martes, 19 de septiembre de 2017

San José Cupertino

San José Cupertino

En Osimo, en el Piceno, san José de Cupertino, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales, célebre, en circunstancias difíciles, por su pobreza, humildad y caridad para con los necesitados de Dios.
Jose Desa nació el 17 de junio de 1603 en Cupertino, pequeña población situada entre Brindisi y Otranto. Sus padres eran pobres, y el infortunio se había ensañado contra ellos. José vino al mundo en un miserable cobertizo en la parte posterior de la casa, porque en aquellos momentos sr procedía al embargo del inmueble, ya que su padre, un carpintero, no había podido pagar sus deudas. En aquellas circunstancias, la niñez de José tuvo que ser muy desdichada. Su madre, al quedar viuda, vio a su hijo como una molestia y una carga más para su miseria y lo trataba con extremada dureza, por lo que el niño creció débil, con marcada tendencia a la distracción y la inercia. Llegaba a olvidarse incluso de comer y, si alguien se preocupaba por recordárselo, respondía simplemente: «me olvidé». Acostumbraba a vagar por la ciudad, a paso lento y desganado, y mirar a todas partes con la boca abierta, de manera que se ganó el sobrenombre de «Boccaperta». Nadie le quería bien, a causa de su aire de simpleza y su mal genio; sin embargo, en lo tocante a sus deberes religiosos, los cumplía con una extraordinaria fidelidad y gran fervor. Al llegar a la edad en que debía ganarse el pan, José entró como aprendiz de zapatero y se esforzó por aprender el oficio, sin lograrlo. Al cumplir los diecisiete años, se presentó en el convento de los franciscanos para solicitar su ingreso, pero fue rechazado. Entonces, hizo su solicitud ante los capuchinos, que lo tomaron como hermano lego, pero, al cabo de ocho meses, fue despedido por incapacidad para desempeñar los deberes que imponía la orden. Su torpeza y su despreocupación le incapacitaban para cualquier trabajo, como lo había probado en el convento, donde dejaba caer de continuo los platos y las tazas en el suelo del refectorio, se olvidaba de hacer lo que se le había ordenado y no se podía confiar en él ni siquiera para encender el fuego del horno. Al verse desamparado, José buscó refugio en la casa de un tío suyo muy rico, que se negó rotundamente a ayudar a un «bueno para nada», por muy pariente cercano que fuese, y el joven José se vio obligado a regresar a la miseria y el desprecio de su casa. Por supuesto que su madre no tuvo el menor placer en verlo regresar y, para deshacerse de él lo más pronto posible, rogó y suplicó a su hermano, un fraile franciscano, que admitieran a José en el convento, con tanta insistencia que, al fin, logró sus propósitos, y el joven ingresó como criado al monasterio franciscano de Grottella. Se le dio un hábito de terciario y se le puso a trabajar en los establos. Al parecer, fue entonces cuando se produjo un cambio radical en José: desempeñó con notable destreza los deberes que se le encomendaban y, con su humildad, su dulzura, su amor por la mortificación y la penitencia, se granjeó tanto afecto y respeto por parte de sus hermanos que, en 1625, la comunidad en pleno resolvió que debía ser admitido entre los religiosos del coro y quedar así calificado como aspirante a recibir las órdenes sagradas.

De esta manera, inició José su noviciado y no tardaron sus virtudes en convertirlo en un objeto de admiración, pero al mismo tiempo, se advirtió que no hacía grandes progresos en los estudios. Por mucho que se esforzara, su capacidad intelectual no le daba más que para leer mal y escribir peor. Carecía . de la facultad de expresarse y, del único texto sobre el que pudo decir algo fue: «¡Bendito el vientre que te concibió!» Cuando se le examinaba para el diaconado, el obispo abrió el libro de los Evangelios a la ventura y, quién sabe por qué casualidad, sus ojos cayeron precisamente sobre aquella frase; de manera que el prelado examinador pidió al hermano José que disertara sobre ella, lo que el joven hizo bien y con presteza. Cuando llegó el momento del examen para el sacerdocio, los primeros candidatos respondieron a las preguntas en forma tan completa y satisfactoria, que los restantes, entre los que se encontraba José, fueron aprobados sin haber pasado por el examen. Tras de haber recibido las órdenes sacerdotales, en 1628, pasó cinco años sin probar el pan o el vino, y las hierbas que comía los viernes, eran tan amargas o desabridas, que sólo él las podía tragar. Sus rigurosos ayunos cuaresmales le privaban absolutamente de todo alimento durante todos los días, a excepción de los jueves y domingos, y pasaba sus horas entregado a los trabajos manuales domésticos y de rutina que eran, bien lo sabía él, los únicos que podía desempeñar.

Desde el momento de su ordenación, la existencia de san José fue una serie ininterrumpida de éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales, en una escala que no tiene paralelo en ninguno otro de los santos. Todo lo que de cualquier manera se refiriese particularmente a Dios o a los misterios de la religión, podía arrebatarle los sentidos y tomarle insensible a lo que sucedía a su alrededor; las distracciones y olvidos de su niñez y su juventud tuvieron ahora un fin y un propósito claro y definido. A la vista de un cordero en el jardín de los capuchinos en Fossombrone, quedó arrobado en la contemplación del inmaculado Cordero de Dios, y se afirma que en aquella ocasión, se elevó por los aires con el animalillo en los brazos. En todo momento tuvo un dominio especial sobre las bestias, semejante al que tenía san Francisco; se dice que las ovejas se reunían en torno suyo y escuchaban atentas sus plegarias; una golondrina del convento le seguía por todas partes e iba volando a donde él le mandaba. Particularmente durante la misa o el rezo de los oficios, tenía raptos que le elevaban del suelo. Durante los diecisiete años que pasó en Grottella se registraron setenta casos de levitación, y el más extraordinario de todos ellos ocurrió cuando los frailes construían un calvario. Faltaba por colocar la cruz del medio que tenía una altura de casi diez metros y era pesadísima, de manera que ni los esfuerzos de diez hombres podían levantarla hasta su sitio. Se afirma que entonces se asomó el hermano José por la puerta del convento, voló los setenta y ocho metros que le separaban del lugar donde se hallaban los otros frailes, tomó la pesada cruz en sus brazos, «como si fuera de paja» y la levantó para dejarla en su lugar, sobre el simulado montículo del Calvario. Fueron varios los testigos que dieron cuenta de este sorprendente suceso, aunque lo mismo que ocurrió con muchas otras de las maravillas obradas por el santo, sólo se dieron a conocer y se registraron después de la muerte de José, cuando ya había transcurrido el tiempo necesario para que no se exagerasen los acontecimientos y se fabricasen las leyendas en base a ellos. Pero cualquiera que haya sido la naturaleza y la realidad de aquellos sucesos, no cabe duda de que la vida diaria de san José estuvo rodeada por tantos fenómenos perturbadores y extraños que, por lo menos durante treinta y cinco años, sus superiores le prohibieron oficiar la misa en público, tomar parte en el coro, comer a la mesa con los hermanos y asistir a las procesiones y otras ceremonias públicas. Algunas veces, cuando se hallaba en rapto y sin sentido, los frailes trataron de volverlo en sí con golpes, quemaduras y pinchazos con agujas, pero nada de eso le producía efecto alguno y sólo despertaba, según se dice, al oír la voz de su superior. Al recuperar los sentidos, sonreía a todos dulcemente y les pedía perdón por lo que él llamaba «su ataque de mareos».

La levitación (nombre que se da a la elevación del cuerpo humano desde el suelo que pisa, sin que intervenga ninguna fuerza física) en una forma u otra, se registró en unos doscientos santos y beatos (y en otros muchos que no lo fueron) y, en sus casos, semejante fenómeno se ha interpretado como una marca especial del favor de Dios, por el cual pone de manifiesto, aun para los sentidos físicos, que la plegaria es una elevación de la mente y el corazón hacia Dios. Tanto por la extensión como por el número de esas experiencias, san José de Cupertino nos ofrece los ejemplos clásicos de levitación, porque si bien algunos de los fenómenos que le ocurrieron en su juventud podrían ponerse en tela de juicio, los que se registraron en sus últimos años estuvieron bien atestiguados. Por ejemplo, uno de sus biógrafos declara: «En 1645, el embajador de España en la corte pontificia, el Gran Almirante de Castilla, pasó por ahí (por Asís) y visitó a José de Cupertino en su celda. Luego de conversar con él un buen rato, bajó a la iglesia y dijo a su esposa: 'Vengo de ver y de hablar con otro san Francisco'. La señora manifestó entonces su gran deseo de gozar de un privilegio igual y el padre guardián mandó decir a José que bajase a la iglesia para hablar con Su Excelencia. El hermano respondió: 'Obedeceré, pero no puedo decir si podré hablar con la dama'. En efecto, momentos después apareció en la puerta de la iglesia, pero en el mismo instante clavó los ojos en una imagen de la Virgen María que se hallaba en el altar y, de pronto, se elevó del suelo y voló unos doce pasos por encima de las cabezas de los que estaban en la nave, hasta quedar parado a los pies de la estatua. Permaneció ahí un momento y oró en homenaje a la Señora y, luego de emitir su grito peculiar, voló de nuevo hasta la puerta de la iglesia y regresó de prisa a su celda, mientras el almirante, su esposa y todos los miembros de su séquito que presenciaron la escena, permanecían inmóviles en su sitio, como paralizados por el asombro». Ese suceso que se relata en dos de las biografías del santo, se presentó apoyado por numerosas referencias de los testigos oculares durante las deposiciones en el proceso de canonización. «Es todavía más digna de confianza», dice el padre Thurston en «The Month» de mayo de 1919, «la evidencia de la levitación del santo suministrada en Osimo, donde pasó los últimos seis años de su vida. Ahí le vieron sus hermanos en religión elevarse por los aires hasta una altura de tres metros y medio a cuatro metros para besar la frente del Niño Dios que se hallaba en brazos de una imagen de la Virgen, muy por encima del altar, y no se limitó a eso, sino que alzó de los brazos de la Virgen la imagen del Niño, que estaba hecha de cera y, como si la arrullara, voló con ella en sus brazos hasta su celda donde continuó suspendido en los aires en todas las actitudes y posturas imaginables. En otra ocasión, durante aquellos últimos años de su vida, levantó a otro de los frailes y lo transportó en su vuelo alrededor de una habitación y se afirma que ya había hecho lo mismo en varias oportunidades previas. Durante la última misa que celebró, el día de la Asunción de 1663, un mes antes de su muerte, tuvo un rapto que le levantó más largo tiempo que todos los anteriores. Y para todos estos sucesos contamos con la evidencia de numerosos testigos oculares que hicieron sus deposiciones bajo juramento, como de costumbre, unos cuatro o cinco años más tarde solamente. Sería irrazonable suponer que aquellos testigos se engañaron en cuanto al hecho preciso de que el santo flotaba en los aires, puesto que todos estaban convencidos de haberlo visto así bajo todas las condiciones y circunstancias posibles». Próspero Lambertini, el que después fue el Papa Benedicto XIV, suprema autoridad en las evidencias y procedimientos de las causas de canonización, estudió personalmente, todos los pormenores en el caso de san José de Cupertino. El escritor dice más adelante: «Cuando la causa se presentó a discusión ante la Congregación de Ritos, (Lambertini) era 'promotor Fidei' (el personaje que vulgarmente se conoce con el nombre de 'Ahogado del Diablo') y es cosa sabida que su animadversión hacia las pruebas que se habían sometido a su consideración era firme y exigente. Sin embargo, debemos creer que aquellos escrúpulos quedaron completamente satisfechos, puesto que no sólo fue el propio Lambertini quien, instalado ya en el trono de San Pedro, emitió el decreto de beatificación en 1753, sino que en su obra magna, 'De Servorum Dei Beatificatione', dice lo que sigue: 'Mientras yo desempeñaba el cargo de promotor de la Fe, se sometió a la consideración de la Sacra Congregación de Ritos, la causa del venerable siervo de Dios, José de Cupertino, causa ésta que, después de mi retiro, fue llevada a una conclusión favorable. En el curso del proceso, los testigos oculares de indiscutible integridad suministraron evidencias sobre las famosas levitaciones o levantamientos desde el suelo y vuelos prolongados del mencionado siervo de Dios cuando se hallaba arrebatado en éxtasis'. No cabe la menor duda de que Benedicto XIV, un crítico apegado a normas estrictas que conocía el valor de las evidencias y que había estudiado las deposiciones originales con más detenimiento que cualquier otro de los miembros del tribunal, creía a pie juntillas que los testigos de las levitaciones de san José habían observado realmente lo que aseguraban haber visto».

Por supuesto, no faltaron las personas para quienes aquellas manifestaciones eran piedra de escándalo. Cuando san José recorría la provincia de Bari y atraía a las multitudes, las autoridades eclesiásticas le denunciaron como a «uno que anda por los caminos de estas provincias y que, como un nuevo Mesías, arrastra a las muchedumbres en pos suya, a causa de ciertos prodigios realizados ante unas cuantas de aquellas gentes ignorantes que están dispuestas a creer cualquier cosa». El vicario general presentó la queja al inquisidor de Nápoles y se hizo comparecer a José. Al examinarse los pormenores de las acusaciones, no hallaron los inquisidores nada digno de censura, pero no por eso levantaron los cargos al acusado, sino que le enviaron a Roma para que se presentara ante el ministro general de su orden. Este le recibió al principio con dureza, pero muy pronto quedó impresionado por la evidente inocencia y el porte humilde de José y acabó por llevarle consigo a ver al Papa Urbano VIII. A la vista del Vicario de Cristo, el santo entró en éxtasis, y dijo el Pontífice Urbano que si José moría antes que él, no dejaría de dar testimonio sobre el milagro que acababa de presenciar. En Roma se decidió enviar a José de regreso a Asís, donde nuevamente sus superiores le trataron con una notable severidad y, por lo menos, fingieron que le consideraban como un hipócrita. Llegó a Asís en 1639 y permaneció ahí trece años. Al principio debió sufrir muy duras pruebas, tanto internas como externas. Hubo temporadas en las que le pareció que Dios le había abandonado; a sus ejercicios religiosos les acompañaba una sequedad espiritual que le afligía en extremo, al tiempo que las más terribles tentaciones le hundían en una melancolía tan profunda, que apenas si levantaba los ojos del suelo. Al ser informado de esto el ministro general, mandó llamar a José a Roma y, tras de retenerlo ahí tres semanas, lo devolvió a Asís. Durante su viaje a Roma, el santo experimentó un retorno de aquellos consuelos divinos que le habían sido retirados temporalmente. Las noticias sobre la santidad y los milagros de José sobrepasaron las fronteras de Italia, y personajes tan distinguidos corno el almirante de Castilla, a quien ya mencionamos, se detenían en Asís para visitarlo. Entre estas personalidades se hallaba también John Frederick, duque de Brunswick y Hanover. Aquel noble señor, que era luterano, se conmovió tanto por lo que presenció, que ahí mismo abrazó la religión católica. El santo solía decir a ciertas personas escrupulosas que acudían a consultarle: «No me gustan los escrúpulos ni la melancolía: si tus intenciones son buenas, no tienes nada que temer». Siempre instaba a la plegaria. «Orad», decía. «Si os turban la aridez o las distracciones, decid un Padre Nuestro y eso basta, porque entonces habréis hecho oración vocal y mental». Cuando el cardenal Lauria le preguntó lo que veían las almas en éxtasis durante sus raptos, repuso: «Se sienten como transportadas dentro de una galería maravillosa, resplandeciente con una belleza interminable y ahí, con una sola mirada en un espejo, comprenden las visiones maravillosas que Dios se complace en mostrarles». En el ir y venir de la vida diaria andaba siempre tan preocupado por las cosas celestiales, que si se cruzaba una mujer en su camino, él suponía, auténticamente y con toda sinceridad, que veía pasar a Nuestra Señora, a Santa Catalina o a Santa Clara y, si era un hombre desconocido el que se atravesaba, lo confundía con alguno de los Apóstoles y muchas veces, al encontrarse con otro fraile compañero suyo, creyó estar ante san Antonio o ante el propio san Francisco.

Por razones que desconocemos, en 1653, la Inquisición de Perugia recibió instrucciones para sacar a José de la comunidad de su orden y ponerlo a cargo de los capuchinos en calidad de fraile solitario en las colinas de Pietrarosa donde debía vivir en estricta reclusión. «¿Será necesario que vaya prisionero?», inquirió, y partió sin tardanza, con tanta prisa, que dejó su sombrero, su capa, su breviario y sus anteojos. Y en efecto, había ido a una prisión. No se le permitía abandonar la clausura del convento, hablar con alguien fuera de los frailes, escribir o recibir cartas; quedó completamente aislado del mundo exterior. Pero sin duda que, aparte de la inquietud y la tristeza que necesariamente experimentaba al verse separado de los otros conventuales y tratado como un criminal, aquella vida debe haber resultado particularmente satisfactoria para san José. Por otra parte, no duró mucho su aislamiento, porque no tardaron las gentes en descubrir el escondite y los peregrinos poblaron el lugar antes desierto. Entonces se le llevó subrepticiamente a otra reclusión igual en la casa de los capuchinos en Fossombrone. Y así pasó el resto de su vida. En 1665 el capítulo general de los franciscanos conventuales pidió que les fuera devuelto su santo a Asís, pero el Papa Alejandro VII respondió que con un san Francisco de Asís había bastante. En 1657, se le permitió residir en la casa de los conventuales en Osimo; sin embargo, ahí fue más estricta su reclusión y sólo a muy contados religiosos se les autorizaba a visitarle en su celda. En medio de todo aquel rigor y hasta el fin de sus días, tuvo el consuelo cotidiano de las manifestaciones sobrenaturales y se puede decir que, si bien los hombres le abandonaron, Dios se estrechaba cada vez más íntimamente con él. El 10 de agosto de 1663, se sintó enfermo y supo que su fin estaba próximo: murió cinco semanas después, a la edad de sesenta años. Fue canonizado en 1767.

San Jenaro de Benevento

San Jenaro de Benevento

San Jenaro, obispo de Benevento, mártir por Cristo en Puzzuoli, cerca de la ciudad de Nápoles, en la Campania, en tiempo de persecución contra la fe cristiana.
Jenaro, natural según unos, de Nápoles y, según otros, de Benevento, fue obispo en la última de las ciudades nombradas cuando estalló la terrible persecución de Diocleciano. Sucedió por entonces que Sosso, diácono de Miseno, Próculo, diácono de Pozzuoli, y los laicos Euticio y Acucio fueron detenidos en Pozzuoli por orden del gobernador de Campania, ante el cual habían confesado su fe. Por su sabiduría y sus virtudes, Sosso había conquistado la amistad de san Jenaro y, en cuanto éste tuvo noticias de que aquel siervo de Dios y otros compañeros habían caído en manos de los perseguidores, decidió ir a visitarlos y a darles consuelo y aliento en la prisión. Como era de esperarse, sus visitas no pasaron inadvertidas para los carceleros, quienes dieron cuenta a sus superiores de que un hombre de Benevento iba con frecuencia a hablar con los cristianos. El gobernador mandó que aprehendieran al imprudente desconocido y lo llevaran a su presencia. Jenaro, el obispo, Festo, su diácono, y Desiderio, un lector de su iglesia, fueron detenidos dos días más tarde y conducidos a Nola, donde se hallaba el gobernador. Ahí, los tres soportaron con entereza los interrogatorios y las torturas a que fueron sometidos. Poco tiempo después, el gobernador debió trasladarse a Pozzuoli y los tres confesores, cargados con pesadas cadenas, tuvieron que caminar delante de su carro hasta aquella ciudad, donde fueron arrojados a la misma prisión en que se hallaban los otros cuatro mártires antes mencionados. A todos se les condeno a ser despedazados por las fieras y sólo aguardaban, hacinados en la inmunda celda, a que se cumpliera la sentencia. Un día antes de la llegada de san Jenaro y sus dos compañeros, los otros cuatro confesores fueron expuestos a las bestias que no hicieron otra cosa más que rondar en torno suyo, sin atacarlos. Algunos días más tarde, los siete condenados fueron conducidos a la arena del anfiteatro y, para decepción del público, las fieras hambrientas y provocadas no hicieron otra cosa que rugir mansamente, sin acercarse siquiera a sus presuntas víctimas. El pueblo, irritado y sorprendido, imputó a la magia la salvación de los cristianos y vociferó para pedir que los mataran, de suerte que ahí mismo los siete confesores fueron condenados a morir decapitados. La sentencia se ejecutó cerca de Pozzuoli, y en el mismo sitio fueron enterrados los restos de los mártires.

Con el correr del tiempo, la ciudad de Nápoles entró en posesión de las reliquias de san Jenaro que, en el siglo quinto, fueron trasladadas desde la pequeña iglesia de San Jenaro, vecina a la Solfatara, donde se hallaban sepultadas. Durante las guerras de los normandos, los restos del santo fueron llevados a Benevento y, poco después, al monasterio de Monte Vergine, pero en 1497, se trasladaron con toda solemnidad a Nápoles que, desde entonces, honra y venera a san Jenaro como su patrono principal.

Ninguna investigación puede correr el riesgo de depender de los datos sobre el martirio de san Jenaro que mencionamos arriba; los que figuran en sus «actas» son de fecha muy posterior y enteramente indignos de confianza. En realidad, no se sabe nada con certeza de él ni de los otros que fueron también martirizados. Toda la fama del santo radica en ese «milagro permanente» (como lo llama Baronio) que es la licuefacción de la supuesta reliquia de la sangre del santo que se conserva en la capilla del tesoro de la iglesia catedral de Nápoles, un suceso maravilloso que se reproduce periódicamente desde hace cuatrocientos años. La reliquia consiste en una masa sólida, oscura y opaca, que llena hasta la mitad una redoma de cristal sostenida por un relicario de metal. En dieciocho ocasiones durante el año, relacionadas con la traslación de los restos a Nápoles (el sábado anterior al primer domingo de Mayo), con la fiesta del santo (19 de septiembre) y el aniversario de la salvadora intervención del mismo para evitar los catastróficos efectos de una erupción del Vesubio en 1631 (16 de diciembre), un sacerdote expone la famosa reliquia sobre el altar, frente a una urna que contiene la supuesta cabeza de san Jenaro. Los fieles que llenan la iglesia en esas fechas, especialmente representados por un grupo de mujeres pobres conocidas con el nombre de «zie di San Gennaro» (tías de san Jenaro) y que ocupan un lugar de privilegio junto al altar, entonan plegarias y cánticos. Al cabo de un lapso que varía entre los dos minutos y una hora -por regla general-, el sacerdote agita el relicario con la redoma, lo vuelve cabeza abajo y la masa que era negra y sólida y permanecía seca, adherida al fondo del frasco, se desprende y se mueve, se torna líquida y adquiere un color rojizo, a veces burbujea y siempre aumenta de volumen. No sólo se realiza todo eso a la vista de las personas que estén en la nave del templo, sino de aquéllas que tienen el privilegio de ser admitidas en el santuario y que pueden ver el prodigio a menos de un metro de distancia. Y en aquel momento, el sacerdote anuncia con toda solemnidad: «¡Ha ocurrido el milagro!», se canta el Te Deum y la reliquia es venerada por la congregación y por el clero.

Ninguno de los milagros o hechos sobrenaturales comprobados ha sido estudiado con mayor detenimiento, ni examinado por gentes de opiniones más opuestas, que este caso de la licuefacción de la sangre de san Jenaro, y se puede afirmar, sin temor a equívocos, que ningún investigador o perito con experiencia, por racionalista que sea, se atreve a decir ahora que no sucede lo que se asegura que ocurre. No hay ningún truco posible y tampoco hay, hasta ahora, alguna explicación satisfactoria (aunque se han ofrecido muchas por parte de los católicos y de los que no lo son), a no ser la de que se trata de un auténtico milagro. Sin embargo, antes de que un milagro sea reconocido con absoluta certeza, deben agotarse todas las explicaciones naturales, y todas las interrogantes deben tener su respuesta.
Entre los elementos positivamente ciertos en relación con esta reliquia, figuran los siguientes:

- La substancia oscura que se dice ser la sangre de san Jenaro (la que, desde hace más de 300 años permanece herméticamente encerrada dentro de la redoma de cristal que está sujeta y sellada por el armazón metálico del relicario) no ocupa siempre el mismo volumen dentro del recipiente que la contiene. Algunas veces, la masa dura y negra ha llenado casi por completo la redoma y, en otras ocasiones, ha dejado vacío un espacio equivalente a más de una tercera parte de su tamaño.

- Al mismo tiempo que se produce esta variación en el volumen, se registra una variante en el peso que, en los últimos años, ha sido verificada en una balanza rigurosamente precisa. Entre el peso máximo y el mínimo se ha llegado a registrar una diferencia de hasta 27 gramos.

- El tiempo más o menos rápido en que se produce la licuefacción, no parece estar vinculado con la temperatura ambiente. Hubo ocasiones en que la atmósfera tenía una temperatura media de más de 30° centígrados y transcurrieron dos horas antes de que se observaran signos de licuefacción. Por otra parte, en temperaturas de 5° a 8° centígrados más bajas, la completa licuefacción se produjo en un lapso de 10 a 15 minutos.

- No siempre tiene lugar la licuefacción de la misma manera. Se han registrado casos en que el contenido líquido de la redoma, burbujea, se agita y adquiere un color carmesí muy vivo, mientras que, en otras oportunidades, su color es opaco y su consistencia pastosa.

Entre las dificultades que surgen para aceptar el fenómeno como un milagro, cabe señalar las siguientes:

- El hecho de que en la enorme mayoría de los casos de otras reliquias de la sangre de los mártires que se encuentran en Nápoles y en las que se observa más o menos el mismo fenómeno, como la sangre de san Juan Bautista, la de san Esteban y la de santa Úrsula, son reliquias positivamente espurias.

- Por siete veces, la sangre de san Jenaro se tornó líquida mientras un joyero hacía reparaciones en el relicario, pero a menudo, durante las exhibiciones del mes de diciembre, no se produjo la licuefacción.

- La autenticidad de la misma reliquia es muy problemática, puesto que no contamos con registros sobre el culto a san Jenaro, anteriores al siglo quinto. Además, existe una consideración de mayor peso: si la reliquia no es auténtica, ¿por qué ocurre con ella tan grande maravilla? ¿Qué propósitos tendría el milagro en una reliquia falsa?

A esto se podría responder de la misma manera que a las interrogantes sobre otros muchos milagros: no tratemos de entender los infinitos caminos de Dios. Y si bien es verdad que durante siglos la licuefacción de la sangre de san Jenaro ha sido una manifestación permanente de la omnipotencia de Dios para cientos de miles de napolitanos, es necesario tener en cuenta que los prodigios de esta naturaleza son, definitivamente, un obstáculo para la fe de otras gentes, de distinto temperamento, pero que también deben ser salvadas. Los milagros que registran las Sagradas Escrituras son hechos revelados y objetos de fe1. Hay otros milagros que no se consideran bajo el mismo punto de vista, y nuestra fe no los tiene como sustento, a diferencia de los anteriores, a pesar de que confirman e ilustran esa misma fe; tampoco exigen o admiten esos prodigios un asentimiento mayor que el indicado por la prudencia y que proviene de las pruebas obtenidas por las autoridades humanas en la materia, de las cuales dependen. No porque se confirme la realización de tales milagros, se deben admitir a ojos cerrados; las pruebas del hecho y de las circunstancias en que se produjo tienen que ser examinadas a fondo y debidamente pesadas y, cuando eso falla, es la prudencia la que rechaza o admite nuestro asentimiento. Si las evidencias humanas establecen la certeza de un milagro fuera de toda duda posible, mayores motivos habrá para alentarnos a elevar nuestros espíritus hacia Dios en humilde adoración, en amorosa alabanza, para honrarle en sus santos ya que, por medios tan maravillosos, nos da pruebas tangibles de la gloria a la que los ha exaltado.
fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
 
...................
Obispo y mártir(+ 305) Los santos Jenaro, Festo, Desiderio, Sosso, Eutiques y Acucio, de los que tenemos Passiones muy posteriores, parece que derramaron su sangre por Cristo al comienzo del siglo IV.
En una breve nota hagiográfica de la Liturgia de las Horas se lee, efectivamente, que Jenaro "fue obispo de Benevento; durante la persecución de Diocleciano sufrió el martirio, juntamente con otros cristianos, en la ciudad de Nápoles, en donde se le tiene una especial veneración".   Los obispos de Benevento con este nombre son por lo menos dos: San Jenaro, mártir en el 305, y San Jenaro 11, que en el 342 participó en el concilio de Sardes.
Este último, perseguido ,por los arrianos por su adhesión a la fe de Nicea, se lo habría venerado como mártir. Pero la mayoría de los historiadores se inclinan a identificar al patrono de Nápoles con el primero, o mejor con un mártir napolitano de Pozzuoli.   Condenado "ad bestias" en el anfiteatro de Pozzuoli, junto con los compañeros de fe, a causa del atraso de un juez, fue decapitado en vez de ser echado en pasto a las fieras para la gratuita y macabra diversión de los paganos.   Más de un siglo después, en el 432, con ocasión del traslado de las reliquias de Pozzuoli a Nápoles, una mujer le habría entregado al obispo Juan dos ampollas pequeñas con la sangre coagulada de San Jenaro.
Casi como garantía de la afirmación de la mujer la sangre se volvió líquida ante los ojos del obispo y de una gran muchedumbre de fieles.   Ese acontecimiento extraordinario se repite constantemente todos los años en determinados días, es decir, el sábado anterior al primer domingo de mayo y en los ocho días siguientes; el 16 de diciembre y el 19 de septiembre y durante toda la octava de las celebraciones en su honor.   El fenómeno se realiza también en fechas variables, y de ahí deducen los devotos del santo acontecimientos faustos o infaustos.
Los testimonios de este fenómeno comienzan desde 1329 y son tan numerosos y concordantes que no se pueden tener dudas.   El prodigio, porque así lo considera hasta la ciencia, merece la afectuosa admiración con que lo sigue el pueblo. La sincera devoción de los napolitanos por este mártir, históricamente poco identificable, ha hecho que la memoria de San Jenaro, celebrada litúrgicamente desde 1586, se haya conservado en el nuevo calendario.
Puesto que el fenómeno no tiene ninguna explicación natural, pues no depende ni de la temperatura ni del ambiente, podemos atribuirle el significado simbólico de vivo testimonio de la sangre de todos los mártires en la vida de la Iglesia, que nació de la sangre de la primera víctima, Cristo crucificado.
Entre los elementos positivamente ciertos en relación con esta reliquia, figuran los siguientes:
1 -La substancia oscura que se dice ser la sangre de San Genaro (la que, desde hace más de 300 años permanece herméticamente encerrada dentro del recipiente de cristal que está sujeta y sellada por el armazón metálico del relicario) no ocupa siempre el mismo volumen dentro del recipiente que la contiene. Algunas veces, la masa dura y negra ha llenado casi por completo el recipiente y, en otras ocasiones, ha dejado vacío un espacio equivalente a más de una tercera parte de su tamaño.
2 -Al mismo tiempo que se produce esta variación en el volumen, se registra una variante en el peso que, en los últimos años, ha sido verificada en una balanza rigurosamente precisa. Entre el peso máximo y el mínimo se ha llegado a registrar una diferencia de hasta 27 gramos.
3 -El tiempo más o menos rápido en que se produce la licuefacción, no parece estar vinculado con la temperatura ambiente. Hubo ocasiones en que la atmósfera tenía una temperatura media de más de 30º centígrados y transcurrieron dos horas antes de que se observaran signos de licuefacción. Por otra parte, en temperaturas de 5º a 8º centígrados más bajas, la completa licuefacción se produjo en un lapso de 10 a 15 minutos.
4 -No siempre tiene lugar la licuefacción de la misma manera. Se han registrado casos en que el contenido líquido burbujea, se agita y adquiere un color carmesí muy vivo, en otras oportunidades, su color es opaco y su consistencia pastosa.   Aunque no se ha podido descubrir razón natural para el fenómeno, la Iglesia no descarta que pueda haberlo. La Iglesia no se opone a la investigación porque ella busca la verdad. La fe católica enseña que Dios es todopoderoso y que todo cuanto existe es fruto de su creación. Pero la Iglesia es cuidadosa en determinar si un particular fenómeno es, en efecto, de origen sobrenatural .
La Iglesia pide prudencia para no asentir ni rechazar prematuramente los fenómenos. Reconoce la competencia de la ciencia para hacer investigación en la búsqueda de la verdad, cuenta con el conocimiento de los expertos.   Una vez que la investigación establece la certeza de un milagro fuera de toda duda posible, da motivo para animar nuestra fe e invitarnos a la alabanza.
En el caso de los santos, el milagro también tienen por fin exaltar la gloria de Dios que nos da pruebas de su elección y las maravillas que El hace en los humildes.

Cecilia Todd

Cecilia Todd toca de jueves a domingos en Café Vinilo

“Es mi responsabilidad contar de dónde viene cada canción”

Junto a su inseparable cuatro, el piano de Matías Martino y varios colegas invitados, la artista venezolana repasa su extensa carrera en Café Vinilo, mientras planea retomar un documental en el que recorre diferentes zonas de su país mostrando su canto.


Cecilia Todd está por cumplir 45 años de carrera. Tiene identificado aquel primer concierto, en la Universidad Simón Bolívar, cuando era una joven que todavía “cantaba de todo y cualquier cosa”. Le gustaba cantar y eso hacía, pero aún no se había metido de lleno en el rico, vasto y diverso cancionero  de la música de raíz de Venezuela, un rumbo que luego la transformaría en exquisita embajadora cultural en todo el mundo, con ese dulce modo de cantar que es una marca propia. Lo curioso es que 44 de esos 45 años los transitó ligada más o menos directamente a la Argentina, porque al año siguiente de aquel primer concierto se vino a estudiar y a vivir acá, conoció a gente como Mercedes Sosa, partió luego –como muchos– en 1976 y siguió regresando tiempo después con periodicidad de amiga. Como ahora, en una visita que permite una serie de conciertos que la tienen al frente con su voz y su cuatro (una suerte de extensión de sí misma, a esta altura) junto al talentoso Matías Martino al piano. Esos conciertos continuarán del jueves al domingo próximos en Café Vinilo (Gorriti 3780), en compañía de una cantidad de amigos invitados (ya pasaron Ramiro Gallo, Franco Luciani y Mora Martínez, y seguirán Jorge Fandermole y Magdalena León, entre muchos otros).
“No me gusta celebrar antes, ni los cumpleaños ni nada. Así que esta será una pre-celebración”, sonríe Todd, como siempre, en diálogo con PáginaI12. “En todo caso, será una fiesta, como lo es cada concierto, porque bueno, hacer lo que a una le gusta y encima poder vivir de eso durante 45 años... ¡es motivo para celebrar! Además, los venezolanos hemos tenido un año tan difícil que hay esa necesidad de aferrarse a lo que sea para seguir celebrando. Porque siempre hay algo para celebrar, para tomar fuerzas. No nos podemos quedar en las cosas negativas, hay que seguir adelante, y eso estamos haciendo.”
 Además de los conciertos, que en la Argentina se extendieron en una gira que la llevó por diversas ciudades del país, la “pre-celebración” de aniversario de Todd incluyó la filmación de un documental que repasa estos 45 años y que la tiene muy entusiasmada. “Hacía tiempo que teníamos ganas de hacerlo con un amigo documentalista y al fin tuvimos una excusa. La idea es recorrer el país invitando en cada lugar a artistas de la zona. Filmamos primero en Caracas, en mi casa, en una noche inolvidable, bellísima. También enfrente de la casa donde nació Bolívar, que es un sitio histórico. De ahí nos fuimos a los Andes, al Páramo de Gaviria, que es “el pueblo que está cerca del cielo” porque está a más de tres mil metros de altura. ¡Es altísimo! Al llegar veíamos el mar de nubes, allá abajo... Y luego un cambio abrupto a Maracaibo, donde grabamos en el casco histórico, con cuarenta grados de calor... El documental sigue y a mi regreso nos vamos a Margarita”, enumera en un relato que invita a viajar por esas geografías tan diferentes de Venezuela, cada una con su música y su cultura.
–¿Y usted canta la música de todas estas regiones? 
–He cantado música de todas las zonas de mi país, sí. Me quedan muy pocos géneros por abordar, porque hay unos que son solamente con tambores. Me queda por ejemplo el calipso, que vino de las Antillas, se metió por el delta del Orinoco y se instaló allí, donde hay mucho oro. Para eso necesitas mucha percusión, otro acompañamiento. Del resto, que es mucho, creo que he cantado todo...
–¿Se esforzó especialmente por abarcar todo ese abanico de géneros y geográfico o se fue dando así? 
–No es que me lo haya propuesto especialmente, pero de algún modo se impuso, y es lo que de hecho hago. Por eso siempre siento que necesito contar un poco sobre cada tema, de dónde viene, qué sonidos y colores trae. Pero no solamente cuando salgo, ¡dentro de Venezuela también! Es difícil porque de repente hay gente que no conoce lo que tiene al lado, la música del lugar mismo en que nació. Bueno, aquí a lo mejor también puede pasar que un porteño no sepa cómo se canta la chacarera en Santiago del Estero, o a veces tiene una idea estereotipada, muy lejana a la realidad. Entonces yo canto y cuento; y no lo hago como algo que me propuse, surgió después, al comprobar que esta es la situación. Soy venezolana, cantante venezolana, me encanta la música venezolana, apuesto por eso. Pero además es una responsabilidad que tenemos. Lo siento así: como una responsabilidad.
–¿Por qué?
– Porque después de esto no hay más nada, seguimos los que seguimos, y si las nuevas generaciones no se suman, esto se pierde en algún momento. Porque el avasallamiento cultural es tal que se va destrozando todo; si no se cuida, se va perdiendo. Lo que suena hoy en las radios en Venezuela es pura música extranjera, casi en su totalidad. Lo que sea: hoy es el reggaetón, antes fue otra música; lo que se fabrica en el momento como música comercial.
–¿No hay una ley que protege a la música nacional? 
–Sí, es ley que se difunda música nacional en un porcentaje. Eso se cumplió al principio, pero ya no se cumple más. La ley es muy específica, porque no habla sólo de música hecha en Venezuela; lo que se trata de defender es lo que no suena nunca, porque lo otro suena por la dinámica propia del mercado. Entonces está escrito en la ley, pero no está en los hechos. Esperemos que se retome. Mientras tanto, las que tienen la última palabra son las compañías disqueras. Y si no, fíjese lo que ha pasado con “Despacito”... ¡Yo nunca había visto una cosa igual! Como no escucho mucha radio, lo primero que me llegó fue un video comiquísimo, de unos italianos que estaban hartos. Primero no entendía la broma... ¡y luego la entendí muy bien! (risas).
–¿Y cuál es la situación del mercado discográfico actual en Venezuela?
–Nosotros no tenemos sellos disqueros, no existen en Venezuela. Y en un punto celebro que eso sea así, porque entonces hace años que hacemos mucho desarrollo de producción independiente. Si bien es más difícil, te permite libertad total. Solo una vez grabé con un sello pequeño y me fue muy mal. No pagaron nunca o, mejor dicho, llegué a cobrar por primera y única vez regalías 25 años después. Y luego los sellos tienden a encauzar todo hacia lo que ellos entienden que tiene que ser. Entonces una dice “Pero bueno, si ustedes me buscaron a mí porque vieron lo que hago y llevo años haciéndolo, ¿por qué me van a cambiar ahora? ¿No era eso que ahora me dicen que cambie lo que los hizo convocarme?” En mi caso la opción fue dárselos a distribuir, ya editados y hasta con la carátula lista. Luego he hecho discos a través de lo que se llamó Centro Nacional del Disco, que depende del Ministerio de Cultura. Es una alternativa maravillosa porque grabas en ese sello y se replica, todo gratis. Y luego son discos con muy bajo costo para la venta, muy accesibles al público. Allí se presentan los proyectos y hay un comité de selección, graban los artistas consagrados y los nuevos, funciona muy bien.

Argentina siempre estuvo cerca

Cecilia Todd recuerda aquellas épocas del comienzo de su carrera como “momentos de mucha efervescencia musical y política en América latina”. Ambas efervescencias aparecen ligadas en el recuerdo y en las anécdotas. “Estábamos muy al tanto y muy pendientes de todo lo que pasaba en la Argentina, en Chile, en Sudamérica en general. Recuerdo que el día que ganó Allende estábamos todos reunidos en casa de unos amigos, esperando qué pasaba, siguiendo el paso a paso. Ya habían pasado por Venezuela los Inti Illimani, Víctor Heredia, Atahualpa, Mercedes, Facundo Cabral... Todos pasaban por allá y yo canté con casi todos”, evoca la cantante. “Siempre que llegaba alguien de acá o que venía de viaje, el pedido era el mismo: ¡trae discos! Recuerdo perfectamente el día que llegó el papá de una amiga, con un disco de Les Luthiers –el primero–, Mujeres argentinas (el que grabó mercedes Sosa con poemas de Félix Luna y música de Ariel Ramírez) y otro de Buenos Aires 8 cantando a Piazzolla. Esos tres discos llegaron al mismo tiempo. ¡Se podrá imaginar la locura que me provocaron! De allí en adelante, la música argentina fue algo muy especial, de algún modo cercano y deseado para mí”.
–¿Y cómo llegó a vivir en la Argentina? 
–Tenía 20 años, mi plan era irme a Brasil, a estudiar música en San Pablo. Pero llegó Buenos Aires 8 a Venezuela, empezamos a hablar y me convencieron: “¡Vente pa’acá!”, me dijeron. Y yo, que estaba así, como libre, dije: “Y bueno, me voy para Buenos Aires”. Yo conocía su música, pero fuera de eso, ¡no sabía nada, pero nada de nada de Argentina! Caí aquí en pleno inverno, después de un largo viaje, porque me vine por tierra desde Perú. Cuando me bajo del Chevalier... ¡¡Qué frío!! ¡Era algo que no había tenido en cuenta! (risas). Lo del frío no estaba en mis planes ¡ni en mi guardarropas!, pero pronto pasó a ser un detalle menor, porque con Buenos Aires fue amor a primera vista. Cuando llegué a San Telmo, no lo podía creer. Había tenido un sueño espectacular con la música de Piazzolla y al llegar aquí era como estar reviviendo ese sueño. Y el tango me sigue pareciendo un género tan increíble, por el modo en que responde a la ciudad, espiritual y físicamente. Es esta ciudad, suena como ella. Y así fue como, a pesar del detalle del frío, que no tenía previsto, yo me adapté al día siguiente de llegar.
–¿Cómo la recibieron los artistas locales?
–Maravillosamente. Con Mercedes ya nos habíamos conocido en Caracas, pero cuando llegué muy pronto me invitó a una reunión en su casa, de esas que hacía ella. Estaba Ariel Ramírez, Los Andariegos, Armando Tejada Gómez... Conocí a todos esos grandes de un solo golpe. Recuerdo que Ariel Ramírez y su esposa me llevaron esa noche a mi casa, pero antes se desviaron bastante para llevarme hasta el Parque Rivadavia, a ver la estatua de Bolívar. Ese gesto de bienvenida, tan simple y sentido, fue muy importante para mí. Con la misma generosidad me recibieron todos los artistas que conocí. Fui muy feliz en esos tres años que pasé viviendo aquí.
–¿Por qué se fue?
–Porque llegó el golpe. Y me advirtieron que me fuera. Alguien me dijo, muy concretamente: tú debieras irte, porque mi hijo está haciendo el servicio militar y le tocó en la Casa Rosada. Y vio una lista de artistas, y estas tú ahí. Debieras irte, todos debieran irse”. Yo no estaba metida en nada, pero amiga de todos. Hice caso muy pronto al consejo.
–¿A pesar de ser muy diferente la música argentina de la venezolana, usted cuenta que siempre la sintió muy cercana. ¿Qué tienen en común ambas músicas?
–Toda la música latinoamericana tiene la misma raíz. En definitiva, todos venimos de los árabes... Hay un libro muy bueno de un amigo compositor y musicólogo sobre la influencia árabe en América latina; él analiza ritmos de una y otra zona que son increíblemente idénticos. Y ellos usan una variedad de instrumentos muy parecidos al cuatro. La marinera peruana, la zamba argentina, la cueca chilena, el joropo llanero, el pasillo: todos tenemos la misma raíz. Y de ahí viene también la variedad de instrumentos. Luego aparece todas las diversidades, lo originario, lo africano... Nosotros, por ejemplo, tenemos mucha influencia africana, menos en los Andes, que es donde menos se establecieron, por la altura, por la falta de calor. Este continente tan diverso está unido, y eso se manifiesta en su música y su cultura. Por eso siempre vamos a sentirnos cerca.

En estado de alerta

–¿Cómo está Venezuela hoy?
–Estamos recomponiéndonos y siempre alertas ante tanto ataque. Estamos todos muy afectados, hemos pasado momentos difíciles, pero nunca así, esto es diferente. A mí me sorprende todo el tiempo porque hay algo que no está en nuestro ser: al igual que ustedes, nosotros no somos para nada agresivos, no somos un pueblo violento. Y en este último tiempo hemos tenido conductas que son inentendibles, lo cual muestra que hoy hay un odio que ha sido inoculado, porque hemos vivido perfectamente bien, hemos sabido convivir con las diferencias ideológicas, religiosas, sociales... Las diferencias lógicas que hay en toda sociedad, porque nunca vamos a pensar todos igual. Sin embargo, en este último tiempo hemos estado sufriendo conductas bárbaras. Y una guerra mediática, económica y alimentaria sin precedentes. Esto no tiene que ver solamente con la opción política que hemos decidido, tiene que ver con que lamentablemente Venezuela tiene muchísimo, pero muchísimo petróleo. Y debajo de ese petróleo, muchísimo, pero muchísimo gas, todo tipo de minerales, agua... Una riqueza increíble.
–¿Por qué dice “lamentablemente”? 
–El petróleo siempre hizo que nosotros fuéramos diferentes dentro de América latina. Nunca desarrollamos la agricultura ni la ganadería, por ejemplo. En Venezuela la industria petrolera lo abarca todo. Toda Venezuela está influida, pero se nota mucho en Maracaibo, donde más se instalaron los pozos petroleros; allí ellos tienen muchísima más influencia de Estados Unidos que venezolana. Maracaibo se siente estadounidense. A mí siempre me pareció que el petróleo ha sido una desgracia y ahora me parece más aún. Porque todo esto que está pasando, esta agresión, esta interferencia foránea, es por el petróleo.
–Habla de violencia inoculada. ¿A qué se refiere?
–Vivimos cuatro meses de manifestaciones muy violentas, que alteraron totalmente nuestra vida cotidiana. Desde que te tranquen en tu casa y tú no puedas salir a comprar comida, a llevar a los niños a estudiar, a trabajar, a tu cita médica o simplemente a encontrarte con tus amigos. No lo digo en sentido figurado: fue literalmente así, estaba cerrada la calle. Con barricadas, humo, quema de neumáticos, mucha violencia. Tú tienes todo el derecho a no estar de acuerdo con el gobierno de turno, pero no tienes derecho a imponer un estado de sitio. Y tampoco es la gente de oposición, los que se oponen desde la razón, porque legítimamente están en contra del gobierno: no, esa violencia es generada, es pagada y es planificada. Alcanza un nivel que ya no es humano, totalmente fuera de control, cuando empiezan a quemar personas vivas, porque pasaron y “les pareció” que era chavistas. Esto también es literal, ha ocurrido así y es criminal. También me duele que estén mintiendo permanentemente. Yo quiero saber la verdad de lo que pasa, no quiero que acomoden la verdad a su beneficio. Por ejemplo, el día de las constituyentes hubo un evento muy violento de las manifestaciones contra el gobierno hacia los Guardias Nacionales. Les tiraron una bomba que explotó. Esa foto recorrió el mundo, pero con el mensaje al revés: decían que la Guardia había ido contra los manifestantes. Fue exactamente lo contrario. Cuando ves eso, indigna mucho.
–¿Qué expectativas tiene a futuro?
–Estos segura de que saldremos, porque ya hemos salido de situaciones muy difíciles. Hasta de un paro petrolero de dos meses, que dejó paralizado al país, que dejó un tendal de comercios quebrados... Salimos antes y vamos a salir también ahora adelante.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Elvis Costello - "Música infiel y tinta invisible"

Elvis Costello - "Música infiel y tinta invisible"

Elvis y Costello

Nació en 1953 como Declan Patrick MacManus, pero en los años 70 se inició en los pubs londinenses como Elvis Costello. Más de cuatro décadas de carrera como compositor y cantante le permitieron tanto vivir desde la primera fila la explosión del punk y la new wave como llegar a componer codo a codo con leyendas de la talla de Paul McCartney o Burt Bacharach. Una historia que repasa desde el mismísimo comienzo en sus voluminosas memorias, que Malpaso acaba de publicar bajo el título de Música infiel y tinta invisible. Aquí se anticipa el primer capítulo, donde Costello cuenta cómo siendo un niño iba a ver a su padre, también músico, tocando en la orquesta de Joe Loss en un tugurio llamado Hammersmith Palais, mito de origen de quien luego sería una estrella con brillo propio.


Creo que fue mi amor a la lucha lo que primero me llevó a esa sala de baile.
   Durante mi infancia, prácticamente no pasaba una semana sin que mantuviera el siguiente diálogo con un desconocido:

-¿Eres pariente?
-¿Perdón?
-Que si eres familia del luchador.
   Mi madre a veces soltaba una carcajada indulgente, como si dijera: “Caramba, no había oído eso en mi vida”.
   Yo me sentía incómodo.
   De todos modos sospechaba que a lo mejor era pariente lejano de Mick McManus, un luchador profesional omnipresente en los combates televisados del sábado por la tarde. A principios de los sesenta, las peleas carecían de la pirotecnia de los espectáculos de ahora. No eran más que unos comediantes untados de aceite, tipos como Jackie Pallo o Johnny Kwango que forcejeaban y lanzaban a unos sudorosos contrincantes de pocas luces por el interior (y a veces por el exterior) de un pequeño cuadrilátero delimitado con cuerdas.
   Mick McManus escribía su apellido como mi padre hasta que éste añadió una a y lo convirtió en MacManus porque le resultaba más distinguido y le gustaba más así escrito.
   Cualquiera podía ver que yo tenía la misma complexión baja y fornida que “el hombre a quien te gusta odiar” y también el mismo pelo negro engominado.
   Más adelante me contaron que Mick, igual que yo, tenía un punto flaco: las cosquillas. A final de su carrera sufrió una rara derrota cuando su oponente utilizó esta táctica ruin: el campeón abandonó el combate indignadísimo.
   Allá por 1961, yo practicaba mi patada de tijera delante del televisor y luego me desplomaba como si me hubieran dado un revés. Al final, tanto saltar desde los muebles acabó irritando a los vecinos y, como mi madre quería limpiar la casa, que convenció a mi padre para que los sábados por la tarde me llevara con él al Hammersmith Palais.
   Ése era el lugar de trabajo de mi padre. Su oficina. Su fábrica.
   No era más que un viejo cobertizo para tranvías convertido en una sala de baile embutida entre el pub Laurie Arms y una hilera de tiendas que había justo al lado de Hammersmith Broadway.
   Si los demás padres volvían a casa a las cinco y media, el mío se iba a trabajar a las seis; y los sábados por la tarde a cantar con la Joe Loss Orchestra.
   Las paredes del Palais parecían hechas de terciopelo oscuro, pero si pasabas la mano se te quedaba llena de polvo. Tenían un olor y un tacto extraños. Aquello no parecía lugar para un niño.
   Hoy en día se hace difícil imaginar un local que abra por la tarde para tan pocos clientes, pero cuando la orquesta de Joe Loss aparecía sobre la plataforma giratoria olvidabas que era aún de día.
   Me daban una limonada y una bolsa de papas fritas y me colocaban en la galería que daba a la pista de baile con instrucciones estrictas de no hablar con nadie.
   La clientela era tan curiosa como escasa. Cuando señalé a dos señoras mayores que bailaban juntas, me dijeron que eran dos “solteronas”.
   Había una madre que enseñaba pasos de baile a su hija pequeña y a veces se la colocaba sobre los pies para que la niña captara el ritmo.
   Los amos de la pista eran los bailarines de competición, que aprovechaban las tardes del sábado para practicar. Custodiaban celosamente su territorio y no toleraban niños u otros obstáculos frívolos. Desde mi posición estratégica, sus expresiones altaneras y aquellas poses en las que de pronto se quedaban paralizados me parecían bastante cómicas, tan cómicas como su manera de inclinar la cabeza y mover el cuello como los pollos al picotear. A veces daban miedo, sobre todo cuando se lanzaban a galope tendido en los pasos rápidos. Los soldados de infantería temen las cargas de caballería por la misma razón.
   No había nadie más en la galería excepto las mujeres del guardarropa y otra que vendía refrescos en el quiosco. Creo que mi padre le había pedido a una de ellas que de vez en cuando me echara un vistazo y se asegurara de que no me había escapado, pero aquella mujer no tenía que preocuparse porque yo no apartaba los ojos de la banda.
   En aquella época, la orquesta de Joe Loss era una de las bandas de baile más exitosas del país. La formaban tres trompetas (a veces cuatro), cuatro trombones, cinco saxofones, una sección rítmica y tres vocalistas. La banda abría y cerraba cada actuación o programa de radio con su canción insignia, “In the Mood”, que habían tomado prestada de la orquesta de Glenn Miller. De hecho, seguían tocando muchas melodías de Miller de los años de la guerra: la hermosa y sentimental “Moonlight Serenade”, “Pensylvania 6-5000” (donde los músicos gritaban el número de teléfono del título) y “American Patrol”, que era mi favorita, probablemente porque se parecía al tema musical de una serie de policías y ladrones.
   Joe Loss compensaba su falta de atrevimiento musical contratando arreglistas con buen oído para las fugaces modas de la música de baile. Consiguieron un éxito con “Must Be Madison” y grabaron melodías pegadizas con títulos tan absurdos como “March of the Mods”, “March of the Voomins” y “Go Home, Bill Ludendorf”, que mi padre compuso con Syd Lucas, el pianista de la banda.
   Mi infantil y poco refinado oído se dejaba fascinar por efecto de campana que creaba la sección de viento en “Wheels Cha Cha”, y esperaba impaciente a que sonara un tango o un pasodoble por lo cómicos que eran los pasos de baile, o una samba, porque entonces mi padre tocaba las maracas o las congas.
   Los bailarines de competición no eran muy entusiastas de los vocalistas porque eclipsaban el ritmo con el fraseo, de manera que en la sesión vespertina mi padre sólo conseguía cantar un par de canciones. En esos momentos me impacientaba: daba pataditas a la pared de la galería y hurgaba con el dedo en una tapa giratoria montada sobre la mesa hasta que sacaba el dedo gris y cubierto de ceniza. 
   Al final llamaban a mi padre al micrófono para que cantara una canción en español, idioma que además sabía hablar. En una ocasión provocó el sonrojo de la mujer española de un amigo mío cuando ésta le preguntó dónde había aprendido el idioma. “En la cama”, contestó él.
 Creo que era cierto.
   Su talento para aprender canciones fonéticamente le permitía engañar a cualquiera cuando tenía que cantar en italiano, francés e incluso en yiddish. El éxito internacional latinoamericano “Cuando calienta el sol” y el clásico del pop italiano “Roberta” (que Peppino di Capri cantaba con voz trémula y mi padre interpretaba en español) eran dos temas que le oía cantar esas tardes. Al final las acabó grabando en un disco que llevaba el maravilloso título de Go Latin with Loss, donde Loss también cantaba “La bamba”, canción mexicana popularizada por Ritchie Valens.
   Mi padre no tenía el porte del clásico cantante romántico. Sólo medía uno sesenta y cinco y llevaba unas gafas de pasta negra parecidas a las que yo he usado a lo largo de casi toda mi carrera. Iba muy repeinado, con el pelo negro azabache pegado a los lados y un discreto tupé, hasta que cedió a la moda de peinarse hacia delante hacia 1965, cuando comenzó a comprarse botas Chelsea con tacones cubanos en Toppers, la tienda de Carnaby Street.
   En 1961 tenía mi padre treinta y tres años. “Los chicos de la banda”, así los llamaba siempre mi padre, me parecían hombres mayores, pero probablemente sólo rondaban los cuarenta o los habían cumplido no hacía mucho. Llevaban el uniforme de la banda: chaquetas de solapa redondeada color burdeos o azul celeste y pantalones de etiqueta con una franja lateral de satén.
   En las sesiones de tarde, mi padre llevaba un traje de calle oscuro, pero tenía otro de etiqueta para cuando la ocasión lo requería. La costumbre de ponerse un traje para ir a trabajar se me quedó tan grabada que, a día de hoy, la temperatura ha de superar los 35 grados para que me quite la chaqueta.

Una tarde de 1980, cuando yo ya había disfrutado de mi breve momento de infamia pop, mi padre y yo estábamos charlando con Rose Brennan, una vieja estrella de la canción de la banda de Joe Loss, y con el bailarín Lionel Blair en una zona separada por una cortina de la sala de baile de un hotel de Lancaster Gate. En la pantalla del televisor veía al señor Loss dirigiendo su banda con ese estilo que me resultaba tan familiar desde la infancia. Seguía apuntando con la batuta al suelo y luego al techo con un rápido giro de muñeca, siempre con el meñique delicadamente extendido al tiempo que daba vigorosos saltitos sobre las puntas de los pies y luego sobre los talones y se le desmelenaban un par de mechones de su pelo engominado, antes negro y ahora canoso.
   Un ayudante de producción me dio un golpecito en el hombro y me dijo: “Recuerda, cuando Eamonn te presente di lo que hemos acordado o lo confundirás completamente”.
   Eamonn era el excomentarista deportivo Eamonn Andrews, un hombre que poseía la impresionante complexión de un boxeador y había hecho carrera en la radio irlandesa antes de hacer sus primeras apariciones en Inglaterra con la orquesta de Joe Loss y pasar a ser presentador de varios programas televisivos que se emitieron durante años. La fama le había llegado, sobre todo, presentando This Is Your Life, un programa que había comenzado a emitirse a finales de los cincuenta y que ahora entraba en su segunda década en antena después de iniciar una segunda etapa en 1969.
   Para quienes no lo recuerdan, Eamonn se acercaba a hurtadillas a un lugar predeterminado, como si fuera una emboscada. En la mano acarreaba un gran libro rojo que llevaba impreso el título del programa, y sorprendía a su presa con el dramático anuncio de que debía cancelar todo lo que tenía planeado para esa velada porque “¡esta noche, ésta es su vida!”. Entonces, por lo general, se introducía rápidamente a la víctima en un coche que lo llevaba velozmente a un estudio de televisión, donde su familia y amigos aparecían cruzando un arco precedidos de una fanfarria y una introducción similar a ésta: “Era el niño que cantaba en el coro de la iglesia y se sentaba a su lado en la capilla y le metía ranas vivas en la sotana. No lo ha visto desde 1932, pero esta noche está aquí...”. Aquello daba paso a carcajadas y lágrimas y se narraba una versión un poco selectiva de la vida de esa persona.
   En aquella ocasión, la trampa ya estaba tendida aprovechando que Joe Loss tocaba en una cena para conmemorar su cincuenta aniversario en el mundo del espectáculo. El cómico Spike Milligan entró en el salón verde con unos minutos de adelanto. Yo ignoraba que tuviera la menor relación con Joe Loss, pues su fama radiofónica de los días de The Goon Show y sus libros Puckoon y Adolf Hitler: My Part in His Downfall parecían proceder de un universo distinto, pero resultó que había hecho algunas de sus primeras apariciones con la banda durante las actuaciones de verano en ciudades como Bridlington.
   Todos nos apiñamos en torno al televisor para presenciar el gran momento. Eamonn Andrews apareció entre las sombras mientras se apagaban los aplausos de la pieza anterior. Unas cuantas risitas y gritos ahogados casi malogran la sorpresa.
   Las víctimas caían en la cuenta de que estaban en This Is Your Life cuando Eamonn hacía acto de presencia. Unos retrocedían fingiendo alarma, otros reían de manera histérica y unos pocos derramaban lágrimas. Algunos incluso salían corriendo y se negaban a participar, motivo por el que el programa ya no se emitía en directo.
   En la décima de segundo anterior a que Eamonn le diera un golpecito en el hombro a Joe, se oyó la voz que ponía Spike Milligan cuando aparecía en The Goon Show: “¡Mil libras a quien avise a ese hombre!”. Si aquellas palabras resultaron audibles para las personas que cenaban tras la cortina, rápidamente quedaron engullidas por los aplausos y los vítores.
   Los detalles de la historia de Joe Loss relatados aquella noche habían sido hasta entonces bastante vagos para mí. Eamonn contó que Joe había estudiado violín y que a principios de los años treinta había liderado un pequeño grupo llamado Harlem Band en el Kit-Kat Club, un extraño nombre para un grupo cuyo líder era hijo de inmigrantes rusos de Spitalfields.
   Había hecho debutar en la radio a la heroína de guerra Vera Lynn en 1935, había tocado en la boda de la princesa Margarita y había seguido regalando música a varias generaciones de enamorados y bailarines en el Hammersmith Palais, en salas de baile como Lyceum o Empire y en la radio.
   Rose Brennan y mi padre probablemente habían sido sus cantantes más conocidos, de manera que no había nada raro en que fueran los invitados sorpresa de la fiesta. Se reencontraron con Larry Gretton, que todavía cantaba en la banda. Gretton era un hombre fornido con un encanto romántico un poco rígido. Tenía el pelo rubio y ondulado, aunque quizá no era suyo. Él y mi padre se complementaban muy bien en los números cómicos, su diferencia de estatura ayudaba bastante a ello. Tengo una foto publicitaria de ambos vestidos con una chaqueta a rayas de vodevil, un canotier de paja y una cinta a juego en la mano mientras miran muy serios a su jefe, que posa dando alguna indicación importante acerca de la interpretación de alguna canción humorística ya olvidada mientras sostiene un lápiz en la mano.
   Mi padre fue el primer convocado al escenario, donde contó alguna anécdota tontorrona de su época con la orquesta.
   Luego llegó mi turno. Eamonn adoptó su cantinela habitual, que ahora debo parafrasear: “Puede que lo recuerden como el joven que se sentaba en la galería del Hammersmith Palais. Ahora es la estrella del pop a quien debemos el éxito ‘Oliver’s Army’. Lo conocen como ‘Declan’, el hijo de Ross MacManus, y aquí está esta noche. ¡Elvis Costello...!”
   Fue la entrada más estrafalaria que he hecho nunca. Si hubiera tenido que bajar una de las escaleras doradas que enmarcaban el escenario del Hammersmith Palais, no me habría sentido más raro.
   Durante la época en que mi padre estuvo con la banda, Joe Loss nunca me habló como si fuera un niño. Siempre se dirigía a mí llamándome “joven” y, amablemente, escuchaba con atención cualquier cosa que yo le dijera en respuesta a sus preguntas. En aquel momento estuvo igual de cortés y sereno al toparse conmigo por primera vez de adulto.
   No recuerdo exactamente qué conté, probablemente lo mismo que aquí he relatado sobre las sesiones vespertinas del Hammersmith. Pareció orgulloso de mi éxito, como si desde el principio hubiera sospechado que yo iba a triunfar. Todo acabó en un instante, como la vida misma.

Sería imposible referir aquí cuánto significó para mí estar allí o mencionar todas las cosas que probablemente aprendí durante aquellas tardes agazapado en la penumbra. Joe Loss estuvo al frente de su orquesta durante casi sesenta años, y eso no es moco de pavo. Hoy sigue habiendo una banda que lleva su nombre.
   Tiempo después, mi padre me reveló uno de los secretos de la banda. Al parecer, la enérgica teatralidad de Joe Loss no siempre significaba que llevara el ritmo con total precisión. Si había alguna desavenencia de poca monta entre sus filas, seguían fielmente su batuta y disfrutaban malévolamente acelerando y disminuyendo el tempo como un gramófono descompuesto. Era una forma de insubordinación sutil y casi imperceptible, pero probablemente servía de válvula de escape para un grupo de hombres que trabajaban codo con codo, seis días a la semana, en la misma sala de baile.
   La banda sólo disponía de dos semanas de vacaciones al año, como en cualquier otro empleo, pero también era su trabajo proporcionar diversión cuando todos los demás celebrábamos las Navidades o Fin de Año. Trabajaban mucho. Cuando no tocaban en el Palais o en otra sala de Londres, actuaban en la radio o estaban de gira por el país.
 Algunos de mis primeros recuerdos son de mi padre llegando a casa con un gran peluche bajo el brazo o un pequeño borrico de yeso pintado que había prometido traerme de su gira por Irlanda. Tengo fotos, aunque ningún recuerdo, de mi madre llevándome en brazos por las arenas de Douglas durante unas actuaciones en la Isla de Man a mediados de los cincuenta. En esa foto, mi madre lleva un collar de perlas y va muy maquillada, pero la verdad es que la suya no era una vida muy glamorosa porque los miembros de la banda tenían que cambiarse las ropas húmedas en camerinos gélidos o asfixiantes y pasaban largas noches apretados en aireadísimos autocares que recorrían carreteras comarcales cubiertas por la niebla.
   Joe Loss era muy estricto en lo referente al aspecto, la puntualidad y la disciplina. Al parecer consideraba a mi padre casi como a un hijo y constantemente le preguntaba por sus orígenes familiares, como si no estuviera dispuesto a aceptar que era irlandés y no judío. Incluso le perdonaba algunas transgresiones.
   Recuerdo una noche en que mi madre me dejó quedarme levantado hasta tarde viendo a mi padre en Come Dancing. En aquellos días era un programa en directo que no tenía nada que ver con su versión posterior. Era simplemente una competición entre equipos de bailarines aficionados, de manera que era improbable que mi padre cantara, pero, en cualquier caso, verlo por televisión no dejaba de ser una novedad.
   Cuando la cámara se desplazó hasta el lado de la banda donde estaba mi padre, por la reacción de mi madre comprendí que algo estaba pasando. El espectáculo había comenzado con bailes latinos y mi padre estaba detrás de las congas tocando con más fuerza y animación de lo que exigía el número. Mi madre salió de la sala para poner agua a hervir y, en silencio, se sintió consternada por la borrachera indudable de mi padre. Poco después sonó el teléfono del pasillo y oí que hablaba en voz baja y preocupada. Mi madre parecía pasar mucho tiempo al teléfono conversando con las esposas de los demás miembros de la orquesta, consolando o recibiendo consuelo por la última juerga de sus maridos. Entonces los detalles no me resultaban muy claros, pero por lo que entreoí y alcancé a comprender, el alcohol y las mujeres casi nunca faltaban.
   Después de esa aparición, mi padre fue “despedido” durante los tres días que Joe Loss tardó en ablandarse y contratarlo de nuevo.
   No recuerdo exactamente cuándo se separaron mis padres, pues él solía aparecer por casa después de haberse marchado a otra parte. La separación no llegó después de un ominoso anuncio: si se dio, lo he borrado de mi mente.
   Mi padre seguía viniendo algunos domingos para llevarme a la misa cantada en latín que se oficiaba a las once en St. Elizabeth, en Richmond Hill, ceremonia que se mantuvo mucho después de que la hubieran abandonado en otros lugares por decreto papal. Luego nos íbamos a comer mientras escuchábamos Two-Way Family Favourites, un programa con pedidos de oyentes de la BBC que conectaba a los militares destinados en ultramar con sus familias. Mientras sonaba la dedicatoria a un soldado que servía en Alemania Occidental, mi padre me contaba historias: evocaba la figura de un amigo baterista y pintor de Birkenhead o contaba alguna que otra anécdota laboral de aquella semana.
   Sin duda Ross tenía encanto, quizá demasiado. Siempre había alguna joven que llamaba a casa ya entrada la noche dispuesta a hacer diabluras. Nos vimos obligados a quitar nuestro número de la guía telefónica.
   Aunque nunca me permitieron ir al Palais de noche, sé que la pista casi vacía de las sesiones de tarde estaba hasta los topes a esas horas, y no siempre de gente recomendable. Mi madre recuerda que uno de los conocidos más turbios de mi padre le tendió la mano con el saludo de “hola, soy Phil, el Ladrón”, un hecho que ocurrió a pocos pasos de la comisaría de Hammersmith.

Muchos años después de que mi padre hubiera dejado a Joe Loss, estando de gira por los clubs del norte, cuando yo ya tenía un par de discos de éxito a mi nombre, a los taxistas de Londres les encantaba decirme: “Yo iba a ver a tu padre cantar en el Palais”. Y nunca dejaban de añadir: “Era mucho mejor cantante de lo que tú serás nunca”. Jamás lo discutí.
   En enero de 1979, cuando los Attractions y yo tocamos por primera vez en el Palais, un crítico nos comparó de manera muy poco favorable con Freddie and the Dreamers. Entonces supe que habíamos triunfado.
   Hacía ya tiempo que las orquestas de baile habían desaparecido y el Palais era ahora un local de rocanrol abarrotado, caluroso y, sin duda, bastante deslucido.
   Yo ya no bebía limonada, pero me di una vuelta por la galería. El mismo aroma flotaba en el aire, sólo que ahora era capaz de identificar los ingredientes: cerveza derramada, tabaco rancio, manchas de nicotina y, naturalmente, las lágrimas ahogadas de chicas a las que habían dejado plantadas.
   Quizá habría sido de esperar que escribiera algún verso acerca de aquel viejo local, pero estaba convencido de que Joe Strummer había dejado una marca indeleble en ese flamante mapa con la canción de los Clash “(White Man) In Hammersmith Palais”.
   No tuvimos éxito allí hasta 1984, cuando hicimos una gira por Inglaterra y regresamos a Londres para actuar en el Palais los lunes por la noche tocando casi cuarenta canciones seguidas. Yo buscaba algo que era incapaz de encontrar.
   En 1981, alquilamos la sala de baile desierta toda una tarde para preparar la foto que iría en la carátula del álbum Trust. En lugar de enumerar en los créditos a todos los participantes del disco, los vestimos con esmóquines alquilados, los sentamos detrás de unos atriles y les dimos a cada uno un instrumento alquilado.
   Los Attractions tenían la lección bien aprendida. Nick Lowe fingía tocar el saxo tenor mientras nuestro técnico de sonido lideraba la sección de viento. El resto del conjunto estaba formado por el equipo que nos acompañaba en las giras, el personal de F-Beat Records y los propietarios de Eden Studios.
   La escena la fotografió Chalkie Davies en un glorioso blanco y negro. Dos años más tarde posé para una serie de polaroids de 51 x 61 que Davies y Starr tomaron con una cámara Land gigante en el Museo de la Ciencia. Parecía un artilugio victoriano de placas con fuelles. Entre las polaroids obtenidas y enmarcadas había un retrato de mi hijo Matt, que entonces tenía siete años, y de mí, pero la tarde de la farsa en el Hammersmith yo no era más que el hijo de mi padre.
   Ocupé el lugar central en el escenario, oculté los ojos tras mis gafas oscuras y me abroché hasta arriba mi nuevo traje de seda de Savile Row. Ya no había vuelta atrás.
   El tiempo y el martillo de demolición se han encargado del resto.

MISIONES> De Posadas a San Ignacio

MISIONES> De Posadas a San Ignacio

La vida en el borde

Un recorrido por la capital misionera y un viaje hasta ese polo de atracción jesuítico-guaraní que son las ruinas de San Ignacio. En barco desde Posadas, historia, rutas y acordes chamameceros en la margen del Paraná.

 El Andresito metálico –enorme, un transformer caudillo– brilla por los rayos del sol y se refleja en las aguas del río. Misionero altivo –parafraseando a Víctor Heredia– con lanza en mano, aquí está Andrés Guazurarí, héroe local que gobernó estas tierras a comienzos del siglo XIX. Y este Andresito es casi una contradicción: el diminutivo contrasta con sus más de 17 metros de alto que ahora custodian la vera del río. Este gigante es uno de los atractivos de una costanera de Posadas que se ve renovada. Son varios kilómetros de una serpenteante estructura de iluminación, plazas y espacios para tirarse a matear en este permanente calorcito húmedo del litoral. “Ésta es una ciudad que durante mucho tiempo le dio la espalda al río”, escucho decir varias veces por aquí, y de varias bocas. Esta costanera buscaría intentar romper esa lógica: esta tarde de viernes parece demostrarlo, con familias dando vueltas y deportistas trotando por las sendas.
 CATAMARÁN DE LUXE Es la noche de ese mismo viernes, y esta Posadas que mira a su río –y qué río, este ancho, bello y alto Paraná– ofrece algo que unos años atrás hubiese sido una rareza. El Mburucuyá Connection es una embarcación que se transformó en una interesante propuesta para vivir el río en cualquier época del año. Tiene capacidad para 160 pasajeros, un lindo bar y salón VIP; una especie de crucerito para recorrer esta zona de fronteriza llegando hasta tierras paraguayas. Fabián Romero es el joven jefe de servicio del Mburucuyá, y me recibe en el embarcadero poco antes de las diez. Ese es el horario pautado para la salida, que normalmente hacen de miércoles a domingos, con distintas propuestas.
Esta noche el Mburucuyá es casi el crucero del amor: es “noche de parejas”, y hace un par de días fue especial para grupos de mujeres. El salón principal cambia de tono según la ocasión, pero la idea es siempre disfrutar de una buena cena mientras se recorren las aguas por algo más de tres horas. Ahora algunos salen, luego de cenar, en la búsqueda de un poco de aire, brindis y foto, mientras con Fabián caminamos por la cubierta. Me cuenta que normalmente la capacidad está como hoy, repleta. Bajo nuestros pies el salón ya es puro baile, y él se apasiona por describir este litoral argentino. Hablamos de gastronomía y de lugares, de su paso por San Juan para estudiar, y su vuelta a la tierra roja. Y todo lleva al nombre de este barco que ahora miramos desde arriba. Un nombre que brota de la unión del toque internacional que le dieron con el “Connection” y la hermosa flor azulada y amarilla del mburucuyá, característica de esta zona, que decora el frente de la embarcación.
El barco pasa cerca del puente que nace en este borde y es casi una postal de Posadas: el que la une con Encarnación, en Paraguay. Este puente es el que por estos días se inflama de autos y colectivos con argentinos que cruzan (a “la Mar del Plata de Paraguay”, dicen por aquí) para conseguir a precios increíbles absolutamente de todo: desde ropa a repuestos, desde electrónica a insumos de todo tipo y color. Un fenómeno propio las zonas de frontera (y perfectamente desconocido para lo que habitan otras latitudes) que fluctúa en intensidad según los vientos de la economía. Y resulta que los vientos actuales se llevan turistas y pesos hacia afuera. Una lógica compleja: se aprovechan las ventajas económicas del cruce, pero hay una ciudad que se adormece mientras su vecina del otro lado del río, simplemente, florece.
Antes de salir hacia San Ignacio, una escapada a otra sorpresa posadeña. A la calidez del litoral y su gente le sumamos un recorrido de unos diez kilómetros desde la ciudad para llegar hasta el Parque del Conocimiento, un centro cultural gigantesco recostado en un predio de 25 hectáreas. El lugar es como una miniciudad cultural, moderna y estéticamente impecable. A un costado se extiende una laguna, que enmarca un imponente edificio central de seis pisos, unido a una enorme plaza seca. Este edificio es una gran caja de vidrio y metal –con parasoles que se ajustan para optimizar la luz solar– que tiene en sus entrañas desde un teatro lírico para 550 personas, un teatro de prosa, una biblioteca increíble y hasta una biblioteca infantil. La distancia desde el centro de la ciudad parecería un obstáculo, pero cuentan que de a poco (está montado desde 2007) eso fue cambiando.
El jardín que ocupa el Parque tiene también un observatorio astronómico, que actualmente espera por su equipamiento, y la monumental construcción que se enfrenta al edificio central: el círculo –a la vista, como un estadio– que ocupa la sala IMAX, donde se proyectan películas y documentales en ese formato impresionante en tamaño, imagen y sonido.

RUTA 12, RUMBO NORTE Posadas es el nombre de un chamamé que el Chango Spasiuk –apostoleño él– grabó hace unos cuantos años. Es un retrato musical de esta capital. El Chango hizo lo mismo con la provincia de Formosa, y hasta dedicó una canción a la provincia de Misiones toda. Mientras vamos saliendo desde la capital hacia el norte, el Chango suena en los oídos: el comienzo saltarín al pasar por la costanera, con un violín que va tejiendo melodías hasta estallar en un chamamé potente. Cuando eso llega ya estamos en una ruta rodeada de tierra colorada, la misma senda que una la capital misionera con Puerto Iguazú. Un camino con movimiento permanente. Casi en un pestañeo pasamos por el acceso hacia Garupá y luego por Candelaria, que supo ser la primera capital de la provincia y que hoy está prácticamente pegadita a Posadas. Candelaria guarda el árbol histórico en el que –se dice, se repite– en 1811 descansó el general Manuel Belgrano durante una etapa de su expedición militar hacia el Paraguay.
Seguimos adelante por la 12, y pasamos luego por Santa Ana hasta llegar a San Ignacio. Unos sesenta kilómetros hicimos desde Posadas, en un camino que fue siempre paralelo al río, hasta este pueblo atractivo por naturaleza. Y por historia, digamos. Misiones tiene muchas caras turísticas: Iguazú se roba todas las miradas, pero la trama jesuítico guaraní busca permanentemente hacerse un lugar. De hecho, muchas veces se olvida que a San Ignacio Miní –las ruinas más conocidas– se suman otras tres: Santa Ana, Loreto y Santa María. Es verdad que éstas a las que estamos llegando son las más famosas, pero a no desatender un posible circuito, siempre y cuando el tiempo disponible acompañe.
Esta parte de la historia del litoral ancla en el siglo XVII y se centra en esa mixtura entre cultura guaraní y evangelizadores de la Compañía de Jesús. Y ahora, a las puertas de las rojizas y centenarias ruinas de San Ignacio una novedad permite conocer su historia de una manera moderna. El reciente Centro de Interpretación viene a sumarse a las posibilidades que el recorrido ya tenía –visitas guiadas, show de imagen y sonido por las noches– y funciona como una antesala al caminar entre los restos de la reducción. De hecho, entrando por la puerta principal del predio, las ruinas aún no se ven; tenemos delante de nosotros una antigua construcción, plenamente acondicionada. Allí me esperan Aldina y Danila –las dos amables guías del Centro– y con ellas iniciamos un recorrido por salas en las que la tecnología se abraza con lo artesanal, y lo sensorial con los datos duros.
La línea en que se cuenta esta historia de la de unión de dos formas del ver el mundo,  que dio lugar a algo nuevo y único. Los textos se intercalan con salas oscuras en las que el juego de luces hace su trabajo: proyecciones sobre pequeños escenarios, en los que se pueden ir viendo avances y retrocesos en la historia del cruce entre pueblos originarios y jesuitas. Salas donde, en penumbras, nos ponemos de a uno bajo campanas de sonido que penden del techo y aparecen frente a los ojos figuras de tamaño real de guaraníes narrando su historia, y en su lengua. Espacios en los que tenemos que usar unos enormes anteojos con espejos, tramos con miniaturas y maquetas, y un relato que permite llegar al paso siguiente con la cabeza ya ubicada. Una vez afuera de este edificio: la luz del día, el camino largo, y al fondo la imagen icónica de los restos del pórtico de la vieja catedral.
Dejo a Danila y Aldina y sigo para recorrer las ruinas. Esta alfombra verde –siempre impecable– que enmarca a los restos de San Ignacio Miní será esta noche, como todas, el circuito por donde decenas de personas caminen para ver el espectáculo de imagen y sonido. En mí, el Centro de Interpretación dio sus frutos y la cantidad de preguntas que tenía para Paola, quien ahora me acompaña, se achicaron. Igual, ella sabe siempre algo más, y siempre es interesante escucharla. Un buen plan para perderse por un par de horas, antes de seguir nuestro viaje.