históricos y se implantaron panes de césped. Otra de las novedades es que se habilitó la posibilidad de contraer matrimonio en este particular espacio, con tanto éxito que muy rápido se agotaron las reservas para casarse el año pasado. Además, durante el verano Rosario ofrece ciclos que ya son un clásico, como Cine Bajo las Estrellas, donde se proyectan películas en espacios públicos y la gente se lleva su reposera para un picnic nocturno, y el ciclo en el Teatro de la Comedia llamado Un verano fresquito. También hay un programa de capacitaciones varias para profesionalizar las comparsas que desfilan cada año en el carnaval rosarino (empieza el 12 de febrero) y se siguen organizando los bailes en los clubes de barrio. “Priorizamos la defensa y el disfrute del espacio público”, enfatiza Guillermo Ríos, secretario de Cultura de Rosario. “En eso pensamos a la hora de programar las actividades y hace ya muchos años que la cultura forma parte de la política pública de la gestión”.
Nuestro tour culmina en pleno centro rosarino, con una visita a la Plataforma Lavardén, centro cultural reconocido por sus propuesta artística de vanguardia (como las almohadas cuentacuentos o la Galería de los Roperos, donde al abrir la puerta del supuesto mueble uno entra literalmente a otros mundos) y al museo del diario La Capital, que acaba de cumplir 150 años en 2017. Vale la pena recorrer el museo para ver cómo se hacía un diario hasta no hace tanto tiempo, aunque parezca –por comparación con el sistema informático de hoy– que toda esa maquinaria llamada “las rotativas” pertenece a un mundo tan antiguo como el de las películas en blanco y negro.
HELADOS Y CERVEZA Desde 1999 Rosario ostenta la categoría de Capital Nacional del Helado Artesanal y un origen “heladero” que nació con la llegada de inmigrantes italianos luego de la Segunda Guerra Mundial. De las 190 heladerías que hay en la ciudad tenemos cita en una: Marbet. Allí probamos varios sabores gourmet entre los cuales se destaca el Amélie, un chocolate blanco muy cremoso con hilitos de maracuyá que logra que lo dulce y lo ácido se fusionen en boca. Una rica experiencia. “Queremos recuperar lo sabores de la infancia porque el helado se asocia a las emociones”, describe María Rivero mientras nos comenta que importan chocolate de Suiza sin procesar. “Para cada momento hay un sabor”, destaca.
Como en todo lugar con movida nocturna, en Rosario también están en auge los circuitos de cerveza artesanal con nuevas propuestas de esta bebida que se ha convertido en un clásico de fin de semana y del after office. Nuestro itinerario nos lleva a Goodfellas, ubicado sobre la conocida calle Pellegrini -que es parte del corredor gastronómico de la ciudad- y con una terraza enorme pero que se llena rapidísimo, incluso los lunes. “Estamos armando una boutique station de llenado de cerveza (envases de dos litros) donde se garantiza la calidad de la bebida y el sistema de envasado”, dice Mauricio Durán, productor cervecero que empezó en el rubro hace siete años y que hoy elabora 12.000 litros por mes. “Nuestra cerveza tiene calidad también en sus aromas y es de alta tomabilidad, es decir que es fácil de tomar aun en el caso de la que tiene mayor contenido alcohólico”, explica y agrega: “Hoy el furor es la cerveza lupulada, de sabor intenso y con un perfil amargo”.
Hacemos un cata de cerveza y, como es de esperar, cada uno elige según sus gustos, aunque las más ganadoras fueron la cerveza con aires de canela y miel y la strong scotch ale, también conocida como wee heavy, que tiene 8,5% de alcohol y es de cuerpo maltoso y con reminiscencias a whisky. Una delicia para acompañar las croquetas de bondiola y cebollas caramelizadas, las empanaditas de queso y verdeo y el crumble (¡tibio!) de manzanas. Porque, ¿quién dijo que las cervezas solo van con papas rústicas y pizza?

LINDO, RICO, ACCESIBLE Inaugurado el pasado septiembre, el Mercado del Patio es un paseo gastronómico ubicado frente a la Terminal de Ómnibus, que posee 40 locales concesionados a emprendedores, productores, cooperativas y empresas de gastronomía. Además de la bella estética con que ha sido organizado, este mercado ofrece productos de calidad tanto para consumir allí mismo como para llevar, con un dato que hace a la diferencia: los precios son igual o más bajos que en supermercados y almacenes comunes. “La idea del Mercado es acercar a productores y emprendedores de manera directa al público, con el extra de estar emplazado en antiguas construcciones ferroviarias bordeadas por un amplio espacio verde con un espejo de agua y una antigua glorieta con enredaderas”, destaca Candelaria Blanco, responsable de esta iniciativa conjunta del gobierno municipal y provincial. Nuestro almuerzo está organizado en Churrasquito, uno de los bares del Mercado, que se especializa en sándwiches y vermut de grifo (sale por canilla, ya preparado). Nos reciben con el Rosso de la Casa, que tiene Cinzano, Cestari, Campari, soda y naranja y con un surtido de sándwiches donde hay uno que se destaca: el de vitel toné, con pan de miga, peceto, huevo y alcaparras. Viene con una guarnición muy especial: churros de papa, parmesano y mostaza. También hay opción vegetariana, con base de berenjenas grilladas.
Volviendo a la zona del río llegamos a Aquabar (el bar que acompaña al Acuario del Río Paraná de próxima inauguración) desde cuya terraza es posible perder la vista en el agua y quedarse horas en una tranquila contemplación. Ramiro Locaso, el responsable de crear y ejecutar los tragos de la barra, nos recibe con un Diógenes, una creación que homenajea a su abuelo y lleva Carpano bianco, cordial chai, lima, almíbar, soda, naranja y canela. “El sabor siempre estuvo en casa porque venimos de familia gastronómica”, explica. “Mis abuelos tenían huerta y comíamos todo de ahí, así que los condimentos no me resultan ajenos”. Será por eso que los sabores que mezcla Ramiro parecen tocar algún punto ubicado entre el paladar, el cerebro y el corazón. El bar está abierto todos los días y los fines de semana hay shows musicales. Nuestro recorrido por Rosario culmina en un superclásico: Sunderland Bar, donde lo ideal es sentarse afuera, bajo los árboles, en una noche cálida. Cordero cocinado en modo lentísimo, trucha rellena, pasta vegetariana. Panna cotta de maracuyá. Café. En un rato nos esperan en el centro de la ciudad donde han armado un escenario al aire libre porque hay un recital sorpresa. Así se vive Rosario en verano.

Elizabeth Jelin - "La lucha por el pasado"

Elizabeth Jelin habla de su libro La lucha por el pasado. Cómo construimos la memoria social

“Los aires nuevos los traen las nuevas generaciones”

En su investigación, la socióloga se centra en temáticas de derechos humanos y ciudadanías, familia y género, memorias de la represión política y movimientos sociales. “Nunca podemos decir que algo está saldado, cerrado”, afirma.


Elizabeth Jelin llamó a su último libro La lucha por el pasado. Cómo construimos la memoria social. Ya desde el título de esta reciente publicación de Siglo Veintiuno, la investigadora propone algunos de los núcleos de un pensamiento que viene desarrollando desde hace décadas, en un trabajo centrado en derechos humanos y ciudadanías, familia y género, memorias de la represión política y movimientos sociales. Uno de esos núcleos es la idea de que todo pasado aparece conformado a partir de luchas, tensiones e intereses confrontados que lo definen en cada presente. La memoria como construcción social –humana, subjetiva– a partir de estas luchas es, por tanto, otra de las nociones que la socióloga pone en juego en su trabajo. Desde allí reconstruye la historia del movimiento de derechos humanos en la Argentina y de la propia conformación de un campo de investigación alrededor de los estudios sobre memoria, en un libro que, por el modo llano y directo en que está escrito, es al mismo tiempo académico y de divulgación.
“Nunca hay una memoria. Las memorias, que siempre se construyen en un presente, tienen que ver con el pasado, pero también con el momento en que las evocamos o las olvidamos. Se dan siempre en escenarios de lucha, frente a otros, que quieren otras cosas”, advierte la socióloga sobre el título de su trabajo. “Mi perspectiva es de la acción social: se trata de actores que actúan en escenarios, frente a adversarios, frente a otros con los cuales establecen alianzas. Ese es el espacio de la acción social, y así vivimos en la vida más íntima, familiar, o en la política y publica. Y en esos escenarios estamos en tensión: por convencer a otros de que esto vale y aquello no, por disputar con otros y otras los espacios. Entonces, la noción de lucha es central”, explica. De allí se desprende otra idea en contra de cierto sentido común: “Nunca podemos decir que algo está saldado, cerrado. Aquellos y aquellas que pensaron que el tema estaba resuelto, que había una hegemonía de pensamiento, de tipo A o B, se equivocaron. El mundo no es así; siempre hay contrahegemonías, disputas”. De estas nociones básicas –que hay una lucha por el pasado, que el sentido de ese pasado se construye, que no está cristalizado, y que nunca está acabado– se desprende, concluye Jelin, una nota de optimismo posible: el futuro no está escrito nunca.
–Lo que dice se comprueba dramáticamente. Cierto terreno que se creía ganado en la opinión pública en materia de derechos humanos, no parece verse hoy tan claramente.
–Algunos creían eso. Y no era así. Por poner un simple ejemplo: el movimiento Memoria Completa, de Cecilia Pando y otros, creció en la década de 2000 y 2010. No quisimos verlo, no se le dio importancia, pero estaba ahí. Y reflejaba a una parte de la sociedad argentina.
–Lo interesante es que, si el pasado se construye a partir de luchas, entre otras aparece la lucha por imponer la idea de que no hay lucha: el diálogo, el consenso, la concordancia... 
–Una de las maneras de entrar al escenario de lo sociopolítico es decir que hay algo que es consensuado. Y el consenso no existe. Si alguien dice “todos somos, todos pensamos...”, ese todos es retórico. Excepto para hablar de derechos de ciudadanía básicos, donde hay que decir que todos y todas tenemos determinados derechos, cuando entramos al campo de la política, lo que hay es siempre disputa.
–En el libro hace un recorrido histórico de los movimientos de derechos humanos en la Argentina, con todas las tensiones a su interior. ¿Qué momento cree que atraviesa hoy ese movimiento? 
–Todo movimiento social es muy heterogéneo internamente. Al analizarlos históricamente, vemos que hay momentos en que se unifican, y otros en los que se disgregan o desarticulan. A quienes estudiamos historias de los movimientos sociales, en general, la teoría y también la experiencia nos han enseñado que para que haya un movimiento social, debe haber un adversario, un principio de unificación (por qué estamos acá), y una idea de que tenemos un escenario común en el cual vamos a disputar. Cuando el adversario es más fuerte, en general una piensa que el movimiento se va a unificar más y va a tener más fuerza, y al revés. Esa es la hipótesis general. Mi sensación es que eso hoy no lo estamos viendo. No tenemos un movimiento de derechos humanos con una voz más o menos común, por eso la fuerza del adversario se ve más grande.
–¿No fue siempre un movimiento bastante disgregado?
–El origen de esto que llamamos movimiento de derechos humanos en la Argentina es particularmente heterogéneo. Teníamos, por un lado, lo que se llama en la Argentina afectados directos, gente que por razones familiares tuvo víctimas directas, o son sobrevivientes. Por otro lado, una intelectualidad y un mundo de liderazgos políticos heterogéneo humanista, que cree en los derechos humanos como bandera ideológica básica, que se fue aglutinando. Eso fue en sus comienzos, por ejemplo, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Y grupos disidentes de las iglesias, que en ningún caso fueron los voceros centrales: obispos como Novak, Hesayne, De Nevares, no el Arzobispado central. Rabinos y algunos líderes protestantes. El movimiento fue muy heterogéneo. El humanismo que viene de las iglesias protestantes, juntado con una madre de víctima que está ahí en función de esa identidad, poco tienen en común. Esas tres vertientes que confluyeron en la conformación de lo que llamamos Movimiento de Derechos Humanos se mantuvo a lo largo del tiempo, con distintas agendas. Algunas más centradas en las reivindicaciones que ahora llamamos Memoria, Verdad y Justicia, con los crímenes de la dictadura, y otras con una noción de derechos humanos más amplia. El Movimiento Ecuménico de Derechos Humanos, por ejemplo, tuvo un fuerte énfasis en temas de niños y niña apenas empezó la transición. La APDH tuvo una comisión de mujeres que debe haberse creado en el ‘84, ‘85. Son ejemplos de instancias que fueron pensando en derechos humanos de manera más amplia y no sólo en función de los crímenes más atroces. Porque la represión económica también estaba, pero no fue eso lo que los movimientos tomaron en sus denuncias iniciales. Después fueron armando sus propias agendas: si se miran la del CELS y la de Abuelas, no son la mismas agendas.
–¿Qué aparece como central en ese recorrido histórico?
–Cuando uno trabaja sobre justicia, ve una historia de la justicia argentina en relación con los crímenes de la dictadura, que tiene una trayectoria y una lógica que se puede rastrear: cómo un paso dado en algún momento abre ciertas puertas, cierra otras; cómo hubo Ley de Punto Final, después la presentación ante la Corte Interamericana, entonces empezaron los juicios de la verdad, después vino la famosa sentencia del juez Cavallo en el caso Poblete, y eso abrió una puerta para que después la Corte Suprema declarara la inconstitucionalidad y se reabrieran los juicios, con lo cual quedaron en segundo lugar los juicios por la verdad... Es decir, una puede hacer la historia de la justicia, que tiene grandes logros. Los de este año han sido emblemáticos, con la sentencia de la megacausa Esma, todo el trabajo que llevó, la importancia internacional de esta historia. Hay después toda una serie de políticas de memoria que el Estado ha estado implementando: políticas de reparación a partir de los ‘90, con todo el conflicto que eso provocó dentro del movimiento, el Banco de Datos Genéticos, el Equipo Argentino de Antropología Forense, una serie de instrumentos con que el Estado, en base a reclamos del movimiento, fue centrado la atención en las víctimas. También se podría hacer su historia. Y hay otra política más de carácter simbólico: marcación de sitios. Desde el gobierno nacional fue limitada, lo que se hizo durante los gobiernos kirchneristas fue una normativa de la marcación, incluyendo los tamaños que tenían que tener las columnas que decían Memoria, Verdad y Justicia, pero luego, nada más. El Archivo Provincial de la Memoria y la D2 en Córdoba, por ejemplo, forman parte del gobierno de Córdoba, no del nacional. Lo que se está haciendo ahora, muy importante, en el Pozo de Quilmes, es con la provincia, el municipio, la universidad, muy local. El gobierno nacional hizo marcación y puso todos sus recursos en la Esma, más que nada.
–En el libro menciona la marcha contra el 2 x 1 como comprobación de una condena política y social ya instaladas. ¿Lo sigue sosteniendo hoy, tras hitos como el del caso Maldonado?
–Trato de no trabajar sobre la coyuntura, sobre lo que pasó ayer o anteayer, porque los entusiasmos y las desilusiones van a ser permanentes. En ese sentido, me tocó estar arriba y abajo en muchas ocasiones. Hay algo que le digo siempre la gente joven, con la que intento trabajar siempre: cuando la coyuntura es tal que estás muy desilusionado, pensá que tu vida va más allá del mes que viene. Imaginate proyectos de cinco a diez años, y vas a ver cómo te cambia la perspectiva de lo que estás viviendo. Imaginate qué querés en el mundo del futuro y cómo querés trabajar en el mundo del futuro. En ese sentido, no puedo decir que de mayo a diciembre el mundo se vino abajo. Hubo sentencia en la megacausa Esma, aparecieron nuevos nietos, sigue habiendo gente que lucha. Recientemente hubo un diálogo público con Kathryn Sikkink, que escribió el libro Razones para la esperanza, que va a salir en castellano en 2018. Ella hizo referencia a un activista norteamericano que decía: “Para ser activista se necesita tener bronca, pero también se necesita tener esperanza. Estar convencido de que lo que vos hagas puede hacer una diferencia”. Entonces, es la mezcla de la bronca y la esperanza. La bronca sola no permite ir a ningún lado. Por eso, no quiero mirar seis meses. Obviamente, este es un momento de repliegue. Pero sigo pensando que la marcha contra el 2 x 1 mostró que hay una energía social fuerte que dijo “esto no”. ¿Todo eso se destruyó en seis meses? No lo creo. Además, siempre hay lugar para lo inesperado.
–¿Por ejemplo?
–Para ir a otro campo que a mí me importa mucho, que es la lucha de los movimientos de mujeres y el feminismo, en algún momento pensábamos que no había recambio después de nosotras, las viejas feministas históricas de los ‘70 y ‘80. Pasó algo inesperado: el Ni Una Menos surgió de gente joven, de periodistas, y se está expandiendo en el mundo. Es un movimiento para observar mucho y es algo que no esperábamos. Los aires nuevos los trae la gente nueva. ¿Qué es lo que viene para este movimiento, para el de derechos humanos, para cualquiera que analicemos? Está en manos de las nuevas generaciones.

Philippe Sands - "Calle Este-Oeste"

Philippe Sands - "Calle Este-Oeste"

Contra todos los males de este mundo

Philippe Sands es inglés, está casado con una española, conoce muy bien la Argentina y como abogado especialista en derecho internacional participó en el juicio por las papeleras en la Corte de la Haya y fue uno de los abogados que actuó en el juicio contra Pinochet cuando fue detenido en Londres en 1998. Y de la Argentina conoce especialmente los testimonios sobre crímenes de lesa humanidad. A pesar de todos sus antecedentes y participaciones en temas rutilantes de la historia y la política mundial, nunca ha tenido tanto éxito y atención de la crítica como con su libro –recientemente publicado en castellano– Calle Este-Oeste, apasionante cruce entre la historia de su familia en el Este de Europa antes y después de la Segunda Guerra Mundial, la de Hans Frank, un abogado personal de Hitler y su hijo Niklas, que lo repudió como padre y como nazi, y muy en especial, la historia de dos grandes juristas judíos ambos de la Universidad de Lviv, actual Ucrania, antes Polonia: Rafael Lemkin, el inventor del concepto de genocidio, y Hersch Lauterpacht, el de crimen contra la humanidad, todos hilos que conducen a los juicios de Nuremberg.

 No hay un mínimo gesto en la cara adusta y menos en el aspecto físico –calvo, ojos serenos, estatura normal, vestido mayormente de camisa y saco– que sugieran una apariencia más que la del profesional correcto, mundano: un abogado más de tantos. Y en su formación tampoco asoma una escena fuera de lo común más que la de haber sido el primero de la familia de su madre en lograr un título universitario: “Tuve una crianza ordinaria, mi padre era dentista y mi madre vendía libros. Soy abogado por accidente, porque entré a la universidad estudiando economía. Tampoco fui un alumno brillante, pero me gané el orgullo de mi madre y de sus lazos sanguíneos”. Philippe Sands es inglés e hincha del Arsenal Football Club, especialista en derecho internacional, está casado con una mujer española, tiene tres hijos y le encanta Argentina. Desde el invierno helado de Londres, su ciudad natal, donde es reconocido como uno de los juristas de derechos humanos más prestigiosos del mundo, dice que ha visitado al país varias veces, ha conocido personas “maravillosas” y hasta participó como abogado en el juicio por las papeleras, en la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Allí se lo vio defendiendo la exposición contra Uruguay, contratado por el Estado argentino y vestido de toga negra y peluca de rulos blanco. Algo que sólo suele hacer en los máximos estrados internacionales, donde la tradición del uniforme es obligatorio, porque nada más alejado del protocolo que este hombre diletante, un outsider ligado tanto más al periodismo y las letras que a su propia expertise. No ha sido casual, por ejemplo, que en los agradecimientos de su última novela, John Le Carré escribiera: “Quisiera dar las gracias especialmente a Philippe Sands, que me guio con el ojo de un abogado y la comprensión de un escritor”. 
Porque Sands, más allá que su physique du rol sugiera otra cosa, no es un abogado cualquiera: es alguien extraordinariamente inquieto, que se mueve como un anfibio entre lenguajes y disciplinas. Dice, sorprendido, que por su libro Calle Este-Oeste: Sobre los orígenes del genocidio y crímenes contra la humanidad, uno de los fenómenos literarios actuales del mundo anglosajón, ha sido entrevistado como “nunca antes en mi vida”. Que siquiera sus habituales columnas en The Guardian, The Financial Times, BBC World Service y The New York Review of Books, ni sus anteriores libros de ensayo Lawless Word –sobre la ilegalidad de la guerra de Irak– y Torture Team –acerca del uso de la tortura por parte de la administración Bush–, habían cosechado una repercusión mundial como está ocurriendo con Calle Este-Oeste, suceso de ventas en Inglaterra y que también ha sido traducido al español. 
Un idioma en el cual dice sentirse cómodo. Phillipe confiesa un cariño especial por Latinoamérica: en Chile lo recuerdan como uno de los abogados que trabajó en el caso del dictador Augusto Pinochet cuando había sido detenido en Londres, en 1998. Pero, de todos los países, prefiere Argentina. “Espero viajar pronto, me han invitado a la Feria del Libro. Me gustaría saludar a mi amigo personal Eduardo Sacheri. Lo admiro profundamente como a otros que conocí, porque Argentina es un país de notables escritores”, cuenta vía mail para esta nota, con la cual se entusiasma porque “mis parientes de España y México me podrán leer por primera vez en español”. Su familia se expande por el mundo como su profesión, que llegó incluso a Ruanda, donde formó parte de una acusación internacional por genocidio contra el país africano en los 90, hechos que permitieron, entre otros, la creación de la Corte Penal Internacional. 
Lo que verdaderamente une a Sands con Argentina, además de los paseos por La Recoleta –“pasé días caminando por ahí y luego horas sentado en los cafés”–, no es el fútbol, ni la carne vacuna ni el tango. Es, por sobre todas las cosas, la relación con el pasado reciente. Especializado en trabajar figuras jurídicas como crímenes de lesa humanidad y genocidio, hace unos años Sands escuchó testimonios de las víctimas de la última dictadura militar. A punto tal que, poco tiempo después, imaginó una trama y se atrevió a escribir una novela. Se llama Memorial, transcurre en Buenos Aires y aún está inconclusa. “Durante mucho tiempo me fasciné por la experiencia de la memoria y la lucha de los organismos de derechos humanos en Argentina”, dice, desde Inglaterra. “Es algo complejo, extraordinario, notable. Tanto es así que hace unos años, en 2010, pasé un verano entero en la escritura de un proyecto de novela, que por ahora está guardada en mi computadora, esperando el momento de continuarla. Alguna vez trabajé en el caso del represor Ricardo Cavallo, conocí la historia de la Armada argentina. Y entonces me largué a escribir inspirado en un relato que había investigado”. 
Para el abogado británico, acostumbrado a la redacción de informes y de alegatos en los juicios, no había sido novedad asumirse en el lugar del narrador, pero sí en el de la ficción, uno de los pocos terrenos a los que no se había animado. Con 57 años, la trayectoria de Sands es tan deslumbrante como iconoclasta: profesor de la University College de Londres y asiduo defensor de casos en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en la Corte Penal Internacional de La Haya, ha cautivado al Tribunal Supremo británico con una conferencia sobre el cambio climático y el derecho internacional, denunció el tráfico de armas de Inglaterra a Arabia Saudita para Amnistía Internacional, y por si fuera poco, ha participado también en el guión y las entrevistas de  What Our Fathers Did: A Nazi Legacy, un documental estrenado en Netflix que enfrenta a dos hijos de nazis, Niklas Frank, que desprecia a su padre, y Horst von Wächter, que lo defiende. 

La historia siempre es insuficiente

La historia de Niklas y la de su padre Hans, ex abogado personal de Hitler y Gobernador General de la Polonia sitiada por los nazis, ejecutado en la horca después de haber sido condenado en los Juicios de Núremberg en 1946, ocupa una buena parte de Calle Este-Oeste, libro de no ficción de 600 páginas, que lo erige a Sands como un autor monumental: allí cruza, con una prosa ágil, rigurosa y fluida, una serie de historias que componen un rompecabezas apasionante, entre la memoria familiar, la historia europea contemporánea con centro en el Holocausto  y la saga íntima del derecho internacional. Como buen cronista, Sands pone el cuerpo y entabla vínculos para lograr que sus protagonistas le cuenten los detalles más inesperados, como los días transcurridos con Niklas, el primer hijo de un alto cargo nazi que dijo que su padre era criminal y merecía morir, ocasionando un escándalo en Alemania.
Por intervalos, como una suerte de cuaderno de bitácora, en el libro hay fragmentos que funcionan como pequeñas clases, y uno se imagina al profesor charlando con sus alumnos: “¿Cuál es la diferencia entre crímenes contra la humanidad y genocidio? ‘Imagine una matanza de cien mil personas que resultan pertenecer a un mismo grupo’, expliqué, ‘judíos o polacos en la ciudad de Lviv’. Para Hersch Lauterpacht, el asesinato de individuos, si se enmarca en un plan sistemático, sería un crimen contra la humanidad. Para otro jurista, Rafael Lemkin, lo importante era el genocidio, el asesinato de muchos con la intención de destruir al grupo del que forman parte. Para un fiscal actual, la diferencia entre ambos conceptos es en gran medida una cuestión de establecer la intención, algo que haría falta sólo para probar el genocidio, una tarea notoriamente ardua, dado que las personas implicadas en tales matanzas tienden a no dejar ningún rastro de papeleo que pudiera resultar de utilidad”. 
Y luego, antes que la certeza, el despertar de la cavilación: “¿Importa la diferencia?, preguntó alguien en la conferencia. ¿Importa que la ley trate de protegerte porque eres un individuo o debido al grupo del que resultas ser miembro? Aquella pregunta me ha acompañado desde entonces”. 
Sands es un investigador implacable: conecta dato tras dato y escena por escena con una destreza detectivesca, pasión de historiador y una maestría narrativa capaz de recrear la rutina de un nazi: “En plena matanza, y todavía preocupado por su matrimonio, Hans Frank encontró tiempo para poner en práctica otra brillante idea: invitó a la famosa editorial Baedeker a elaborar una guía turística del Gobierno General polaco para animar a potenciales visitantes. En octubre de 1942, Frank escribió una breve introducción, que leí en un ejemplar obtenido en una librería de viejo de Berlín. El libro, con la habitual cubierta contenía un gran mapa desplegable. Las fronteras incluían los campos de Treblinka, Belzec, Majdanek y Sobibor”. O de contar los hallazgos de la pesquisa entre viaje y viaje. “Aquel día de otoño en Wolkowysk estaba presente el sobrino de Rafael Lemkin, Saul. No sin cierto esfuerzo, logré localizarle en Montreal, donde vivía en un pequeño apartamento. Tenía un aspecto llamativo: unos ojos profundos y tristes tallados en un rostro inteligente, y una descuidada barba gris que le daba el aire de algún personaje decimonónico de Tolstói. El tiempo no había sido generoso con aquel hombre culto y apacible”. Y también es capaz de revelar el proceso íntimo en la búsqueda de la verdad sobre su abuelo: Viajé a Viena en compañía de mi hija de quince años para visitar las direcciones reveladas por los archivos.  Las lagunas creadas por el silencio de la familia en torno a los acontecimientos de aquella época pudieron llenarse gracias a los documentos disponibles en numerosos archivos, que ofrecieron detalles sombríos, en blanco y negro, de lo que siguió. Pero primero yo quería ver dónde se habían desarrollado aquellos acontecimientos; y de desmitificar la historia y encontrar nuevos sentidos a la lectura del pasado entrecruzando versiones. León, mi abuelo, y otros cientos de miles de ciudadanos se convirtieron en ciudadanos polacos. Aquel capricho legal, una sorpresa a la vez que un fastidio, salvaría más tarde su vida y la de mi madre. Mi propia existencia le debía algo al artículo 4 de aquel Tratado de las Minorías”. 
La tarea insoslayable de Sands, en rigor, es la de reconstruir, interpretar, mirar al sesgo, recopilar información y yuxtaponerla: demuestra, entre otras cosas, que todo lo que nos han contado sobre la Segunda Guerra Mundial sigue siendo insuficiente, incompleto. El pasado como un oasis de resignificación desde el presente, como un museo de imágenes quietas que necesitan, para volver a moverse y encontrar nuevas representaciones, no la mera voluntad de un individuo sino el enorme y paciente trabajo de alguien dispuesto a no sólo retratar a otros sino cuestionarse a sí mismo: a su propia historia.

Contra la humanidad

En efecto Calle Este-Oeste se lee apasionadamente como una especie de relatos bajo la estructura de una caja china, donde se despliega una literatura del yo que nunca resulta forzada. A la vez, los géneros –el ensayo histórico, el thriller judicial, la crónica en primera persona–, se amalgaman y conviven a la luz de las historias que van apareciendo y  las percepciones-sensaciones-reflexiones de Sands, quien conduce el hilo de la narración y se involucra sin ser autocomplaciente, funcionan como un paseo autobiográfico que despiertan identificación, asombro y tensión entre los grandes temas del “largo siglo XX”, como lo denominó el teórico Giovanni Arrighi: la identidad, las guerras mundiales, la memoria, el olvido, los genocidios y la Justicia. 
Según cuenta el mismo autor, todo comenzó en 2010 por azar y terminó siete años después, en un colosal reporteo entre desplazamientos, trabajo de archivo y entrevistas,  y en medio de su tarea como abogado, la que nunca cesó. Fue en uno de sus tantos viajes al exterior, invitado por la Universidad de Lviv, en Ucrania, para hablar sobre el legado de los Juicios de Núremberg en el derecho internacional, cuando descubrió una historia que luego funcionaría como la punta del ovillo. Rafael Lemkin, el jurista que inventó el concepto de genocidio, había vivido en Lviv e incluso había estudiado en la facultad de Derecho donde lo habían invitado a dar la charla. No era un desconocido: Sands sabía de su tamaña figura en la comprensión de las masacres mundiales y de cómo había inventado una nueva palabra para un nuevo crimen: la destrucción de grupos, una amalgama de la palabra griega genos (tribu o raza) y la terminación latina cidium (el acto de matar). 
Lemkin –contratado por Estados Unidos para trabajar en Núremberg– libró una batalla intelectual, jurídica y política para dar a entender que la idea de genocidio (se acordó, por ese entonces, la definición de “exterminio de grupos raciales y religiosos”) fuera entendida como el crimen más  horrendo de la humanidad. Y si bien la sentencia de Núremberg, dictada el 30 de septiembre de 1946, no lo incorporó, dos años después logró que las Naciones Unidas aprobasen la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio. 
Pero no todo terminó allí. “Al mismo tiempo se aprobó un instrumento paralelo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sobre la protección de las personas, el mismo enfoque que refleja la idea de crímenes contra la humanidad, introducida a iniciativa de otro jurista Hersch Lauterpacht, que también había estudiado en la Universidad de Lviv”, explica Sands. “A partir de allí, los conceptos de crímenes contra la humanidad y genocidio cambiaron el foco del discurso internacional y aunque no impidieron las atrocidades de masas –basta pensar en Ruanda y Yugoslavia en los noventa, o Siria e Irak más recientemente–, para muchos es como si existieran desde siempre. No es así: son obra de unas mentes creativas e imaginativas, las de Lemkin y Lauterpacht, y existe entre ellas una tensión fundamental”. 
Antes de 1945, dice Sands, la ley internacional guardaba silencio. Sobre los judíos en Alemania, por ejemplo, nadie decía nada porque Alemania podía tratar a sus ciudadanos como quisiese, tanto fueran judíos, homosexuales, discapacitados como gitanos. Ese es otro de los microrelatos que fascinan de Calle Este-Oeste: la historia desconocida de los juicios de Núremberg, el acto legal más simbólico del siglo XX. De cómo, en la delgada línea entre venganza y justicia, se debatió el castigo de los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, con la adopción de la Carta de las Naciones Unidas –que reconoció la idea de derechos humanos para todos– y la creación del Tribunal Militar Internacional: un hecho inédito hasta ese momento.
Dicha trama tiene a la ciudad de Lviv como una protagonista excluyente. En aquel viaje de 2010, cuando investigó la historia de Lemkin, el abogado visitó la casa donde nació su abuelo León Buchholz, en una ciudad que entre 1914 y 1945, fiel reflejo de la convulsionada Europa entre las dos Guerras Mundiales, cambió de manos hasta ocho veces, denominándose también Lemberg, Lvov y Lwów. Otrora límite oriental del imperio austrohúngaro, luego parte de Polonia y finalmente ciudad de Ucrania , Lviv es la escenografía donde entran y salen, a través de largos decenios, los personajes de Calle Este-Oeste: la ciudad de infancia de su abuelo –muerto en París a fines de los 90– allí donde también vivieron Lemkin y Lauterpacht –juristas judíos que debieron exiliarse con el nazismo–, y lugar de paso para el gobernador nazi Hans Frank, máxima autoridad sobre Lviv y  quien en 1942 en el Teatro de la Ópera pronunció frases célebres como que “el antisemitismo de Hitler estaba justificado”. Un discurso  que desencadenaría el asesinato de más de 100 mil judíos y polacos, entre los que estaban los amigos, familiares y profesores de Lemkin, Lauterpacht y el abuelo de Sands.
“Amalia Buchholz, mi bisabuela, y Hersch Lauterpacht nacieron y vivieron en la misma calle (Lembergerstrasse) en el pequeño pueblo de Zolkiew, cerca de Leópolis, también conocida como Calle Oeste Este”, dice Sands. Las simultaneidades, los cruces y las convergencias forman parte de una narrativa sobre lo real que depara sorpresas, como la revelación de amantes ocultos en la historia familiar, y detalles insólitos como que Lauterpacht y Frank, fiscal y acusado en los juicios de Núremberg, hubieran estado escuchando, cada uno por separado, La pasión de San Mateo de Johann Sebastian Bach entre audiencia y audiencia. 
“En el transcurso del libro, descubrí que tenía familiares desconocidos. Incluso recompuse la identidad y la historia de la increíble señora que salvó la vida de mi madre, Miss Tilney, una misionaria evangélica de Norwich, Inglaterra. Había un hueco en la historia de mi familia: mi abuelo nunca habló de ello, mi madre tampoco. Mejor dicho: no se sabía nada sobre su vida en los años anteriores a 1945, ya que él no quería hablar de esa época, en la que vivieron huyendo, como clandestinos. Y algo ocurrió cuando cumplí los 50 años y quería saber quién era”, cuenta Sands, y en el libro destapa que su abuelo formó parte de la Resistencia Francesa: sacando el polvo de viejas fotografías –las fotos son otro recurso que usa como herramienta de memoria–, hay una donde León participa en un multitudinario sepelio de un antiguo compañero. A pocos metros de él, en primera fila, aparece Charles de Gaulle. “Me di cuenta que no sabía nada sobre su juventud, o de las circunstancias de su salida de Viena junto a mi madre. O de cómo vivió solo, separado de sus seres queridos durante años, sin saber qué había pasado con ellos. Los que pudieron sobrevivir han pasado esos conflictos y traumas, que les han dejado dolor, tristeza y soledad”. 
¿Para qué uno escribe un libro de no ficción? ¿Cuál es la pregunta para cuya respuesta vale la pena hacerlo? La escritura, entonces, como el deseo por nombrar algo nuevo que no existía, por complejizar caminos escapando de la corrección política a través de interrogantes y no de certezas, como las que surgen de las primeras líneas: “¿Por qué yo había escogido el camino del derecho? ¿Y por qué una especialidad del derecho que parecía estar vinculada a una historia familiar no contada? ‘Lo que atormenta no son los muertos, sino los vacíos que dejan en nuestro interior los secretos de otros’, escribió el psicoanalista Nicolas Abraham hablando de la relación entre un nieto y su abuelo. La invitación de Lviv era una oportunidad para explorar esos vacíos que atormentan”. 
Una oportunidad que, en rigor, luego se convirtió en una suerte de obsesión: desde aquella visita de 2010, Sands ha vuelto cada año. Dice en el epílogo: “Un siglo después de su apogeo sigue siendo una ciudad maravillosa, aunque con un oscuro y secreto pasado, cuyos habitantes ocupan espacios abiertos por otros. La extensión de los edificio, el chirriar de los tranvías, el olor a café y a cereza... todo ello sigue estando ahí. En la Lviv de hoy, que ha olvidado a Lemkin y Lauterpacht, las cuestiones de identidad y genealogía son complejas y peligrosas. La ciudad sigue siendo una ‘copa de hiel’, como lo fue en otro tiempo para tantas personas”. 
Ahora en su estudio de Inglaterra, y lejos de haberse contentado con los descubrimientos de Calle Este-Oeste, Sands sigue haciéndose preguntas. “A mí me preocupa la jerarquía que se ha creado, y que coloca el genocidio en lo más alto de la escala de los horrores, como si los demás crímenes internacionales fueran menos malos. Si se dice que una cosa es genocidio, la noticia aparece en la primera página; si se dice que es un crimen contra la humanidad, en la página 13”. Y dice que se siente preocupado por el rebrote de xenofobia y de nacionalismo extremo en Europa. “La victoria del Brexit se debió, en gran parte, al miedo a la inmigración”. 
Su libro pone el acento en la memoria y el pasado de la historia europea. ¿Cómo cree que se leerá en el continente americano? 
  –El mundo de habla hispana tiene mucho que aportar en los temas de identidad, la memoria y el silencio, que son los temas principales del libro. ¿Son cuestiones realmente diferentes las que escribo para las familias que vivían en Argentina en la década de 1970 y en los años 80? Creo que no.  
Además de Latinoamérica, ¿nota una posible identificación de estos temas en otros continentes? 
  –Absolutamente. Calle Este-Oeste habla con un conjunto de experiencias y temas universales. Por ejemplo, me digo, ¿quién en Argentina no se ha hecho la pregunta de quién soy? O ¿Cómo quiero ser definido? ¿Cómo quiero ser protegido? ¿Sólo como un individuo o como miembro de un grupo?
El nazismo volvió a aparecer en la política europea. ¿Cómo interpretar este fenómeno?
  –La lección es que la historia y la experiencia humana son un conjunto de círculos y ciclos. Nada es lo mismo, ni es totalmente diferente. Nuestra capacidad para tratar a “el otro” como indigno de respeto parece inalterada. Quién sabe dónde vamos, ni por qué precisamente. No se siente demasiado bien, hay que decir, ahora mismo, especialmente en Europa. Europa está viviendo una fractura y la última vez que algo así ocurrió fue en los años treinta.

 El primer párrafo de Memorial, su novela sobre Argentina


“Cada año, en el día de su cumpleaños, Laura Cabejas seguía la misma rutina. Este año, su número 12, el 27 de enero de 1999, no fue diferente. Con su hermano menor Emilio, y con sus padres, ella fue camino a La Recoleta, el cementerio más antiguo de Buenos Aires, a visitar la tumba de su amada abuela, Citina, con quien solía compartir el día de cumpleaños. 
   Los cuatro tomaron su desayuno habitual en La Sanguineta, en la Avenida Manuel Quintana. El café estaba a pocas cuadras de su casa. Allí, cada día de los últimos trece años de su vida, siguiendo la inesperada muerte de su esposo Alfonso, almirante de la Armada Argentina, en el mismo momento que Argentina había recuperado las Islas Malvinas, Citina llegaría a las ocho en punto de la mañana. Lo haría con una copia del diario La Nación que jamás leería, y la suficiente cantidad de pesos para pagar un té de limón, que quedaría sin tomar durante una hora sobre el mantel azul ligeramente manchado”.